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    David Lowery
    David Lowery

    El sentido de lo fantástico

    Crítica ★★★★★ de «El caballero verde», de David Lowery.

    EE.UU. 2021. Título original: «The Green Knight». Director: David Lowery. Guion: David Lowery. Productores: Jason Cloth, Tomas Deckaj, Eoin Egan, Aaron L. Gilbert, Toby Halbrooks, Tim Headington, David Lowery. Productora: Sailor Bear, BRON Creative, A24, Creative Wealth Media Finance, Ley Line Entertainment y Wild Atlantic Pictures. Fotografía: Andrew Droz Palermo. Música: Daniel Hart. Montaje: David Lowery. Reparto: Dev Patel, Alicia Vikander, Joel Edgerton, Sarita Choudhury, Sean Harris, Kate Dickie, Ralph Ineson. Duración: 130 minutos.

    Los seguidores de Tolkien conocen bien Sir Gawain y el Caballero Verde, dado que este es uno de los trabajos de traducción más importantes realizados por el autor de El Señor de los Anillos en su faceta de especialista en literatura inglesa medieval. Hasta tal punto se asocia a Tolkien con esta obra –su nombre suele emplearse como gancho en las cubiertas de cada edición–, que muchos aficionados suelen atribuirle erróneamente la autoría de este romance escrito por un poeta anónimo inglés a finales del siglo XIV. En pocas palabras, la historia narra el enfrentamiento entre Sir Gawain, hijo de Morgana y sobrino del rey Arturo, y el extraño Caballero Verde, una criatura mitad humana y mitad arbórea que reta a la corte de Camelot a un peculiar desafío: ¿quién de todos los caballeros de la Tabla Redonda está dispuesto a asestarle un golpe mientras se ofrece, desarmado, a los pies de su rival? Si el Caballero Verde sobrevive, su oponente tendrá que ir a buscarlo a su morada justo al cabo de un año para someterse a la misma prueba.

    Fuera del ámbito tolkiano y, por descontado, de los apasionados de las leyendas artúricas, este relato es bastante desconocido para el público general en comparación con los de Arturo, Merlín, Lanzarote, Perceval y el Santo Grial. Contra este hándicap lucha la nueva película del norteamericano David Lowery, que en su doble tarea como guionista y director ha tenido el acierto de abordar esta parte de la materia de Bretaña desde las coordenadas fantásticas que la vieron nacer. Porque las gestas de Arturo y sus caballeros fue antes un puñado disperso de relatos mágicos que las aventuras ejemplarizantes que trajo consigo la cristianización del mito, en el siglo XII, a cargo de Chrétien de Troyes, hábil conversor de estas fábulas de origen celta en modelos de virtud piadosa.

    Con la mirada puesta en la inmarchitable Excálibur (John Boorman, 1981) y guiños puntuales a las dos adaptaciones que dirigió Stephen Weeks, una en 1973 y la otra en 1984, Lowery factura un filme a contracorriente, por su desmarque del cine comercial pero también de la autoría de diseño, que enfrenta precisamente la raíz pagana de la historia de Sir Gawain con su posterior lectura cristiana para mostrar el conflicto inherente entre el honor del código de caballería y los deberes del amor cortés; esto es, entre la fidelidad a un amo (Dios, un rey, un señor) o a un par (un amigo, el ser amado). El primer eje de esta alegoría lo representan las figuras de Arturo (Sean Harris) y Ginebra (Kate Dickie), Sir Bertilak (Joel Edgerton) y la madre (Sarita Choudhury) del protagonista, en tanto el segundo se articula a través de los personajes de Hellen (Anais Rizzo) y Essel (Alicia Vikander). La autoridad contra el deseo, el orden contra la naturaleza. Arrojado al foso que media entre ambas lealtades, Gawain (Dev Patel) emprende su particular viaje del héroe con el propósito de ganar la condición de caballero enfrentándose al Caballero Verde (Ralph Ineson). Una marcha simbólica, como toda hazaña en ficción, cuyo recorrido Lowery dispone inteligentemente a partir de una serie de encuentros que expresan esa tensión entre la servidumbre del cielo y la tierra, lo místico y lo terrenal.

    por Raúl Álvarez
    octubre 31, 2021

    Crítica | El caballero verde | Amazon Prime

    por Raúl Álvarez | octubre 31, 2021

    Un hombre y su destino

    Crítica ★★★★ de «The Old Man and the Gun», de David Lowery.

    Estados Unidos, 2018. Título original: «The Old Man & the Gun». Director: David Lowery. Guion: David Lowery, David Grann (Artículo: David Grann). Productores: Toby Halbrooks, Bill Holderman, James M. Johnston, Anthony Mastromauro, Dawn Ostroff, Robert Redford, Jeremy Stecker, James D. Stern. Productoras: Identity Films / Wildwood Enterprises / Endgame Entertainment / Conde Nast Entertainment / Sailor Bear. Distribuida por Fox Searchlight. Fotografía: Joe Anderson. Música: Daniel Hart. Montaje: Lisa Zeno Churgin. Reparto: Robert Redford, Sissy Spacek, Casey Affleck, Danny Glover, Tom Waits, John David Washington, Elisabeth Moss, Keith Carradine.

    Hay que asumirlo. Las grandes estrellas del celuloide comienzan a desaparecer poco a poco de las pantallas y únicamente nos quedarán sus legados en forma de maravillosas actuaciones, regaladas durante décadas de dedicación al gran público. Robert Redford, para siempre uno de los galanes más carismáticos de Hollywood, capaz de levantar pasiones en distintas generaciones de espectadores, llevaba unos años avisando de que el momento de su retiro estaría cerca. A las puertas de convertirse en octogenario, tuvo tiempo de demostrar que aún era capaz de levantar toda una película con su única presencia en Cuando todo está perdido (J.C. Chandor, 2013), una historia de supervivencia en alta mar donde se enfrentó a un papel complicado por las duras exigencias físicas que requería. Y, hace un par de temporadas, se reencontró con la que fue, sin duda, su mejor compañera romántica en la gran pantalla, Jane Fonda, en el drama Nosotros en la noche (Ritesh Baltra, 2017), donde ambos dejaron constancia de que su magia continuaba intacta, con la misma fuerza que la que transmitieran en Descalzos por el parque (Gene Saks, 1967) o El jinete eléctrico (Sydney Pollack, 1979). Redford, aparte de ser un excelente actor, es toda una estrella, por lo que, al contrario que otros colegas de profesión de su generación, ha podido compatibilizar en el último tramo de su extensa trayectoria sus apariciones como secundario de lujo en grandes producciones con personajes protagonistas en proyectos más modestos en los que su presencia era el mayor reclamo. Pues bien, parece que la despedida definitiva de Redford es una realidad y The Old Man and the Gun (2018) es la cinta que pasará a la historia por ser su testamento cinematográfico. Un adiós que cuenta con un personaje protagonista que reúne todas las cualidades que han definido al rubio actor como artista, elegante, relajado, caballero, que encara la recta final de la vida con una sonrisa en los labios y con la serenidad alcanzada por la certeza del deber cumplido. Una salida por la puerta grande que, al mismo tiempo, evita hacer excesivo ruido o incurrir en ínfulas de falsa trascendencia.

    David Lowery, cineasta dotado de una sensibilidad especial, a quien debemos títulos como En un lugar sin ley (2013) y la poética A Ghost Story (2017), ha tomado la historia real de Forrest Tucker, un ladrón de bancos que pasó toda su vida perseguido por la policía y huyendo de distintas prisiones (especialmente recordada fue su fuga de San Quentin a los 70 años), y que cometió su último robo siendo ya octogenario, para brindarle a Redford, con quien ya había colaborado en Peter y el dragón (2016), un papel a su medida. Para ello, ha contado con la colaboración en el guion del periodista David Grann, autor del artículo sobre la figura de Tucker en el que se basa el filme. Concretamente, la película de Lowery nos sitúa a principios de la década de los ochenta, con el anciano ladrón perpetrando aún sus golpes en compañía de dos compinches igual de veteranos. Si había algo que caracterizaba a Tucker como “criminal” eran los suaves métodos empleados en sus robos, no perdiendo jamás la amabilidad y unos modales de caballero hacia sus víctimas ni utilizando esa pistola que siempre le acompañaba. Se trataba de un delincuente atípico que parecía moverse más por la adrenalina y satisfacción que le suponían estos quebrantamientos de la ley que por la codicia o el afán de enriquecerse. Sencillamente, era el tipo de vida que había elegido tener y se sentía feliz ejerciéndolo, algo que era incompatible con echar raíces en un mismo lugar o mantenerse fiel al amor de una mujer o a las obligaciones de mantener una familia. Unas convicciones que, como muestra la película de Lowery, se tambalearon ligeramente cuando se cruzó en su vida Jewel, una mujer viuda que podría ser su último tren para aparcar su carrera delictiva. Pero, ¿de verdad un espíritu libre como Tucker estaría dispuesto a renunciar a esas hazañas que dieron importancia a su vida y limitarse a llevar una tranquila vida de jubilado en un rancho, rodeado de caballos?.

    por José Martín León
    febrero 09, 2019

    Crítica | The old man and the gun

    por José Martín León | febrero 09, 2019

    Dos ventanas al vacío

    crítica ★★★★★ de A Ghost Story (David Lowery, Estados Unidos, 2017).

    «"A salvo, a salvo, a salvo", late con orgullo el corazón de la casa. "Tantos años…", suspira él. "Me has vuelto a encontrar. Aquí", murmura ella, "durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, rodando manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro" Al inclinarse, su luz alza mis párpados. "¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!", late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: "¿Es este vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón"».
    Virginia Woolf, «La casa encantada».

    Si nos ponemos esencialistas, un fantasma es ante todo una memoria sin dueño. Una presencia del ausente (una contradicción, por tanto, y como tal asomada al vacío de la nada) y su afán hecho energía por no dejar atrás lo amado en vida. El fantasma más folclórico, por norma general, nos resulta una figura de terror porque canaliza nuestro miedo a los monstruos de lo inexplicable. Pero, si lo pensamos bien, el miedo más profundo que contiene un fantasma pertenece a la propia alma que éste manifiesta. El miedo a ser olvidado y el miedo a olvidar. Este último, quizá el más genuino. El de pasarnos la vida esforzándonos por grabarnos a fuego un puñado de recuerdos, unas imágenes para mantener vivo de algún modo todo aquello a lo que amamos, para que simplemente desaparezcan en un instante. Un fantasma es, entonces, la manifestación de un deseo de no olvidar tan incontenible que trasciende las leyes de la física. Pero, como producto del imaginario humano, un fantasma es también una imagen de esperanza en esa trascendencia. No necesariamente de fe en un más allá, sino del reflejo poético de aquello de los muertos que permanece entre los vivientes. El actor Will Oldham, en un monólogo que explicita las amplias trazas ensayísticas de un filme tan depurado de lo argumental como el que nos ocupa, concluye que lo único que da un mínimo sentido a este terror al vacío son las conexiones creadas con los demás, dado que terminan por configurar el recuerdo que dejamos tras desaparecer. ¿Qué impulsó a Beethoven a crear la novena sinfonía pese a esta consciencia de la fugacidad de todo lo que la inspiró?, se pregunta Oldham. O bien, reorientemos la pregunta: ¿Beethoven compuso la novena sinfonía movido por el deseo de ser recordado, o por el deseo de recordar la belleza que percibía en el mundo?

    En el fondo son dos cuestiones simétricas. Y el fantasma, y he aquí el núcleo de A Ghost Story, una figura atrapada entre ambas. Su condición de no viviente dicta, por una parte, su imposibilidad de habitar el presente y por tanto de seguir configurando el recuerdo ajeno hacia sí mismo. Por otra parte, también hace imposible un aspecto fundamental para que el recuerdo propio siga vivo: ser compartido a la vez que confrontado con nuevas experiencias del presente. Sin eso, los recuerdos solo son piezas de una escultura: forman algo inmóvil y sin tiempo. Una escultura que representa la expresión de una identidad, y no el cuerpo de esa identidad misma. De ahí que el fantasma sea una memoria sin dueño. O, por afinar un poco más, el deseo de permanencia de una memoria sin dueño. Nuestro protagonista fantasmagórico, encarnado (si tal palabra es posible para el caso) por Casey Affleck, está privado por tanto de todo intento de lenguaje. Pero llegamos a intuir cuál es su voluntad en una escena en la que contempla a su amada en vida (Rooney Mara) mientras empieza a rehacer su existencia frecuentando a otro hombre. Esa voluntad se expresa en las luces de la casa que destellan con violencia y los libros que caen de las estanterías mientras ella consuma el acto, y nos permite indagar en lo que implica la habitual ira del fantasma de casa encantada: no se trata de odio hacia los ocupantes, sino de una frustración irreprimible ante la transformación de los tesoros que él conserva en su memoria. Vistos así, los fenómenos poltergeist no son más que la traducción a energías de la única voluntad posible para un fantasma: el anhelo de que lo que solía ser su mundo no siga adelante sin él. Por esto mismo, es significativo que en el imaginario tradicional el fantasma suela aparecer asociado a un lugar concreto y jamás salga de él: por norma general, una casa como contenedora de sus recuerdos más preciados. Su renuncia a abandonar la casa, como le sucede a nuestro protagonista sobrenatural, especifica que esa voluntad es una resistencia dolorosa: es preferible el tormento de ver cómo el presente va dejando atrás la imagen de sus recuerdos preciados que decirles adiós para siempre. La muerte del personaje de Affleck supone el punto de partida del relato. Mientras que la presencia de Rooney Mara, la amada que le sobrevive, personaliza toda esta cuestión de la tragedia silenciosa del fantasma, condensada con una belleza que duele en una escena cumbre del filme: el fantasma impasible es observado desde fuera de la casa, tras la ventana, mientras el coche conducido por Mara se aleja dejando el lugar para siempre.

    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 17, 2017

    Crítica | A ghost story

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 17, 2017

    Donde viven los monstruos

    crítica de Peter y el dragón (Pete´s Dragon, David Lowery, EE.UU., 2016).

    Después de experimentar con la combinación de animación real y animación en musicales como Los tres caballeros (Norman Ferguson, 1945) –con el Pato Donald, José Carioca y Pancho Pistolas sirviéndonos de guías turísticos a través de Latinoamérica– o Canción del sur (Harve Foster, Wilfred Jackson, 1946) –aquel controvertido clásico que permanece desde hace años fuera de circulación por su idílica imagen sobre la esclavitud–, la factoría Disney consiguió alcanzar la perfección con Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), la maravillosa historia de la niñera mágica basada en la obra de P.L. Travers e interpretada para la ocasión por una pletórica Julie Andrews. El formidable éxito comercial de aquella película, así como los cinco Oscars conseguidos, volvieron a animar a los estudios a repetir la fórmula en la también estupenda La bruja novata (Robert Stevenson, 1971) y, de forma un tanto tardía, en Pedro y el dragón Elliot (Don Chaffey, 1977), un filme que, si bien no obtuvo la misma repercusión de sus predecesoras, sí consiguió ganarse un hueco en el corazón de muchos niños de la época con su historia de amistad entre un pequeño huérfano y un enorme dragón verde capaz de hacerse invisible. Las claves del relativo fracaso de éste último habría que buscarlas en un tono demasiado ñoño de su fábula, unas canciones sin demasiado gancho y el poco carisma de un reparto al que los veteranos Mickey Rooney y Shelley Winters (en horas bajas) intentaron, sin éxito, dar algo de pedigrí. Resulta curioso que la fábrica de los sueños más famosa del mundo haya decidido sacar a aquel filme del olvido para, después de un conveniente (y necesario) lavado de cara, presentar su historia a las nuevas generaciones.

    Pese a que la base del nuevo Peter y el dragón (2016) viene a ser la misma, esa amistad inquebrantable entre el niño y el mitológico animal, el impactante prólogo del remake nos presenta unos orígenes de la misma bien distintos a los que conocíamos. Si en la original de 1977, el pequeño Pedro huía de la esclavitud a la que era sometido por su familia adoptiva en compañía de su amigo (no tan) imaginario, la nueva versión comienza con un accidente de tráfico que sesga la vida de los padres del niño, quedando este solo y desamparado en medio del bosque, para, a continuación, acabar bajo la protección de ese dragón al que bautiza con el nombre de Elliot. A lo largo de siete años, los inseparables compañeros conviven lejos del mundanal ruido, propiciando una versión del personaje de Pedro un tanto asilvestrada y muy cercana a otros héroes (curiosamente, también readaptados este año para el cine) como Tarzán o el Mowgli de El libro de la selva. Esta vida despreocupada e idílica se verá enturbiada, cómo no, con la entrada de nuevos seres humanos en la historia. El dibujo de estos personajes no puede ser más básico y funcional, desde la amable guarda forestal, madre de una niña de la misma edad de Pedro y enfrentada a la tala indiscriminada de árboles de la zona realizada por su ambicioso cuñado (ese antagonista que nunca puede faltar en este tipo de productos, que ni siquiera llega a la categoría de villano), al anciano tallador de madera al que todo el pueblo toma por chiflado por las historias que cuenta sobre avistamientos de dragones. El encuentro de Pedro con estas bondadosas personas le hace enfrentarse al dilema de tener que elegir entre seguir en compañía de su verde amigo, al margen de la civilización, o aprovechar la oportunidad que el destino de da para formar parte de una nueva familia.

    Peter y el dragón

    «Una fantasía familiar de factura clásica y menos esclava de las concesiones comerciales de lo que pudiera parecer a primera vista, que compensa la previsibilidad de su historia con unas genuinas dosis de emoción».


    Lo primero que llama la atención de este remake es el espíritu añejo, de aventura familiar de antaño, que su director ha elegido para la ocasión. Peter y el dragón no se parece a otras nuevas relecturas de Disney, tan preocupadas por sorprender a toda costa mediante apabullantes efectos digitales, sino que prefiere apostar por la vertiente dramática y humana del relato, reduciendo las florituras visuales a las apariciones de Elliot, más generosas de lo que cabría esperar después del celo con que se salvaguardó su imagen en los tráileres. El diseño del animal, más cercano al perro Fujur de La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), que al Elliot de animación 2D de la primera versión, está muy logrado, consiguiendo que resulte adorable y encantador, y funcionando a la perfección en las escenas en que interactúa con el joven Oakes Fegley, muy correcto en su papel de Peter. Bryce Dallas Howard, que parece haberle cogido el gusto a verse rodeada de monstruos gigantes tras el éxito de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), ofrece su mejor sonrisa como la maternal Grace, mientras que Robert Redford demuestra que la veteranía es un grado, aportando al Sr. Meacham, su personaje de cuentacuentos lunático, una gran carga de humanidad y amor a la naturaleza. En este aspecto, se agradece el marcado mensaje ecologista y los numerosos valores morales que introduce en su guion Peter y el dragón, así como un tono cándido bastante en desuso desde los tiempos del Spielberg de los 80.

    Quienes esperen encontrar en este Peter y el dragón un trepidante espectáculo de aventuras repleto de acción, pueden llevarse un chasco considerable, ya que lo que predomina en la cinta son los buenos sentimientos y ese reflejo de cómo la falta de escrúpulos de los hombres es capaz de acabar con esa naturaleza de la que se cree dueño y señor. David Lowery, responsable del interesante drama criminal En un lugar sin ley (2013), se olvida de las innecesarias canciones y el sentido del humor de la seminal Pedro y el dragón Elliot para entregar un drama intimista y reposado, con una puesta en escena mucho más esmerada, que saca el máximo partido a las impresionantes localizaciones neozelandesas y a una banda sonora de David Hart maravillosa (aunque demasiado omnipresente, sobre todo en la primera mitad de la película), en la que destaca su uso de la música country, perfecta para el carácter costumbrista de la narración y los ambientes rurales en los que acontece. Dentro de los presupuestos desorbitados que Disney suele manejar en sus propuestas fantásticas, Peter y el dragón vendría a ser un trabajo relativamente modesto, presupuestado en unos 65 millones de dólares que cabría considerar más que suficientes si tenemos en cuenta la escasa rentabilidad del material original. Aun así, cabe reconocer que los resultados artísticos son de lo más satisfactorios, superando con creces los logros del filme original en todos los aspectos, y entregando una fantasía familiar de factura clásica y menos esclava de las concesiones comerciales de lo que pudiera parecer a primera vista, que compensa la previsibilidad de su historia con unas genuinas dosis de emoción. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Pete´s Dragon. Diirector: David Lowery. Guion: S.S. Field, Toby Halbrooks, David Lowery, Seton I. Miller). Productor: James Whitaker. Productora: Walt Disney Productions. Fotografía: Bojan Bazelli Música: Daniel Hart. Montaje: Lisa Zeno Churgin. Dirección artística: Ken Turner. Reparto: Oakes Fegley, Bryce Dallas Howard, Oona Laurence, Robert Redford, Karl Urban, Wes Bentley, Isiah Whitlock Jr.

    Póster: Peter y el dragón
    por José Martín León
    agosto 29, 2016

    Crítica | Peter y el dragón

    por José Martín León | agosto 29, 2016
    Ain't Them Bodies Saints

    CAMPO DE TRIGO SEGADO Y SESGADO

    crítica de Ain't Them Bodies Saints | David Lowery, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary

    Hay un plano cada vez más característico y frecuente en el cine: el de un lejano sol a media altura parcialmente ocultado por los árboles, pero no lo suficiente como para no dejar pasar sus cegadores rayos. A veces es un plano más subjetivo y a veces uno más descriptivo, pero el contenido suele asemejarse bastante, mostrando una conjunción tan vital como nebulosa entre claridad y frondosidad. Desconozco en qué película se pudo ver por primera vez uno de estos planos, pero lo cierto es que el imaginario colectivo suele asociarlo con el estilo de Terrence Malick, sobre todo después de la tan radical como magistral El árbol de la vida (2011). Desde entonces, muchos son los directores con vocación autoral y trascendental que parecen copiar tal imagen, multiplicándose los casos hasta aparecer en cintas incluso más comerciales o en las que un plano así resulta visible e injustamente fuera de lugar. De hecho, en los últimos años la otrora única visión del cineasta de Illinois cada vez es fuente de mayor inspiración: aunque nadie más ha alcanzado aún sus extremos de abstracción y esplendor, algunos van incorporando cada vez más elementos reminiscentes de su filmografía. Y el último y más llamativo caso es el de David Lowery y su Ain't Them Bodies Saints.

    Esta nos cuenta una historia bastante sencilla, que se pasa volando: la de un fugitivo que duda sobre si volver o no al pueblo donde le esperan su mujer y su hija a la que aún no conoce, pero donde sabe que también están pendientes de su llegada las fuerzas de seguridad. La trama tiene pues tres puntos de actividad o interés, cada uno de ellos articulado a través de un personaje relevante: el bandido que ha huido de la cárcel (Casey Affleck), la esposa cómplice que lo aguarda melancólicamente (Rooney Mara) y el agente local decidido a aplicar la ley (Ben Foster). Sin embargo, el protagonismo decrece de uno a otro, de forma que gran parte de la película sigue las peripecias del delincuente, acogido temporalmente por un amigo en su aislado restaurante, mientras que otra parte relevante del metraje descansa en la interacción entre su hija y su mujer y en la correspondencia entre ésta y él. Al personaje de Ben Foster se le dedica menos tiempo, aunque el mismo también esconde un conflicto claro: piensa que es el de Casey Affleck el que le disparó durante la emboscada que le condujo entre rejas, y por ello en parte quiere vengarse, pero en realidad quién disparó fue el de Rooney Mara, entonces compinchada con su marido, y a ella progresivamente le está cogiendo cariño. Con todo, este embrollado resumen le otorga una complejidad engañosa a una historia que, como de hecho hemos adelantado, no tiene mucho misterio y se encamina de manera consecuente hacia un desenlace tan aligerado como significativo.

    por Ignacio Navarro
    julio 31, 2013

    Crítica | En un lugar sin ley

    por Ignacio Navarro | julio 31, 2013

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