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    Crítica | Babylon

    || Críticas | ★★★★☆
    Babylon
    Damien Chazelle
    Torres de marfil y Babel


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Dirección: Damien Chazelle. Guion: Damien Chazelle. Producción: Paramount Pictures / Marc Platt Productions / Organism Pictures. Dirección de fotografía: Linus Sandgren. Montaje: Tom Cross. Música: Justin Hurwitz. Diseño de producción: Florencia Martin. Decorados: Anthony Carlino. Vestuario: Mary Zophres. Reparto: Diego Calva, Margot Robbie, Brad Pitt, Jovan Adepo, Jean Smart, Li Jun Li, Tobey Maguire, Katherine Waterston, Eric Roberts, Max Minghella, Rory Scovel, Lukas Haas, Flea, Karolina Szymczak, Jeff Garlin, Samara Weaving, Olivia Wilde. Duración: 189 minutos.

    Aunque ahora vivimos en los años 20, cuando alguien utiliza esta expresión, sobre todo en inglés, the 20s, se refiere sin apenas margen de error a los años 1920-1929. No fue una década cualquiera. En la anterior y en la posterior el mundo se vio abocado a terribles conflictos, por lo que entre medias hubo una especie de paréntesis feliz, de esperanza, de optimismo, de progreso a todos los niveles: económico, social, cultural… Y el cine no se quedó atrás en este proceso transformador: fue la década de la aparición del cine sonoro, al tiempo que los estudios de Hollywood se consagraban, desde Warner hasta MGM, pasando por Paramount entre otros. Con todo, no había transcurrido tanto tiempo desde la conquista del Oeste, California todavía estaba carente de civilización y urbanismo, de manera que la consolidación de la llamada meca del cine tuvo lugar en un entorno físico aún por desarrollar y domesticar. Tampoco había entonces cimientos ni normas establecidas (el código Hays llegaría poco después, ilustrando el afán moralizador que reaccionó contra estos años previos sin censura ni control), por lo que triunfaban los más decididos o violentos, relegando al resto a la mediocridad o incluso a la muerte. En efecto, los ejecutivos de los mentados estudios recurrieron a tácticas casi propias de la mafia para edificar sus imperios y apartar a la competencia. En pocas palabras, regía la ley de la jungla. Así eran los llamados Roaring 20s en Los Angeles, término más exacto y oportuno para identificar esta década, donde el rugido del león de la MGM era su perfecta encarnación.

    Babylon, la última película de Damien Chazelle, recrea esa época y ese lugar concretos, aunque arranca en un paraje desierto, hasta que llega un solitario vehículo que debe transportar nada menos que un elefante. Como si un león se quedara corto, Chazelle empieza a lo grande en cuanto a la elección del animal en cuestión y, desde esa primera secuencia hilarante y extravagante, no se baja un ápice durante las más de tres horas de metraje. Siguiendo con la retórica faunística, uno de los personajes principales tampoco se dedica al cine, o al menos no inicialmente: es trompetista (de nombre Sidney Palmer, interpretado por Jovan Adepo), aunque aquí Chazelle desaprovecha un parálisis visual que tenía fácil (demasiado), entre este personaje y aquel elefante, teniendo en cuenta que ambos coinciden, con otros muchos seres salvajes, en una multitudinaria y multicultural fiesta en la mansión de uno de los temibles ejecutivos hollywoodienses. Hay, además, otro elefante en la habitación, por ende oculto, cuyo significado dramático se desvelará más tarde. Por ahora, la atención está puesta, sobre todo, en los actores, desde la estrella consolidada Jack Conrad (Brad Pitt), trasunto de Douglas Fairbanks, hasta la estrella en ciernes convencida ya de serlo, Nellie LaRoy (Margot Robbie), versión alternativa de Clara Bow. Entre ambos, un joven mexicano llamado Manuel “Manny” Torres (Diego Calva), que no quiere dedicarse a la interpretación, si bien interpreta cualquier papel a las órdenes de quien mande en cada momento y está dispuesto a todo para labrarse otro futuro en el séptimo arte. Estos serán los tres personajes que irán alternando el grueso de nuestra atención (y, todo sea dicho, sus tres actores nos regalan actuaciones repletas de carisma y energía, más allá del estereotipo). Sin embargo, no era gratuito empezar con la mención a priori marginal del músico Palmer, porque resulta que lo más importante, en todo este conjunto babélico, es la música.

    Chazelle vuelve a contar con su fiel Justin Hurwitz para componer una banda sonora omnipresente y distintiva. Aunque no cumple el mismo papel que en un musical, como La La Land, tiene un protagonismo propio, en varios sentidos, no solo por su extensión y frecuencia. Por un lado, Chazelle y Hurwitz son expertos en el uso de leitmotivs, esto es, partes de una partitura asociadas a partes determinadas de una película, que se repiten en puntos similares de una historia. En Babylon esto es llamativo, por ejemplo, en los encuentros entre Nellie y Manny, hasta el punto de que la música aparece ahí como un tercer personaje, pues se quiebra, conscientemente, esa regla de la ortodoxia del montaje y la música por la que el primero debe permitir que la segunda empiece y acabe de forma imperceptible, cada vez que suena y se silencia. Aquí es evidente cuándo hay música, pero no es un defecto porque ese protagonismo está asumido, de hecho, desde esos planos tempranos de acercamiento a la trompeta de Sidney, y lo confirma la estructura de todo el trabajo sonoro. Ello conecta, por otro lado, con el metalingüismo que cobra la propia música. Babylon está repleta de referencias, de alusiones a otras películas y a personajes reales de la época: algunos secundarios aparecen directamente, como William Randolph Hearst o Marion Davies y otros principales, como hemos adelantado, son sucedáneos con una personalidad análoga. Pero, además, Hurwitz y Chazelle se atreven a hacer guiños directos a la mismísima La La Land, con acordes casi idénticos, y no es tampoco un error de falta de creatividad, de un compositor que haya caído en la redundancia o la repetición, sino que esta es inherente a la composición y esta se integra en toda la estructura autorreferencial de la cinta.

    Decir más sobre esto nos haría incurrir en cierto spoiler que queremos evitar a toda costa, ya que solo se descubre en el asombroso y sorprendente epílogo del filme (solo diremos que este da una brillante vuelta de tuerca al subgénero de película dentro de la película, o de cine sobre cine). No hay duda de que a este cineasta le gustan los epílogos virtuosos, aunque en este ocasión hay que sumarle el prólogo, pues este dura lo que toda esa desenfrenada fiesta antes señalada, que parece no terminar nunca. Cuando por fin lo hace, viene el rótulo del título y poco después nos ubicamos en otra secuencia memorable, de un rodaje igual o más multitudinario aún en las afueras desérticas de la ciudad. Cine bélico y del oeste se dan la mano en tal escenario, no solo por el género de una de las películas que ahí se rueda, sino por la propia geografía, el peligro y en especial los periplos de Manny para hacerse un hueco en ese ambiente. Este es otro buen ejemplo de doble lectura cinematográfica: en la película se graba una escena de western y, fuera de su marco, parece estar desarrollándose otro tipo de western. Hay más lecturas en este contexto, aunque el guion prefiere mostrarlas no como mensajes de calado sino como premisas de un gag: véase el ejército de menesterosos (tampoco es un término gratuito) que forman los extras de la superproducción. Hay que apuntar, con todo, que la insistente diversión de la película no siempre funciona, y quizá sea precisamente porque Chazelle renuncia a contar una historia seria, pero tampoco quiere realizar algo intrascendente. Lo tiene todo calculado, pues el caos es solo aparente. Huye, eso sí, de la previsibilidad que parece aquejar ciertos puntos de la trama, gracias a esa estructura a mayor escala en que se enmarca y, a menor escala, gracias a muchos detalles que buscan siempre lo imprevisto. En ello hay que incluir la elaborada puesta en escena y la fotografía de Linus Sandgren, inesperada sobre todo porque tanto sus imágenes más oscuras como las más luminosas lo son, ambas, en mayor medida de lo que es habitual. Esto concuerda con la falta de término medio de Babylon, que lo apuesta todo y arriesga a veces demasiado, si bien esta ambición siempre es de apreciar. En fin, al margen de poder apreciarse por todo tipo de espectador, pese a dirigirse en primer lugar a un público cinéfilo, estamos ante una película que logra algo más meritorio y raro, un efecto poderoso y poco común (más en este caso dada la duración) que le da todo su sentido. Y es que, al terminar, deja con ganas de volver a ver una película: no solo esta (que también), sino cualquiera.


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