|| Críticas | Streaming | ★★☆☆☆ ⅓
El jardinero
David Charhon
Problemas de riego
Lorenzo Ayuso
ficha técnica:
Francia, 2025. Título original: Le jardinier. Director: David Charhon. Guion: David Charhon, Vincent De Brus, Sebastien Fechner. Productores: Sébastien Fechner. Productoras: Rose Productions, Umedia, Other Angle Pictures, Groupe Sprint, Mony Films, Amazon Studios. Música: Alexandre Azaria. Dirección de fotografía: Thierry Arbogast. Montaje: Guillaume Houssais. Reparto: Jean-Claude Van Damme, Michaël Youn, Nawell Madani, Poqssi, Jérôme Le Banner, Matthias Quiviger, Kaaris.
Aun cuando se extravía en crípticos soliloquios alrededor de la condición humana, el fitness y el cine, si por algo destaca Jean-Claude Van Damme es por su transparencia. Un espectador mínimamente curtido detectará con facilidad el estado de ánimo que subyace bajo el personaje, si este le suscita un mínimo esfuerzo al cargarlo sobre sus hombros, si por el contrario afronta la labor como un entrenamiento de baja intensidad. No se puede esperar menos de alguien que ha construido una imagen pública a través del exhibicionismo. Más aún cuando ha dedicado largas porciones de esa carrera a abaratarse en productos inferiores a sus talentos, y de la frustración el desnudamiento se ha extrapolado a lo personal a través de la telerrealidad, como en
Jean-Claude Van Damme: Behind Close Doors (Jared Wright, Maia Lidell, 2011), y la autoficción, de
JCVD (
ídem, Mabrouk El Mechri, 2008) a
Jean-Claude Van Johnson (
ídem, Dave Callahan, 2016-2017). Peter Hyams, uno de los directores que mejor ha entendido la quebradiza personalidad del astro belga, a la postre uno de los pocos que ha demostrado un genuino cuidado al manejarlo en pantalla, lo resumía con contundencia: “Jean-Claude nunca se queda a medias con nada. O lo da todo, o no lo da”. No hay más que comprobar sus dos últimos estrenos,
Mátalos a todos 2 (
Kill 'Em All 2, Valeri Milev, 2024) y
El jardinero (
Le jardinier, David Chardon, 2025), para corroborar esta observación.
En el primer caso hablamos de la insospechada secuela de un pobre directo-a-DVD como
Mátalos a todos (
Kill'Em All, 2017), de por sí uno de los puntos más bajos de su filmografía reciente, donde su comparecencia obedecía a la lealtad a su realizador, Peter Malota, el coordinador de acción a quien confió buena parte de las coreografías de sus años más lustrosos. La naturaleza del proyecto alimenta las sospechas: previamente a este, el Belga de Oro había apalabrado con la compañía Iervolino & Lady Bacardi Entertainment liderar para ellos un filme luego nunca consumado,
Silent Kill, lo que incita a pensar en la necesidad de consumar un contrato con dicha productora antes que una verdadera inquietud profesional. Ante tal sensación de compromiso ineludible, Van Damme reacciona replegándose sobre sí mismo. Una vez expuesto el conflicto, J-C delega el peso del filme en su compañera de reparto, la estrella india Jacqueline Fernandez, mientras él deambula por el plano escondido bajo unas gafas de sol para ocultar su rostro y, con ello, su indiferencia. La presencia de su hijo menor, Nic Van Damme, con un papel secundario, da cuenta de la necesidad del anclaje extradiegético para una estrella en aparente fuga. En contraposición al mutismo del que se va apropiando su personaje, la apatía se hace audible hasta anular cualquier voluntad de la producción por encontrar algún interés en su historia. Si no la hay para su protagonista, cómo conseguir transmitirla.
En el segundo caso, sin embargo, sí se aprecia una sensación más orgánica de confort. Y con ello, de expansión. Hasta el punto, incluso, del desgarro. En pleno nudo, Van Damme sale por la tangente de lo que hasta el momento era un vitriólico relato cómico introduciendo una escena de tal carga dramática que hasta extraña a su partenaire, Michaël Youn: “No veo la relación, pero...”, apunta este último, en la piel de un político en peligro de muerte, asediado por un comando de operaciones especiales, mientras el karateka se resquebraja descubriendo el trasfondo de su papel, un floricultor de métodos expeditivos. “Él mató a mi madre. No estuve para ayudarla”, repite gimoteando, anulando los intentos de su compañero de escena de comediar con réplicas ingeniosas. Al término del trance, Youn suspira agotado. ¿Está reaccionando así el personaje ante la confesión, o es el cómico quien se permite abrir un aparte para procesar semejante borbotón emocional? Introducir tal aporte biográfico se antoja caprichoso, pero en estas circunstancias se debe entender como una concesión a una personalidad necesitada de expresarse y conmover. Una concesión que, a su vez, desvela otra prerrogativa previa del propio actor, con propensión a enmascararse detrás de una fachada icónica.
Con
El jardinero, Van Damme expresa su confianza en David Charhon tras la óptima experiencia que supuso cuatro años antes
El último mercenario (
Le dernier mercenaire, 2021), una película afín a las inclinaciones del kickboxer en su crepúsculo. Estas son dos fundamentales: dar descanso a las piernas y plantar batalla usando ese rostro ajado por el exceso y la edad. Sin abandonar el carácter metafílmico que definió las producciones de su década previa, encarnando al action man que busca enmendarse como figura paterna dejando que el tiempo del guerrero le sobrepase, esta comedia de acción le permitía acercarse a la energía cómica de Jean-Paul Belmondo, al que habrá emulado precisamente en Jean-Claude Van Johnson, sin perderse en la parodia. Sobrepasada la sesentena, aun cuando las operaciones de cadera obligan a espaciar las acrobacias y equilibrismos, el bruselense conserva un físico portentoso, superior al de cualquier par más joven. Con el debido calentamiento, con la motivación necesaria, aún puede cuadrarse y embestir con fuerza. Aún puede patalear. Toda esa experiencia ha de servir de algo, como viene también a enunciar una dinámica reciente de la industria yanqui a la que esta producción francófona procura encaramarse.
El jardinero lo tiene fácil para sindicarse junto a otros dos alter ego consecutivos de Jason Statham, el apicultor de
The Beekeeper: El protector (
The Beekeeper, David Ayer, 2024) y el albañil de
A Working Man (
ídem, David Ayer, 2025), profesión que comparte Aaron Eckhart en
Agente X: Última misión (
The Bricklayer, Renny Harlin, 2023). Todos ellos fichan en una misma disciplina laboral, que exige de profesionales de cuello azul. Al fin y al cabo, el
actioner requiere de unos héroes capacitados para el trabajo manual, sin una cualificación académica (entiéndase, la que reconocen las grandes instituciones que curan el arte cinematográfico), pero fundamentales para sostener el tejido económico. Incluso cuando la historia (con hache mayúscula o minúscula) anticipa su futura desaparición con las subsiguientes revoluciones industriales, se reivindican como imprescindibles cuando el sistema se desequilibra o colapsa. Sus características las vinculan con una tradición asentada en el consumo de derribo, en el mercado videográfico de los años ochenta, con su oferta de evasión inmediata, que había de operar sin coartadas, convencer a puerta fría. Esa época, ese estrato, alumbra a Van Damme, que aprovecha la tracción para resituarse. O al menos para intentarlo. Como sus coetáneas,
El jardinero se estrena en su Francia natal en enero, un mes sin aspiraciones ni competitividad donde productos de este perfil pueden probar su efectividad, aunque en el caso del luchador belga ya solo haya hueco en el streaming, no en las multisalas. Su lugar de trabajo está delimitado.
Tratándose de un filme ambientado en campo abierto,
El jardinero luce sumamente restrictiva, limitada en su gestión del espacio. Los exteriores se estrechan y achatan, mientras los pocos personajes en liza se congregan en el interior principal, achicando la superficie. La dinámica implica una dilatación del tiempo del relato, que se engancha y tropieza una y otra vez sobre los mismos elementos y operadores narrativos. Con una geografía tan represiva, a Van Damme no le queda demasiado por hacer ni tiene demasiado margen para moverse por la escena. Se pone de manifiesto en la manera en que se encuadran las coreografías de lucha, a menudo en planos medios sin apenas profundidad, que privilegian los rostros sobre el cuerpo. Las dimensiones del desafío resultan insuficientes para alguien de su talla. Eso redunda en un montaje que trocea la pirueta y limita su pegada: cuando el héroe ejecute su movimiento más reconocible a modo de rúbrica, la patada giratoria, se nos ofrecerá fraccionada en infinidad de planos detalle, dejando que sea el corte el que transmita el impacto al cuerpo del contrincante. Así, su esfuerzo se delata, si no fingido, desde luego mesurado.
Nada que ver, en cambio, con la dispersión tonal del filme, desordenada en su planteamiento. A diferencia de El último mercenario, El jardinero vacila el equilibrio entre comedia y drama, que se refleja en el
timing de ciertos gags alargados, frente a otros limitados por la constricción de la puesta en escena. A la vez, lo reducido de su escala obliga a alargar la vida útil de unos adversarios risibles, otorgándoles a sus cuerpos una cualidad de
cartoon que contrasta con la seriedad con la que el protagonista los contraataca. Charhon titubea al decidirse por el tipo de película que está filmando: si una sátira posmoderna sobre los tropos de la acción de la vieja escuela, o un producto que se adhiera con solemnidad a dichas premisas. Acaso se decanta por esta última opción, tratando de reconocer al género, y sobre todo a una de sus estrellas más destacadas, su función primordial en el ámbito doméstico: esa familia del político que se aferra al jardinero, al “hombre Bloodsport”, para mantenerse unida, que lo toma como figura imprescindible en el hogar. Justificado el desempeño, él los (nos) conduce a un final feliz. Como ocurriera en
Darkness of Man (
ídem, James Cullen Bressak, 2024), donde tomaba partido ya desde el guion, si puede verse El jardinero es por esa responsabilidad que asume Van Damme sobre el resultado. Aunque, con todo, no termine de ajustarse a las coordenadas del jardín en el que juega. Esto entronca con un ecosistema cinematográfico que no libera terreno donde desenvolverse, que no proporciona alicientes a quien se diría que lo ha hecho ya todo, incluso demasiado. Que desde que culminara el trabajo en
Mátalos a todos 2 no haya afrontado más rodajes, más ocupado en buscar la interacción directa con sus fans a través de retransmisiones en redes sociales, es la consecuencia de labrar un horizonte baldío. Que sea la nada, entonces. ♦