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    Festival de Karlovy Vary 2017
    Festival de Karlovy Vary 2017

    Los caprichosos caminos del amor

    Crítica ★★★★ de El repostero de Berlín (The Cakemaker, Ofir Raul Graizer, Alemania, 2017).

    Alemania. 2017. Título original: The Cakemaker. Director: Ofir Raul Graizer. Guion: Ofir Raul Graizer. Productores: Mathias Schwerbrock, Itai Tamir. Productoras: Coproducción Alemania-Israel; Film Base Berlin / Laila Films. Fotografía: Omri Aloni. Música: Dominique Charpentier. Montaje: Michal Opperheim. Dirección artística: Yael Bibelnik. Reparto: Tim Kalkhof, Sarah Adler, Roy Miller, Zohar Shtrauss, Sandra Sade, Tamir Ben Yehuda, Tagel Eliyahu.

    Después de tres cortometrajes laureados en diferentes festivales especializados, A player in January (2007), Dor (2009), La Discotheque (2015), el escritor y director Ofir Raul Graizer se dispone a dar un salto mortal sin red con su primer trabajo en formato largo, El repostero de Berlín (2017), un melodrama en toda regla que había estado gestándose en su cabeza durante ocho largos años, el tiempo que ha tardado en encontrar la financiación necesaria para llevarse a cabo. Dotado de una fuerte carga autobiográfica (Graizer es abiertamente gay y, como el protagonista de su historia, un enamorado de la cocina, hasta el punto de haber publicado algún libro sobre ella), el filme se inscribe dentro de los siempre atractivos, al menos para la vista, ambientes culinarios que ya transitaran con éxito otras cintas como Como agua para chocolate (Alfonso Arau, 1992), Comer, beber, amar (Ang Lee, 1994), Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001) o Un toque de canela (Tassos Boulmetis, 2003), todo un subgénero en sí mismas, con suculentos y exóticos platos desfilando por la pantalla al mismo tiempo que se fraguaban sus historias de amor. En esta ocasión, la cocina funciona como una efectiva herramienta de unión y entendimiento entre diferentes culturas (aquí con las complicadas relaciones, como consecuencia de un pasado histórico difícil de olvidar, entre alemanes y judíos, como telón de fondo), más que como elemento meramente decorativo o superfluo dentro de una sencilla trama de amor a tres bandas que desafía cualquier tipo de convencionalismo. Y es que, si bien tiene El repostero de Berlín, sobre el papel, ingredientes un tanto controvertidos que, en otras manos podrían haber derivado en una obra sensacionalista y polémica, lo cierto es que su director ha sabido combinarlos con tacto y extrema delicadeza, dando lugar a una película amable y cargada de buenas intenciones que esquiva, dentro de lo posible, regodearse en los terrenos más espinosos (que los tiene) de su historia.

    Empezando por la personalidad, un tanto compleja, del repostero protagonista, cuyo comportamiento y motivaciones que le llevan a actuar de la manera (aparentemente desinteresada y bondadosa) en que lo hace, bordea los terrenos de alguna seria patología emocional. Thomas es un joven homosexual alemán, introvertido y de pocas palabras, que regenta una pequeña cafetería y pastelería de Berlín, que se ha ganado una merecida buena fama por sus deliciosos postres. Desde que falleciera su abuela, la mujer que le crio y le inculcó su amor por los fogones, lleva una vida solitaria y gris, hasta el instante en que aparece en su local Oren, un arquitecto israelí que, por cuestiones de trabajo, viaja con cierta asiduidad desde Jerusalén a la ciudad alemana. El flechazo es instantáneo y ambos hombres comienzan una relación sentimental adúltera, ya que Oren está casado con una mujer y es padre de un hijo. Cuando el judío desaparece de la vida de Thomas, de la noche a la mañana, el cocinero no duda en emprender un viaje hasta el país de su amante, para descubrir que este ha fallecido en dramáticas circunstancias. Comienza así un acercamiento (en principio laboral y luego sentimental) entre el muchacho y Anat, la viuda de Oren, que, totalmente ajena al secreto de Thomas, le contrata como ayudante en su cafetería, a pesar de la oposición de buena parte de la familia de la mujer a que meta en su cocina, regida por las estrictas reglas judías kosher, a un alemán. De esta manera, El repostero de Berlín se aparta rápidamente de los caminos del drama de temática LGBT para tomar otros más sorprendentes. De hecho, el idilio entre Thomas y Oren ocupa muy pocos minutos de metraje y tan solo sirve como detonante para que el alemán emprenda ese viaje a Jerusalén que cambia su vida. De hecho, la pérdida del hombre a quien ambos han amado (la una, en su matrimonio; desde la clandestinidad de unas escapadas esporádicas a Berlín, el otro) es lo que acaba uniendo a dos personas desdichadas y rotas por el dolor, que se necesitan mutuamente para salir adelante.

    por José Martín León
    julio 22, 2018

    Crítica | El repostero de Berlín

    por José Martín León | julio 22, 2018

    El pathos del fracaso

    Crítica ★★★ de El Cairo confidencial (The Nile Hilton Incident, Tarik Saleh, Suecia, 2017).

    Una televisión mal sintonizada es el primer plano de El Cairo confidencial (The Nile Hilton Incident, 2017), tercera película del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh. En ella, alguien no identificado habla de valores y educación. Es muy posible que no sea algo deliberado pero dicho principio —un detalle puramente anecdótico— nos ha hecho recordar el arranque de una obra ya icónica: Neuromante de William Gibson (1), primera novela del escritor y texto fundamental de aquella corriente literaria que emergía a principios de los años 80, el cyberpunk. La primera frase que podemos leer es: «El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto». El “nofuturo” de Gibson guarda escasa relación con el filme que nos ocupa (2), más allá de que ambos se nutren de la misma fuente, el noir clásico, para procesarlo de diferente manera. Pero, sin embargo, ambos coinciden en un aspecto muy definitorio: las profundas convulsiones del espacio urbano. En el cyberpunk, tal como apunta Analia Lorena Meo (3), a partir de una cita a Dani Cavallaro: «el espacio es concebido frecuentemente de forma inmaterial, sin embargo, sus ciudades son enfáticamente materiales: "El aumento de desechos en sitios urbanos desolados, la omnipresencia de la criminalidad y de la enfermedad, y la perenne fascinación por las reliquias de antaño subrayan la dimensión corpórea de la ciberciudad"». Ese acento en lo físico del entorno urbano (y su degradación), en lo que prácticamente es puramente topográfico, parte de un mismo origen, aquella vertiente del cine negro clásico que se ha convenido en caracterizarla como documentalista, donde la película La ciudad desnuda (The Naked City, 1948) de Jules Dassin sería uno de los ejemplos más representativos. Al respecto, Dassin (4) comentaba: «No me interesaba la historia, me interesaba la ciudad y no podía contar la verdadera historia de cualquier ciudad sin mostrar sus contrastes; los ricos, los poderosos, los pobres…eso es una ciudad (…)»

    El Cairo confidencial, más allá de su armazón argumental esquemático y prototípico de película de género, parece converger en los mismos intereses de Dassin y de ahí es de donde se pueden sacar sus mejores réditos, en las secuencias de transición, que son puramente descriptivas, en las panorámicas de una ciudad que está a punto de estallar. La trama arranca el 15 de enero de 2011, nos encontramos en unos días antes de que estallen las protestas de Egipto que empezaron el 25 de enero del mismo año, “la Revolución Blanca”, por lo que el filme quiere captar un clima de desestabilización y quiere convertirse por la vía de la ficción en una crónica de un momento clave en nuestro presente contemporáneo. Para ello, lo que aparenta ser un puro telón de fondo para el relato acaba convirtiéndose en lo realmente sustancial del filme. De esta manera, para definir El Cairo confidencial nos resulta muy útil lo que comentaba Thomas Elsaesser (5)  cuando nos hablaba de un cambio de paradigma advertido en el cine norteamericano de los años 70: «la búsqueda de un mundo físico y gestual que posee la connotación de historicidad y tiene una repercusión cultural sin ser abiertamente simbólico». Esta búsqueda, que resulta de lejos lo más estimulante de una cinta varada en sus clichés (6), es lo que nos permite restar importancia a su excesiva dependencia de un filme como LA Confidencial (L.A. Confidential, Curtis Hanson, 1997) (7), ya que Tarik Saleh no disimula en absoluto que está realizando un trasvase de lo que era el largometraje de Curtis Hanson, en este caso cambiando el escenario de Los Ángeles de los años 50 por El Cairo de principios de esta década. De esta manera, establece una equivalencia clara entre el putrefacto, corrupto y sórdido ambiente de ambos largometrajes para dar una explicación (bastante básica y primaria, todo sea dicho) de lo que condujo a que Egipto se alzase reclamando principios democráticos ausentes en una sociedad gobernada por una crisis de valores, aquellos que se reclamaban en la televisión del principio. La inesperada comparativa de Gibson en Neuromante, que le servía para adentrarnos en un ambiente marcado por lo hipertecnológico y su disfunción, en El Cairo confidencial nos lleva a que después localicemos a nuestro personaje principal, que está obsesivamente mirándose en un espejo y acicalando su pelo antes de salir a la calle.

    por Manuel Argüelles
    marzo 30, 2018

    Crítica | El Cairo confidencial

    por Manuel Argüelles | marzo 30, 2018

    Las 10 mejores películas inéditas de 2017

    Anuario EAM: The new (and the old) lights.

    Con la consolidación del modelo Netflix en las pequeñas pantallas españolas, va a ser cada vez más habitual que grandes películas vean acotado su estreno comercial a este medio. ¿Se acerca el final del cine en salas? Ni mucho menos, solo que se expanden las opciones, y, por ello, llegarán de forma legal producciones que no suelen pasar la frontera de los certámenes. Aun así, por modelo mercantil o, simplemente, por ceguera, las distribuidoras, por norma general, siguen dejando a un lado filmes arriesgados o con un target inespecífico. Es difícil asumir que largometrajes como Certain Women –el número uno del listado homólogo de esta publicación del pasado año— o Wind River –que saldrá a la venta este mes de enero— hayan llegado o llegarán a las manos del público a través del mercado doméstico. Algo que le ha podido ocurrir a A ghost story de David Lowery, salvado in extremis y de forma silenciosa por un estreno técnico en cuatro salas. Claro está, que hablamos de cintas adquiridas por majors tras su paso por el Festival de Sundance que no supieron, viendo que su exiguo protagonismo en la Oscar Race, encontrarle un hueco adecentado en este cada vez más celérico torbellino de novedades de cartelera. Películas como Mr. Long, Brigsby Bear –que también tendrá su vía de escape a través del digital—, Beach Rats o As boas maneiras, por otro lado, dentro de una tipología de propuesta de autor, tienen un perfil comercial que bien les podría haber procurado una exhibición durante este 2017 dominado por blockbusters y el cine de animación. Mucho más complicado lo tienen obras tan sugerentes como la turca More, la georgiana Dede y la checa Little Crusader, proyectadas en el Festival de Karlovy Vary; o la portuguesa Colo, la brasileña Rifle y el documental El mar la mar, que abrieron sus dilatados recorridos en la Berlinale. Pero no solo los jóvenes realizadores se encuentran con este obstáculo que saltar; grandes autores como Terrence Malick –cuyas tres últimas películas no han sido estrenadas en nuestro país—, Andrew Haigh y los hermanos Safdie no han podido estrenar en salas sus últimos trabajos. Especialmente llamativo es este último caso. Netflix estrenará el 11 de enero Good Time, sin publicidad alguna y para rellenar el fondo de armario de la parrilla. Un dato que resulta grotesco, ya que estamos ante una de las apuestas visuales y narrativas más potentes del pasado curso. Aun con casos tan flagrantes, hay motivos para la esperanza. La aparición de pequeñas compañías de distribución como Compacto o Versus Entertainment que le ofrecen al público la posibilidad de ver joyas como Los demonios –número uno, una vez más, de este top hace un par de años— y Columbus –estrenada hace un par de semanas— siempre es motivo de celebración. Al igual que la consolidación este año de La Aventura, que será la responsable de estrenar en Españas filmes como Western, Under the Tree, El Cairo Confidencial, Jeune Femme, Amante por un día y, sobre todo, el cine de Hong Sang-soo, un clásico inédito al que por suerte veremos en pantalla el año que viene con, al menos, dos películas. Les dejamos con nuestro top 10 de largometrajes no estrenados en España y que, esperemos, tenga su pequeño espacio de gloria durante este 2018 que acaba de comenzar.

    por EAM
    enero 02, 2018

    Las 10 mejores películas inéditas de 2017

    por EAM | enero 02, 2018

    La madre patria

    Crítica ★★★★ de Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, España, 2017).

    Postrada en la cama, Julita Salmerón piensa sobre el momento en el que se muera y no hay cosa que le dé más miedo que sufrir un ataque de catalepsia, el trastorno nervioso que paraliza todo el cuerpo y hace creer que has muerto. Ninguna opción parece satisfacerle. En un caso así, ni un entierro, ni un ataúd ni la incineración le servirían para avisar a sus seres queridos de que, efectivamente, sigue viva. La solución parece sencilla: antes de darle sepultura sea cual sea la forma elegida, hay que pincharle la pierna con una aguja grande de tejer, para comprobar si realmente está muerta y, de no ser así, poder reaccionar a causa del dolor. A grandes males, grandes remedios. En su razonamiento se adivina un último gesto de resistencia, el de una persona que se agarra a la vida a cada segundo, porque es así, con esa intensidad, con la que ha vivido toda su existencia. Ese ímpetu vital que impregna su forma de ser se pone de manifiesto a través de todos los objetos que acumula en distintos lugares: una nave industrial que parece un rastro, el salón de su casa donde incluso se plantean hacer un pequeño trastero o el inmenso castillo de pomposa decoración propiedad de la familia. «Si tiras algo, pierdes algo de tu vida», afirma rodeada de cajas llenas de recuerdos. Ese apego por lo material y la incapacidad de desprenderse de lo más nimio e insignificante puede que sea el elemento que mejor defina al personaje principal de Muchos hijos, un mono y un castillo.

    Este retrato familiar dirigido por Gustavo Salmerón nos presenta a una mujer llena de fuerza y vitalidad, con una personalidad arrolladora que ocupa cada espacio del cuadro. Estamos ante un documental de personaje. Así, más allá de la importancia de la historia o los sucesos que se narran, el núcleo de la película bascula siempre sobre el retrato de Julita, y Salmerón sabe utilizar cada recoveco de su personalidad para siempre virar hacia lo insólito. Su madre es el centro de esta propuesta que parte de una premisa ya de por sí increíble, la de una mujer que ha logrado cumplir sus tres sueños: tener muchos hijos, un mono y un castillo. Lo rocambolesco del título subraya una cierta tendencia hacia la comedia del documental, algo que ocurre inevitablemente por la propia historia y las situaciones que se crean. Sin embargo, detrás de este acertado ejercicio de montaje tras años capturando momentos familiares se adivinan esas pequeñas tragedias cotidianas que deambulan como fantasmas. El mono tuvo que acabar sacrificado tras varios episodios un tanto violentos. El castillo tiene que venderse a causa de los problemas económicos. Salmerón pasa de puntillas por ciertos temas que pueden parecer un tanto controvertidos (¿de dónde sacaron la fortuna para comprar el castillo?), hecho que puede resultar un tanto frustrante por la cantidad de interrogantes que deja abiertos. Aun así, pese a lo antidocumental que pueda parecer dejar tantas preguntas en el aire, Muchos hijos, un mono y un castillo encuentra en su inesperada profundidad histórica y social un nuevo significado. En la rotunda fisicidad de Julita encontramos un reflejo de este país que, como su familia, parece venido a menos. Y al final, cansados de la retahíla de reproches y explicaciones sobre cómo hemos llegado a ser lo que somos, puede que lo más interesante sea toparnos ante esta mordaz representación de la España que vivimos a través de un personaje tan rico, hiperbólico y adorable como Julita, que no deja de recordarnos a la Carmina de Paco León (otro ejemplo de tándem madre-hijo que escapa de lo doméstico para representar elementos colectivos).

    por Anónimo
    diciembre 21, 2017

    Crítica | Muchos hijos, un mono y un castillo

    por Anónimo | diciembre 21, 2017

    Cómo conocí a mi esposa

    Crítica ★★★★ de «La gran enfermedad del amor» (The Big Sick, Michael Showalter, Estados Unidos, 2017).

    Cuando parecía que la comedia romántica estadounidense del modelo “chico conoce a chica”, se enamoran, superan todos los obstáculos que la vida les pone y acaban felices, se había extinguido ante la falta de nuevas ideas, llega La gran enfermedad del amor (2017) y le insufla una bocanada de aire fresco. El realizador Michael Showalter, principalmente curtido en series de televisión y cuyo trabajo cinematográfico más destacado hasta la fecha había sido ese vehículo para lucimiento de la estupenda Sally Field que fue Hello, My Name is Doris (2015), ha sido el encargado de plasmar en imágenes un guion de Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon basado en su su propia experiencia como pareja. En efecto, la película expone, de forma humorística, cómo el cómico paquistaní, conocido por su papel en la serie Silicon Valley, conoció a su futura esposa durante una actuación en el local de Chicago donde realiza sus monólogos. La química entre Kumail y Emily, una joven estudiante de psicología, es, desde el primer instante, más que evidente, y acaban viviendo una noche de pasión. Lo que podría haberse quedado en una simple atracción, acaba transformándose en amor verdadero, algo que se convierte en un problema para el chico, proveniente de una familia inmigrante paquistaní de lo más tradicional, con una madre que organiza cenas con diferentes chicas casaderas (musulmanas, por supuesto), con la intención de arreglar una boda de conveniencia. Que Kumail haya decidido dedicarse al mundo del espectáculo en lugar de estudiar una carrera como abogado o médico, ya había sido suficiente decepción para unos padres que, de enterarse de que mantiene un romance con una norteamericana blanca, pondrían el grito en el cielo. Este choque entre dos culturas tan diferentes y su carga crítica felizmente dosificada en el guion son un añadido extra a lo que venían siendo las comedias románticas tradicionales.

    A finales del siglo XX reinaban en el género actrices como Julia Roberts, Meg Ryan o Sandra Bullock a finales del siglo XX, con cuentos de hadas que no se caracterizaban por tocar temas demasiados controvertidos que pudiesen amenazar sus opciones de ser éxitos de taquilla. Por fortuna, los tiempos han cambiado y cada vez resulta menos extraño encontrar una comedia romántica protagonizada por un personaje masculino (como es el caso que nos ocupa), algo en lo que Judd Apatow, productor detrás de la cinta, ha tenido gran influencia como responsable de éxitos como Virgen a los 40 (2005), Lío embarazoso (2007) o la notable (y nunca del todo bien considerada) Hazme reír (2009) -una de las mejores actuaciones de Adam Sandler-, títulos que bajo su apariencia gamberra e incluso, en ocasiones, soez, esconden sinceras radiografías sobre lo complicadas que son las relaciones sentimentales. The Big Sick mantiene algunas de las constantes de este tipo de comedias (sobre todo en lo que concierne a una galería de personajes secundarios tan frikis como, a su peculiar modo, entrañables) pero huye del habitual humor escatológico y el afán provocador que las caracteriza para moverse en unos terrenos mucho más sutiles, dejando que la sinceridad de las situaciones y los diálogos escritos por Nanjiani y su esposa encandilen al público sin necesidad de recurrir a forzados gags que busquen la risa fácil. No cabe duda de que si algo tiene este filme que lo diferencia del resto es la verdad que transmite en cada fotograma. Kumail Nanjiami está espléndido interpretándose, prácticamente, a sí mismo, y su compañera de reparto, Zoe Kazan, no se queda atrás. Ambos forman una pareja con gran feeling en pantalla, algo clave para que el espectador se involucre en la lucha de aquellos dos enamorados para estar juntos, sobreponiéndose a arraigadas tradiciones culturales y religiosas y, sobre todo, a un imprevisto problema de salud. Sí, porque, en un giro del destino, cuando Kumail y Emily lo dejaron ante tanta presión, ella cayó en coma víctima de una extraña enfermedad, y fue el muchacho quien estuvo a su lado esperando a que despertara. Durante este periodo de tiempo, se vio obligado a relacionarse con sus “suegros”, en principio reticentes a su presencia en el hospital, pero progresivamente más receptivos al romance de su hija con un chico musulmán.

    por José Martín León
    octubre 11, 2017

    Crítica | La gran enfermedad del amor

    por José Martín León | octubre 11, 2017

    Orgullo checo

    Palmarés de la 52ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Contra pronóstico, las competiciones de la 52ª edición del Festival de Karlovy Vary han estado muy por encima de lo esperado. Por un lado, la sección oficial ha compilado varias propuestas de un nivel notable que rompen con la arritmia narrativa que se había instalado en las últimas entregas. Filmes como el hebreo-germano The Cakemaker –que distribuirá en España Karma Films—, el turco More, el checo Little Crusader o el eslovaco The Line se han revelado como apuestas que, o bien pueden tener un buen recorrido comercial, o bien representan una línea autoral con enjundia; recuperando una personalidad que se había esfumado en el último lustro en el certamen celebrado en la capital del Karlsbad. Por otro, del segundo apartado en importancia, East of the West, han surgido títulos nada desdeñables que podrían haber destacado en las secciones homólogas de San Sebastián (Nuevos Directores) o la Berlinale (Fórum). Una victoria relativa para Karel Och y su equipo de programación, ya que en un año de aparente transición, donde incluso los filmes provenientes de Sundance o Cannes no han causado el impacto esperado en la platea checa, la lucha por el Globo de Cristal se ha saldado con una buena calificación. Todo un espaldarazo para un evento que cada año suma en lo artístico y que demanda un aumento de presupuesto para aspirar a cotas más altas. Precisamente, el cuadro de honor de esta edición ha seguido, por fortuna, esa línea. El jurado compuesto por Anna Brüggemann, Sarah Flack, Ciro Guerra, Michel Merkt & Štefan Uhrík, eso sí, con cierto riesgo, ha dictaminado que la epopeya checa Little Crusader, el viaje de un señor feudal a través de la vasta geografía local en busca de un hijo que anhela emular a los Cruzados en Tierra Santa, es la merecedora del Globo de Cristal a la mejor película. Una decisión que, sin embargo, no podrá ayudar a sacar al filme de Václav Kadrnka del estatus de inédito puesto que es una cinta de nula vocación comercial. Y, a propósito de ello, la obra con un más que probable éxito popular –podría ser un gran opción al Óscar para Israel—, The Cakemaker, como suele ocurrir en estos casos, se ha marchado de vacío. Son los dos grandes titulares de un anuncio que ha dejado con buen sabor de boca a la industria española gracias al Globo de Cristal al mejor documental para Muchos hijos, un mono y un castillo de Gustavo Salmerón, un trabajo que, a través del carisma de su protagonista, Rafaela Aparicio, retrata la caída de la burguesía durante la crisis económica. Con el palmarés, abrimos una ventana especial al Festival de Karlovy Vary durante las próximas semanas mediante críticas, reportajes y listados de todo lo que ha acontecido dentro y fuera del Hotel Thermal.

    ■ Globo de Cristal a la mejor película: Little Crusader de Václav Kadrnka (República Checa).
    ■ Premio especial del jurado: Men don't cry de Alen Drljević (Bosnia y Herzegovina).
    ■ Premio a la mejor dirección: Peter Bebjak por The Line (Eslovaquia).
    ■ Premio a la mejor actriz: ex aequo Jowita Budnik & Eliane Umuhire por Birds are singing in Kigali (Polonia).
    ■ Premio al mejor actor: Alexander Yatsenko por Arrhythmia (Rusia).
    ■ Mención especial del jurado a la mejor ópera prima: Keep the Change de Rachel Israel (Estados Unidos).
    ■ Mención especial del jurado a la mejor debutante: para la actriz Voica Oltean, por su papel en Breaking News (Rumanía).

    EAST OF THE WEST


    ■ Premio East of the West a la mejor película: How Viktor “the Garlic” Took Alexey “the Stud” to the Nursing Home de Alexander Hant (Rusia).
    ■ Mención especial: Dede de Mariam Khatchvani (Georgia).

    DOCUMENTALES / COMPETICIÓN


    ■ Globo de Cristal al mejor documental: Muchos hijos, un mono y un castillo de Gustavo Salmerón (España).
    ■ Mención especial: Atelier de conversation de Bernhard Braunstein (Austria).

    PREMIOS PARALELOS


    ■ Premio FIPRESCI: Keep the Chance de Rachel Israel (Estados Unidos).
    ■ Premio del Jurado Ecuménico: The Cakemaker de Ofir Raul Graizer (Israel/Alemania).
    ■ Europa Award Cinema Label: Men don't cry de Alen Drljević (Bosnia y Herzegovina).
    ■ Premio FEDEORA: Mariţa de Cristi Iftime (Rumanía).
    ■ FNE FIPRESCI: The Cakemaker de Ofir Raul Graizer (Israel/Alemania).
    ■ Premio del público: Wind River de Taylor Sheridan (USA).
    ■ President's Award: Uma Thurman, actriz; Casey Affleck y Jeremy Renner, actores; Václav Vorlíček, director.
    ■ Globo de Cristal por su contribución artística: Ken Loach, director, y Paul Laverty, guionista.


    por Emilio M. Luna
    julio 08, 2017

    Palmarés del Festival de Karlovy Vary 2017: «Little Crusader», de Václav Kadrnka, Globo de Cristal

    por Emilio M. Luna | julio 08, 2017

    Dos ventanas al vacío

    crítica ★★★★★ de A Ghost Story (David Lowery, Estados Unidos, 2017).

    «"A salvo, a salvo, a salvo", late con orgullo el corazón de la casa. "Tantos años…", suspira él. "Me has vuelto a encontrar. Aquí", murmura ella, "durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, rodando manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro" Al inclinarse, su luz alza mis párpados. "¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!", late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: "¿Es este vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón"».
    Virginia Woolf, «La casa encantada».

    Si nos ponemos esencialistas, un fantasma es ante todo una memoria sin dueño. Una presencia del ausente (una contradicción, por tanto, y como tal asomada al vacío de la nada) y su afán hecho energía por no dejar atrás lo amado en vida. El fantasma más folclórico, por norma general, nos resulta una figura de terror porque canaliza nuestro miedo a los monstruos de lo inexplicable. Pero, si lo pensamos bien, el miedo más profundo que contiene un fantasma pertenece a la propia alma que éste manifiesta. El miedo a ser olvidado y el miedo a olvidar. Este último, quizá el más genuino. El de pasarnos la vida esforzándonos por grabarnos a fuego un puñado de recuerdos, unas imágenes para mantener vivo de algún modo todo aquello a lo que amamos, para que simplemente desaparezcan en un instante. Un fantasma es, entonces, la manifestación de un deseo de no olvidar tan incontenible que trasciende las leyes de la física. Pero, como producto del imaginario humano, un fantasma es también una imagen de esperanza en esa trascendencia. No necesariamente de fe en un más allá, sino del reflejo poético de aquello de los muertos que permanece entre los vivientes. El actor Will Oldham, en un monólogo que explicita las amplias trazas ensayísticas de un filme tan depurado de lo argumental como el que nos ocupa, concluye que lo único que da un mínimo sentido a este terror al vacío son las conexiones creadas con los demás, dado que terminan por configurar el recuerdo que dejamos tras desaparecer. ¿Qué impulsó a Beethoven a crear la novena sinfonía pese a esta consciencia de la fugacidad de todo lo que la inspiró?, se pregunta Oldham. O bien, reorientemos la pregunta: ¿Beethoven compuso la novena sinfonía movido por el deseo de ser recordado, o por el deseo de recordar la belleza que percibía en el mundo?

    En el fondo son dos cuestiones simétricas. Y el fantasma, y he aquí el núcleo de A Ghost Story, una figura atrapada entre ambas. Su condición de no viviente dicta, por una parte, su imposibilidad de habitar el presente y por tanto de seguir configurando el recuerdo ajeno hacia sí mismo. Por otra parte, también hace imposible un aspecto fundamental para que el recuerdo propio siga vivo: ser compartido a la vez que confrontado con nuevas experiencias del presente. Sin eso, los recuerdos solo son piezas de una escultura: forman algo inmóvil y sin tiempo. Una escultura que representa la expresión de una identidad, y no el cuerpo de esa identidad misma. De ahí que el fantasma sea una memoria sin dueño. O, por afinar un poco más, el deseo de permanencia de una memoria sin dueño. Nuestro protagonista fantasmagórico, encarnado (si tal palabra es posible para el caso) por Casey Affleck, está privado por tanto de todo intento de lenguaje. Pero llegamos a intuir cuál es su voluntad en una escena en la que contempla a su amada en vida (Rooney Mara) mientras empieza a rehacer su existencia frecuentando a otro hombre. Esa voluntad se expresa en las luces de la casa que destellan con violencia y los libros que caen de las estanterías mientras ella consuma el acto, y nos permite indagar en lo que implica la habitual ira del fantasma de casa encantada: no se trata de odio hacia los ocupantes, sino de una frustración irreprimible ante la transformación de los tesoros que él conserva en su memoria. Vistos así, los fenómenos poltergeist no son más que la traducción a energías de la única voluntad posible para un fantasma: el anhelo de que lo que solía ser su mundo no siga adelante sin él. Por esto mismo, es significativo que en el imaginario tradicional el fantasma suela aparecer asociado a un lugar concreto y jamás salga de él: por norma general, una casa como contenedora de sus recuerdos más preciados. Su renuncia a abandonar la casa, como le sucede a nuestro protagonista sobrenatural, especifica que esa voluntad es una resistencia dolorosa: es preferible el tormento de ver cómo el presente va dejando atrás la imagen de sus recuerdos preciados que decirles adiós para siempre. La muerte del personaje de Affleck supone el punto de partida del relato. Mientras que la presencia de Rooney Mara, la amada que le sobrevive, personaliza toda esta cuestión de la tragedia silenciosa del fantasma, condensada con una belleza que duele en una escena cumbre del filme: el fantasma impasible es observado desde fuera de la casa, tras la ventana, mientras el coche conducido por Mara se aleja dejando el lugar para siempre.

    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 17, 2017

    Crítica | A ghost story

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 17, 2017

    Fotograma de «El intendente Sansho» (1954, Sanshô dayû).

    Siguiendo con su tradición de retrospectivas homenajeadoras de grandes maestros del cine, el festival de Karlovy Vary se consagra este año a la figura de Kenji Mizoguchi. Una selección de diez largometrajes realizada por el crítico Tony Rains que se plantea como un simple ejercicio de tributo al realizador japonés, una ocasión para descubrir o redescubrir su cine en las pantallas adecuadas. Así, la selección de películas es más que nada un compendio de grandes éxitos: no falta ninguna de las tradicionalmente consideradas “grandes” de su filmografía, incluida la trinidad que forman Cuentos de la luna pálida, La vida de Oharu, mujer galante y El intendente Sansho. La selección menos canónica la constituye Osen de las cigüeñas, única representante escogida de la etapa muda del director y, asimismo, una de sus primeras incursiones en el mundo de la prostitución en las grandes urbes del Japón contemporáneo. Un tema que también conduce a las más conocidas Elegía de Naniwa y La calle de la vergüenza (su testamento fílmico), ambas presentes en la programación. Además, la parrilla se completa con Kenji Mizoguchi, la vida de un director, un documental de corte divulgativo y testimonios múltiples sobre su obra dirigido por Kaneto Shindo.

    Se trata, por tanto, de un programa destinado a mantener viva la llama de uno de los cineastas japoneses más influyentes en Occidente y, junto a Akira Kurosawa, el primero que se dio a conocer y fue celebrado como gran autor. Entre otras cosas, gracias a las alabanzas que le dedicaron los críticos de Cahiers du Cinéma, que vieron en el virtuoso uso del plano-secuencia de Mizoguchi una perfecta encarnación de sus ideas sobre el lenguaje fílmico basado en el montaje invisible. También cineastas como Tarkovsky o Welles, que se declararon fascinados por el japonés, contribuyeron a engrandecer su leyenda. Esta recepción de Mizoguchi como maestro del cine mundial, pues, parece ser la faceta dominante de la retrospectiva sobre otras visiones más críticas del director que han ido emergiendo durante las últimas décadas, basadas más que nada en su habitual tratamiento de la mujer como figura destinada al sacrificio personal. El refinamiento estético que enmarca este tratamiento ocultaba, según estos estudios, un conservadurismo social extremo: como si no concibiera otra salida para la situación de sus protagonistas femeninas que la abnegación trágica. Y es que, para bien o para mal, nadie ha sacado tanto partido melodramático del sufrimiento de las mujeres japonesas como Mizoguchi.

    Retrospectiva

    ■ Osen de las cigüeñas (1935, Orizuru osen)
    ■ Elegía de Naniwa (1936, Naniwa ereji)
    ■ Historia del último crisantemo (1939, Zangiku monogatari)
    ■ Amor en llamas (1949, Waga koi wa moenu)
    ■ La señorita Oyu (1951, Oyû-sama)
    ■ La vida de Oharu, mujer galante (1952, Saikaku ichidai onna)
    ■ Cuentos de la luna pálida (1953, Ugetsu monogatari)
    ■ El intendente Sansho (1954, Sanshô dayû).
    ■ El héroe sacrílego (1955, Shin Heike monogatari)
    ■ La calle de la vergüenza (1956, Akasen chitai)
    ■ Kenji Mizoguchi, la vida de un director (1975, Kaneto Shindo, Aru eiga-kantoku no shogai)
    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 03, 2017

    La 52 edición del Festival de Karlovy Vary rendirá tributo a Kenji Mizoguchi

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 03, 2017

    Little Crusader de Václav Kadrnka.

    No para el circuito de certámenes. Esta mañana se ha anunciado la programación de las secciones competitivas de la 52ª edición del Festival de Karlovy Vary, el evento cinematográfico más importante del mes de julio que para esta entrega depara algún que otro retorno ilustre. George Ovashvili, ganador del Globo de Cristal en 2014 con la sensacional Corn Island, vuelve a competir por el máximo galardón checo con la esperada Khibula, un drama histórico sobre Zviad Gamsakhurdia, el primer presidente de Georgia elegido democráticamente. Se esperaba que Ovashvili, con el que es su quinto largometraje, este año subiera un escalón mediático pero, finalmente, será la ciudad del Karlsbad la que acogera la premiere mundial de una de las cintas más esperadas de la temporada dentro del cine independiente. Esta no será la única visita ilustre. El KVIFF proyectará la última película del fallecido Krzysztof Krauze, Birds Are Singing in Kigali, editada por su mujer Joanna Kos, que ya codirigió junto a él propuestas como Plaza del Salvador (2006) o Papusza, una de las mejores películas que pasaron por la edición 2013. Ambas serán las cabezas de cartel de una competición con doce títulos, donde también destacan las presencias de Boris Khlebnikov, Rachel Israel (con la cinta ganadora en Tribeca) y el local Václav Kadrnka. Del resto de la line-up: incertidumbre por la calidad en East of the West —ya el año pasado se aguardaba un mayor nivel tras la eliminación de Forum of Independents; y escasa participación hispana —el KVIFF había tanteado numerosas producciones tanto españolas como latinoamericanas—; solo el documental de Gustavo Salmerón, Muchos hijos, un mono y un castillo, representará a España en su categoría. Esperemos que tenga más suerte que la fantástica El último verano, su homóloga hace 12 meses. El Festival de Karlovy Vary se celebrará del 30 de junio al 8 de julio. Se lo contaremos en EAM:

    Official Selection – Competition

    ■ Arrhythmia de Boris Khlebnikov (Rusia).
    ■ Breaking News de Iulia Rugină (Rumanía).
    ■ The Cakemaker de Ofir Raul Graizer (Israel).
    ■ The Line de Peter Bebjak (Eslovaquia).
    ■ Corporate de Nicolas Silhol (Francia).
    ■ More de Onur Saylak (Turquía).
    ■ Keep The Change de Rachel Israel (Estados Unidos).
    ■ Khibula de George Ovashvili (Georgia).
    ■ Little Crusader de Václav Kadrnka (República Checa).
    ■ Men Don’t Cry de Alen Drljević (Bosnia y Herzegovina).
    ■ Birds Are Singing in Kigali de Joanna Kos-Krauze, Krzysztof Krauze (Polonia).
    ■ Ralang Road de Karma Takapa (India).

    Out of Competition

    ■ Juze de Miransha Naik (India).
    ■ November de Rainer Sarnet (Estonia).
    ■ Song of Granite de Pat Collins (Irlanda).
    ■ Free and Easy (Jun Geng) de Jun Geng (Hong Kong).

    East of the West - Competition

    ■ Absence of Closeness de Josef Tuka (República Checa).
    ■ Blue Silence de Bülent Öztürk (Turquía).
    ■ Dede de Mariam Khatchvani (Georgia).
    ■ How Viktor “the Garlic” took Alexey “the Stud” to the Nursing Home de Alexander Hant (Rusia).
    ■ The End of The Chain de Priit Pääsuke (Estonia).
    ■ Mariţa de Cristi Iftime (Rumanía).
    ■ The Man Who Looks Like de Katrin Maimik, Andres Maimik (Estonia).
    ■ Pomegranate Orchard de Ilgar Najaf (Azerbaiján) (Inauguración).
    ■ Nina de Juraj Lehotský (Eslovaquia).
    ■ Falling de Marina Stepanska (Ucrania).
    ■ Unwanted de Edon Rizvanolli (Kosovo).
    ■ The Stone de Orhan Eskiköy (Turquía).

    Documentary films – Competition

    ■ Another News Story (Další čerstvá zpráva) de Orban Wallace (Reino Unido).
    ■ Atelier de conversation de Bernhard Braunstein (Austria).
    ■ Before Summer Ends de Maryam Goormaghtigh (Suiza).
    ■ A Campaign of Their Own de Lionel Rupp (Suiza).
    ■ Land of the Free de Camilla Magid (Dinamarca).
    ■ A Memory in Khaki de Alfoz Tanjour (Catar).
    ■ My Life without Air de Bojana Burnać (Croacia).
    ■ Muchos hijos, un mono y un castillo de Gustavo Salmerón (España).
    ■ Tarzan’s Testicles de Alexandru Solomon (Rumanía).
    ■ Richard Müller: Unknown de Miro Remo (Eslovaquia).
    ■ The White World According to Daliborek de Vít Klusák (República Checa).
    por EAM
    mayo 30, 2017

    Programa de la 52ª edición del Festival de Karlovy Vary

    por EAM | mayo 30, 2017
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