Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Fritz Lang. Mostrar todas las entradas
    Fritz Lang
    Fritz Lang

    Cine de 100º aniversario

    Podcast: Los nibelungos (Fritz Lang, 1924)

    Recuperamos en EAM Podcast nuestra sección dedicada a las películas que cumplen 100 años de vida. Para un año tan repleto de obras maestras como 1924 hemos escogido una de las epopeyas que Fritz Lang rodó en su etapa muda en Alemania. La adaptación del cantar de gesta de Los nibelungos, que en su primera parte sigue las aventuras del héroe Sigfrido y en su segunda parte la venganza de Krimilda, un ángel de la destrucción.

    Participan en el podcast Miguel Muñoz Garnica y José Luis Forte.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por EAM
    marzo 12, 2024

    Podcast | Cine de 100º aniversario: «Los nibelungos» (Fritz Lang, 1924)

    por EAM | marzo 12, 2024
    M-Eine Stadt sucht einen Mörder

    Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan

    M, el vampiro de Düsseldorf (M-Eine Stadt sucht einen Mörder, Fritz Lang, Alemania, 1931).

    Fue a mediados del siglo pasado, cuando Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial mientras se encaminaba a una tercera contienda de alcance planetario –aunque esta vez marcada por un equilibrio del terror conocido como «Guerra Fría»–, que el historiador francés Daniel Halévy publicó su libro Ensayo sobre la aceleración de la historia (1948), donde, entre otras cosas, determinaba el espíritu de nuestra época; un zeitgeist marcado por la constante transitoriedad tecnológica y científica, y por extensión sociológica, ideológica y espiritual, en el que la modernidad equivalía, como ya había constatado Robert Musil en su clásico El hombre sin atributos (1930), a un páramo emocional; a una pesadilla kafkiana donde no solamente resultaban incomprensibles los grandes enigmas de la existencia, sino incluso cuestiones tan nimias y cercanas como nuestros gustos o nuestras elecciones vitales. Distraído con cada nuevo hallazgo o cada nuevo invento, el hombre de nuestros días se veía sumergido en una demencial vorágine de cambio continuo, donde la mutación no era la excepción sino la norma, y por consiguiente vivía asentado en un presente continuo, sin memoria ni seguridades y, también, sin capacidad de predecir el futuro. Con la globalización cultural y económica propiciada, básicamente, por Internet –o la confusión y la fugacidad elevadas a la enésima potencia–, semejante destino parece más que nunca un hado adverso e inevitable. La posmodernidad, de hecho, ha sido el cajón de sastre al que han ido a parar los sueños rotos de la utopía soviética y de la euforia del neoliberalismo capitalista. El abismo entre el Primer y el Tercer Mundo, y entre clases pudientes y humildes, se ha hecho más insalvable que nunca, hasta límites obscenos, a tenor del paulatino triunfo de los planteamientos religiosos o políticos violentos e intolerantes que instrumentalizan el descontento, la culpabilidad o la desesperanza de los pueblos. Y la autorreferencialidad del arte no ha sido más que un síntoma de un movimiento de huida, de una búsqueda de refugio, de una voluntad de encontrar sentido en la imagen invertida que proyecta el espejo y no en la realidad proyectada, imposible de comprender por indescifrable, enigmática, caótica; en una palabra: borgiana. Ya lo decía el personaje encarnado por Bibi Andersson en Persona (1966) de Ingmar Bergman: el arte, aunque banal en comparación con la propia existencia, es muy importante, especialmente para quienes tienen problemas.

    Y dado que de problemas hablamos, ¿cuál existe más difícil de resolver que el del encaje en una sociedad perfectamente regulada de aquellos individuos que infringen sus normas no de forma calculada –esto es, amparándose en los resquicios del sistema– ni movidos por la falta de confianza en el mismo –esto es, llevados por la miseria o la desesperación–, sino guiados por una compulsión enfermiza? Desde los serial killers hasta los violadores patológicos, pasando por los pederastas, todos ellos, con independencia de las particularidades concretas de cada uno, se mueven para satisfacer unos impulsos que les son más o menos connaturales y, por tanto, difíciles de transformar o reprimir. En un mundo en el que el individualismo insolidario y la doble moral son moneda corriente, parece que hemos llegado a un extremo de relativismo ético en el que se es capaz de entenderlo –e incluso de aplaudirlo– casi todo: salvo los comportamientos de esas personas alienadas. Y ello se produce no tanto por lo aberrante de los crímenes que perpetran sino por el desequilibrio entre riesgo/beneficio que sus actos comportan. Este es uno de los motivos que explican que la figura de tales dementes/delincuentes haya capturado la imaginación de creadores y público desde la popularización de las teorías de Freud, quizás incluso desde antes, tal y como lo demuestran algunos libros de novelistas de gran éxito en vida, léase Fiódor Dostoievski o Émile Zola. En esta línea, M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang es una de las perlas artísticas que dicha incursión en el lado oscuro de la psique humana, siempre incómoda, ha legado a la posteridad.

    por Elisenda N. Frisach
    mayo 01, 2017

    Cineclub: M, el vampiro de Düsseldorf

    por Elisenda N. Frisach | mayo 01, 2017
    Perversidad

    Perversidad, Scarlet Street, 1945.

    Sé que hay personas a las que les encanta hacer listas: las mejores películas de la historia del cine, las peores, las películas de ciencia ficción que debes ver, las mejores de tal o cual director, la de la compra, le de cómo reconquistar a tu cansada pareja… A mí no. Hacerlas, digo. Si son de cine, leerlas, utilizarlas como guía de recomendaciones o para descubrir alguna película, me encanta. Al fin y al cabo, no es otro su objetivo por lo general. Al menos, este es el que yo me marqué cuando nuestro malvado director me encargó que realizara una selección que destacara las diez mejores películas de Fritz Lang. ¡Solo diez!, fue lo primero que pensé. ¡No puedo elegir solo diez! Pero como soy tont… estoooo… como soy buena persona, pues me puse a ello. Había títulos que estaban claros, su inclusión no ofrecía dudas ni discusión, pero según crecía la lista había que empezar a pensar en dejar fuera algunos. Así que revisé aquellos entre los que no me decidía. Y al final aquí está: la lista con las diez mejores películas de Fritz Lang. De seguro echaréis en falta más de una. ¡Yo mismo echo en falta más de una! Pero en eso consiste también el juego. Por encima de todo, ver las películas de este autor prodigioso es lo importante. Lo demás, esta lista mismo, son solo demostraciones de amor que morirán arrastradas por el viento del mar internáutico.

    por José Luis Forte
    noviembre 15, 2013

    Las 10 mejores películas de Fritz Lang

    por José Luis Forte | noviembre 15, 2013
    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    Tras el largo y agotador rodaje de Metrópolis (Metropolis, 1927), el director de cine austríaco Fritz Lang decidió abordar un proyecto en principio más modesto que recuperaba temáticas y aspectos formales que ya había tratado con anterioridad. Una mirada hacia el pasado reciente de sus primeras películas que tanto éxito le habían dado: las dos partes de su entretenido serial Las arañas (El lago de oro y El barco de los brillantes: Die spinnen, 1 – Der goldene See, 1919; y Die Spinnen, 2 – Das Brillantenschiff, 1920), que en principio iban a ser cuatro pero se quedó a medias, o las otras dos que conformaron la magnífica y genial El doctor Mabuse (Dr. Mabuse, el jugador – Retrato de una época e Infierno de crímenes – Hombres de una época: Dr. Mabuse, der Spieler – Ein Bild der Zeit e Inferno des Verbrechens – Menschen der Zeit, 1922). ¡Vaya lío de nombres! Los espías (Spione, 1928) ya desde su título mostraba una depuración hacia lo conciso y lo esencial. En espíritu no dejaba de ser un serial con forma de largometraje. Su inicio es trepidante, mostrando en sucesión enloquecida robos de documentos, ministros y agentes asesinados y el servicio secreto desesperado ante los ataques despiadados de los espías internacionales, y buscando enganchar y dejar fuera de combate al espectador desde el primer plano de la película. Entre medias hasta nos regala alguna imagen que el tiempo ha convertido en icónica, tal y como es esa del motorista enfundado en cuero, gafas cubriendo casi la totalidad del rostro, enfrentándose al viento cortante con expresión decidida. Su influencia se extiende por innumerables películas, quizá la más evidente en la homónima Los espías (Les espions, 1957), si bien su director Henri Georges-Clouzot, con la ayuda de su coguionista Jérôme Géronimi adaptando una novela de Egon Hostovsky, pronto la convierte en una extrañísima obra de cámara donde nadie es lo que parece, ni tan siquiera ya quién es espía o no, incluso si estamos ante un conciliábulo de locos o se trata en verdad de agentes secretos enfrentados entre sí. Seguramente las dos cosas porque el mundo, entonces como ahora, no dejaba de ser un juego de poder entre dementes.

    por José Luis Forte
    noviembre 06, 2013

    Cine Club | Los espías (1928)

    por José Luis Forte | noviembre 06, 2013

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción