An enigmatic nature
Crítica ★★★★ de Sin amor (Нелюбовь, Nelyubov, Andrey Zvyagintsev, 2017).
Inquietante como un juguete abandonado, colgando de un árbol como símbolo de una diversión abruptamente interrumpida. Así de premonitorio se muestra Andrey Zvyagintsev al comienzo de su nueva película,
Sin amor, en una secuencia de apertura expresionista que, entre la desconcertante frondosidad anémica de un bosque fantasmagórico, nos permite distinguir, desde su mismo arranque, las derivas argumentales que tomará este híbrido genérico, perfectamente representado en la sobrecogedora silueta de un árbol profético. Una imagen que revela, en primer lugar, el misterio venidero acerca del paradero del propietario inicial de esa olvidada carioca, si así podemos llamar a un trozo de cinta atada a un palo y, de forma secundaria, la preocupación característica del director relacionada con los asuntos de familia –tradicionalmente representados con las raíces y la propia forma del árbol– y los vínculos domésticos que se rompen en una devastadora sucesión de acontecimientos, insistencia que aflora en el discurso ineludible de turbadora honestidad. En cualquier caso, la gravedad del hecho trágico familiar queda desdramatizada con respecto a las obras anteriores de este realizador; la intensidad emocional de
The Banishment, por ejemplo, queda mitigada por la presentación de una pareja cuya relación no se encuentra en un extenuante proceso de desgaste, sino que corresponde a los despojos de un romance pasajero forzosamente prolongado por la desafortunada noticia de un embarazo prematuro e inesperado. Como consecuencia de esta indeseable coyuntura, Zhenya y Boris han vivido una relación marital en continuo trámite de divorcio, una ruptura que nunca llegó a formalizarse debido a la incómoda presencia de Alyosha, su hijo, del cual ninguno de los dos tiene la intención de hacerse cargo, por lo que sus escasos minutos de convivencia transcurren entre gritos y reproches en una disputa incesante que pretende buscar la mejor solución para librarse del niño. La frustración colérica, movida por el egoísmo, y la vehemencia de las discusiones propicia que Alyosha no tarde en darse cuenta de la completa falta de estima que sus padres sienten hacia él, por lo que, empujado por unas enfáticas palabras de desprecio, que convierten en un insufrible desconsuelo toda la indiferencia paterna, decide marcharse de casa.
La primera parte de la película deja al descubierto una radiografía sobre las relaciones familiares con la que Zvyagintsev explora el odio y la violencia generados por una detestable convivencia y, por supuesto, el sufrimiento y el dolor al que se enfrentan las víctimas de esta negligente actitud, al ver cómo el desdeñoso desapego paterno penetra en la vulnerable coraza del niño para dilapidar los vestigios de una infancia deshecha. Pero Alyosha ya no está y, al cabo de dos días de su marcha, ninguno de sus progenitores, demasiado preocupados en comenzar una nueva vida antes siquiera de haber puesto fin a la antigua, se ha percatado de su ausencia. Sólo la llamada del colegio alertando de la segunda falta del niño hará que los padres decidan interesarse por el paradero de su vástago, primero con irritación al pensar que se trata de una travesura y, posteriormente, con total desconsuelo y temor; no porque de repente hayan comenzado a sentir un súbito amor hacia su hijo, sino por el miedo a tener que cargar toda su vida con el estigma de la pérdida, teniendo que interpretar frente al mundo un papel de víctimas inconsolables mientras son moralmente juzgados como culpables de lo sucedido, incapaces de pasar página por miedo a lo que la sociedad pueda pensar de ellos porque, ¿qué clase de monstruo supera la desaparición de un hijo? Con terrible lentitud e ineficacia transcurrirá el interminable proceso de búsqueda, que compondrá la segunda parte del filme, dejando al descubierto las dos vías de investigación que lo guiarán: la burocrática inoperancia policial, y la impetuosa disciplina civil, representada en un grupo de voluntarios que trabajan día y noche manteniendo la esperanza de encontrar al pequeño con vida. En este punto del metraje alcanzamos una visión paradójica de la sociedad rusa, criticada por esa falta de amor que da explicación al título de la película y, al mismo tiempo, aplaudida por el arrojo desinteresado que muestra al socorrer a completos desconocidos. Aquí se podría leer una respuesta premeditada al miedo de vivir en uno de los países con mayor índice de desapariciones del mundo. El director recurre entonces a una ralentización narrativa, los esfuerzos de los ciudadanos por encontrar a Alyosha son tan agotadores como infructuosos, por lo que, a la tensión de la misma desaparición se le suma la incertidumbre incómoda de esperar a que ese grupo decida abandonar la lucha y dejar, en su ignominioso desamparo, a unos padres que evidencian un abatimiento desmesurado debido, quizá, más a un inexorable sentimiento de culpabilidad, que a una auténtica aflicción por la pérdida de su hijo.