|| Críticas | ★★★☆☆
Tiempo de victoria
Anthony Maras
Cuando lo correcto es lo necesario
Raúl Álvarez
ficha técnica:
EE.UU. 2026. Título original: Pressure. Director: Anthony Maras. Guion: David Haig y Anthony Maras. Productores: Tim Bevan, Eric Fellner, Cass Marks, Lucas Webb, Ron Halpern, Anthony Maras, Anna Marsh, Angela Moneke, Joe Naftalin, Sheeraz Shah, Mary Carson, Sudie Smyth. Productoras: StudioCanal, Working Title Films. Fotografía: Jamie Ramsay. Música: Volker Bertelmann. Montaje: Anthony Maras. Reparto: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina, Damian Lewis, Tamsin Topolski, Joco Macari. Duración: 1 h. 40 min.
EE.UU. 2026. Título original: Pressure. Director: Anthony Maras. Guion: David Haig y Anthony Maras. Productores: Tim Bevan, Eric Fellner, Cass Marks, Lucas Webb, Ron Halpern, Anthony Maras, Anna Marsh, Angela Moneke, Joe Naftalin, Sheeraz Shah, Mary Carson, Sudie Smyth. Productoras: StudioCanal, Working Title Films. Fotografía: Jamie Ramsay. Música: Volker Bertelmann. Montaje: Anthony Maras. Reparto: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina, Damian Lewis, Tamsin Topolski, Joco Macari. Duración: 1 h. 40 min.
Este es, grosso modo, el apasionante punto de partida de Pressure y ahora el de su adaptación a la gran pantalla, Tiempo de victoria, que escribe y dirige el cineasta australiano Anthony Maras tras un lapsus de ocho años desde su anterior film, Hotel Bombay (2018), basada también en hechos reales. Si pasamos por alto el academicismo de la planificación y la puesta en escena, algo que por otra parte agradará o cuando menos no molestará a los espectadores más veteranos, que constituyen el público objetivo de esta película, lo que queda –y no es poco en los tiempos que corren– es un film que funciona como un reloj del primer al último minuto, muy bien dialogado y mejor interpretado por un reparto en el que brillan tres figuras por encima de las demás: Andrew Scott (Stagg), Kerry Condon (Kay Summersby) y Damian Lewis (general Montgomery). Pese a ser uno de los reclamos publicitarios, a Brendan Fraser (general Einsehower) le cuesta mantener el tipo en las escenas que comparte con sus compañeros, en concreto con un Lewis que roba cada plano que le sirven en bandeja.
Pero hablábamos de precisión, de tiempo, de exactitud, de una cinta que transcurre como un suspiro en sus apenas 100 minutos de metraje porque hace suya la gran metáfora de esta historia: el tiempo (el momento) y el tiempo (el clima) fueron los elementos determinantes que decantaron el éxito aliado de la Operación Overlord. Como afirma Stagg en una escena: «Los barcos, los aviones, los hombres… Nada de eso importa. Estamos en manos de la naturaleza. Y la naturaleza es imprevisible». Muchos años después, en 1961, durante su toma de posesión, Kennedy le preguntó a Eisenhower cuál había sido el factor decisivo de la invasión, a lo que el presidente saliente contestó: «Nosotros tuvimos mejores meteorólogos que los alemanes».
Tiempo de victoria pone en valor esa anécdota reconstruyendo las frenéticas horas durante las cuales Stagg y Krick (Chris Messina) trataron de convencer al alto mando aliado de que la suya era la única verdad. ¿Y cómo lo hace Maras? Asumiendo sin prejuicios los tics teatrales de la obra de teatro original (predominio de los espacios interiores, entradas y salidas laterales de los personajes, diálogos largos, acción progresiva y diacrónica) e insertándolos en la mecánica del viejo cine de catástrofes. Sabedor de que no tiene nada que hacer frente a otras películas sobre el Día-D, fundamentalmente por una cuestión de presupuesto, el director nos engatusa con el ovillo retórico de las ficciones sobre tormentas, volcanes, meteoritos, terremotos y cualquier otra furia de la naturaleza. Hay que ser muy inteligente, estar muy loco o las dos cosas para abordar el desembarco de Normandía con los mismos recursos narrativos que caracterizan, por ejemplo, La tormenta perfecta (The Perfect Storm, Wolfgang Petersen, 2000) y salir airoso de la empresa.
A Maras le sale bien y en ocasiones muy bien –mi momento favorito es la secuencia en la que la llegada de la tormenta coincide con la salida de Stagg de la iglesia; por una vez, los hombres de armas dan gracias a Dios por tener mal tiempo– debido a un oportuno trabajo de síntesis y montaje de los hechos narrados. Maras tiene claro lo que quiere contar, va al grano, evita los subrayados visuales y se cuida mucho de forzar los paralelismos con nuestro presente, entre otros motivos porque el Día-D tiene un valor simbólico universal y atemporal. El valor, la firmeza y la honestidad de quienes nos gobiernan y deciden el futuro de millones de vidas constituyen un imperativo que conviene recordar siempre, no solo cuando vienen mal dadas. Tiempo de victoria lo hace de manera sutil, sin estridencias, dejando que el significado de aquel día empape la película de manera natural, y nunca, nunca imponiendo el mensaje a un elemental sentido del entretenimiento. Porque la película funciona como un tiro, y esa es al fin y al cabo la primera meta de cualquier ficción.
Habrá voces a las que les chirríe tanta testosterona, tanto hombre blanco uniformado siendo asistido por mujeres leales y sumisas, tanto soldado bueno e inocente, y tanta fascinación por un tiempo de masculinidades recias y dominantes. La película también tiene mucho de eso, sí, aunque dudo que lo aplauda y reivindique. En cualquier caso, quizá sea preferible recordar de dónde venimos y, a pesar de ello, celebrar los triunfos que se alcanzaron, a reescribir la Historia para satisfacer unas conciencias que la desprecian. ♦










