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    Hayao Miyazaki
    Hayao Miyazaki
    || Críticas| 71SSIFF| ★★★★★
    El chico y la garza
    Hayao Miyazaki
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    Carles M. Agenjo
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Japón, 2023. Título original: 君たちはどう生きるか / Kimitachi wa dô ikiru ka. Dirección: Hayao Miyazaki. Guion: Hayao Miyazaki. Compañías productoras: Studio Ghibli, Toho Company. Fotografía: Atsushi Okui. Música: Joe Hisaishi. Producción: Toshio Suzuki, Yoshiaki Nishimura, Gorô Miyazaki. Reparto (voces): Soma Santoki, Masaki Suda, Takuya Kimura, Aimyon, Kô Shibasaki, Yoshino Kimura, Shohei Hino, Jun Kunimura, Kaoru Kobayashi. Duración: 124 minutos.

    Para Hayao Miyazaki, el cine es como un lienzo de confesiones, un espacio abierto para construir y recordar. Pero lejos de hacerlo con palabras o mediante un diálogo en línea recta, él prefiere curvarse, fantasear, desplegando alegorías sobre una realidad que ya no puede ser firme ni estable. De repente, la imagen de sosiego de un estaño japonés, con una garza real posando elegante, se transforma en otra cosa. Las aguas empiezan a temblar. El cuerpo se enfurece, se agita y se inflama. Los ojos, el pico y hasta las encías dejan de ser parte ordinaria del entorno para reclamar su condición mutante. El reino de lo conocido se ve sometido a una pulsión tan fuerte, tan intensa, que acaba distorsionando todo cuanto la mirada había registrado hace un momento. Es entonces cuando el sueño se persona y se extiende hasta impregnarlo todo. Las ranas, los pelícanos y hasta los periquitos de colores pierden su naturaleza original y adquieren propiedades oníricas. Algunos se multiplican como una plaga bíblica. Otros, como la garza que posaba tranquila, se convierten en bufón alado, en una máscara que aprieta el rostro, en una realidad que cuestiona la realidad anterior. No tanto para tomar distancia, sino, bien al contrario, para acercarse a ella. No se trata, pues, de imaginar para olvidarnos de lo real, sino para comprenderlo mejor. No es tanto el hecho de huir como de repararse durante la huida. Por esto, El chico y la garza es una película tan necesaria. Lo es para Miyazaki, que, afortunadamente, ha vuelto de su retiro; y lo es para nosotros, espectadores y espectadoras, que hemos asistido a su deslumbrante trayectoria y ahora redescubrimos a un autor que vuelve a expresar sus inquietudes con el corazón.

    Para Miyazaki, la fantasía actúa como una membrana. No se trata de camuflar la vida, sino de contarla sobre un escenario. Su nueva película es un laberinto en miniatura donde cada escena obedece a un acto de regresión que conecta con la infancia y su fin, con el miedo y su afronta, el recuerdo y su arqueología. Todo esto confiere a la propuesta una enorme densidad –a veces, críptica y confusa– sin perder nunca el sentido de la maravilla durante un trayecto netamente alegórico que encuentra en su protagonista la llave de todas las puertas. Mahito es un niño que huele a muerte. Acaba de perder a su madre en un bombardeo –que Miyazaki despliega en una secuencia febrilmente impresionista, sirviéndose de texturas digitales que lo separan de la línea clara que ha definido su obra– y se ha mudado con su padre –un diseñador aeronáutico que reformula al Jiro Horikoshi de la exquisita El viento se levanta (2013)– y su tía, ahora madrastra, a una casa situada en las afueras de Tokio. El problema es que Mahito no se encuentra a gusto en un colegio donde no hace amigos, un hogar por el que deambula como un gato y un jardín donde sufre ataques de una garza que ha dejado de ser garza, que no obedece a la lógica, sino al instinto, que no sigue la evidencia sino lo que –en palabras de Theodor Adorno– atesora el carácter enigmático del arte. Pero el joven no se da por vencido. Consciente de que son náufragos los que esperan en tierra firme, forma tándem con un Sancho Panza alado –reflejo cóncavo de sí mismo– y se sumerge con la actitud de un aprendiz de Quijote en un mundo de Oz paralelo al suyo donde los sueños están impregnados de poderosa melancolía.

    Lo más curioso de esta inmersión épica de fugas y dobles sentidos que hunde sus raíces en el melodrama existencial tiene que ver con el juego de espejos que esconde. Ni Mahito puede ser únicamente un niño que sueña y se redime ni la garza ejercer exclusivamente de acompañante cómico. Más bien parecen la versión entrañable de Dante y Virgilio de camino a un multiverso de inagotable riqueza a través del umbral de una torre cuyo dintel lleva inscrito un fragmento de la Divina Comedia: Fecemi la divina potestate. Como si el autor de la también mutante El viaje de Chihiro (2001) nos compartiera su particular visión del Infierno desde una mirada humanista y tremendamente simbólica donde son múltiples las correspondencias entre ficción y memoria. Todo empieza, en el fondo, con una pregunta pertinente: ¿Cómo vives? Así nos interpela el protagonista desde las páginas de un libro que Miyazaki plantea como fuga biográfica, como recuerdo de una novela que su madre le regaló de pequeño. No por casualidad, ¿Cómo vives? (1937) es un diálogo de resonancias éticas –obra de Genzaburo Yoshino– entre un niño y su tío, que amplía la proyección filosófica de la película. Cuestiones como la ausencia materna, los miedos de infancia y hasta la transferencia de un cineasta preocupado por el legado que deja a las nuevas generaciones configuran sus meandros más íntimos. El chico y la garza, una propuesta que bien podría leerse como autobiopic desde el momento en que Miyazaki decide retratarse bajo la piel de un arquitecto cósmico de larga melena en un gesto al que Steven Spielberg tampoco pudo resistirse –desde un simulacro diametralmente opuesto– en la escena final de Ready Player One (2018) en que un hiperdigitalizado Mark Rylance ponía a prueba la nobleza del héroe, interpretado por Tye Sheridan.

    Hay quien ha querido ver en la alquimia que destila el film una reescritura del pequeño Nemo de Winsor McCay y su canto a la ilusión infantil como eterno viajante de mundos que –al igual que el inquieto Mahito– invoca desde las cuatro paredes de su habitación. Más precisa, incluso, resulta la referencia a la escritora de literatura infantil Rieko Nakagawa. Especialmente por La semilla azul (1964), un cuento inmortal sobre la tierna relación de amistad entre un niño y un zorrito, que contó con las precisas ilustraciones de Yuriko Omuro y que Miyazaki tradujo en cortometraje para la televisión nipona en 1992. Éstas son algunas de las digresiones que la película despierta. Suya es la capacidad de tender puentes, crear lazos, forjar vínculos y, en definitiva, estimular la imaginación de aquellos que se atrevan a adentrarse en ella con la mirada curiosa, atenta, inquieta. Aun así, cabe la posibilidad de que, en alguno de sus pasajes, la película genere fricciones. Como si lo terrenal y lo onírico no acabasen de adaptarse el uno al otro en una estructura quizá un tanto rígida. Como si Miyazaki desconectara abruptamente el interruptor de la fantasía para, acto seguido, sumergirnos en ella otra vez. Igualmente, la gran cantidad de signos e imágenes de origen mitológico, folclórico y personal que desfilan por la pantalla pueden resultar difíciles de descifrar –como ya ocurrió con Chihiro– en una película hasta cierto punto exigente. Pero nada de esto le quita mérito a unas formas que se manifiestan para contarnos la verdad. Su verdad. La de un abuelo que emplea el cine como dedicatoria para su nieto. La de un maestro generoso que nos presta su diario de viaje.


    por Carles M. Agenjo
    octubre 26, 2023

    Crítica | El chico y la garza (君たちはどう生きるか)

    por Carles M. Agenjo | octubre 26, 2023

    En el cine de las maravillas

    Crítica ★★★★★ de «El viaje de Chihiro», de Hayao Miyazaki.

    Japón, 2001. Título original: Sen to Chihiro no kamikakushi / 千と千尋の神隠し. Dirección: Hayao Miyazaki. Guion: Hayao Miyazaki. Compañía productora: Studio Ghibli. Fotografía: Atsushi Okui. Música: Joe Hisaishi. Montaje: Takeshi Seyama. Diseño de producción: Norobu Yoshida. Dirección artística: Yôji Takeshige. Reparto (voces): Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki, Takashi Naitô, Yasuko Sawaguchi, Tatsuya Gashûin, Ryûnosuke Kamiki, Yumi Tamai, Yô Ôizumi, Koba Hayashi, Tsunehiko Kamijô, Takehiko Ono, Bunta Sugawara. Duración: 125 minutos.

    En los últimos meses la cartelera ha insistido en reestrenar varias de las películas más celebradas de la historia del cine. No es una nueva tendencia pero sí se ha reforzado en tiempos de pandemia, en que la oferta de nuevas producciones ha menguado. Y esta pasada semana nos ha llegado El viaje de Chihiro, aprovechando el 20º aniversario de su estreno inicial, allá por julio de 2001. Esta obra cumbre del anime tuvo desde entonces un recorrido exitoso, logrando varios grandes premios, como el Oso de Oro o el Óscar a mejor película de animación; así como una holgada taquilla en muchos países, desde su Japón natal, donde se convirtió en la cinta más vista hasta la fecha. Pero lo más llamativo es que el tiempo parece no haber pasado para ella, gracias a su factura deslumbrante y una imaginación sin límites que conquistaron, y siguen conquistando, a todo aquel que vea este filme. El que ahora se exhiba en varias salas españolas es una excusa perfecta para presenciarlo, aprovechando además que ese tiempo transcurrido desde su estreno permitirá a las nuevas generaciones de niños (y no tan niños) disfrutarlo por primera vez, como si de un nuevo estreno se tratara. Y es que la animación tradicional marca de la casa del estudio Ghibli permite que técnicamente no haya quedado obsoleta, mientras que narrativamente estamos ante una historia que trata temas universales e imperecederos.

    De entrada esto queda patente por su gran referencia occidental: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, la famosa novela de Lewis Carroll. Pero la premisa de un niña que es transportada de repente a un mundo de fantasía, como si de un prolongado sueño se tratara, en realidad es la excusa para desarrollar aquí una peculiar crítica al capitalismo y al consumismo, que ese marco de fantasía solo distancia alegóricamente de la sociedad moderna. El distanciamiento también es en apariencia temporal, porque el decorado que precede a aquel mundo es el de un parque temático abandonado, al menos como opina el padre de la niña protagonista, poblado eso sí de forma inquietante por remotas reliquias. Con todo, antes de producirse el cambio de género, por así decir, del realismo a la fantasía, el cartel de uno de estos edificios abandonados nos da una curiosa advertencia: “petróleo”. Así reza la señal de entrada de unos baños termales que cobran vida con la llegada de la noche, cuando los padres de Chihiro se han convertido en cerdos y los espíritus y demás seres mitológicos pasan a deambular por todo este escenario. Pues bien, la gran consigna de esos baños, gobernados por la bruja cabezuda Yubaba, es que todo el mundo tiene que trabajar, con un contrato firmado y un nombre olvidado. Así Chihiro se convierte en Sen y ambas “desaparecen”, como reza el título original de la película: desaparición que no es tanto física, ni siquiera en ese mundo de fantasía, sino identitaria, como ocurre con tantos trabajadores explotados que en su rutina laboral pierden parte de su conciencia y libertad.

    Sin embargo, Chihiro se rebela contra este consabido efecto. Cuando Sin Cara, ese misterioso y casi incorpóreo ser que se cuela en el balneario, le ofrece pepitas de oro, las rechaza, a diferencia de todos los demás empleados del lugar. Ya antes nuestra heroína ha ido contracorriente en este sentido, en particular al resistirse a probar nada del delicioso manjar del que sí se atiborran sus padres, y que luego resulta ser la causa por la que se transforman en cerdos. Un tercer momento relevante en este sentido es cuando Chihiro le ofrece a su vez a Sin Cara, sin pensárselo dos veces, un pedazo de la medicina mágica que antes le ha regalado por sus servicios un dios del río. En suma, esta niña no se guía por los habituales patrones de conducta y motivacionales de la sociedad en la que vive, tanto la “real” como la fantástica”, sino que se caracteriza por una impasible generosidad que en parte deriva de la ingenuidad pero en gran parte también de la pureza. En cualquier caso, el gran acierto narrativo de El viaje de Chihiro es que sus acontecimientos se suceden casi sin respiro, pero con un ritmo a la vez pausado y armónico, lo cual permite que cada localización, cada personaje y cada mensaje tengan su importancia, y parezcan propios de subtramas dispares, si bien con un sentido mayor que las engloba todas.

    por Ignacio Navarro
    mayo 26, 2021

    El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001)

    por Ignacio Navarro | mayo 26, 2021

    El destacable comienzo de algo irrepetible

    El castillo de Cagliostro (Rupan sansei: Kariosutoro no shiro, ルパン三世 カリオストロの城, Hayao Miyazaki, 1979)

    Muchos de los grandes nombres de la historia del cine debutaron con un encargo, o han sido capaces de crear obras remarcables sin haber formado parte activa de un proyecto desde su concepción. A veces es la calidad del resultado final de ese encargo lo que permite pasar al siguiente nivel del mundo del espectáculo, especialmente cuando se es un director/guionista. Hayao Miyazaki debutó en la dirección de cine de esta forma, con un largometraje de la saga animada Lupin, que comenzó en formato cómic anime de manos de Monkey Punch (nombre artístico de Kazuhiko Katō) en 1967, y que en 1971 se adaptó a televisión (en España la pudimos ver en Telecinco). La saga estaba a su vez inspirada en el personaje de Arsène Lupin, creado por el francés Maurice Leblanc en 1905, y del que el Lupin japonés es su nieto, de ahí que en muchos lugares se le conozca como Lupin III; el 3º. Casi un juego de matrioskas textuales antes de germinar en este estimulante y festivo film: El castillo de Cagliostro. Segunda de seis películas centradas en la figura del esquivo ladrón, y sin duda la más conocida por venir firmada por Miyazaki, El castillo de Cagliostro es una entretenidísima cinta de aventuras sin mayores pretensiones que las de asegurar casi 100 minutos de diversión.

    La historia es autocombustible y una vez terminada no deja una huella definitiva en el grupo de personajes principal (Lupin, sus compañeros Jigen y Goemon, la ladrona Fujiko o el detective Zenigata, eterno perseguidor del ladrón), aunque sí la deja en el maravillado espectador. Y lo mejor es que es plenamente autoconsciente de este rasgo, así que no está contagiada de esa pretesión que muchas adaptaciones cinematográficas de series o cómics tienen de ser “la película definitiva” de su material de origen. Todo esto, aunque no lo parezca, suma enteros a favor del talento del oscarizado japonés, porque nos habla no solo de su profesionalidad sino de su potencia autoral, capaz de apuntar muchos de sus temas eternos desde su primer largo. La edición por parte de Selecta Visión del film, tanto en DVD como en combo Blu-Ray+DVD el pasado diciembre, es la excusa perfecta para revisar este clásico del anime, al que el mismísimo Steven Spielberg dedicó unas hermosas palabras y que visto en retrospectiva con la filmografía del gigantesco Miyazaki resulta aún más interesante. Para empezar es conveniente saber que el animador no siguió tanto un número o serie de entregas del cómic en concreto, sino que cogió el concepto básico de Monkey Punch y algunos relatos de Leblanc para confeccionar su historia. Va de La condesa de Cagliostro (1924) a La señorita de ojos verdes (1927), y compone así una aventura inolvidable que escapa de muchos de los lugares comunes de la animación occidental (en esa época, principalmente Disney) para distinguirse en más de una sección.

    por Anónimo
    marzo 17, 2015

    Cineclub | El castillo de Cagliostro (1979)

    por Anónimo | marzo 17, 2015

    Carta de amor de unos fans entregados

    crítica a Mi vecino Miyazaki. Studio Ghibli. La animación japonesa que lo cambió todo (2014) | Diábolo Ediciones.

    Lo mejor que se puede decir de la propuesta de Álvaro López Martín & Marta García Villar es que enseña sus cartas desde el principio. En una introducción (págs. 5-6) que antecede al prólogo, los autores dejan claro que el propósito de este libro es acercar al público a Ghibli de una manera accesible, con una estructura sencilla y un afán didáctico no exhaustivo ni técnico en demasía. De hecho, refieren directamente otras fuentes para el lector que guste de esos contenidos. No. Mi vecino Miyazaki es una guía colorida, entretenidísima y llena de curiosidades sobre el celebérrimo estudio japonés de animación, que remarca sus temas con frecuencia y repasa su historia desde su fundación en 1985 hasta su delicado estado actual, de rabiosa actualidad. De las 22 películas producidas por esta compañía única, 20 son sometidas a un análisis de varias páginas profusamente acompañado de fotos, y las últimas dos –Kaguya-Hime No Monogatari y Omoide no Marnie, de 2013 y 2014– son brevemente descritas (págs. 262-265), seguramente para no arruinar los recovecos a los muchos lectores españoles que no han podido disfrutar de ellas todavía, ya que no se han distribuido en salas comerciales de nuestro país.

    Cada película cuenta, y esto es el alarde de mayor originalidad, con tres opiniones de seguidores del estudio de diferentes edades, sexo y profesión, lo cual transmite la intención final de libro (y del estupendo blog que los autores llevan desde 2010/2011): explicar que Ghibli es más que una compañía, es una comunidad de espectadores conectados por las mismas emociones y un profundo respeto por la animación. Esas opiniones varían en utilidad, pero como detalle cariñoso es impagable, y canaliza el espíritu de apertura y colaboración de los autores. Unos autores que se reparten las películas del estudio para un repaso completo, reiterativo en ocasiones –supongo que lo hacen pensando en que habrá gente que se salte películas–, y siempre interesante. La idea final es que la autoría bicéfala suene como una misma voz, y se consigue. Una voz que no se pone por encima del lector, que explica con claridad las conexiones y enlaza una curiosidad tras otra (¿sabían que el estudio debe su nombre a un término italiano usado para referirse a un viento cálido del Mediterráneo? –pág. 253–), ya sea en pleno texto o con los cuadros independientes que llenan los márgenes, usados también para destacar citas importantes de la película en cuestión, pues de todos es sabido que en el cine de Ghibli se habla con profundidad sobre temas universales y muy humanos.

    por Anónimo
    noviembre 06, 2014

    Mi vecino Miyazaki

    por Anónimo | noviembre 06, 2014

    Y que el público se levante

    crítica de El viento se levanta | Kaze tachinu, Hayao Miyazaki, 2013

    Parece que Miyazaki se despide del cine. La noticia llegaba en el pasado festival de Venecia, en el que presentaba El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013). Su canto del cisne. Si se confirma (pues no es la primera vez que Miyazaki dice retirarse para luego volver), no debería sorprendernos tanto a su edad, sobre todo por el esfuerzo mayor del habitual que supone ponerse al frente de una película de los estudios Ghibli. Pero seguiría siendo una jubilación demasiado anticipada para un señor que a sus 72 años desprende todavía una gran vitalidad e ilusión, atributos que lógicamente ha contagiado a su cine. Un cine en el que destacan los largometrajes, que son los que le han otorgado prestigio y reconocimiento, pero cuyos primeros pasos se hallan en dos series de televisión: Lupín (1971-72) y Conan el niño del futuro (1978), y que en la pasada década se ha orientado también en gran parte hacia el mundo del cortometraje. No hay que olvidar además que Miyazaki ha colaborado igualmente en los grandes proyectos de algunos de sus compañeros, como esa cuasi desconocida obra maestra titulada Recuerdos del ayer (Isao Takahata, 1991), o la maravillosa Susurros del corazón (Yoshifumi Kondô, 1995), sin contar con sus inevitables inicios en el departamento de animación propiamente dicho. Son datos que enriquecen la aportación al cine de este maestro, que en su medio siglo de carrera ha permanecido fiel a unos principios que el público casi siempre ha sabido apreciar.

    Y son datos que igualmente justifican todo homenaje que se le pueda hacer a este director con motivo de su último estreno. Por ahora, en la temporada de premios que ha empezado hace unas semanas, le está yendo bastante bien, pero por méritos exclusivos de una película que, lo adelantamos ya, está a la altura de las expectativas. El viento se levanta nos narra la historia real de Jiro Horikoshi, un diseñador japonés de aviones de combate durante la segunda guerra mundial. Un tema espinoso con el que conscientemente Miyazaki pretende rodar su película más madura y adulta, aunque la misma funciona sobre todo cuando toca temas de imaginación e inocencia, cuando se deja llevar por los encantos de las fantasías juveniles y del primer amor. En efecto, en la narración juegan un papel destacado los sueños que el protagonista tiene desde pequeño, en el que se imagina pilotando naves increíbles junto a su ídolo Caproni. En ellas la meticulosidad y el ingenio de los animadores de Ghibli se explotan de manera apabullante, contraponiéndose a la estética más sobria del resto del metraje, aunque en él tampoco falten otras secuencias visualmente elocuentes como esa recreación de un terremoto en Tokio. En cuanto a la subtrama romántica, se desarrolla sobre todo en una segunda parte, y consigue sortear de manera asombrosa toda cursilería gracias a que en ella también sentimos que el protagonista vuelve a ser un niño, como en sus sueños, abandonando sus preocupaciones profesionales. El hilo que pueda establecerse entonces entre esa relación tan espontáneamente íntima y las secuencias oníricas otorga a la película su verdadera magia.

    por Ignacio Navarro
    enero 25, 2014

    Crítica | El viento se levanta

    por Ignacio Navarro | enero 25, 2014

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