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    Damien Chazelle
    Damien Chazelle
    || Críticas | ★★★★☆
    Babylon
    Damien Chazelle
    Torres de marfil y Babel


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Dirección: Damien Chazelle. Guion: Damien Chazelle. Producción: Paramount Pictures / Marc Platt Productions / Organism Pictures. Dirección de fotografía: Linus Sandgren. Montaje: Tom Cross. Música: Justin Hurwitz. Diseño de producción: Florencia Martin. Decorados: Anthony Carlino. Vestuario: Mary Zophres. Reparto: Diego Calva, Margot Robbie, Brad Pitt, Jovan Adepo, Jean Smart, Li Jun Li, Tobey Maguire, Katherine Waterston, Eric Roberts, Max Minghella, Rory Scovel, Lukas Haas, Flea, Karolina Szymczak, Jeff Garlin, Samara Weaving, Olivia Wilde. Duración: 189 minutos.

    Aunque ahora vivimos en los años 20, cuando alguien utiliza esta expresión, sobre todo en inglés, the 20s, se refiere sin apenas margen de error a los años 1920-1929. No fue una década cualquiera. En la anterior y en la posterior el mundo se vio abocado a terribles conflictos, por lo que entre medias hubo una especie de paréntesis feliz, de esperanza, de optimismo, de progreso a todos los niveles: económico, social, cultural… Y el cine no se quedó atrás en este proceso transformador: fue la década de la aparición del cine sonoro, al tiempo que los estudios de Hollywood se consagraban, desde Warner hasta MGM, pasando por Paramount entre otros. Con todo, no había transcurrido tanto tiempo desde la conquista del Oeste, California todavía estaba carente de civilización y urbanismo, de manera que la consolidación de la llamada meca del cine tuvo lugar en un entorno físico aún por desarrollar y domesticar. Tampoco había entonces cimientos ni normas establecidas (el código Hays llegaría poco después, ilustrando el afán moralizador que reaccionó contra estos años previos sin censura ni control), por lo que triunfaban los más decididos o violentos, relegando al resto a la mediocridad o incluso a la muerte. En efecto, los ejecutivos de los mentados estudios recurrieron a tácticas casi propias de la mafia para edificar sus imperios y apartar a la competencia. En pocas palabras, regía la ley de la jungla. Así eran los llamados Roaring 20s en Los Angeles, término más exacto y oportuno para identificar esta década, donde el rugido del león de la MGM era su perfecta encarnación.

    Babylon, la última película de Damien Chazelle, recrea esa época y ese lugar concretos, aunque arranca en un paraje desierto, hasta que llega un solitario vehículo que debe transportar nada menos que un elefante. Como si un león se quedara corto, Chazelle empieza a lo grande en cuanto a la elección del animal en cuestión y, desde esa primera secuencia hilarante y extravagante, no se baja un ápice durante las más de tres horas de metraje. Siguiendo con la retórica faunística, uno de los personajes principales tampoco se dedica al cine, o al menos no inicialmente: es trompetista (de nombre Sidney Palmer, interpretado por Jovan Adepo), aunque aquí Chazelle desaprovecha un parálisis visual que tenía fácil (demasiado), entre este personaje y aquel elefante, teniendo en cuenta que ambos coinciden, con otros muchos seres salvajes, en una multitudinaria y multicultural fiesta en la mansión de uno de los temibles ejecutivos hollywoodienses. Hay, además, otro elefante en la habitación, por ende oculto, cuyo significado dramático se desvelará más tarde. Por ahora, la atención está puesta, sobre todo, en los actores, desde la estrella consolidada Jack Conrad (Brad Pitt), trasunto de Douglas Fairbanks, hasta la estrella en ciernes convencida ya de serlo, Nellie LaRoy (Margot Robbie), versión alternativa de Clara Bow. Entre ambos, un joven mexicano llamado Manuel “Manny” Torres (Diego Calva), que no quiere dedicarse a la interpretación, si bien interpreta cualquier papel a las órdenes de quien mande en cada momento y está dispuesto a todo para labrarse otro futuro en el séptimo arte. Estos serán los tres personajes que irán alternando el grueso de nuestra atención (y, todo sea dicho, sus tres actores nos regalan actuaciones repletas de carisma y energía, más allá del estereotipo). Sin embargo, no era gratuito empezar con la mención a priori marginal del músico Palmer, porque resulta que lo más importante, en todo este conjunto babélico, es la música.

    Chazelle vuelve a contar con su fiel Justin Hurwitz para componer una banda sonora omnipresente y distintiva. Aunque no cumple el mismo papel que en un musical, como La La Land, tiene un protagonismo propio, en varios sentidos, no solo por su extensión y frecuencia. Por un lado, Chazelle y Hurwitz son expertos en el uso de leitmotivs, esto es, partes de una partitura asociadas a partes determinadas de una película, que se repiten en puntos similares de una historia. En Babylon esto es llamativo, por ejemplo, en los encuentros entre Nellie y Manny, hasta el punto de que la música aparece ahí como un tercer personaje, pues se quiebra, conscientemente, esa regla de la ortodoxia del montaje y la música por la que el primero debe permitir que la segunda empiece y acabe de forma imperceptible, cada vez que suena y se silencia. Aquí es evidente cuándo hay música, pero no es un defecto porque ese protagonismo está asumido, de hecho, desde esos planos tempranos de acercamiento a la trompeta de Sidney, y lo confirma la estructura de todo el trabajo sonoro. Ello conecta, por otro lado, con el metalingüismo que cobra la propia música. Babylon está repleta de referencias, de alusiones a otras películas y a personajes reales de la época: algunos secundarios aparecen directamente, como William Randolph Hearst o Marion Davies y otros principales, como hemos adelantado, son sucedáneos con una personalidad análoga. Pero, además, Hurwitz y Chazelle se atreven a hacer guiños directos a la mismísima La La Land, con acordes casi idénticos, y no es tampoco un error de falta de creatividad, de un compositor que haya caído en la redundancia o la repetición, sino que esta es inherente a la composición y esta se integra en toda la estructura autorreferencial de la cinta.

    Decir más sobre esto nos haría incurrir en cierto spoiler que queremos evitar a toda costa, ya que solo se descubre en el asombroso y sorprendente epílogo del filme (solo diremos que este da una brillante vuelta de tuerca al subgénero de película dentro de la película, o de cine sobre cine). No hay duda de que a este cineasta le gustan los epílogos virtuosos, aunque en este ocasión hay que sumarle el prólogo, pues este dura lo que toda esa desenfrenada fiesta antes señalada, que parece no terminar nunca. Cuando por fin lo hace, viene el rótulo del título y poco después nos ubicamos en otra secuencia memorable, de un rodaje igual o más multitudinario aún en las afueras desérticas de la ciudad. Cine bélico y del oeste se dan la mano en tal escenario, no solo por el género de una de las películas que ahí se rueda, sino por la propia geografía, el peligro y en especial los periplos de Manny para hacerse un hueco en ese ambiente. Este es otro buen ejemplo de doble lectura cinematográfica: en la película se graba una escena de western y, fuera de su marco, parece estar desarrollándose otro tipo de western. Hay más lecturas en este contexto, aunque el guion prefiere mostrarlas no como mensajes de calado sino como premisas de un gag: véase el ejército de menesterosos (tampoco es un término gratuito) que forman los extras de la superproducción. Hay que apuntar, con todo, que la insistente diversión de la película no siempre funciona, y quizá sea precisamente porque Chazelle renuncia a contar una historia seria, pero tampoco quiere realizar algo intrascendente. Lo tiene todo calculado, pues el caos es solo aparente. Huye, eso sí, de la previsibilidad que parece aquejar ciertos puntos de la trama, gracias a esa estructura a mayor escala en que se enmarca y, a menor escala, gracias a muchos detalles que buscan siempre lo imprevisto. En ello hay que incluir la elaborada puesta en escena y la fotografía de Linus Sandgren, inesperada sobre todo porque tanto sus imágenes más oscuras como las más luminosas lo son, ambas, en mayor medida de lo que es habitual. Esto concuerda con la falta de término medio de Babylon, que lo apuesta todo y arriesga a veces demasiado, si bien esta ambición siempre es de apreciar. En fin, al margen de poder apreciarse por todo tipo de espectador, pese a dirigirse en primer lugar a un público cinéfilo, estamos ante una película que logra algo más meritorio y raro, un efecto poderoso y poco común (más en este caso dada la duración) que le da todo su sentido. Y es que, al terminar, deja con ganas de volver a ver una película: no solo esta (que también), sino cualquiera.

    por Ignacio Navarro
    enero 22, 2023

    Crítica | Babylon

    por Ignacio Navarro | enero 22, 2023

    El descubrimiento de la luna

    Crítica ✷✷✷✷ de First Man, de Damien Chazelle.

    Estados Unidos. 2018. Título original: First Man. Director: Damnien Chazelle. Guion: Nicole Perlman, Josh Singer (Libro: James R. Hansen). Duración: 133 minutos. Edición: Tom Cross. Fotografía: Linus Sandgren. Música: Justin Hurwitz. Diseño de producción: Nathan Crowley. Diseño de vestuario: Mary Zophres. Productora: Universal Pictures / DreamWorks SKG / Temple Hill Entertainment / Perfect World Pictures. Intérpretes: Ryan Gosling, Jason Clarke, Claire Foy, Kyle Chandler, Corey Stoll, Patrick Fugit, Lukas Haas, Pablo Schreiber, Brian d'Arcy James, Ciarán Hinds, Aurelien Gaya, Ethan Embry, Shea Whigham, Christopher Abbott, Cory Michael Smith, Brady Smith, Perla Middleton, J.D. Evermore. Presentación oficial: Venice Film Festival, 2018.

    Edmundo O’Gorman escribió La invención de América, con el propósito de levantar un polémico diálogo en torno al concepto figurativo que la sociedad le había dado al proceso de la conquista de América, donde se concibe –todavía hoy– la idea del descubrimiento no como un hecho, sino como una interpretación. Para el historiador, la masa de tierra que hoy tiene por nombre América, sí fue una invención, pero no en los términos geográficos que se dieron a entender popularmente. La principal imprecisión terminológica procede, pues, de una interpretación literal de las palabras de Nietzsche: “sólo lo que se nombra cobra ser”. América sí fue inventada, la inercia atávica de denominar descubrimiento a la llegada de Colón a las indias es del todo desacertada, al atentar contra la praxis historiográfica y adjudicar a América un papel de sujeto susceptible de ser descubierto cuando, ni Colón fue el primer extranjero en pisar el nuevo mundo, ni ese territorio estaba despoblado a su llegada. Siguiendo con la imprecisión terminológica, también habríamos de tener en cuenta que la tendencia –remitámonos aquí a las recientes declaraciones de Pablo Casado– es valorar ese suceso como el resultado de una invención del pensamiento occidental y no ya como el de un descubrimiento meramente físico, realizado, además, por casualidad —no olvidemos que el objetivo de Colón siempre fue alcanzar la India, y negó la existencia de un cuarto continente hasta el día de su muerte—. Atendiendo a todos estos factores, la llegada del ser humano a la luna sí que parece mucho más cercana al concepto de descubrimiento, pues supuso un primer contacto del hombre con un entorno inhóspito, virgen y buscado de forma deliberada. Estados Unidos ostentaría, por lo tanto, el título de descubridor por antonomasia del milenio pasado. Sin embargo, la magnitud y utilidad de este último descubrimiento es bastante cuestionable, al menos, si atendemos a la herencia cultural o científica que nos ha dejado desde ese primer alunizaje. El descubrimiento de la luna fue, como casi todo lo que sale del gobierno yanqui, una demostración de poder que, además, le otorgó unos cuantos puntos de ventaja en la llamada “carrera espacial”, que no fue otra cosa que un capítulo más de esa partida de ajedrez contra los soviéticos denominada Guerra Fría.

    por Alberto Sáez Villarino
    octubre 18, 2018

    Crítica: First Man (El primer hombre)

    por Alberto Sáez Villarino | octubre 18, 2018
    La La Land

    Song of myself

    crítica ★★★★★ de La ciudad de las estrellas (La La Land, Damien Chazelle, Estados Unidos, 2016).

    En un local, un grupo de personas presta atención a las fanfarronadas de un exitoso empresario, todos los asistentes, a excepción de una abstraída joven, parecen emocionados con los logros del interlocutor. De repente, esa mujer escucha una melodía en los altavoces del restaurante, una pieza de piano que activa en su mente un recuerdo inquebrantable del que no puede escapar, los sentimientos se vuelven tan fuertes que maquinalmente se levanta y pronuncia un “lo siento” con el ímpetu de un “hasta nunca”. De inmediato sale corriendo entre la multitud de parroquianos que la miran perplejos sin pudor. Se tambalea, duda, busca un asidero inexistente y no encuentra más amparo que la propia música, pero ésta es suficiente para devolverle la determinación pues, intensificando dramáticamente su volumen y modulación, propicia la salida triunfal perfecta. Fuera está nevando, pero recordamos que es primavera y el suelo no es blanco sino carmín, nievan pétalos de rosa que caen mágicamente del cielo como notas musicales, construyendo una alfombra aterciopelada que marca el camino de nuestra oprimida rebelde sin causa, desde la claustrofóbica esclavitud hacia la libertad. Damien Chazelle contextualiza así, con una deliberada teatralización hiperbólica del montaje, el primer encuentro pasional entre la pareja protagonista de su última película, La ciudad de las estrellas (La La Land), haciendo que la secuencia y, en concreto, la melodía, actúe como el medio de su propio mensaje. El director captura el acontecimiento romántico por antonomasia: el proceso de enamoramiento, como una metáfora de la disociación perceptiva producida por la idealización de lo mundano y la abstracción con la realidad tangible. De este modo lleva a Mia y a Sebastian a la representación alegórica de las estrellas como forma de exponer de forma gráfica la idea de “estar en las nubes”.

    En todo musical existe una canción, dentro de lo que se intuye un vasto repertorio, que destaca por su importancia. Esta composición vendrá reforzada por un momento de aparición determinante dentro del avance narrativo, una técnica de edición que la recorta y la deja perfectamente enmarcada en una escena primordial como protagonista indiscutible de la acción, como ocurrió con la inolvidable Wandering Star que Lee Marvin interpretó con trágica resignación en el western de Joshua Logan, La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969). En la cinta que nos ocupa, esta canción se presenta como prólogo y epílogo del metraje, definiendo así su función como motor y catalizador del argumento, puesto que cualquier aparición de esa cadencia sonora entre ambos, responderá a un cometido específico que coincidirá con la propia evolución introspectiva de los protagonistas. Dos personajes que representan de forma coreográfica lo que el guion se esfuerza en subrayar de manera constante: la importancia de los sueños. La ingenua obviedad del mensaje es sólo una distracción con la que captar la atención de un espectador que pronto se verá transportado a un mundo mágico, donde la música es sólo una pieza diminuta de una compleja obra naif de considerable sugestión romántica, para cuyo disfrute no es necesario ser un completo idealista quijotesco, puesto que con tan sólo un ápice de pasión escondido en tu interior, el filme será capaz de hacerlo salir a flote y multiplicarlo de forma exponencial utilizando para ello uno de los recursos menos aprovechados en la posmodernidad: la poética añoranza del recuerdo.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 19, 2017

    Crítica | La La Land

    por Alberto Sáez Villarino | enero 19, 2017
    Emma Stone en Venecia

    Look at the stars

    Crónica de la primera jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Resulta complicado catalogar a la Mostra dentro del espectro de festivales europeos de clase A. Es, indudablemente, una cita prestigiosa, que goza de estrenos exclusivos y, a veces, con visos de culto (viene a la mente la premiere de Aronofsky de su denostada La fuente de la vida); pero, por el contrario, la asistencia es mínima comparada con Cannes e incluso Berlín. Las razones, depende de a quién se pregunte, cabe encontrarlas bien en las fechas, que algunos años solapan con Toronto, bien por el difícil acceso a Venecia, y más concretamente en el Lido, bien por precios de temporada alta en la ciudad o bien por leve perdida de fama en los últimos años. Sea cual sea el motivo, es un certamen ecléctico en cuanto a contenido, sin una línea muy marcada pero no por ello menos interesante. Nuestro comienzo ha sido, cuando menos peculiar y os contamos por qué: a media tarde del día previo al inicio ninguna carpa estaba montada, faltaban paredes por pintar y focos por preparar. El ritmo, en contraste con la coyuntura, es sorprendemente tranquilo, propio de una holgada margen temporal. A la mañana siguiente, la inauguración de La La Land, el fastuoso musical de Damien Chazelle, empieza con un retraso considerable de más de veinte minutos; y, poco más tarde, la nueva y lustrosa sala Giardino (un cajón rojo erigido justo en mitad de la Avenida) se estrena en la Mostra con el nuevo trabajo de Kim Ki-Duk y la sorpresa añadida de que parte de las filas de butacas, construidas en serie, no están atornilladas a la tarima enmoquetada. La proyección se retrasa de nuevo veinte minutos para dar a los obreros el tiempo suficiente para fijar varias hileras mientras el equipo de The Net es presentado e invitado a tomar asiento. Cuando la cortinilla de presentación comienza a rodar en pantalla el último tornillo acaba por clavarse. Aun con todo esto, la Mostra ofrece un espacio de maniobra para el periodista que en otros festivales se antoja un sueño. Todo está concentrado en la misma área y, aunque hay pases a diario, están lejos de la superpoblación de estrenos de otros eventos como los mentados TIFF y Cannes, donde la selección se vuelve obligatoria. Con sus virtudes y defectos, pura idiosincrasia italiana, la Mostra es única.

    por Unknown
    septiembre 01, 2016

    Mostra de Venecia 2016 (I) | Críticas: La La Land / La luz entre los océanos

    por Unknown | septiembre 01, 2016
    Whiplash short film

    El horror de la repetición

    crítica de Whiplash (Damien Chazelle, EE.UU., 2013) / ★★★★ ½ |.

    Estados Unidos. 2013. Título original: Whiplash. Director: Damien Chazelle. Guión: Damien Chazelle. Fotografía: Edd Lukas. Música: Anna Granucci, Antonio Dominick. Duración: 18 minutos. Productora: Whiplash Productions. Montaje: Tom Cross. Diseño de producción: Stephanie Hass, Melanie Jones. Intérpretes: Paul Dietz, Nate Lang, J.K. Simmons, Johnny Simmons. Presentación Oficial: Sundance Film Festival 2013.

    Reza el adagio popular «la práctica hace al maestro». O, en palabras atribuidas a Thomas Alva Edison, «el genio es 1% de inspiración y 99% de transpiración». Pocas actitudes humanas despiertan tanta admiración como la obstinación ante una idea u objetivo. La ejecución obsesiva de una tarea está justo en la delgada línea que separa la vocación artística de la locura y el TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Aquella rutina del protagonista de El coronel no tiene quién le escriba, (una de las grandes novelas de Gabriel García Márquez), quien acudía cada viernes al puerto a esperar infructuosamente la carta con su pensión por jubilación, comparte gran similitud con el ensayo diario de un músico profesional: ambos buscan, a fin de cuentas, la Finalidad Última, la perfección del círculo mediante la repetición como vehículo. Hace dos años, el joven director Damien Chazelle ideó una película —con guión de su propia mano—, cuya ambición se vio truncada por factores económicos ajenos a su control, de modo que llegó hasta donde le fue posible, recortó la duración y la transformó en el cortometraje Whiplash. El festival de Sundance lo acogió con tanto entusiasmo, que posteriormente consiguió el presupuesto y la infraestructura para rodar un largo según sus intenciones originales. El resultado multiplicó las alabanzas por parte de la crítica, otorgando una enorme cantidad premios y reconocimientos tanto al apartado de sonido como al actor J.K Simmons, presente en ambos filmes. Teniendo en cuenta este factor, conviene aclarar que, en estas líneas, el cortometraje se toma como un ente independiente y cargado de contenido por sí mismo.

    Aquí se nos muestra un entorno aparentemente cotidiano: día de ensayo en un prestigioso conservatorio, los músicos calientan y afinan con normalidad. Toda impresión sobre el ambiente está filtrada por el nerviosismo de Andrew (encarnado con solvencia por Johnny Simmons), joven y prometedor baterista recién incorporado. El reloj marca la hora en una cadencia musical perfectamente incorporada a la dinámica de los estudiantes. De repente, casi como si se tratase de un giro hacia un subgénero de terror, la aparición de un elemento de autoridad tremendamente hostil modifica el estado de las cosas. El profesor —fabuloso J.K Simmons, con un rostro capaz de mutar de la sonrisa paternal a la violencia física en un abrir y cerrar de ojos— cruza la puerta y exhibe y ejecuta su dominio sobre todo el espacio. Cada uno de los ansiosos estudiantes, quienes cometen el error —producto de la inocencia, tal vez— de verter en este una suerte de aspiraciones hacia la figura paterna y protectora, son retribuidos brutalmente con una doble humillación tanto en el ámbito de sus habilidades artísticas como en sus flaquezas y miserias personales. Y es que Simmons, ropa negra y profundos ojos azules, se erige ante sus alumnos como el sustituto de una deidad bíblica, un ser todopoderoso al que admirar y temer a partes iguales, esperando constantemente una palabra o un gesto amable, a pesar de recibir siempre todo lo contrario. Las reminiscencias de esta figura autoritaria fluyen más hacia el despiadado sargento Hartman (Ronald Lee Ermey) de La chaqueta metálica (Full metal jacket, Stanley Kubrick, 1987), aquel ser que subyugaba física y mentalmente a los reclutas para homogeneizarlos en una masa de asesinos útiles sin noción de individualidad, que hacia el director Leroy (Vincent Cassel) de Cisne negro (Black swan, Darren Aronofsky, 2010). El principio de su función es exactamente el mismo que en un sistema castrense de obediencia vertical. Tal como reza la amenaza al propio Andrew ante un mínimo fallo de tempo «If you deliberately sabotage my band, I will fuck you like a pig!», la necesidad de adoctrinamiento responde menos al perfeccionamiento que a la automatización del individuo y su alienación —usando el término acuñado por Marx—. Chazelle consigue sumir a los espectadores en la angustia incesante del protagonista de Whiplash y de los personajes que lo rodean, más funambulistas que intérpretes, siempre al borde del peor de sus abismos imaginados. El ingenioso guion trata con respeto al espectador; no le concede explicaciones innecesarias ni pretende hacer pedagogía sobre los vericuetos del Jazz. Sencillamente apela a las emociones descarnadas y la sensibilidad ante la belleza de la música, dos asuntos aparentemente opuestos que son dos lados de la misma moneda.

    A continuación pueden ver el cortometraje en versión original y una comparativa entre este y el largometraje nominado al Óscar.

    por Luis Enrique Forero Varela
    diciembre 17, 2015

    Shortfilm | Whiplash, dirigido por Damien Chazelle

    por Luis Enrique Forero Varela | diciembre 17, 2015
    Whiplash

    Beware of Mr. Fletcher[1]

    crítica a Whiplash (Damien Chazelle, Estados Unidos, 2014) / ★★★★.

    El genio, ¿nace o se hace? Teóricamente parece que sería una conjunción de factores lo que influiría en la formación de lo que hoy denominamos grandes figuras de la humanidad (deportistas, escritores, pintores o músicos). John B. Watson, padre de la escuela conductista, lo tenía bastante claro cuando afirmó su famosa cita “Dame una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger, prescindiendo de su talento, aptitudes y raza de sus antepasados”. Hubiera sido interesante ver los métodos de entrenamiento a los que Watson habría tenido que someter a uno de esos “varones caucásicos escogidos al azar” para que consiguiera superar a Usain Bolt en una carrera de 100 metros lisos. Obviamente existe un determinismo genético en todas esas grandes figuras como Bolt, o mentes geniales como la de Miguel Hernández, un simple cabrero iliterato que compuso algunos de los poemas más brillantes de todos los tiempos. Lo que plantea el director y percusionista Damien Chazelle con su nueva película, Whiplash, se acerca mucho más a una crítica de la metodología de enseñanza basada en la escuela militar o en el mismo conductismo, que en una defensa de la transmisión hereditaria de las aptitudes artísticas.

    El procedimiento didáctico apreciable en este filme muestra la reiteración de refuerzos negativos como único método de alcanzar la excelencia musical. Se parte de un sujeto ya entrenado y se busca reconducir su técnica para que se ajuste a las exigencias de un director de orquesta cuya severidad exige una completa dedicación por parte de los miembros de su banda, y una intensidad de trabajo que sobrepasa los límites de tolerancia físicos y mentales. El joven Andrew era consciente de la rigurosidad que caracterizaba a Terence Fletcher antes de entrar a formar parte del grupo, pese a ello, sus ansias de éxito y de llegar a ser el número uno fueron más poderosas que los violentos y despóticos procedimientos de Fletcher, ocasionando un brutal conflicto de intereses y una profunda inestabilidad emocional en la frágil mente del adolescente protagonista. Con Buddy Rich como inspiración principal, el joven acepta los golpes —morales y físicos— que su mentor le asesta. Su vida se adentra entonces en una crisis existencial promovida por la inseguridad de un puesto titular en la banda de música. Se aprecia una evolución psicológica en Andrew que va desde la felicidad absoluta y la confianza máxima que le aporta el ser seleccionado para el grupo, hasta la enfermiza obsesión por el éxito y la necesidad de superación personal buscando la perfección exigida. En este punto llega la ruptura absoluta con su mundo fuera de la música, que se ejemplifica con una escena pragmático-anti-romántica, aceptando una abnegación voluntaria como única vía de entrada al triunfo absoluto. El sufrimiento unido al sacrificio se ha representado históricamente mediante las llagas en las manos —indicadoras del duro trabajo físico e incluso de la aceptación del castigo por el bien universal (Jesucristo)—. Un aislado y anecdótico recurso cuya finalidad no es atentar contra la acertada parcialidad secular del trabajo, sino más bien subrayar el titánico esfuerzo del protagonista a través de un montaje hiperactivo.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 18, 2015

    Crítica | Whiplash

    por Alberto Sáez Villarino | enero 18, 2015

    Cine a ritmo de jazz

    Crónica de la segunda jornada de la 59ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid

    Inmersión completa en el festival, primeras ojeras que empiezan a vislumbrarse entre los peatones que madrugadores se acercan venciendo a Morfeo hasta el Teatro Calderón. Por lo menos no hace frío, dice uno, y tiene razón. Gracias cambio climático. Este verano que está durando más de la cuenta deja opción de manga corta y terracita. Porque solo así se luce bien el perfil intelectual que todos tenemos oculto y algunos parecen llevar tatuado, ya saben: tabaco de liar, cañita recién puesta (susceptible de cambio por un cortado dependiendo de la hora) y la guía de programación del festival apropiadamente subrayada. La magia que hace que durante una semana todo el mundo haga cola y hable de una película que el resto del año permanecería invisible. Y ahora tiremos de tópicos, porque los señores programadores no son tontos, y digamos que para empezar el primer domingo sin que nadie se duerma en la butaca con la resaca del día anterior es mejor una cinta americana que un drama kazajo. Objetivo cumplido por la primera proyección del día, la excelente Whiplash. ¿El resto? La croata Kauboji, las francesas Marie Heurtin y Diplomatie, y la australiana Galore. Vamos con las reseñas.

    por Unknown
    octubre 20, 2014

    Seminci 2014 | Día 2: críticas a Whiplash, Diplomacia, Kauboji, La historia de Marie Heurtin & Galore

    por Unknown | octubre 20, 2014

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