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El acusado Plumas
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    Crítica | Close

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★☆☆
    Close
    Lukas Dhont
    Cuando la vida nos separe


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Bélgica, Francia, Países Bajos, 2022. Título original: «Close». Dirección: Lukas Dhont. Guion: Angelo Tijssens, Lukas Dhont. Compañías: Menuet Producties, Diaphana Distribution, Topkapi Films, Versus Productions. Música: Valentin Hadjadj. Fotografía: Frank van den Eeden. Reparto: Eden Dambrine, Gustav De Waele, Émilie Dequenne, Léa Drucker, Igor van Dessel, Kevin Janssens, Marc Weiss. Presentación oficial: Selección oficial Festival de Cannes. Duración: 105 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    Parece que no, pero la película ya ha empezado. La pantalla está invadida por el negro absoluto; la cámara aún no se ha despertado, no ha abierto los ojos… pero su cerebro está en plena ebullición: como si estuviera inmerso en un sueño vibrante. De repente, unas voces empiezan a comunicarse. Una susurra a la otra, y le da instrucciones; normas a seguir para salvar lo que parece ser una situación crítica. «No levantes la voz… estate callado. ¡Si hablas nos van a oír!» Ahora sí, por fin, ponemos cara y cuerpo a dichas palabras. Dos chavales que apenas deben superar la decena de años de edad, se esconden y trastean en el polvoriento pasillo de una construcción visiblemente abandonada. Pero en su imaginación, se encuentran en una misión crucial: defender una magnífica fortificación del ataque de unas hordas invasoras. ¿A cuántos soldados se enfrentan? A 20, dice uno. No, no, ¡a 40!, responde el otro.

    No hay mesura, no hay límites: es la libertad con la que dos amigos juegan y se divierten, con ese estallido de creatividad que solo puede haberse cultivado en la complicidad más absoluta. Uno alimenta las fantasías del otro, y viceversa. El silencio al que ambos se habían forzado se rompe con usas risas incontenibles, y con un nervio físico que pide contacto y movimiento. En un abrir y cerrar de ojos, los chiquillos emprenden una carrera hacia ningún punto en concreto, ni con ningún objetivo en particular. Queman calorías por el gusto de hacerlo, por vivir más intensamente el momento: por estar en compañía del otro. La cámara se contagia de dicho dinamismo y les sigue en un travelling lateral cercano, pero que igualmente logra captar la belleza del paisaje donde se celebra dicha carrera. Un cultivo de flores al aire libre pinta el cuadro con la magia de mil colores cambiantes. Mientras, la banda sonora apuntilla el sentimiento de goce ante un mundo luminoso, que sonríe, que abraza con la alegría de la camaradería y la calidez de la ternura.

    Y todo esto, en efecto, parece la prolongación de los dulces relatos aventureros invocados por esas almas cándidas. Lo que pasa es que ningún paraíso es eterno. Todo (lo bueno) se acaba, y la infancia, también. Ahora, la partitura de Valentin Hadjadj (pieza fundamental dentro de este aparato cinematográfico decidido a modular, incluso a anticipar las frecuencias emocionales por las que se mueve el relato) decide que los alegres juegos de los protagonistas, tienen que ser acompañados con acordes melancólicos. Como si ahora estuviéramos contemplando el presente desde la añoranza de un futuro en el que echamos la vista atrás, y entonces nos embarga el pesar por aquello que tuvimos, y ya no. La nueva película de Lukas Dhont se sitúa, como lo hacía Girl, su celebrada ópera prima, en esa edad donde empezamos a concretarnos como personas (adultas). O sea, en el punto en que ese mundo que antes se reía con nosotros, ahora nos exige, mediante burlas amenazantes, que nos definamos. Y que nos posicionemos en temas (la amistad, el amor) cuya comprensión escapa al escaso conocimiento adquirido durante nuestro todavía corto recorrido vital.

    Ahí es donde la última letra del acrónimo «BFF» se tambalea. El «mejor amigos para siempre» que une a Léo y Rémi, protagonistas de esta función, se somete a la prueba de fuego del instituto, ahí donde los anhelos y las aspiraciones, pero también los miedos y las inseguridades, se multiplican y magnifican por pura inducción. Por el contacto directísimo con el juicio de los demás. En Close, se detectan con facilidad algunos de los gestos que han encumbrado a Céline Sciamma como una de las más hábiles retratistas de nuestros tiempos, en especial, en el juego de miradas que se establece con los «objetos de estudio». La cámara les tiene como puntos de gravedad innegociables; nunca les pierde de vista, hasta el punto en que parece buscar el contacto visual recíproco. Hasta que les veamos vernos; hasta que sus ojos se depositen en el patio de butacas.


    En la gestión de los microsaltos narrativos, en el planteamiento y ejecución de cada situación, en el juego con los distintos puntos de vista,en el depurado trabajo actoral… la película luce su inquietante inteligencia tapando su virtuosismo con la ilusión de estar mostrando la vida tal y como es.


    ¿Cómo me veo? ¿Cómo me ven? La cámara cumple las funciones de espejo, pero también de transmisor de emociones. A Rémi le cuesta conciliar el sueño: tiembla y da vueltas sobre él mismo, es un mar de dudas. Al día siguiente va a dar un recital de música, y no sabe cómo enfrentarse a la presión del público, al miedo escénico… hasta que Léo le consuela, y le tranquiliza, y le reconforta. Y sí, por suerte, todo sale bien. La pieza interpretada por Rémi suena como los ángeles, y no se sabe si lo hace en un plano diegético o extradiegético, y sus notas flotan en el aire y alcanzan las orejas de su amigo, y entonces se activan sus glándulas lacrimales, y justo después Léo nos mira directamente, a lo mejor para que no se corte esta cadena humana.

    Rémi lo ha logrado, y Léo también; ambos se han impuesto, una vez, ante la adversidad. Pero esta, incansable, sigue testeando la resistencia de su vínculo. En este sentido, resulta muy difícil analizar una película como Close sin entrar a desvelar el punto de inflexión que marca el fin del primer acto y el inicio del segundo. Un suceso que se cocina desde el primer fotograma y que impregna el relato hasta su última secuencia. Con ello, Lukas Dhont descubre los claroscuros de un cine (el suyo) que si bien pretende plasmar esa verdad humana que solo puede surgir de la libertad con la que se mueven sus elementos, lo cierto es que el control que el cineasta belga ejerce sobre el destino de estos (tanto desde la dirección como desde la escritura) es total. En la gestión de los microsaltos narrativos, en el planteamiento y ejecución de cada situación, en el juego con los distintos puntos de vista,en el depurado trabajo actoral… la película luce su inquietante inteligencia tapando su virtuosismo con la ilusión de estar mostrando la vida tal y como es.

    Así, lo accidental pierde toda credibilidad, y la carga de culpabilidad que Dhont transmite a sus personajes, delata tics flagrantes de experimento sádico. Así se alimenta el síndrome de Estocolmo en los sujetos, pues el conjunto opera con la desconcertante actitud de querer cuidar a aquellos que están sufriendo (importante, a causa de la toma de decisiones del artista). Como sucedía en su anterior trabajo, las figuras paternales (aquí, sobre todo, las maternas) ejercen de faro luminoso; de punto de apoyo que permite rebajar las revoluciones con las que se entra, arrasando con todo, en la edad adulta. La sabiduría de la madurez cala aquí a base de empatía, capacidad comunicativa y comprensión, bondades volcadas en quien todavía no se comprende a sí mismo. ¿Por qué nos hacemos daño si somos amigos? ¿Por qué me juzgan los demás? ¿Por qué estoy mal si antes estaba bien? ¿Por qué no puedo volver atrás? Son las angustias con las que Lukas Dhont dibuja la transformación de los niños en hombres. Un salto traumático, no cabe duda, pero del que por suerte, siempre se puede seguir adelante. ⁜


    Close, Lukas Dhont
    Competición del Festival de Cannes.

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