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    Cine Club | Los espías (1928)

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    Tras el largo y agotador rodaje de Metrópolis (Metropolis, 1927), el director de cine austríaco Fritz Lang decidió abordar un proyecto en principio más modesto que recuperaba temáticas y aspectos formales que ya había tratado con anterioridad. Una mirada hacia el pasado reciente de sus primeras películas que tanto éxito le habían dado: las dos partes de su entretenido serial Las arañas (El lago de oro y El barco de los brillantes: Die spinnen, 1 – Der goldene See, 1919; y Die Spinnen, 2 – Das Brillantenschiff, 1920), que en principio iban a ser cuatro pero se quedó a medias, o las otras dos que conformaron la magnífica y genial El doctor Mabuse (Dr. Mabuse, el jugador – Retrato de una época e Infierno de crímenes – Hombres de una época: Dr. Mabuse, der Spieler – Ein Bild der Zeit e Inferno des Verbrechens – Menschen der Zeit, 1922). ¡Vaya lío de nombres! Los espías (Spione, 1928) ya desde su título mostraba una depuración hacia lo conciso y lo esencial. En espíritu no dejaba de ser un serial con forma de largometraje. Su inicio es trepidante, mostrando en sucesión enloquecida robos de documentos, ministros y agentes asesinados y el servicio secreto desesperado ante los ataques despiadados de los espías internacionales, y buscando enganchar y dejar fuera de combate al espectador desde el primer plano de la película. Entre medias hasta nos regala alguna imagen que el tiempo ha convertido en icónica, tal y como es esa del motorista enfundado en cuero, gafas cubriendo casi la totalidad del rostro, enfrentándose al viento cortante con expresión decidida. Su influencia se extiende por innumerables películas, quizá la más evidente en la homónima Los espías (Les espions, 1957), si bien su director Henri Georges-Clouzot, con la ayuda de su coguionista Jérôme Géronimi adaptando una novela de Egon Hostovsky, pronto la convierte en una extrañísima obra de cámara donde nadie es lo que parece, ni tan siquiera ya quién es espía o no, incluso si estamos ante un conciliábulo de locos o se trata en verdad de agentes secretos enfrentados entre sí. Seguramente las dos cosas porque el mundo, entonces como ahora, no dejaba de ser un juego de poder entre dementes.

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    En la actualidad, la versión que podemos ver de Los espías es la que la Friedrich Wilhelm Murnau Stiftung (la Fundación F. W. M.) ha conseguido restaurar a partir de las copias preservadas en las filmotecas nacionales de diversos países pues no se ha conservado ningún negativo original. Se han podido salvar 144 minutos de las casi tres horas que duraba en su estreno. Más que suficiente para poder admirarla en toda su grandeza. Ya hemos comentado que la película se abre con un ritmo frenético, pero enseguida desacelera para empezar a desarrollar la intrincada trama y presentarnos a los personajes que la protagonizarán. Lang afirmaba de estas sus primeras películas que en ellas “solo hay emoción pura, el desarrollo del personaje no existe.” Si lo primero es una verdad que podríamos considerar absoluta, lo segundo no es tan cierto. Sí que hay en Los espías un interés por dar entidad a sus protagonistas, en especial al trío formado por el malvado Haghi (Rudolf Klein-Rogge, su malo habitual), la espía rusa a su servicio Sonya Baranilkowa (Gerda Maurus) y el agente del servicio secreto que lucha denodadamente contra ellos, el Nº 326 (Willy Fritsch). La historia, un guion del propio Lang y su entonces esposa Thea von Harbou siguiendo la novela escrita por esta, se desenvuelve adoptando las maneras del más clásico folletín. Hasta podemos ver cómo el traidor Jellusič se atusa su enorme y puntiagudo mostacho en el que quizás sea el gesto más típico de todo malvado que se precie. Herencia esto no solo de las novelas populares de principios del siglo XX, sino también de ese genio del cine primitivo que fue Louis Feuillade, la primera y gran influencia de Lang, que lo admiraba. En especial su serial en cinco episodios Fantomas (Fantômas, 1913-1914), el cual ya había dejado su huella en las obras iniciales del director austríaco y que aquí desvela su impronta de forma, eso sí, más estilizada: mensajes con tinta que desaparece, personajes huyendo por los tejados, el plano frontal enfrentado al espectador que refuerza la violencia y el impacto de los protagonistas, explosiones, persecuciones, tiroteos, fumaderos de opio, edificios gaseados, habitaciones ocultas y, cómo no, malos muy malos en guerra sin cuartel contra los buenos. Y el peor de todos el despiadado Haghi, un banquero secuestrador y chantajista que controla los bajos fondos y dispone de una red de maleantes a su servicio. Como el doctor Mabuse, y como el genio del crimen Fantomas muchos años antes. Solo que en el serial Fantomas los banqueros eran aún peores que el criminal protagonista. Ha pasado un siglo y ellos todavía continúan siendo lo peor de la especie humana. Y en la vida real, lo cual es mucho más terrible.

    No cabe duda de que Haghi es un gran personaje, fascinante y despreciable a partes iguales. Lang siempre tenía mucho cuidado en sus películas por mostrar desagradables y poco simpáticos a quienes no actuaban con honestidad. Es difícil empatizar con sus malvados, eso que nos gusta tanto a cierto tipo de espectadores, pero nunca dejaba a su vez de aportar (en su etapa alemana, sobra decir: la obra de Lang en Estados Unidos está más apegada al realismo) detalles que los distanciaban del vulgo común de los criminales, llevándolos a extremos en los que el mal por el mal parece su única razón de vivir, como manda el folletín de toda la vida. En cualquier caso Haghi es una alimaña que se mueve solo por dinero, haciéndolo descender del Olimpo de los criminales con causas menos terrenales, y no es en sus motivaciones donde hay que buscar la fascinación que, a pesar de todo, acaba provocando. Como el poderoso y ruin banquero Potter (en la inolvidable encarnación de Lionel Barrymore) de la obra maestra de Frank Capra ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life!, 1946), Haghi también se halla atado a una silla de ruedas. A su lado o a su espalda siempre vemos a una vieja enfermera sordomuda que cuida de él. Es un toque de absoluta genialidad que el personaje más cruel y malvado de la película muestre de continuo tal debilidad y dependencia físicas. El despacho desde el cual orquesta sus fechorías es una habitación de paredes vacías con una mesa que dispone de todos los artilugios futuristas imaginables, casi de ciencia ficción. La estética es fría y minimalista. Hasta su despacho oficial en el banco muestra casi la misma desolación. El vacío como imagen de lo sublime asociado al mal, que definiera Edmund Burke, adquiere proporciones exactas en cada plano en el que aparece Haghi. El mal opta por la abstracción. Y por eso siempre es temible en las películas de Fritz Lang.

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    En Los espías todo es directo, urgente, como el mismo folletín del que se alimenta: sin dobles lecturas. Si esto vale, como hemos visto, para el mal, igualmente es válido para el bien. El filme se tranquiliza, como hemos adelantado, un tanto cuando entran en escena la espía Sonya y el agente Nº 326. Sonya trabaja para Haghi llevándose al huerto a quien este cree que hace falta camelarse para robarle o comprarle documentos secretos. Pronto descubriremos que en realidad el pestífero banquero la tiene bajo su servicio a la fuerza: si no le obedece, la entregará a las autoridades rusas que la andan buscando. A pesar de que la arroja en brazos del primer desaprensivo que aparece, así el repugnante Jellusič (Fritz Rasp bordando el papel tanto en lo desagradable como en la parte dramática, que también la tiene), a Haghi le hace tilín la bellísima espía. Esto hará emerger el lado romántico de Haghi, que a la postre es casi peor que su lado de crápula sin compasión. Sonya recibe la orden de espiar al Nº 326, el agente más efectivo de los servicios secretos del gobierno. Y, cómo no, la espía más peligrosa y el agente más expeditivo se enamoran nada más verse. La secuencia en la que se conocen, gracias a una trampa urdida por la inteligente Sonya, es una delicia de diversión, emoción y delicadeza. Los espías se centra entonces en la historia de amor entre los dos jóvenes, que será mostrada con una elegancia soberbia en la que el juego y la pasión del enamoramiento se nutren del gusto por el detalle de Lang. Sus miradas, sus manos rozándose, sus cuerpos casi bailando por las escenas en las que están juntos gracias a la maravillosa composición de los planos por parte del director, conforman un perfecto ejemplo de cómo contar lo de siempre como si jamás nos hubiera sido contado.

    El liante de Haghi pronto sembrará la duda en el corazón del Nº 326 al apremiar a Sonya a que termine su misión con Jellusič. En otro personaje, Matsumoto (interpretado por el actor Lupu Pick, también director de cine autor del considerado primer Kammerspiele– película de cámara, esto es, pocos escenarios y primando lo psicológico sobre la acción en la trama– alemán: El raíl, Scherben, 1921), el jefe del servicio secreto japonés, se centrará una subtrama en la que este será engañado por una espía al servicio de, cómo no, Haghi, la tan bella como venal Kitty (una sensual Lien Deyers, descubierta por Lang en esta película), y eso que justo antes ha estado reconviniendo al joven Nº 326 por dejarse atrapar por Sonya. En fin, todo se complica y el pobre Matsumoto acabará muy mal. Protagonizará, eso sí, uno de los momentos más estremecedores de Los espías. La desvergonzada Kitty hará inútiles los esfuerzos del japonés por burlar a Haghi al no poder impedir que el genio del mal le robe unos valiosos documentos. Tres agentes japoneses morirán en vano al fracasar Matsumoto. Los espectros de estos agentes muertos se le aparecerán reclamando su sacrificio desperdiciado. Resultan aterradores no solo porque Lang crea en pocos planos una profunda sensación fantasmagórica abandonando los escenarios realistas, sino también por el uso de un sencillo pero muy efectivo truco: los tres espectros tienen los ojos desmesuradamente abiertos, acusando así a Matsumoto por su debilidad, pero esos ojos están pintados sobre los párpados cerrados de los actores provocando de esa manera un efecto sobrecogedor por lo inhumano que parecen. Una verdadera visión infernal.

    Los espías (Spione, Fritz Lang, 1928)

    Nos lanzamos entonces ya de lleno al arrollador final: choques de trenes que podrían haber sido orquestados por el mismo Fantomas, persecuciones, coches impactando en edificios provocando el caos, el asalto al cuartel general de Haghi, atentados con bombas ocultas en… ¡cocos!, o el rapto de Sonya y su salvamento en el último minuto, como mandan los cánones desde que David Wark Griffith lo institucionalizara en El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915). Un ardid narrativo que todavía a día de hoy se utiliza sin variar un ápice en películas que seguro podéis ir a ver ahora mismo en los cines, si queda alguno, de vuestra ciudad. La secuencia de las fuerzas policiales cercando el banco de Haghi recuerda de manera poderosa por su planificación a los dedicados a la policía en busca del asesino interpretado por Peter Lorre en la magnífica M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), la primera y genial película sonora de Fritz Lang. En las celebradas escenas que acontecen en los trenes que sabotearán los agentes de Haghi ya se puede admirar cómo el sonido se visualiza en un acto de prodigiosa sinestesia: el número del vagón en el que viaja el Nº 326 y que será siniestrado es el 33.133. Sonya intenta recordar dónde lo ha visto antes, y observaremos el número sobreimpresionado en la imagen moviéndose como el péndulo de un reloj, traqueteando con el ruido provocado por unos frascos de perfume que vibran bajo el movimiento del tren, las ruedas del mismo haciendo girar los números en su veloz desplazamiento y mostrándolos cada vez en planos más cortos y rápidos representando el esfuerzo de Sonya por recordar. Y en el desenlace, Haghi desprendiéndose de todos sus disfraces para acabar representando su última y fatal actuación bajo la máscara horrenda de un payaso atrapado, el cual no se resigna a terminar sus días acorralado por la policía. Hasta cuatro suicidios se nos mostrarán en Los espías tiñendo de una oscuridad desoladora esta aventura en apariencia más luminosa.

    Queda así en el recuerdo grabada por siempre una película de acción desatada entreverada con una desaforada historia de amor, todo ello mostrado con una perfección apabullante, de ritmo medido al milímetro y una construcción de encuadres y secuencias de una belleza formal prodigiosa. El gusto de Lang por las composiciones geométricas alcanza aquí su más depurada expresión: hay momentos en que los planos vacíos de mobiliario están solo atravesados por líneas rectas formadas por escaleras, sombras, puertas, figuras humanas o por una silla solitaria sobre la que se debate una mujer atada de pies y manos. Con la llegada del sonoro Fritz Lang demostraría que aún tenía muchas cosas que decir con las cuales estremecernos y apasionarnos. Parece increíble viendo Los espías que se pudiera ir más lejos.

    José Luis Forte
    redacción Extremadura

    Alemania, 1928. Título original: Spione. Director: Fritz Lang. Guion: Thea von Harbou y Fritz Lang, basado en la novela de Thea von Harbou. Productoras: Fritz Lang-Film y Universum Film (UFA). Productor: Erich Pommer. Estreno: 22 de marzo de 1928. Fotografía: Fritz Arno Wagner. Música: Werner R. Heymann. Dirección artística: Otto Hunte y Karl Vollbrecht. Diseño de decorados: Edgar G. Ulmer. Intérpretes: Rudolf Klein-Rogge, Gerda Maurus, Willy Fritsch, Lien Deyers, Louis Ralph, Craighall Sherry, Paul Hörbiger, Hertha von Walther, Lupu Pick, Fritz Rasp.

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