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    La madurez en «Alicia en el País de las Maravillas»

    Videoensayo dedicado al clásico de Disney de 1951, dirigido por Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson.

    En este videoensayo se analizan dos secuencias de la versión animada de Alicia en el País de las Maravillas que, puestas en relación, resumen el proceso de madurez que la protagonista atraviesa a lo largo de la película, empezando por la creación de su «mundo ideal» y terminando por su proceso de desencanto al descubrir que no todo en la vida puede ser un juego.

    Este videoensayo es fruto de una práctica en el grado de Comunicación Audiovisual de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.


    Arantza Gauthier
    © Revista EAM / Pamplona


    por EAM
    junio 09, 2021

    Videoensayo | La madurez en «Alicia en el País de las Maravillas» (1951)

    por EAM | junio 09, 2021

    Donde viven los monstruos

    crítica de Peter y el dragón (Pete´s Dragon, David Lowery, EE.UU., 2016).

    Después de experimentar con la combinación de animación real y animación en musicales como Los tres caballeros (Norman Ferguson, 1945) –con el Pato Donald, José Carioca y Pancho Pistolas sirviéndonos de guías turísticos a través de Latinoamérica– o Canción del sur (Harve Foster, Wilfred Jackson, 1946) –aquel controvertido clásico que permanece desde hace años fuera de circulación por su idílica imagen sobre la esclavitud–, la factoría Disney consiguió alcanzar la perfección con Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), la maravillosa historia de la niñera mágica basada en la obra de P.L. Travers e interpretada para la ocasión por una pletórica Julie Andrews. El formidable éxito comercial de aquella película, así como los cinco Oscars conseguidos, volvieron a animar a los estudios a repetir la fórmula en la también estupenda La bruja novata (Robert Stevenson, 1971) y, de forma un tanto tardía, en Pedro y el dragón Elliot (Don Chaffey, 1977), un filme que, si bien no obtuvo la misma repercusión de sus predecesoras, sí consiguió ganarse un hueco en el corazón de muchos niños de la época con su historia de amistad entre un pequeño huérfano y un enorme dragón verde capaz de hacerse invisible. Las claves del relativo fracaso de éste último habría que buscarlas en un tono demasiado ñoño de su fábula, unas canciones sin demasiado gancho y el poco carisma de un reparto al que los veteranos Mickey Rooney y Shelley Winters (en horas bajas) intentaron, sin éxito, dar algo de pedigrí. Resulta curioso que la fábrica de los sueños más famosa del mundo haya decidido sacar a aquel filme del olvido para, después de un conveniente (y necesario) lavado de cara, presentar su historia a las nuevas generaciones.

    Pese a que la base del nuevo Peter y el dragón (2016) viene a ser la misma, esa amistad inquebrantable entre el niño y el mitológico animal, el impactante prólogo del remake nos presenta unos orígenes de la misma bien distintos a los que conocíamos. Si en la original de 1977, el pequeño Pedro huía de la esclavitud a la que era sometido por su familia adoptiva en compañía de su amigo (no tan) imaginario, la nueva versión comienza con un accidente de tráfico que sesga la vida de los padres del niño, quedando este solo y desamparado en medio del bosque, para, a continuación, acabar bajo la protección de ese dragón al que bautiza con el nombre de Elliot. A lo largo de siete años, los inseparables compañeros conviven lejos del mundanal ruido, propiciando una versión del personaje de Pedro un tanto asilvestrada y muy cercana a otros héroes (curiosamente, también readaptados este año para el cine) como Tarzán o el Mowgli de El libro de la selva. Esta vida despreocupada e idílica se verá enturbiada, cómo no, con la entrada de nuevos seres humanos en la historia. El dibujo de estos personajes no puede ser más básico y funcional, desde la amable guarda forestal, madre de una niña de la misma edad de Pedro y enfrentada a la tala indiscriminada de árboles de la zona realizada por su ambicioso cuñado (ese antagonista que nunca puede faltar en este tipo de productos, que ni siquiera llega a la categoría de villano), al anciano tallador de madera al que todo el pueblo toma por chiflado por las historias que cuenta sobre avistamientos de dragones. El encuentro de Pedro con estas bondadosas personas le hace enfrentarse al dilema de tener que elegir entre seguir en compañía de su verde amigo, al margen de la civilización, o aprovechar la oportunidad que el destino de da para formar parte de una nueva familia.

    Peter y el dragón

    «Una fantasía familiar de factura clásica y menos esclava de las concesiones comerciales de lo que pudiera parecer a primera vista, que compensa la previsibilidad de su historia con unas genuinas dosis de emoción».


    Lo primero que llama la atención de este remake es el espíritu añejo, de aventura familiar de antaño, que su director ha elegido para la ocasión. Peter y el dragón no se parece a otras nuevas relecturas de Disney, tan preocupadas por sorprender a toda costa mediante apabullantes efectos digitales, sino que prefiere apostar por la vertiente dramática y humana del relato, reduciendo las florituras visuales a las apariciones de Elliot, más generosas de lo que cabría esperar después del celo con que se salvaguardó su imagen en los tráileres. El diseño del animal, más cercano al perro Fujur de La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), que al Elliot de animación 2D de la primera versión, está muy logrado, consiguiendo que resulte adorable y encantador, y funcionando a la perfección en las escenas en que interactúa con el joven Oakes Fegley, muy correcto en su papel de Peter. Bryce Dallas Howard, que parece haberle cogido el gusto a verse rodeada de monstruos gigantes tras el éxito de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), ofrece su mejor sonrisa como la maternal Grace, mientras que Robert Redford demuestra que la veteranía es un grado, aportando al Sr. Meacham, su personaje de cuentacuentos lunático, una gran carga de humanidad y amor a la naturaleza. En este aspecto, se agradece el marcado mensaje ecologista y los numerosos valores morales que introduce en su guion Peter y el dragón, así como un tono cándido bastante en desuso desde los tiempos del Spielberg de los 80.

    Quienes esperen encontrar en este Peter y el dragón un trepidante espectáculo de aventuras repleto de acción, pueden llevarse un chasco considerable, ya que lo que predomina en la cinta son los buenos sentimientos y ese reflejo de cómo la falta de escrúpulos de los hombres es capaz de acabar con esa naturaleza de la que se cree dueño y señor. David Lowery, responsable del interesante drama criminal En un lugar sin ley (2013), se olvida de las innecesarias canciones y el sentido del humor de la seminal Pedro y el dragón Elliot para entregar un drama intimista y reposado, con una puesta en escena mucho más esmerada, que saca el máximo partido a las impresionantes localizaciones neozelandesas y a una banda sonora de David Hart maravillosa (aunque demasiado omnipresente, sobre todo en la primera mitad de la película), en la que destaca su uso de la música country, perfecta para el carácter costumbrista de la narración y los ambientes rurales en los que acontece. Dentro de los presupuestos desorbitados que Disney suele manejar en sus propuestas fantásticas, Peter y el dragón vendría a ser un trabajo relativamente modesto, presupuestado en unos 65 millones de dólares que cabría considerar más que suficientes si tenemos en cuenta la escasa rentabilidad del material original. Aun así, cabe reconocer que los resultados artísticos son de lo más satisfactorios, superando con creces los logros del filme original en todos los aspectos, y entregando una fantasía familiar de factura clásica y menos esclava de las concesiones comerciales de lo que pudiera parecer a primera vista, que compensa la previsibilidad de su historia con unas genuinas dosis de emoción. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Pete´s Dragon. Diirector: David Lowery. Guion: S.S. Field, Toby Halbrooks, David Lowery, Seton I. Miller). Productor: James Whitaker. Productora: Walt Disney Productions. Fotografía: Bojan Bazelli Música: Daniel Hart. Montaje: Lisa Zeno Churgin. Dirección artística: Ken Turner. Reparto: Oakes Fegley, Bryce Dallas Howard, Oona Laurence, Robert Redford, Karl Urban, Wes Bentley, Isiah Whitlock Jr.

    Póster: Peter y el dragón
    por José Martín León
    agosto 29, 2016

    Crítica | Peter y el dragón

    por José Martín León | agosto 29, 2016
    El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, EE.UU, 2015).

    Ucronía jurásica

    crítica de El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, EE.UU, 2015).

    Veinte años después del estreno de Toy Story, ningún estudio de animación está en condiciones de disputar el trono a la productora fundada por Edwin Catmull, Alvy Ray Smith y Steve Jobs. Muchos han sido, sin embargo, los intrépidos rivales que invocando la ley de Cronos (nadie, ni siquiera Pixar, puede ser genial todo el tiempo) ofrecieron a los espectadores una alternativa más que solvente, y hasta cierto punto con una señas de identidad igual de reconocibles, durante sus inopinados periodos de hibernación. El viaje de Chihiro de Miyazaki y La novia cadáver de Tim Burton quizá sean los ejemplos recientes más notorios de la importancia que unge el estilo a una técnica, la animada, cada vez menos diferenciable de la acción real: contados son los valientes que se deciden estos días a producir una película de animación en dos dimensiones o en stop motion, mientras los avances informáticos recalibran diariamente nuestra forma de sentir el cine. Este cine moderno esquizofrénico, que araña el tuétano con anestesia general. Justo ahí. Quince oscars y el recuerdo indeleble de las grandes narraciones ratifican el dominio de unos estudios que, aun subordinados al marketing mix de Walt Disney, siempre encuentran oro en la ingenuidad (e incluso la paciencia) que nos habita a los que nos sentamos ante una pantalla blanca. Mucho se ha escrito de Pixar desde que Woody dijera aquello de «¡Hay una serpiente en mi bota!» y Buzz, lanzándose al vacío primaveral enmarcado por una ventana, eso otro de «Hasta el infinito y más allá». Aflora en Emeryville (California) la genialidad como la hiedra en el colegio Lowood, y uno ya no sabe decir si películas de ínfimo relieve argumental como Cars 2, Monstruos University o El viaje de Arlo son a Pixar (con perdón) lo que el kiko al premolar, un snack destinado a trabarse anárquicamente en el vacío que dejó la idea del chuletón venidero, o, en cambio, algo muy simple que debe admirarse en toda su complejidad.

    Arlo es un dinosaurio de la familia de Piecito, el del valle, frágil y temeroso del viento que agita el maizal frente a la casa en donde viven él y sus padres y sus dos hermanos, cuyos percentiles sí están en la media que corresponde a su raza y juventud. Son dinosaurios esbeltos, fuertes; no muestran temor por nada. O no al menos en público. Cumplen además sin excusas los trabajos que les encargan a diario papá y mamá, que son parientes de Piecito el del valle encantado, por si ustedes no lo sabían. Cuando al comienzo de la historia el huevo hace crac y los padres se asoman a ver qué hay dentro, descubren al mismo hijo que emprenderá una aventura para sobreponerse a esa aprensión paralizadora que le reduce la zancada y le encoge su ímpetu de monstruo entrañable, como acostumbran a serlo todos los imaginados por Disney y por Pixar también. El ya fogueado Peter Sohn nos ofrece aquí un trasunto de Tarzán (al que cantaba Phil Collins, no el de Edgar Rice Burroughs), El rey león (sin la potencia danzarina del muy brasilero Rafiki ni el oculto matiz fascistoide al que hizo referencia en cierta ocasión Juan Carlos Monedero), El libro de la selva («busca-lo más vital, lo más», decía con swing Balú, y aprende a sobrevivir con las fieras rondándote), Dumbo (observen el trip psicodélico cambiando la trompa del alcohol por las setas alucinógenas), y el siempre ineludible acto de superación personal made in Burbank. Moralina incluida. Todo esto filtrado a unos paisajes de horizontes abiertos que extasían y en cuyo tapete pastan los dinosaurios bisonte propiedad de los T-Rex. 

    por Anónimo
    noviembre 26, 2015

    Crítica | El viaje de Arlo

    por Anónimo | noviembre 26, 2015
    Big Hero 6

    Cuando Disney encontró a Marvel

    crítica a Big Hero 6 (íd, Don Hall, Chris Williams, Estados Unidos, 2014).

    Disney parece estar recuperando, poco a poco, su prestigio de antaño dentro del cine de animación. Con la absorción de Pixar –que desde Toy Story 3 (2010) no entrega una joya a la altura de sus grandes éxitos–, la compañía del ratón Mickey ha sabido ponerse las pilas, entendiendo que no todo en este tipo de propuestas deben ser cuentos de princesas rebozados de cancioncitas, tomando el ejemplo del título más destacado de la competencia en estos últimos años, el Cómo entrenar a tu dragón (2010) de Dreamworks, más preocupado en ofrecer una aventura de fantasía capaz de complacer a niños y adultos por igual. Aun cuando se ha acercado a los cuentos de hadas de nuevo, Disney ha sabido imprimirle la sana ironía y subversión de tópicos propios de la saga de Shrek (otra que hizo tambalear el monopolio desde Dreamworks durante años) en divertidas cintas como Enredados (2010) y, sobre todo, el megaéxito Frozen: El reino del hielo (2013). Tras hacerse con los Estudios Marvel, Disney ha encontrado otro filón en las películas de superhéroes, logrando enormes recaudaciones con la distribución de las aventuras de Iron Man, Capitán América, Thor o la reunión de todos ellos en Los Vengadores (2012). Por eso, la última producción animada rebusca en el universo Marvel para contar las peripecias del equipo Big Hero 6, creado por Steven T. Seagle y Duncan Rouleau, cuya primera aparición en los cómics se remonta a 1998.

    La historia nos traslada a la espectacular urbe futurista de San Fransokyo (algo así como una mezcolanza imaginaria entre San Francisco y Tokyo), algo que supone un auténtico reto para los animadores, que inundan la pantalla de monumentales edificios de imposibles estructuras y sofisticados trenes que recorren sus superpobladas calles. El protagonista es Hiro, un adolescente de 14 años, genio de la robótica, que tras la muerte de su hermano mayor en extrañas circunstancias, recluta a los amigos de éste para formar un grupo de superhéroes compuesto por Wasabi-No-Ginger, Honey Lemon, GoGo Tomago, Fred y Baymax, un simpático robot con apariencia de enorme globo hinchable blanco, diseñado para asegurar el bienestar y la salud de Hero. La película bebe claramente de la estética del anime japonés, especialmente en el diseño de Baymax, una creación que puede recordar, lejanamente, a personajes del maestro Miyazaki como el entrañable rey del bosque de Mi vecino Totoro (1988). El dibujo de los héroes es muy deudor de uno de los mayores éxitos de Pixar, Los increíbles (2004), que, a su vez, era una velada parodia de Los cuatro fantásticos de Marvel, mientras que la relación de amistad que se establece entre Hero y Baymax tiene evidentes ecos de aquella otra maravillosa fantasía animada de Brad Bird (también director de Los increíbles, casualmente) que fue El gigante de hierro (1999). Un emocionante y sentido homenaje a la ciencia ficción de los 50 que fue un injusto fracaso comercial para Warner pero que, con el paso del tiempo, ha ido alcanzando la categoría de obra de culto para todo buen aficionado al género. Muchas escenas de Big Hero 6 nos remiten a El gigante de hierro –los divertidos intentos de Hiro por ocultar a Baymax de la vista de su madrastra; el dilema del robot a la hora de poder convertirse en un arma de destrucción cuando, en principio, ha sido creado con unas coordenadas que no le permiten hacer daño a ninguna vida humana–, pero también nos hace recordar a la pareja formada por el vikingo Hipo y su dragón Desdentao en el díptico Cómo entrenar a tu dragón, por la manera en que su protagonista va dejando atrás la infancia para entrar en la madurez, ayudándose de la estrecha relación que fragua junto a un ser que, pese a su diferente condición, es capaz de transmitir auténticas lecciones de humanidad.

    por José Martín León
    diciembre 22, 2014

    Crítica | Big Hero 6

    por José Martín León | diciembre 22, 2014

    La mágica delgadez de los cabezas-gordas

    crítica de Frozen: El reino del hielo | Frozen, de Chris Buck y Jennifer Lee, 2013

    ¿Qué hace la nieve en verano?, se pregunta el muñeco Olaf. Poética cuestión con una respuesta elemental: morir. Broncearse hasta convertirse en una voluta de humo. Fssss, pausada y lentamente y a modo de último estertor. El agua que inicia su camino hasta el océano, donde todas las aguas se reúnen para celebrar una carrera de (y con) fondo. Abajo, abajo, abajo. Y arriba, pues el frío —así en caliente— no cede a la temporada estival, y las princesas sólo dejan de existir en sueños. Y los sueños, que dirían los guionistas, Disney son. Con mucho cine. Con un poco de lo de siempre, como casi nunca. Fin. Una vez aprovechada la cuestión poética, toca ensuciarse con la presente crítica de Frozen: El reino del hielo, última obra de los estudios Disney; a día de hoy, la productora más impredecible (sí) de la industria cinematográfica. Que tras encadenar dos títulos dispares en forma (a medias) y en fondo (más o menos) como son Enredados y Rompe Ralph, desembarca ahora con una alegre comedia musical que recupera el embrión gestado por Walt Disney. Factótum creativo del imperio hecho Imperio Sin Costuras, mediante un simple roedor con pantalones cortos y pupilas lisérgicas negras, en el barco de vapor de Stemboat Willie. Fue ese pie izquierdo —rupturista y rompedor de malos augurios y viejos mitos ya rotos—, esa manera de marcar felizmente el compás al tiempo (y sin salirse de él) que silbaba navegando en línea recta aun sin ir en esa dirección o a ninguna en concreto, ya que Mickey navegaba por navegar (como quien mira la hora en su móvil pero no la ve y tres segundos más tarde vuelve a consultarla) a través de un río americano. Casi pantanoso y sin nubes en el horizonte. Timón con timonel, ciego de maaagia, aquel barco supondría el comienzo de algo tan grande como inasumible. O quizá tan solo la construcción de un mundo alternativo, a donde acudir en épocas lógicamente felices, esto es, ingenuas. El universo en donde crecer sin hacernos mayores, a expensas de una decisión forzada por (el) Garfio. El taller de un carpintero que nunca mentía, y a cuyo hijo-recién-labrado se le notaba mucho el acto mismo de mentir no tan piadosamente como hubiera mentido cualquiera de nosotros, ya talludos inmersos en la tarea más ardua: desclavar Excalibur, cuya hoja permanecía enterrada en la fría piedra, junto a Camelot. Y así, título tras título, dibujo a dibujo. Y sin CGI. Todavía sin conocer el Nuevo Mundo, ignorantes de la otra gran mitad; sin Pocahontas ni su capitán Smith; sin Bella ni Bestia (realmente la auténtica bestia murió en 1933, en lo alto del Empire State Building de Nueva York. Ya saben aquello de: "No han sido los aviones").

    por Anónimo
    noviembre 28, 2013

    Crítica | Frozen: El reino del hielo

    por Anónimo | noviembre 28, 2013
    Aviones (Disney)

    EL BISNIETO PACIFISTA DEL BARÓN ROJO

    crítica de Aviones | Planes, Klay Hall, 2013

    Dos aviones de combate mutilan las nubes, todo blanco y azul entre lenguas de humo casi incorpóreas, rompiendo la barrera del sonido a velocidad creciente. Hay un objeto volante no identificado que se acerca como una exhalación, y que los sobrepasa de manera asombrosa: un fumigador con aspas por nariz, risueño y nacido para fumigar hasta el último de sus días. Un avión ocioso que se resiste a cumplir los designios de la madre mecánica, sabedor de que sus habilidades a la hora de surcar el cielo no son nada groseras, más bien al contrario. Bastaría un tenaz entrenamiento por unos meses antes de embarcarse en la gran aventura soñada. Dar la vuelta al mundo en competición oficial frente a otros bólidos aéreos que (sí) han nacido para ganar, sin miedos o fobias que desgasten su talento, ya sea éste impropio de campeones y deportistas que preparan las carreras en beneficio del espectáculo y una cierta ética de trabajo que se presupone han de tener esos intrépidos a diez mil pies de altitud. Y, cuando despierta, el fumigador sigue fumigando a no más de cien metros sobre la superficie, dejando atrás la bruma propia de la ensoñación. Nunca rebasó épicamente a ningún caza, ni voló tan alto como para no sentir miedo, ya que sufre un indescriptible mal de alturas. El sur le queda ya pequeño, tan minúsculo o más que ese pueblecito que se abre en los márgenes de la carretera. Podríamos afirmar que estamos en Radiador Spring, humilde cuna del narcisista Rayo McQueen de Cars —embrión del proyecto que nos acontece, pero en modo road movie pedagógica y más estimable—, aunque la historia de Dusty nos traslada a una latitud menos polvorienta.

    El sol poniente descarga por encima de los maizales, tiñéndose de púrpuras y naranjas los pastos y el horizonte en su conjunto, mientras el citado Dusty y su compañero apuran su jornada laboral. No muy lejos de allí se celebrarán las pruebas clasificatorias para el campeonato alrededor del globo, con salida y llegada en Nueva York. Así, Aviones se revela en reflejo casi instantáneo de esa otra película que fagocitó esta nueva pero recurrente epopeya infantil. La secuela de Cars, tan innecesaria como sintomática del bajón creativo que (no) padece Pixar, abrió camino a una serie de hipótesis acerca del futuro inminente de esa productora, tal vez demasiado subordinada a los intereses mercadotécnicos del contemporáneo ratón Mortimer, aquí con una voz curtida por la sinusitis, y demás iconos Disney. Conviene decir, sin embargo, que este último giro con afán recaudatorio tiene una razón lógicamente empresarial: a falta de un estreno que concite a público y crítica, como ya hicieran Wall-E, Up o Toy Story 3, los creativos de Emeryville facturan precisos instrumentos de transición que, si bien no engañan al ojo ávido de relatos apasionantes, sí funcionan durante su estancia en la cartelera mundial. Por ello, Aviones —bajo el sello único de los estudios Disney— incide también en la realidad de Pixar: un negocio, incrustado a base de sentimientos en el imaginario colectivo cinéfilo, que nunca ha dejado de responder a la esencia amable del marketing.

    por Anónimo
    agosto 14, 2013

    Crítica | Aviones

    por Anónimo | agosto 14, 2013
    Mary Poppins
    LA NIÑERA MÁGICA DE DISNEY
    Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964)

    En una sección donde tratamos de recuperar las películas de entretenimiento de nuestra vida era obligado hacer una parada, tarde o temprano, en la fábrica de sueños más famosa de la Historia del Cine: Disney. Y si hay un título que ha divertido y fascinado durante casi cinco décadas con la misma fuerza del primer día, ese es Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964). Prepárense para entrar en un mundo de magia y color en el que todo es posible.

    Un año después de su genial Merlín el Encantador (1963), la productora de Walt Disney llevó a la gran pantalla la adaptación de una serie de libros de la escritora P.L. Travers. La película cuenta cómo en el Londres de 1910, dos hermanos crecen infelices en una familia donde el padre banquero no les demuestra su cariño y la madre pasa los días más preocupada de sus andanzas como defensora de los derechos de la mujer que en pasar tiempo con sus retoños. La rebeldía de los niños hace que las institutrices salgan huyendo una tras otra, hasta que la llegada de una niñera con poderes extraordinarios trae la felicidad y la magia a la vida de todos.

    por José Martín León
    septiembre 16, 2012

    MARY POPPINS (ROBERT STEVENSON, 1964)

    por José Martín León | septiembre 16, 2012

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