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    Crítica | madre!

    Eritis sicut Deus

    Crítica ★★★★ de madre! (mother!, Darren Aronofsky, Estados Unidos, 2017).

    De la deformación vanguardista de la realidad sufrida por las artes plásticas, a raíz del expresionismo alemán, surge la renovación conceptual del cine y sus premisas básicas. Inspirado por la innovadora presencia escénica del teatro, los cineastas expresionistas recurrieron a la violencia implícita en los claroscuros, en los juegos de contraluces que hacían confundir las sombras con los lúgubres personajes que las proyectaban y, por supuesto, en la funesta interpretación de una realidad perturbada a consecuencia del punto de vista esquizoide del protagonista, como medio de reflejar una problemática social que iba mucho más allá de la simple pérdida del gusto por lo estético, para extenderse a una merma absoluta en los valores éticos. Darren Aronofsky se enfrenta a su particular hibridación genérica tomando como referencia el estilo expresionista para agravar la situación de desconcierto, incertidumbre, terror y desasosiego que genera su última película desde el primer minuto. Mother! separa la subjetividad metafórica, presente en su mensaje, de la experiencia cinematográfica principal que penetra en el espectador como una pesadilla, como un sueño de indescriptible frustración y crispación en su primera parte, y como una auténtica agonía terrorífica en la segunda. El director pretende, así, enfatizar con vehemencia su recurrente temática sobre la soledad y la miseria, la flema y la amargura que invadieron el espíritu artístico del conformismo utópico impresionista, gracias a una suerte de personajes taciturnos que evidencian ciertos problemas psicológicos en un escenario de aislamiento absoluto en el que pretenden encontrar la cura para su vacío espiritual. Pese a este aislamiento físico, que se extiende por simple contagio psicosomático al carácter de cada personaje, lo que se reproducirá en esta cruel interpretación bíblica es la necesidad del ser humano de encontrar la trascendencia absoluta de su persona; un propósito que no le haga pasar desapercibidos por un mundo con tendencia a olvidar con facilidad y ligereza las hazañas de esos héroes por un día, cuyo impacto no fue suficiente para entrar en la inmortalidad histórica, entendiendo ésta como algo específico: un capítulo reservado en un libro de texto, o como algo inmaterial: un pequeño espacio en el corazón de una persona.

    Así encontramos a un matrimonio innominado que vive en la soledad de un gran caserón en mitad de la nada: “Él”, es un escritor atravesando una crisis de inspiración artística mientras su mujer, “madre”, se encarga del proceso de reconstrucción de la casa que comparten, la cual quedó destruida por un devastador incendio del que hemos tenido una premonitoria visión en la primera imagen del filme. De repente, un hombre misterioso romperá la apacible vida de la pareja y se presentará en casa para invadir sin pudor la intimidad de sus anfitriones. Mientras que el marido se muestra muy emocionado por la llegada de este individuo, la mujer no puede más que sentirse desplazada e ignorada por esta decisión. Cuando, al poco tiempo, la mujer del intruso aparezca en escena con la intención de instalarse junto a su marido, la película comenzará a dejar claros los roles de cada personaje, tanto a nivel alegórico, siendo “Él” la representación de Dios; “madre”, la tierra; la mujer, Eva y el hombre, Adán, como a nivel genérico, pues mientras los varones disfrutan a sus anchas de tiempo de esparcimiento fuera de la casa, y ensucian todo con sus dilatadas jaranas nocturnas, las mujeres, sobre todo la protagonista, tendrán que ejercer el papel de sirvientas al servicio de las necesidades del hombre. El eje fundamental de la acción de esta primera mitad de metraje recae sobre la perplejidad y la sensación de asfixia que experimenta la mujer sintiéndose presa de un atropello contra su libertad y su confianza. Aronofsky combina aquí la base teórica del género de terror, con diversas fuentes míticas y literarias en torno a la figura mesiánica de su protagonista. Así va introduciendo diferentes estrategias de perspectiva que mezclarán realidad y ficción, valiéndose de una oportuna crisis nerviosa de la protagonista que impedirá al espectador discernir si lo mostrado está sucediendo de verdad, o es todo producto de la perturbada mente de “madre”, cuyo punto de vista actuará como referente a lo largo de todo el metraje gracias a esa cámara subjetiva inseparable. Esta técnica de subjetividad fílmica consigue plasmar a la perfección el monólogo interior de su protagonista, que se enmarca dentro de un contexto muy específico apocalíptico. El director hará confundir el apocalipsis, con un estado de esquizofrenia avanzado y, al mismo tiempo, con la obscenidad cerril de los invitados quienes, conforme el filme progresa, muestran mayores síntomas de descortesía e ingratitud hacia la mujer, no así hacia “Él”, figura totémica de idolatría constante.

    «La representación de una sociedad patriarcal, misógina hasta la irracionalidad homicida, es comparada con la destrucción de la naturaleza por el egoísmo auténtico de a quien no le interesa ni preocupa un futuro más allá de su propia existencia».


    Situado en un momento muy preciso de la cinta, justo haciendo de separador entre ambas partes, aparece el concepto del pecado original, esa manzana mordida por Eva que, en esta ocasión, tiene la forma de un cristal muy especial para el protagonista, quien había hecho énfasis en que no se tocase ni se acercaran a él. Por supuesto, este cristal se rompe causando el punto desencadenante de la trama. Inmediatamente después, aparecerán los hijos de los invitados, dos hermanos separados por un odio irreconciliable que se enfrentan de manera homicida llevando más estupor a la atónita y debilitada “madre”. Tras la funesta intervención de la versión irlandesa —Domhnall y Brian Gleeson— de Caín y Abel, y después de la aparición metafórica de todas y cada una de las diez plagas de Egipto —inundación causada por la rotura del fregadero, las ranas, las moscas, las úlceras…—, el poeta encuentra por fin su inspiración y, tras dejar embarazada a su mujer, concluye su nueva obra; momento que aprovechará el director para introducir una larga elipsis que ocupa el periodo gestacional de la embarazada. Esta nueva pieza poética se trata de una visión alegórica del nuevo testamento, forjado con el objetivo de incentivar el amor al prójimo, la comprensión, la generosidad… pero que sólo sirve para crear más separación y odio entre hombres y mujeres.

    En cualquier caso, será justo en el momento que alcancemos a reconocer al personaje principal habiendo llegado a su desarrollo completo, consiguiendo ese estatus de madre: con su largo pelo, su vientre dilatado y esférico, sus pies descalzos enraizados en ese suelo que tanto le ha costado reconstruir, cuando adivinamos por fin la gran metáfora de la película. El principal significado de toda esta pesadilla surrealista esquizoide no es otro que el paralelismo alegórico entre la naturaleza, esa madre tierra que parece salida del cuadro expresionista de Alfred Kubin: Earth, Mother of Us All, con la mujer; siendo ambas maltratadas por una sociedad egoísta y sin ningún tipo de consideración. La representación de una sociedad patriarcal, misógina hasta la irracionalidad homicida, es comparada con la destrucción de la naturaleza por el egoísmo auténtico de a quien no le interesa ni preocupa un futuro más allá de su propia existencia. La mediocridad del ser mundano, incapaz de crear nada con lo que se le recuerde cuando se haya borrado la indeleble huella de su presencia. Una naturaleza que cada día nos regala vitalidad, sin pedir nada a cambio más allá de que tratemos con respeto y cuidado aquello que pone a nuestra disposición para un uso responsable; pero entonces surge esa corrupta condición humana y su necesidad de abarcar con codicia todos los recursos a su alcance, esa frustrante y absurda visión omnímoda de la sociedad del consumo, consistente en poseer más de lo que podemos asimilar, ya sea éxito, dinero, patrimonio o, simplemente, respirar más aire del que cabe en nuestros pulmones.

    «El pesimismo aflorará con la fuerza de un sacrificio inútil, un último acto de abnegación frustrado cuyo desencanto resonará con las últimas palabras de un cuerpo exangüe que perece en brazos de la indolente sinrazón: “sólo lamento que no ha sido suficiente”». 


    Con el concepto de fanatismo mesiánico llegamos a un desenlace tan atroz como sanguinario. El realizador recurre a su versión más aterradora desde que nos destrozara con las devastadoras escenas de Réquiem por un sueño a ritmo de Lux Aeterna de Clint Mansell. Llevando todo ese frenesí fanático al extremo, todo ese clima de hostilidad, de paranoia, de egoísmo y de violencia estalla en una escena brutal que resume más de 2000 años de luchas y conflictos religiosos. La marca de Caín señala el punto de ruptura de cualquier atisbo de cordura. La misoginia se hace tan evidente como la entrada en vigor del caos y la anarquía. Un desenlace frenético y visceral que alcanzará su punto álgido con la pérdida de toda esperanza. Una escena atroz evidencia la ironía del director con la astuta y cómica visión de un suceso aciago, al menos, tan cómica como la grotesca interpretación que nuestra sociedad “laica” tiene de la matanza de los inocentes, conmemorada, con una suerte de graciosas travesuras y bromas cada 28 de diciembre. Por fortuna, tras ese periodo de confusión y violencia, siempre nos queda la opción de volver a empezar, reconstruir toda la estructura de un modelo nuevo que habrá de ser el referente del progreso del primer mundo, eso sí, siempre sobre los mismos cimientos viejos y podridos que conservan todos los vicios y fracasos del anterior. El pesimismo aflorará con la fuerza de un sacrificio inútil, un último acto de abnegación frustrado cuyo desencanto resonará con las últimas palabras de un cuerpo exangüe que perece en brazos de la indolente sinrazón: “sólo lamento que no ha sido suficiente”. Ad memōriam reī perpetuam | ★★★★


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: Mother!. Director: Darren Aronofsky. Guion: Darren Aronofsky. Duración: 120 minutos. Fotografía: Matthew Libatique. Música: Jóhann Jóhannsson. Productora: Protozoa Pictures. Distribuida por Paramount Pictures. Edición: Andrew Weisblum. Diseño de vestuario: Danny Glicker. Diseño de producción: Philip Messina. Intérpretes: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun. Presentación oficial: Festival de Cine de Venecia, 2017.


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