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    Crítica | The Cathedral

    Patrimonio

    Crítica ★★★★☆ de «The Cathedral», de Ricky D’Ambrose.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «The Cathedral». Dirección: Ricky D'Ambrose. Guion: Ricky D'Ambrose. Compañía productora: Ravenser Odd. Presentación oficial: Mostra de Venecia (Biennale College Cinema) & Festival de Sundance (NEXT). Dirección de fotografía: Bart Cortright. Montaje: Ricky D'Ambrose. Producción: Graham Swon. Intérpretes: Monica Barbaro, Brian d'Arcy James, Cynthia Mace, Geraldine Singer, Robert Levey II, Madeline Hudelson, Melinda Tanner, Linnea Gregg, Steven Alonte, Mark Zeisler, Gorman Ruggiero, William Day, Candy Dato, Cooper Carrell, Erich Rausch, Amy Scanlon, William Bednar-Carter, Andrea Woodbridge, Jackie Krim. Duración: 87 minutos.

    «Para nuestra familia,
    los vivos y los muertos».

    Históricamente, la columna vertebral del cine norteamericano es el retrato de familia. A través del género, por ejemplo, anotamos la descomposición de las estructuras sociales (así lo hizo notar el crítico Robin Wood a propósito de La matanza de Texas [The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974]); a través de la imagen, su atomización e insignificancia, la obstinada necesidad de trazar líneas de luz, filmar sombras y silencios para capturar lo que, en esencia, es el recuerdo de una mirada infantil en pleno proceso de construcción del mundo (y aquí pienso, una y otra vez, en el cine de Terrence Malick). A través de la palabra, toda una literatura que la ha conjugado la épica, el estudio psicológico, el retrato íntimo y las relaciones políticas, económicas y sexuales. Visto así parece que siempre hay motivo para sentirse tentado por llevar a cabo un retrato del padre, la madre, el árbol genealógico o el tiempo suspendido sobre lo cotidiano. Quizá porque no hay nada especial en ello y, sin embargo, todo resulta que se entiende mejor. Que parece, en definitiva, más humano.

    Con The Cathedral sucede que Ricky D’Ambrose elige lo obtuso antes que lo obvio. Casi sin tiempo para reaccionar, lo primero que percibimos es el plano, el corte y el montaje. La ráfaga de imágenes estáticas, casi viñetas, que desarman toda esa calidez familiar para mostrar con precisión de entomólogo sus entresijos. En muchos momentos, simplemente, importa el punto desde el que se observa, la colección de ángulos y rincones desnudos, más o menos intrascendentes, a los que la cámara de D’Ambrose concede una tonalidad dramática. Sería fácil de explicar si pensásemos en una colección de recuerdos de nuestra memoria infantil, sin orden ni concierto ni jerarquías, en los que la atención nunca está en el lugar que creemos. O que queremos. No está en el drama del divorcio paterno o en las tensiones con la familia política, en las enfermedades, el amor o el aburrimiento de una vida laboral mediocre. No está, a secas. Y la cámara permanece quieta enseñándonos esa incomodidad, el sentimiento estético de hablar de un lugar desde lo poco que queda de la infancia en él. Por ejemplo, en esa escena en la que D’Ambrose toma una de tantas fotografías familiares —la de sus tías— para puntear cada uno de los elementos del paisaje hasta alcanzar ese detalle que pasa desapercibido y, sin embargo, delata una presencia.

    Para un espectador de The Cathedral, la palabra presencia puede resultar chocante. No en vano, su principal responsable descompone en todo momento el plano, el cuadro, hasta atomizar a sus personajes en una imagen que pensaríamos desgajada del relato. Hay una voz, la del narrador, y una historia que se construye alrededor de una década, pero lo que nosotros vemos es más el esfuerzo que la construcción. La tenacidad con la que D’Ambrose trata de hacer hablar a sus recuerdos, a sus lugares, a rostros que podrían serle familiares por mucho que ahora nos parezcan fantasmagóricos. Presencias. También ausencias, la que marca el padre con su divorcio, sus continuos fracasos en la vida y esa mezquindad con la que habla de una familia que se le ha resbalado entre los dedos. O entre corte y corte de plano. Y recuerdos, que resultan más afilados a medida que su director encadena las veloces transiciones en la edad del protagonista infantil. Dicho así, The Cathedral versa sobre el recuerdo de una familia, su niebla y sus sombras, el vacío con el que el tiempo ha derrochado cualquier momento divertido, cualquier palabra de amor, de ternura o de intimidad. Lo vemos cada vez que su director contrapone al relato las imágenes de Norteamérica desde la euforia yuppie de los 80 a la angustia del nuevo milenio. Bueno, o a la indiferencia. Es como si todo perdiese textura, color, carne, para dejarnos ver el esqueleto. Lo más elemental: la historia de ese matrimonio que se descompone y la mirada del hijo que intenta retratarlo a través de una intimidad que le resulta cada vez más desconocida. Casi extraterrestre. Porque solo quedan imágenes, espacios vacíos, fotografías que crepitan en la pantalla mientras una voz escarba en ellas en busca de sentido.

    The Cathedral, Ricky D’Ambrose..
    Bright Future del Festival de Róterdam.

    «El principal mérito de D’Ambrose, consiste en hacer desaparecer a su avatar de infancia de la película. Conseguir que el protagonista infantil sea, prácticamente, un fantasma. Un observador distante. Alguien que merodea entre planos sin que sepamos muy bien adónde dirige su atención. Pocas veces esa sensación de vulnerabilidad, como decía antes de mirar un mundo que apenas se ha construido, ha supuesto un reto de edición y narración en imágenes tan estimulante».


    Y, sin embargo, hay algo en el método de D’Ambrose tremendamente humano, tremendamente cercano. Es esa inquietud por provocar el recuerdo, la memoria, desde todos los frentes que permite su estilizadísima puesta en escena. Es esa forma de observar a sus actores, de controlarlos y de aislarlos en el plano, forzando la distancia estética para encontrar una cercanía emocional. El montaje como mesa de disección familiar. Tal vez el enfoque sería otro si la historia no fuese dramática, de soledades demasiado ruidosas —y qué magnífico el patetismo que le confiere a la figura del padre Brian D’Arcy-James y el contraste con esa juventud permanente de la madre a la que interpreta Monica Barbaro. Pero lo justo es señalar que la verdadera dificultad, el principal mérito de D’Ambrose, consiste en hacer desaparecer a su avatar de infancia de la película. Conseguir que el protagonista infantil sea, prácticamente, un fantasma. Un observador distante. Alguien que merodea entre planos sin que sepamos muy bien adónde dirige su atención. Pocas veces esa sensación de vulnerabilidad, como decía antes de mirar un mundo que apenas se ha construido, ha supuesto un reto de edición y narración en imágenes tan estimulante. Si en Les photos d’Alix (1980), de Jean Eustache, las palabras acababan desbordando a las imágenes, aquí sucede algo parecido: las imágenes tratan de contener esa riada de cosas, detalles, voces, personas, lugares acampados desde hace décadas en la memoria sin que sepamos muy bien cómo darle forma, qué hacer con ellos, cómo explicarlos. Por eso, con The Cathedral me sucede que, al final, pienso que es una película sobre la madurez y la manera en la que intentamos modularla. Sobre crecer y mirar atrás. Y sobre una figura, una columna vertebral, cuya presencia angustiosa no deja de interrogarnos sobre nuestro lugar en el mundo y sobre cómo hemos llegado hasta aquí. La Historia, los vivos y los muertos forman un collage dramático que Ricky D’Ambrose compone con extraña maestría. La misma con la que, una y otra vez, conjura sus fantasmas interiores para empezar a vivir otra vez.


    Óscar Brox |
    © Revista EAM / Valencia


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