La asfixiante inmensidad
Crítica ★★★☆☆ de «Wilcox», de Denis Côté.
Canadá, 2019. Título original: Wilcox. Director: Denis Côté. Guion: Denis Côté. Productores: Denis Côté, Andreas Mendritzki, Annie St-Pierre, Aonan Yang. Productoras: GreenGround Productions, Inspiratrice & Commandant. Fotografía: François Messier-Rheault. Música: Roger Tellier-Craig. Montaje: Matthew Rankin. Reparto: Guillaume Tremblay.
En la obra de Denis Côté conviven dos modelos cinematográficos que se podrían entender casi como opuestos. Por un lado aparece una aproximación naturalista a la narración, donde elementos propios de la ficción se combinan con un escenario real y unos actores no profesionales, que en ocasiones directamente se interpretan a sí mismos. Esto provoca que sus películas den más la sensación de ser documentales que cintas de ficción, si no fuera por la manera en la que el autor introduce giros y situaciones propias del cine de género, habitualmente el thriller. Como resultado, se obtiene una mezcla anómala, plagada de imágenes-misterio. A este tipo de cine pertenecen filmes como
Les états nordiques (2005),
Nos vies privées (2007) y
(2009). Al mismo tiempo, Côté ofrece otro tipo de películas, que se enraízan en el cine de género, entre el thriller y el terror psicológico. Como suele ocurrir en las cintas destinadas al circuito de festivales de autor, estas se caracterizan por un tratamiento estético del género marcado por una estilización exquisita, a través de la que también consigue instantes perturbadores. A este grupo de filmes pertenecen ejemplos tales como
Ella quiere el caos (2008) y
Curling (2010). El elemento que aglutina ambas aproximaciones cinematográficas es la deshabitada Quebec, un territorio inhóspito que transporta a sus habitantes a un estado que va desde cierta enajenación hasta la violencia.
El prolífico Côté, que ha filmado una o más películas cada año desde que debutó en 2005, ofreció en 2019 una cinta de cada uno de los tipos descritos.
Antología de un pueblo fantasma, gélida aproximación al terror psicológico, contrasta con
Wilcox, una obra parca en recursos formales y carente de diálogos. La obra sigue a Wilcox, un mochilero que viaja por los parajes naturales de la citada región canadiense. En su camino interactúa con diferentes habitantes de la zona, a cada cual más estrambótico que el anterior —algo muy habitual en el cine del realizador—, lo que además de manera indirecta, por contraste, indica que el protagonista es un foráneo. Poco más se puede saber de este personaje, más allá de lo que unas esquivas imágenes muestran. La narración abre y cierra con unos títulos sobre fondo negro en los que se explican seis casos de personas reales que, en un determinado momento, decidieron adentrarse en lo más profundo de la naturaleza —uno de ellos es el de Christopher Johnson McCandless, que inspiró
Hacia rutas salvajes—, hasta las últimas consecuencias. Wilcox no es ninguno de ellos, pero al mismo tiempo es todos. Lo que sucede a lo largo de la escueta trama toma elementos de las distintas historias reales, dando lugar a un personaje que es al mismo tiempo un hippie y un militar, un ladrón y un
yogui, porque en el fondo lo que Wilcox es deriva de lo que las fuentes de inspiración del filme representan: la voluntad de sobrevivir, cueste lo que cueste, y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte, de una muerte que acontecerá más pronto que tarde. Entre la necesidad de encontrar el sentido de la existencia y la intención de desaparecer de la sociedad se mueve Wilcox, un hombre tan esquivo como la película que protagoniza.