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    Crítica | Bones and All

    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    Bones and All
    Luca Guadagnino
    Bajo el signo de Chalamet


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Bones and All». Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis. Compañías productoras: Frenesy Film Company, Per Capita Productions, Vision Distribution, The Apartment, MeMo Films, 3 Marys Entertainment, Tenderstories, Ela Film, Serfis, Wise, Immobiliare Manila. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Fotografía: Arseni Khachaturan. Montaje: Marco Costa. Reparto: Taylor Russell, Timothée Chalamet, Mark Rylance, Chloë Sevigny, Michael Stuhlbarg, André Holland, Jessica Harper, David Gordon Green, Francesca Scorsese, Jake Horowitz, Anna Cobb. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 129 minutos.

    Bones and All podría leerse como una gran broma. Cruzar una narrativa romántica protagonizada por el adolescente triste más popular del mundo, con una trama de caníbales en plena crisis existencial parecería un movimiento digno de aquellas parodias que en la década pasada refrieron el imaginario popular hasta convertirlo en una maravillosa masa informe y más o menos risible (¿recuerdan Orgullo y prejuicio y zombis (Burr Steers, 2016)?). La absurdidad de la apuesta se disipa un tanto, claro, si atendemos a la larga relación que mantiene Luca Guadagnino con la cuestión de la juventud y la identidad: Call Me By Your Name (2017) y We Are Who We Are (2021) nacen atravesadas por ambas líneas y, si apuramos, también hay algo de juguete roto en las chicas de Suspiria (2018) y Cegados por el sol (2015).

    La receta de Bones and All es sencilla: sumen el viaje enloquecido de las Malas tierras (1973) de Terrence Malick con el canibalismo (como metáfora de para identidad en formación) del Crudo (2016) de Julia Ducournau, con la emoción exaltada del romance con el monstruo en Crepúsculo (2008), de Catherine Hardwicke. Guadagnino, camaleónico culo inquieto, pone en ruta a Maren (Taylor Russell), una adolescente que es abandonada por su padre debido a su problemática incapacidad de contenerse el gusanillo por la carne humana. Sola, emprende un viaje a través de Estados Unidos para encontrar a su madre desaparecida. Durante este retorcido Bildungsroman sobre ruedas, encontrará a más individuos como ella, tipos que ilustrarán los distintos derroteros a tomar para con su «condición». Junto con Lee (Timothée Chalamet), lectura actualizada del protagonista de Memorias de un zombie adolescente (Jonathan Levine, 2013) y también caníbal, abrirá puertas a una vida armónica consigo misma y explorará la posibilidad de encontrar el amor entre tanta víscera.

    Guadagnino recorre un camino bien demarcado, pero de efectos imprevisibles. Habitualmente, los romances teen parten de lo puramente sentimental y vaporoso (el chispazo de amor primerizo, la mirada a lo lejos del «chico conoce a chica») para dirigirse luego, paso a paso, al dominio de lo físico (el beso, la «primera vez»). Tenemos el territorio de lo emocional como hogar para la belleza y la imaginación, y lo terrenal como antesala inmediata al placer, pero también a la náusea, al asco. Estar enamorades y tener una arcada –lo decía Kant– son estados incompatibles… Sin embargo la película separa dichos estados solo de forma aparente, superficial: en un primer tramo de full-terror indie, sacará a relucir las hermosas entrañas que nos conforman para luego, a partir del segundo acto de la película, ya romántico, poner el foco sobre las emociones que genera nuestro cerebro palpitante o la sensación de aquel rayito que se posa tenue sobre nuestra piel. Pero, ¿cómo olvidar que bajo de tanta emoción enarbolada sigue habiendo un cuerpo rojizo y palpitante?

    El detalle con que se habla de los olores que capta el olfato privilegiado de un caníbal («picante», «metálico», «poderoso»), así como un elaborado diseño de sonido, repleto de chirridos, frotes y chapoteos, elevan la condición caníbal a la pura delicia y a los infiernos de la carne viva. La película, de hecho, admitiría su potencial como cinta de superhéroes (o súper-antihéroes) al estilo de los colmillos moralmente atormentados de Hardwicke, si no fuera por la marginalidad absoluta en la que viven sus personajes. Lee mata sin apenas preocuparse por encubrir sus acciones (cuando Maren le recuerda que aún lleva rastros de sangre por la cara, él le responderá, con un gesto divertido y resignado, que «total, nadie nos ve»); el poder de la invisibilidad corre sin esfuerzos por una juventud cuyo hogar parece siempre fuera de alcance.

    Con el canibalismo cual particular «salida del armario», nace la posibilidad de formar nuevas familias. He aquí que uno de los puntos más interesantes pero menos explotado de la cinta de Guadagnino sean sus secundarios. Por un lado, el anciano caníbal al que da vida Mark Rylance, quien parecería no haber matado nunca a una mosca aunque lleva toda la vida alimentándose con gusto. Él es el primer mentor de la joven, y su aparición representa una puerta a fundar una nueva relación afectiva. Quizás algo inquietante (los ojos oscuros del tipo lo son, y mucho), pero no menos valiosa… Moral aparte, sería igual de válida que el bromance entre el caníbal Michael Stuhlbarg, de puro escalofrío y su compañero. Sin embargo, el guion de Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis, tiene claro que a Maren le corresponde un igual (de atractivo y de joven) para formar una pareja, y no indaga más en qué tipo de familias hubieran podido nacer de los afectos compartidos entre personajes que, a primera vista, resultan tan diferentes. Puede que incluso el mundo de la sangre y las tripas se ordene bajo el signo de Chalamet. ⁜


    Bones and All, Luca Guadagnino
    Competición 79ª edición de la Mostra de Venecia.

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