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    Don Hall
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    Animacting

    Crítica ★★★☆☆ de «Raya y el último dragón», de Don Hall y Carlos López Estrada.

    Estados Unidos, 2021. Título original: Raya and the Last Dragon. Dirección: Don Hall y Carlos López Estrada. Co-dirección: Paul Briggs y John Ripa. Guion: Qui Nguyen y Adele Lim. Compañía: Walt Disney Animation. Producción: Osnat Shurer y Peter Del Vecho. Música: James Newton Howard. Fotografía: Adolph Lusinsky. Montaje: Fabienne Rawley y Shannon Stein. Reparto: Kelly Marie Tran, Awkwafina, Gemma Chan, Izaac Wang, Benedict Wong, Daniel Dae Kim, Alan Tudyk.

    En su desternillante libro Too Funny For Words (Editorial Artabras), dos de los integrantes de la mítica comunidad del lápiz de la casa del ratón, los Nine Old Men, Frank Thomas y Ollie Johnston, entre otras hilaridades creativas puestas al servicio de Walt Disney, revelan el misterio: «Desde el principio, el público quiso a Mickey Mouse posiblemente porque estaba dibujado a partir de círculos, una forma que es un perfecto reclamo psicológico y que crea en el espectador una sensación de entereza, un gran sentimiento de seguridad». Veremos muchos círculos en Raya y el último dragón (Raya and the Last Dragon, 2021), la mayoría de ellos estéticos, pero también algún que otro formal. El propio concepto de trayecto, enrollado y encriptado en el interior de una historia, demanda una sutil circularidad; un viaje de ida y vuelta como llegó a subtitular el maestro J.R.R. Tolkien a su maravilloso El Hobbit (The Hobbit or There and Back Again, 1937). Y es que la odisea de Raya (Kelly Marie Tran), primero en busca de la dragona Sisu (Awkwafina) y después en busca de los fragmentos de un cristal mágico, se muestra como brújula narrativa donde su flecha indicará su particular Norte, la cronología de los hechos que oscilarán hacia delante, pero también de vez en cuando, hacia atrás. Otro cantar será si sus creadores han logrado alcanzar ese equilibrio del que hablaban los maestros.

    Para empezar, la premisa atrae. La búsqueda bicéfala (primero con el ser mitológico y después con el cristal) es una estructura, que como el rio que se extiende por Kumandra, serpentea todo el relato limando sus riberas narrativas allí donde acontecen los sucesos más importantes del viaje, pero al mismo tiempo, y apoyándonos en la imagen del afluente como si se tratase de un dragón, pronto, por desgracia, caerá en la obviedad de la referencia y el homenaje (todos ellos elaborados magistralmente), invitando al espectador a realizar un cuestionario para saber de qué sustrato hereditario es una secuencia u otra. Curiosamente uno de los codirectores de la película, Paul Briggs, ejerciendo de augur, ya nos lo vaticinaba hace un par de años cuando en uno de los screening de otra ficción, Frozen II (Jennifer Lee y Chris Buck, 2019), en un didáctico documental (Más allá de Frozen II / Into the Unknown. Making frozen II. Megan Harding), soltó envalentonado a sus creadores su opinión acerca del work in progress de Frozen II, encontrándose «muy perdido». Algo así podemos sentirnos al final de esta odisea, que más que periplo, se tratase más bien de una de esas guías de viaje que todos hemos consultado alguna vez, sobre todo si estamos preparando algún viaje para saber algo, lo más superficial del país elegido, y cuando pisamos su geografía nos damos cuenta de los innumerables errores que contiene.

    No está mal que uno esté perdido, de hecho, la pérdida es otra forma de aprendizaje, más incierta quizá, una carretera secundaria en toda regla, pero igual o más valiosa que la ruta oficial que tienes que seguir o que te recomiendan otros. La sensación de pérdida es una de inseguridad y por esa misma razón alimenta una mayor concentración, entre una miríada de posibilidades, de elegir la mejor opción para construir un organigrama narrativo más compacto que supere al inicial esperado. Por desgracia, desde hace un tiempo y no sólo en Disney sino también Pixar, no están siguiendo ese patrón. Quizá el último ejemplo de lo anteriormente descrito haya sido Onward (Dan Scalon, 2020), que tuvo además que lidiar contra un enemigo imprevisto, la pandemia. Pero ni Frozen II, ni Soul (Peter Docter y Kemp Powers, 2020), por seguir con la cronología de ambos estudios, han podido seguir esa estela creativa. Puede que la esperanza resida en Encanto (Jared Bush y Charise Castro Smith, 2021) o en Luca (Enrico Casarosa, 2021) y nos hagan regresar al redil de las incertidumbres narrativas. No obstante, habría que retornar al estreno de Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019) para saber cuáles iban a ser los nuevos paradigmas creativos del storytelling disneyano y pixariano que entroncan directamente con Raya y el último dragón. Uno de ellos es el acting, o mejor dicho el animacting, en ellos y solamente en ellos, en la fusión entre los animadores y los actores, se puede rastrear las claves del éxito. Y aquí se abre un portal que nos puede conducir a otra alteridad. La perspectiva cambia, pasamos a través del espejo.

    por José Amador Pérez Andújar
    marzo 28, 2021

    Crítica | Raya y el último dragón / Disney+

    por José Amador Pérez Andújar | marzo 28, 2021
    Moana

    La llamada del océano

    crítica ★★★ de Vaiana (Moana, John Musker, Ron Clements, Don Hall, Chris Williams, Estados Unidos, 2016).

    Blancanieves y los siete enanitos (David Hand, 1937), La Cenicienta (Clyde Geronimi, Hamilton Luske, Wilfred Jackson, 1950) o La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959) acostumbraron al gran público a un tipo de princesas ancladas en el pasado, piezas pasivas de sus circunstancias y sus destinos, dependientes de que un valeroso príncipe azul llegase a lomos de su caballo para despertarlas de su sueño profundo a través de un beso de amor o ajustara en su pie un zapato de cristal que acabaría con una vida de explotación y pobreza. Los tiempos cambian y la productora Disney supo adaptarse a las nuevas corrientes dibujando a una generación de princesas con carácter, más independientes y con la capacidad de tomar ellas mismas las riendas de sus vidas sin necesidad de que viniese un hombre a sacarles las castañas del fuego. En este sentido, La sirenita (John Musker, Ron Clements, 1989), basada en el cuento de Hans Christian Andersen, supuso un antes y un después dentro de la factoría de sueños más famosa del cine, presentando a una princesa Ariel rebelde y soñadora, que desobedecía las órdenes de su padre para disponerse a conocer el mundo fuera del mar. Aquel clásico fue un enorme éxito de taquilla que resucitó a una compañía que llevaba más de una década en horas bajas. Tras él llegaron La bella y la bestia (Gary Trousdale, Kirk Wise, 1991), Pocahontas (Mike Gabriel, Eric Goldberg, 1995), Mulan (Barry Cook, Tony Bancroft, 1998), Tiana y el sapo (John Musker, Ron Clements, 2009), Enredados (Nathan Greno, Byron Howard, 2010), Brave (Mark Andrews, Brenda Chapman, Steve Purcell, 2012) –el Pixar más disneyano hasta la fecha– o Frozen: El reino del hielo (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013), todo un fenómeno que recaudó más de 1.200 millones de dólares en todo el mundo. La última aportación a este nutrido grupo de atribuladas princesas Disney se llama Moana (bautizada en algunos países europeos como Vaiana, entre ellos España, por problemas de copyright), y llega para demostrar que la fórmula continúa funcionando con la precisión del primer día.

    La cinta nos traslada a la remota isla polinesia Motonui, en el sur del Pacífico, hace dos mil años. Allí vive Vaiana Waialiki, la única hija del jefe de su pueblo de antiguos navegantes y descubridores de muchas de las islas de Oceanía, resignados a vivir en los últimos tiempos de lo que pescan en las cercanías del arrecife, teniendo totalmente prohibida la salida al inmenso océano. Sin embargo, la pequeña siempre ha sentido la llamada del mar, así como si una potente fuerza la empujase a descubrir un secreto que ha permanecido oculto durante siglos y que solo ella, como si de una elegida divina se tratase, puede sacar a la luz para enmendar un error del pasado y salvar a su pueblo de la amenaza de extinción. Cuando alcanza los dieciséis años, con el único apoyo de su abuela Tala, la loca cuentacuentos de la región, Vaiana desobedece el mandato de su padre y abandona sus obligaciones como princesa para embarcarse en un peligroso viaje que tiene como objeto la búsqueda del semidiós Maui, que, según una leyenda ancestral, robó el corazón de la diosa Te Fiti, despertando su ira, por lo que hizo caer sobre el mundo una maldición que solo se apaciguará cuando la piedra sea devuelta. Estamos ante un producto que, si bien se ciñe a los patrones tradicionales por todos conocidos de este género, continúa ahondando en el mensaje feminista que subyacía en la incomprendida Brave: de nuevo, no existe interés romántico de ningún tipo, limitándose a ser un relato de autodescubrimiento en el que la protagonista termina conociéndose a sí misma y encontrando su lugar en el mundo. Una vez más tenemos a un personaje femenino fuerte, impulsivo y muy cabezota, empeñado en explorar lo que hay fuera de sus fronteras –algo en lo que coincide con La sirenita, también dirigida por John Musker y Ron Clements–, contrapuesto con el carácter fanfarrón y pasota de Maui (doblado en la versión original por Dwayne Johnson), quien, provisto de un ancla mágica que le permite adoptar múltiples apariencias diferentes y unos tatuajes que recorren su cuerpo, provistos de vida propia y que describen cada una de sus gestas, no parece estar por la labor de ayudar a Vaiana en su objetivo. Los constantes tiras y aflojas entre ambos personajes convierten a esta divertida pareja de viajeros en el auténtico motor de un filme calculado al milímetro para satisfacer a niños y mayores.

    por José Martín León
    diciembre 09, 2016

    Crítica | Vaiana

    por José Martín León | diciembre 09, 2016
    Big Hero 6

    Cuando Disney encontró a Marvel

    crítica a Big Hero 6 (íd, Don Hall, Chris Williams, Estados Unidos, 2014).

    Disney parece estar recuperando, poco a poco, su prestigio de antaño dentro del cine de animación. Con la absorción de Pixar –que desde Toy Story 3 (2010) no entrega una joya a la altura de sus grandes éxitos–, la compañía del ratón Mickey ha sabido ponerse las pilas, entendiendo que no todo en este tipo de propuestas deben ser cuentos de princesas rebozados de cancioncitas, tomando el ejemplo del título más destacado de la competencia en estos últimos años, el Cómo entrenar a tu dragón (2010) de Dreamworks, más preocupado en ofrecer una aventura de fantasía capaz de complacer a niños y adultos por igual. Aun cuando se ha acercado a los cuentos de hadas de nuevo, Disney ha sabido imprimirle la sana ironía y subversión de tópicos propios de la saga de Shrek (otra que hizo tambalear el monopolio desde Dreamworks durante años) en divertidas cintas como Enredados (2010) y, sobre todo, el megaéxito Frozen: El reino del hielo (2013). Tras hacerse con los Estudios Marvel, Disney ha encontrado otro filón en las películas de superhéroes, logrando enormes recaudaciones con la distribución de las aventuras de Iron Man, Capitán América, Thor o la reunión de todos ellos en Los Vengadores (2012). Por eso, la última producción animada rebusca en el universo Marvel para contar las peripecias del equipo Big Hero 6, creado por Steven T. Seagle y Duncan Rouleau, cuya primera aparición en los cómics se remonta a 1998.

    La historia nos traslada a la espectacular urbe futurista de San Fransokyo (algo así como una mezcolanza imaginaria entre San Francisco y Tokyo), algo que supone un auténtico reto para los animadores, que inundan la pantalla de monumentales edificios de imposibles estructuras y sofisticados trenes que recorren sus superpobladas calles. El protagonista es Hiro, un adolescente de 14 años, genio de la robótica, que tras la muerte de su hermano mayor en extrañas circunstancias, recluta a los amigos de éste para formar un grupo de superhéroes compuesto por Wasabi-No-Ginger, Honey Lemon, GoGo Tomago, Fred y Baymax, un simpático robot con apariencia de enorme globo hinchable blanco, diseñado para asegurar el bienestar y la salud de Hero. La película bebe claramente de la estética del anime japonés, especialmente en el diseño de Baymax, una creación que puede recordar, lejanamente, a personajes del maestro Miyazaki como el entrañable rey del bosque de Mi vecino Totoro (1988). El dibujo de los héroes es muy deudor de uno de los mayores éxitos de Pixar, Los increíbles (2004), que, a su vez, era una velada parodia de Los cuatro fantásticos de Marvel, mientras que la relación de amistad que se establece entre Hero y Baymax tiene evidentes ecos de aquella otra maravillosa fantasía animada de Brad Bird (también director de Los increíbles, casualmente) que fue El gigante de hierro (1999). Un emocionante y sentido homenaje a la ciencia ficción de los 50 que fue un injusto fracaso comercial para Warner pero que, con el paso del tiempo, ha ido alcanzando la categoría de obra de culto para todo buen aficionado al género. Muchas escenas de Big Hero 6 nos remiten a El gigante de hierro –los divertidos intentos de Hiro por ocultar a Baymax de la vista de su madrastra; el dilema del robot a la hora de poder convertirse en un arma de destrucción cuando, en principio, ha sido creado con unas coordenadas que no le permiten hacer daño a ninguna vida humana–, pero también nos hace recordar a la pareja formada por el vikingo Hipo y su dragón Desdentao en el díptico Cómo entrenar a tu dragón, por la manera en que su protagonista va dejando atrás la infancia para entrar en la madurez, ayudándose de la estrecha relación que fragua junto a un ser que, pese a su diferente condición, es capaz de transmitir auténticas lecciones de humanidad.

    por José Martín León
    diciembre 22, 2014

    Crítica | Big Hero 6

    por José Martín León | diciembre 22, 2014

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