|| Críticas | Streaming | ★★★☆☆ ⅓
Prisionero de guerra
Louis Mandylor
Trabajos forzados
Lorenzo Ayuso
ficha técnica:
Estados Unidos, Filipinas, 2025. Título original: Prisoner of War. Director: Louis Mandylor. Guion: Marc Clebanoff, a partir de una historia de Scott Adkins. Productores: Marc Clebanoff, Brandon Menchen, Scott Adkins, Michael Copon, Louis Mandylor. Productoras: Myriad Entertainment, Reality MM Studios, Odyssey Motion Pictures, Brand in Motion. Música: Tasos Eliopoulos. Coordinador de luchas: Alvin Hsing. Dirección de fotografía: Niccolò de la Fère. Montaje: Austin Nordell. Reparto: Scott Adkins, Peter Shinkoda, Michael Copon, Donald "The Cowboy" Cerrone, Gabbi Garcia, Shane Kosugi.
Estados Unidos, Filipinas, 2025. Título original: Prisoner of War. Director: Louis Mandylor. Guion: Marc Clebanoff, a partir de una historia de Scott Adkins. Productores: Marc Clebanoff, Brandon Menchen, Scott Adkins, Michael Copon, Louis Mandylor. Productoras: Myriad Entertainment, Reality MM Studios, Odyssey Motion Pictures, Brand in Motion. Música: Tasos Eliopoulos. Coordinador de luchas: Alvin Hsing. Dirección de fotografía: Niccolò de la Fère. Montaje: Austin Nordell. Reparto: Scott Adkins, Peter Shinkoda, Michael Copon, Donald "The Cowboy" Cerrone, Gabbi Garcia, Shane Kosugi.
“Lucha por vivir otro día”, arengan los soldados occidentales internados en el recinto de Filipinas donde se desarrolla Prisionero de guerra. La misma máxima define la filmografía de Adkins, quien somete su cuerpo a unas condiciones inflexibles. Esta es la cuarta producción que estrenaba en España en 2025, tras postergar Netflix el lanzamiento de El botín (The Rip, Joe Carnahan, 2026) a enero de este 2026, mismas coordenadas temporales en que terminó apareciendo Diablo (ídem, Ernesto Díaz Espinosa, 2025) en los catálogos del video on demand. Sobrepasado el ecuador de este ejercicio, la cartera del taekwondista acumula en su cartera otra media docena de activos pendientes de salida, incluido su debut como director, Brawler. Es un régimen salvaje. Aun cuando se ve cercado en el perímetro del consumo doméstico, modesto por normativa, sorprende su elevado nivel de exigencia, física y artística. Adkins ha configurado su carrera como su particular marcha de la muerte, esa que se le promete a su alter ego en esta ocasión. No en vano, Death March era el título oficioso de una producción que demuestra la inclemencia de su rutina cinematográfica, acaso asimilable a una condena marcial.
Puestos a someterse a trabajos forzados con tal convicción, mejor contar con un equipo de confianza y forjado en otras pírricas batallas. En la silla de dirección se sienta un trotamundos como Louis Mandylor, que venía de haber firmado sendos productos de derribo con similar ambientación y pelotón técnico, 3 días en Malasia (3 Days in Malay, 2023) y Operation Blood Hunt (ídem, 2024), pero de resultados en las antípodas. Mejor pertrechado, el actor y realizador grecoaustraliano aprovecha para aplicar lo aprendido a las órdenes de Jesse V. Johnson, quien ya lo asoció a Adkins en La deuda (The Debt Collector, 2018) y su secuela, El cobrador de deudas 2 (The Debt Collector 2, 2020). Sin dejar de recurrir a ejemplos del exespecialista metido a eficaz artesano de cine bis, este Prisionero de guerra bien puede formar en compañía de la superior Hell Hath No Fury (Jesse V. Johnson, 2021), otra aproximación a la II Guerra Mundial con formulaciones pulp y formas de máxima austeridad. Ambas aprisionan a sus personajes en enclaves mortuorios (el campo de concentración, un cementerio) que simbolizan encrucijadas narrativas, si bien la misantropía que embriaga la precedente contrasta con el tono maniqueo que en la presente toman los heroísmos del protagonista y sus compañeros. Aquí solo comparecen cowboys, cogiendo prestado el apodo del exluchador Donald Cerrone, reincidente tras pasar 3 días en Malasia, cuya presencia permite dosificar el reparto de estopa.
La facilidad para eslabonar filmes, ya sea por sus tropos narrativos o por los elencos llamados a combatir en cámara, también supone una constante en el cine del pateador brummie, a la postre autor del argumento. En ese aspecto, Prisionero de guerra recicla materiales ya empleados en entradas previas de su currículo. El trasfondo enigmático que se aboceta para James Wright, inglés criado en Hong Kong y educado en la cultura asiática, recuerda al Casey Bowman del díptico integrado por Ninja (ídem, Isaac Florentine, 2009) y Ninja 2 (Ninja II: Shadow of a Tear, Isaac Florentine, 2013). Como en aquellas, se maneja el cliché colonialista del occidental que vence al oriental en su propio territorio, una constante de las arena fighting movies yanquis, especialmente en los ochenta. Con su coartada bélica, Prisionero de guerra se adscribe a este “megagénero” de las artes marciales, al ordenar su arco narrativo en torno a la sucesión de peleas a las que se obliga al personaje principal, similar tesitura vivida por Adkins en Perro salvaje (Savage Dog, Jesse V. Johnson, 2016), otra ficción pulp militar enmarcada en el Sudeste Asiático. La familiaridad apela al conocedor de las aptitudes del actor, quien lo usa en su provecho para procurarse roles progresivamente más complejos en lo dramático, acaso aprovechando esa memoria muscular para las tareas físicas.
La preocupación no radica en si puede ofrecerse algo nuevo, sino en si puede hacerse mejor. La repetición impulsa la excelencia, medita un aristotélico Adkins en cada Feilong Front Kick. Comparando con los esfuerzos anteriores de Mandylor como director, se observa en Prisionero de guerra una depuración en la labor de montaje, que dota al relato de un dinamismo inexistente en 3 días en Malasia, si bien persiste la tendencia a dilatar el tempo, a menudo a fuerza de acumular diálogos redundantes. Los 113 minutos de metraje se antojan excesivos para una producción destinada al consumo en la pantalla chica (en España su estreno fue relegado a la parrilla de Real Madrid TV, canal donde el cine se dispone como una trinchera de disparo para proteger el resto de contenidos). Si acaso, se percibe en la duración una ambición por elevarse, por diferenciarse y aportar algo más, algo diferente. Aun con sus imperfecciones, habrá de considerarse un esfuerzo honorable.
Solo la abnegación permitirá sobrevivir, defiende la película. Uno ha de mantenerse firme, demostrar convicción. Se cuenta que, si Nagisa Ôshima se decantó por Bowie para el desafiante preso de Feliz Navidad, Mr. Lawrence fue por atisbar un espíritu “indestructible” en su interior. Solo así podría plantar resistencia a la recta vara japonesa. Si películas como Prisionero de guerra permiten profundizar en el interior de Adkins, según se aproxima a la media centuria, es precisamente porque ya ha certificado que su exterior sigue siendo inexpugnable. ♦










