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    Venecia 2022
    Venecia 2022
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★★★
    Master Gardener
    Paul Schrader
    El último rezo de Paul Schrader


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Master Gardener. Dirección: Paul Schrader. Guion: Paul Schrader. Compañías productoras: Northern Lights (David Gonzales) KOJO Studios (Amanda Crittenden, Dale Roberts) Ottocento Films (Scott LaStaiti, Luisa Law) Flickstar (Jamieson McClurg). Música: Devonté Hynes. Fotografía: Alexander Dynan. Montaje: Benjamin Rodriguez Jr.. Reparto: Joel Edgerton, Sigourney Weaver, Quintessa Swindell, Esai Morales. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 111 minutos.

    Paul Schrader hace películas como reza. Las últimas tres, El reverendo (2017), El contador de cartas (2021) y ahora Master Gardener, son repeticiones sobre una misma estructura, como las plegarias que une creyente diría noche tras noche para tratar de comunicarse con un plano inefable. Como cada noche, supongo, las frases varían de acuerdo al objeto de súplica: según conforman los días, se vuelven más o menos urgentes, calmadas, esperanzadas o sombrías. Si conocemos el patrón que las une, observaremos con precisión qué se construye por encima.

    Después de tres obras estructuralmente iguales (la «trilogía bressoniana»), tenemos por fin el modelo del rezo de Schrader en claro. Se trata de historias sobre hombres de mediana edad (ni jóvenes, ni viejos) que han diseñado una forma de vida asceta, de rutinas depuradas hasta la mínima expresión a las que atenerse durante largo tiempo. Cómodos en su particular ejercicio de simplificación, habrán trabajado hasta vaciarse y volverse uno con su método, una alternativa de convivencia más sencilla que su propia persona. Tanto Ethan Hawke, como Oscar Isaac como, ahora, Joel Edgerton, llevan en la mochila daños morales irreparables, que les atenazan cada vez que cuelgan sus particulares sotanas. Las propias películas de Schrader han venido replicando una depuración estricta, basada en unas líneas que el autor dibujó cincuenta años atrás en su tratado sobre el «estilo trascendental»; directivas recogidas de filmografías alejas y aplicadas siempre con rigor. Schrader «es» en tanto que calla, observa y repite.

    En Master Gardener, el terreno llega bien abonado. Actúa como espejo la narrativa de El contador de cartas (el hombre que cuenta, que deviene puro juego). Sin embargo, la sequedad de la vida errante de Oscar Isaac se ablanda. Narvel Roth (Edgerton) trabaja en un jardín, no en el enajenante salón sin ventanas de un casino; duerme en su cabaña y no en moteles de carretera; no cubre los muebles con sábanas blancas y tampoco ha borrado nunca los tatuajes fascistas que adornan su espalda. Narvel mantiene relaciones duraderas y significativas con sus compañeres, ha tenido tiempo de forjarse un historial en su hogar y de proyectar lo que sabe hacia el futuro. El jardinero es un excelente profesor. Tanto, que la propietaria del ufano jardín que cultiva le encarga acoger y enseñar el arte a su sobrina-nieta, Maya (Quintessa Swindell), una joven «de pasado difícil». Con ella establecerá una relación afectivo-romántica que, por una vez, no parece tener por destino la muerte.

    Schrader siempre supo ser relativo, llamar las cosas por su nombre —aquí el perro de la familia se llama «perro de porche», porque define exactamente lo que es. La relatividad impregna los bordes de sus últimas grandes ficciones, equilibrando discreta la balanza entre luz y sombras, entre la muerte y el amor, su signo opuesto. Lo que sorprende en Master Gardener es la preponderancia sin excusas de la vida y la belleza por la película, una cinta de una luminosidad solo rota por unos episodios violentos muy atenuados, incomparables a los de Schrader en modo Taxi Driver. En pleno territorio de la vida y sin pudor alguno, los créditos iniciales avanzan con un seguido de detalles de pétalos abriéndose en cámara rápida, coloridas, avivadas y juguetonas. Las flores llenarán el jardín, revelándose de nuevo en un fragmento onírico de corte similar al de El reverendo, cuyo desborde visual y musical (la banda sonora corre a cargo de Devonte Hynes, aka Blood Orange, un favorito de Sam Levinson) rompió a quien les escribe en una emoción sin excusa.

    Schrader modula una subida de volumen afectivo, aun sin caer en una visión falsamente esencialista del mundo y que ni se acerca al terreno de lo naíf. Personaje-ejemplo: la señora Haverhill (Sigourney Weaver), propietaria del jardín, acogió a Narvel cuando él estaba recién reinsertado en la sociedad por el cuerpo de protección de testigos. «Tuvo mucha paciencia», le recuerda el hombre, refiriéndose a la amabilidad que la señora quiere extender también hacia su sobrina-nieta. No obstante, el retrato de la mujer va a complicarse ante la presencia de Maya, un ser que le resulta insoportable en persona y la tercera punta en un triángulo afectivo cuyas dinámicas quedan lejos de ser un camino de flores. En Master Gardener, como en la vida misma, todo es mucho más complicado de lo que parece. Por lo tanto, vale la pena vivir desde una profunda fe en la relatividad.

    Ayer por la mañana Indiewire publicaba una entrevista con Schrader en la que el director reconocía haber puesto en grave peligro su salud para poder terminar el rodaje de su última película. Ateniéndonos a la contingencia que la misma cinta destila, hoy diremos unas palabras para que el cineasta no vuelva a hacerlo. Schrader no necesita dirigir nada más: Master Gardener ya serviría como obra maestra de cierre de una vida. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    junio 07, 2023

    Crítica | El maestro jardinero

    por Mariona Borrull Zapata | junio 07, 2023
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★★★
    The Eternal Daughter
    Joanna Hogg
    El polvo cae lento, en todas partes


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Reino Unido, Estados Unidos, 2022. Título original: «The Eternal Daughter». Dirección: Joanna Hogg. Guion: Joanna Hogg. Compañías productoras: Element Pictures (Ed Guiney, Emma Norton, Andrew Lowe). Diseño de producción: Stéphane Collonge. Fotografía: Ed Rutherford. Montaje: Helle Le Fevre. Reparto: Tilda Swinton, Joseph Mydell, Carly-Sophia Davies. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 96 minutos.

    The Eternal Daughter recupera a la Julie Hart de The Souvenir y tantea de nuevo las sombras que su figura proyecta. O más que sombras, reflejos… La joven cineasta Julie Hart es un reconocido álter ego de la directora, un espejo donde contemplar y dar trance a sus propias andadas. Hogg confía a Julie a las manos expertas de Tilda Swinton, una amiga cercana; antes, en The Souvenir, ambas habían legado al personaje a la hija real de Swinton, Honor Swinton Byrne, que compartía pantalla con Tilda en el rol de su anciana, pero vivaz, madre. En The Eternal Daughter los años han pasado, y Tilda vuelve a recoger el papel, dando vida a una Julie plenamente adulta y a su madre, ya bastante envejecida y dependiente. Julie Hart ha ido pasando de manos hasta convertirse en una amalgama de rostros, de caras que miran a otras (hijas que se convierten en madres, madres que se duplican). Diríamos que, juntas, Hogg y Swinton han sublimado un «algo» que sobrepasa el cine y que lo devuelve con toda su fuerza a la pantalla.

    Puede que «reflejos» sea la mejor palabra para describir aquello que articula el cuerpo de Tilda Swinton en The Eternal Daughter, una historia acerca de la incapacidad de escribir sobre la vida de alguien más sin embarrarse un poco en ella. Julie Hart se lleva a su madre a descansar unos días a la antigua mansión de la familia, hoy convertida en un hotel. La intención de la joven es documentar los recuerdos infantiles de la madre para el guion de su nueva película, recuperando aquello que su madre fue para verse y explicarse a sí misma. Sin embargo, Julie no consigue sacar nada en claro de las anécdotas y pequeñas historias que su madre va esparciendo con una tristeza honda y resignada. Cuando el guion no basta para conectar dos tiempos radicalmente lejanos, dos mujeres que parecen no entenderse (nos apena: tenían una química preciosa en The Souvenir), es el montaje de sus rostros el que las conecta. Madre e hija se miran siempre de frente, recortadas ambas en un primer plano que no llegarán a compartir nunca con la otra. Poseen la misma fisionomía, cuyos detalles y variaciones compararemos, sin apenas pretenderlo. El ejercicio nos remite a Bergman, pero es de una intimidad más discreta, silenciosa.

    El tercer elemento en juego, válgase el tópico, es el casoplón donde se hospedan. Especie de Manderley, la mansión se descubre entre la niebla que oculta unos enormes jardines franceses. Su interior se viste de roble antiguo, papel desgastado y umbría permanente, deliciosamente retratada por Ed Rutherford (tras la fotografía de The Exhibition). La casa se levanta inerte, majestuosa. No obstante, Julie se siente intranquila: el suelo cruje detrás suyo, los grandes espejos proyectan sombras breves que no llega a desentrañar y las puertas cierran con un clac demasiado alto, algo retrasado. Por la noche, el viento silba envalentonado por los crujidos que llegan de los pisos superiores y el golpeteo de una ventana abierta. Julie se levanta para ir a la cocina, donde la nevera arranca a ronronear sin previo aviso. De camino a la habitación, detrás de una de las ventanas del estudio, intuye una silueta: ¿había alguien mirándola? The Eternal Daughter es una historia de fantasmas que sitúa en el corazón del mito el pavor silencioso de la invasión doméstica, es decir, de un hogar que nos es arrebatado.

    La mansión hace tiempo dejó de pertenecer al linaje de Julie. Hogg se encarga de dejarlo muy claro introduciendo al personaje de la recepcionista (Carly-Sophia Davies), una joven que parece disfrutar del maltrato a sus huéspedes, quienes a su vez no dejan de repetirse que están pasando a very lovely time. Sobrevolada por un humor sutil, Julie quiere hacerse suya una casa que no ha sido, ni quiere ser, nunca suya. Culo inquieto y asustadizo, la joven es encuadrada siempre en cuadros rebosantes, cual visitante desprevenida de una exposición clausurada hace mucho. La casa no puede pertenecerle, porque sus espacios están tocados de un tiempo que le es ajeno: es el tiempo del recuerdo, de la vivencia atesorada como eco distante; decíamos, como reflejo. Hoy la casa acoge a su madre y, en un futuro, la arropará también a ella. Y así está bien. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    mayo 12, 2023

    Crítica | La hija eterna

    por Mariona Borrull Zapata | mayo 12, 2023
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    The Whale
    Darren Aronofsky
    Ballena sine qua non


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: The Whale. Dirección: Darren Aronofsky. Guion: Samuel D. Hunter, a partir de la obra teatral homónima de S.D. Hunter. Compañías productoras: Protozoa Pictures (Darren Aronofsky, Ari Handel, Jeremy Dawson). Música: Rob Simonsen. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Andrew Weisblum. Reparto: Brendan Fraser, Sadie Sink, Ty Simpkins, Hong Chau, Samantha Morton. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 117 minutos.

    Charlie vive repitiendo las palabras de un ensayo sobre la tristeza inherente en Moby Dick, un texto que percibe los capítulos que Melville dedica a la descripción de las ballenas como intentos vanos de retrasar el momento de «explicar una historia triste, ni que sea un poco». Charlie, profesor de literatura, lleva toda su vida describiendo ballenas, subido a una ola que algún día espera le aleje definitivamente del dolor tras la muerte de su pareja. Como les protagonistas de Darren Aronosfky, personajes-mundo expandiendo su propia condición a la realidad que les rodea, Charlie mismo ha acabado convirtiéndose en un ballenato.

    Aronofsky adapta para su película una obra de teatro homónima de Samuel D. Hunter, una tragedia en toda regla alrededor de las tentativas de redención de un padre que se ha descuidado de su gente y de sí mismo, y que ahora solo ve la muerte como salida posible. Para albergar tantísima tragedia, el cineasta opta por las formas expresionistas del melodrama. Como su nombre lo indica, estas cargan los tintes de la realidad, trayendo a la superficie, en definitiva, las aristas de dinámicas integradas pero esencialmente violentas (el racismo, el machismo). Cabría preguntarse si era el melodrama el prisma indicado para abordar un cuerpo que ya es lo contrario que normativo, y cuáles son las consecuencias de tal decisión.

    Gran promesa de los noventa, Brendan Fraser llevaba un par de décadas alejado del foco mediático por culpa de una serie de desgracias personales. Cuando lo veamos, enseguida advertiremos que ha ganado algo de peso (se trata de un juicio superficial, nada más). No obstante, The Whale convierte la inmediatez de nuestro primer vistazo en condición sine qua non: la imagen de Charlie pasa necesariamente por su sobrepeso enfermizo. 270 kilos son difíciles de disimular, es lo que hay. Sin embargo, haber escogido un formato cuadrado de pantalla para encuadrarlo se sostiene como una decisión activa, una importante. Obeso hasta adquirir una silueta inhumana, auténtico saco de carne, el ancho de cuatro tercios causa que su figura rebose la pantalla, simplemente porque no hay espacio para alejarnos.

    En los pocos instantes que lo veamos de pies a cabeza, será el traje quien nos enseñe la monstruosidad que representa el cuerpo del Fraser ballenizado, de cuello y espalda siempre empapados en sudor, con la boca y las puntas de unos dedos (hechos de CGI) grasientas. La ballena de Charlie está varada en el sofá y, como un animal, o se arrastra o se entrega a la comilona. No es agradable, como tampoco lo debe de ser la realidad de tantas personas con obesidad mórbida. Sin embargo, la película de Aronofsky crea su propia monstruosidad por vía de lo cinematográfico. Con fotografía del habitual Matthew Libatique, nos mete en un piso de color marrón-pollo frito y ocres-mostaza. Allí, viste a un freak y luego lo enseña… Aunque su apuesta no es de por sí cuestionable, contradice la máxima que el mismo Charlie propugna en sus clases: que la honestidad debe primar como garante de paz, pues aunque una primera reacción pase por la ofensa, «la gente es incapaz de que algo no le importe».

    Me pregunto: ¿Qué formas hubiera adquirido la película de Aronofsky si, en lugar de disfrazar a Fraser, hubiera tenido que negociar con un cuerpo obeso de verdad? ¿Hubiera podido decorarlo a base de capas de inmundicia, a su placer? Creo que todo eso importa solo porque el gran qué de su historia orbita alrededor de las consecuencias inesperadas de la honestidad. Replicando las formas del teatro, los últimos días de Charlie plantarán su pequeño apartamento, con él como gran árbol de Navidad, en el centro gravitacional de un grupo de personajes más o menos próximos a su vida. Son su hija (Sadie Sink, Max en Stranger Things), una buena amiga enfermera (Hong Chau) y un joven ultrarreligioso (Ty Simpkins) que pretende reclutarlo para su secta.

    Caracteres más o menos amables, el tiempo que pasarán en el piso les valdrá por camino tortuoso a la redención: tarde o temprano, admitir la naturaleza «asquerosa» del cuerpo de Charlie les funcionará como prueba de valor para encontrar su propia verdad. Como si el tipo no fuera nada más que un trozo de carne, mártir, dispuesto para el usufructo de les demás. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    enero 27, 2023

    Crítica | La ballena (The Whale)

    por Mariona Borrull Zapata | enero 27, 2023
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★★☆
    Tár
    Todd Field
    No es un biopic cualquiera


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Tár». Dirección: Todd Field. Guion: Todd Field. Compañías productoras: Focus Features (Todd Field, Scott Lambert, Alexandra Milchan). Música: Hildur Guðnadóttir. Fotografía: Florian Hoffmeister. Montaje: Monika Willi. Reparto: Cate Blanchett, Noémie Merlant, Nina Hoss, Sophie Kauer, Julian Glover, Allan Corduner, Mark Strong. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 158 minutos.

    Lydia Tár comparte una mesa redonda con un prestigioso editor. La platea está a rebosar y responde con facilidad a las aportaciones que ella va regalando sin dificultad, todas interesantes y agudas. Es ducha en su expresión oral y encadena anécdotas que, intuimos, conoce bien. Sin embargo, ante una pregunta inesperada por parte de su interlocutor, Lydia Tár se detiene, comienza una frase y recula, tropieza un poco en sus ideas, pero no en su dicción, siempre fluida. Si observamos con suficiente atención, nos daremos cuenta de que, a pesar de que la tal Lydia es solo un carácter en una ficción, nunca podremos considerarla un personaje, una máscara. Este es el momento en el que me doy cuenta de que el regreso de Todd Field, quien llevaba desde 2006 (cuando estrenó Juegos secretos) alejado de la gran pantalla, es apabullante.

    La genio viva de música clásica contemporánea, tremenda directora de orquesta y brillante profesora universitaria, Lydia Tár, existe solo como un miraje. Si la contemplamos como un icono, percibiremos la naturaleza impecable de una faceta pública construida sobre mármol, material reservado a lo excepcional y a lo que pervive. Si, por lo contrario, la estudiamos como mujer hecha a sí misma, obtendremos un perfil igualmente merecedor de nuestra admiración. Cansada, Lydia cierra los ojos en un taxi de camino al aeropuerto, de vuelta de su enésimo viaje. En casa atiende a su pareja (Nina Hoss) y a la hija de ella, pero no olvida practicar día tras día. Esta mujer, auténtica boss, representa la culminación y el ejemplo perfecto de la meritocracia, es decir, de quien merece tener estar siempre un poco por encima. Ella misma se dedica a promoverla.

    Pero Lydia Tár nunca será solo un personaje. Ella es la autoridad, el cuerpo y el aura de Cate Blanchett. Igual que una composición solo existe cuando alguien la interpreta, sabemos que la genio nunca existió sobre el guion. Su mismo ser es esencial en la película de Field, con quien comparte autoría, tanto, que toda la primera hora del filme (dura una y media más) se edifica como un auténtico seguimiento de la rutina de ella. Una rutina fascinante, estrictamente diseñada para el lucimiento de ella, todoterreno. Escuchamos embelesades cuando, en una larga demostración en clase, ataca las limitaciones de la crítica basada en la identidad (un momento del todo guionizado pero defendido con un brillo que atrapa). Escrutamos los filos de la conversación que mantiene con un adinerado compositor, admirador y mecenas (Mark Strong), empresario sin talento pero de mente afilada. Incluso tratamos de excusar aquellos pequeños abusos y discretos malos tratos que Tár tiene para con su asistente, una Noémie Merlant resolutiva, pero yerta.

    Si la genio es central, todo lo demás pasa automáticamente a un segundo plano. ¿Son también secundarias las banderas rojas que ondean sobre esa ex «loca», que manda mensajes insinuando abusos y amenazando con el suicidio? La vida perfecta de Lydia Tár, sorpresa, deberá evaluarse de nuevo, volver a ponerse en tela de juicio. Todd Field, también tras el guion, abre brechas e incongruencias que harían tambalear los cimientos de cualquier imagen idolatrada. Field nos obliga a repetir un ejercicio al que hoy estamos demasiado acostumbrades: nos exige deconstruir y volver a negociar el valor humano y artístico de alguien a quien, sin duda alguna, habremos admirado y que ha fallado moralmente. Su tercer acto podría resolverse como seguimiento en vivo de una cancelación (tiene parte de eso), pero la película sobresale porque va más allá.

    Más allá, o «más adentro»: después de construir y desmontar, paso a paso, las caras visibles de un personaje huidizo, Field se zambulle hasta lo más hondo de su fuero interno y le da la vuelta. Cuáles son los miedos profundos de Lydia Tár, qué le da profundo asco, sobre qué miente sin necesitarlo… En una segunda mitad, algo irregular a pesar de sus buenas ideas, la película tantea los recursos inquietantes de la home invasion y los espirales enloquecidos del thriller sobre el arte y la obsesión, el desquicio. El universo racional se tambalea por completo, al sostenerse sobre un palo de pajar que se demuestra falible, demasiado humano. Pero está bien: al final, si Todd Field, Cate Blanchett y todos nuestros ídolos muertos algo nos regalan, es la oportunidad de construirnos de forma diferente. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    enero 27, 2023

    Crítica | Tár

    por Mariona Borrull Zapata | enero 27, 2023
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    White Noise
    Noah Baumbach
    Baudrillard para principiantes


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «White Noise». Dirección: Noah Baumbach. Guion: Noah Baumbach, basado en la novela «Ruido de fondo» de Don DeLillo. Compañías productoras: Passage Pictures, A24, BB Film Productions, Netflix, Heyday Films. Música: Danny Elfman. Fotografía: Lol Crawley. Montaje: Matthew Hannam. Reparto: Adam Driver, Greta Gerwig, Jodie Turner-Smith, Don Cheadle, Alessandro Nivola, Raffey Cassidy, Sam Nivola, May Nivola, André Benjamin, Barbara Sukowa, Gloria Bishop, Matthew Shear, Logan Fry. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 108 minutos.

    Noah Baumbach abre el Festival de Venecia rompiendo con la tradición naturalista de su filmografía anterior, aunque su divorcio se revele como una treta encubierta. White Noise se construye por puro high concept: Don Cheadle, profesor universitario, está dando una clase acerca del optimismo soterrado bajo la violencia como espectáculo en las películas. Según él, es definitivamente más fácil desentrañar el valor de un choque entre coches que la maraña de emociones detrás de cualquier drama. Como saboteándose, Baumbach propone una pieza que abre caminos muy diversos, todos ellos lejanos al realismo con sabor a cine indie.

    White Noise es, antes que nada, el retrato de un personaje-caramelo: un cuarentón que vive con su familia medianamente acomodada y satisfecha. El tipo se muestra inseguro y está lejos de una masculinidad típicamente alfa, pero hay algo que lo aparta de la posibilidad de ser corriente. Jack (así se llama) es profesor de Estudios Hitlerianos y ha aprovechado su línea de investigación sobre la masa y la idolatría para construirse una reputación mayúscula como experto del Mal. Ataviado con gafas oscuras y capa (casi como un segundo Van Helsing, aunque incapaz de hablar una sola palabra en alemán), despierta un fervor insólito en sus alumnes. Nunca Jack podría ser más que un personaje, pues su perfil es demasiado rico y perfilado para compararlo con nuestros historiales. Adam Driver lo encarna con un brillo inusitado, que le permite alternar los farfullos propios de un hombretón farruco y los aspavientos de unas performances megalómanas, «annettianas».

    Reventará pronto la burbuja de acontentamiento en la que vive la familia de Jack, con una mujer (Greta Gerwig, gran repetidora) que es puro espíritu yuppie y con tres criaturas que causarán pesadillas a quienes odien la fugaz pero persistente curiosidad infantil. La amenaza, como en todo buen cuento norteamericano, viene desde el cielo: una nube tóxica se acerca a la ciudad, o eso dice la radio, puede que aún tengamos tiempo de comernos el pollo frito, dice el padre. Del retrato de una América que se ha acomodado en sus quistes y sinsentidos a su propia sublimación satírica, a su quintaesencia apocalíptica. Añadiremos a la receta un buen puñado de referencias a aquellos desastres que parten del mundo se niega a admitir, ya sea por ideología o por pavor: la nube de Baumbach, aquella amenaza invisible que sobrepasa incluso raza y clase, encaja sin dar más explicaciones en un contexto de posverdad y pospandemia, aunque todo ello resuene ya un tanto lejos en nuestro imaginario.

    Mientras, el ruido blanco del título no ha deja de aumentar. Baumbach aquí vuelve a girarse en contra de su fórmula: recogerá su verborrea habitual, aquella que lo hizo un gran director de actores, y la va a multiplicar por mil, hasta que su tiroteo de respuestas ingeniosas marca de la casa se deshilvane completamente, pierda todo sentido. Si las conversaciones de Baumbach ya formaban un prieto diseño de mimbre entre cabos recogidos al aire, hoy sus personajes habrán perdido toda capacidad para hablar bien. Se repiten, pierden el hilo, no se entienden entre sí. En este contexto, toda dirección de actores queda anulada en favor de la réplica pura, de la capacidad para simplemente responder. Repleta de intertítulos y de insertos de todo tipo, White Noise es asimismo la película más cinemática de Baumbach…

    También la que menos se preocupa por su propia coherencia. En ella, cohabitarán las formas de la aventura familiar postapocalíptica, algo de terror, un comentario social descacharrado y adrenalínico, y el suspense, que ocupa el segmento final del filme. Sin embargo, Baumbach no se moja en tal mezcolanza, usando los recursos de uno y otro para hablar siempre de otro tema. Sí se irá comprometiendo con las formas del musical, el género del artificio reivindicado, hasta llegar a un número final que quizás es de lo mejor de la cinta. Una breve coreografía por aquí, un repiqueteo por allá, y así descubrimos que si la verdad es así, es porque así queremos que sea. Baudrillard para principiantes, en una película que oculta un último twist. Vaciado el largometraje en una concatenación tarantiniana y vuelta toda narrativa mero teatro del absurdo, parecería que Baumbach ha abandonado sus personajes a un nihilismo absoluto. Que regresen las «emociones humanas»; aun atees y idiotizades, sentimientos como el amor, el miedo o la esperanza, se dice, jugarán un papel importante en el fin de este mundo de locos. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    diciembre 08, 2022

    Crítica | Ruido blanco

    por Mariona Borrull Zapata | diciembre 08, 2022
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    Bones and All
    Luca Guadagnino
    Bajo el signo de Chalamet


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Bones and All». Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis. Compañías productoras: Frenesy Film Company, Per Capita Productions, Vision Distribution, The Apartment, MeMo Films, 3 Marys Entertainment, Tenderstories, Ela Film, Serfis, Wise, Immobiliare Manila. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Fotografía: Arseni Khachaturan. Montaje: Marco Costa. Reparto: Taylor Russell, Timothée Chalamet, Mark Rylance, Chloë Sevigny, Michael Stuhlbarg, André Holland, Jessica Harper, David Gordon Green, Francesca Scorsese, Jake Horowitz, Anna Cobb. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 129 minutos.

    Bones and All podría leerse como una gran broma. Cruzar una narrativa romántica protagonizada por el adolescente triste más popular del mundo, con una trama de caníbales en plena crisis existencial parecería un movimiento digno de aquellas parodias que en la década pasada refrieron el imaginario popular hasta convertirlo en una maravillosa masa informe y más o menos risible (¿recuerdan Orgullo y prejuicio y zombis (Burr Steers, 2016)?). La absurdidad de la apuesta se disipa un tanto, claro, si atendemos a la larga relación que mantiene Luca Guadagnino con la cuestión de la juventud y la identidad: Call Me By Your Name (2017) y We Are Who We Are (2021) nacen atravesadas por ambas líneas y, si apuramos, también hay algo de juguete roto en las chicas de Suspiria (2018) y Cegados por el sol (2015).

    La receta de Bones and All es sencilla: sumen el viaje enloquecido de las Malas tierras (1973) de Terrence Malick con el canibalismo (como metáfora de para identidad en formación) del Crudo (2016) de Julia Ducournau, con la emoción exaltada del romance con el monstruo en Crepúsculo (2008), de Catherine Hardwicke. Guadagnino, camaleónico culo inquieto, pone en ruta a Maren (Taylor Russell), una adolescente que es abandonada por su padre debido a su problemática incapacidad de contenerse el gusanillo por la carne humana. Sola, emprende un viaje a través de Estados Unidos para encontrar a su madre desaparecida. Durante este retorcido Bildungsroman sobre ruedas, encontrará a más individuos como ella, tipos que ilustrarán los distintos derroteros a tomar para con su «condición». Junto con Lee (Timothée Chalamet), lectura actualizada del protagonista de Memorias de un zombie adolescente (Jonathan Levine, 2013) y también caníbal, abrirá puertas a una vida armónica consigo misma y explorará la posibilidad de encontrar el amor entre tanta víscera.

    Guadagnino recorre un camino bien demarcado, pero de efectos imprevisibles. Habitualmente, los romances teen parten de lo puramente sentimental y vaporoso (el chispazo de amor primerizo, la mirada a lo lejos del «chico conoce a chica») para dirigirse luego, paso a paso, al dominio de lo físico (el beso, la «primera vez»). Tenemos el territorio de lo emocional como hogar para la belleza y la imaginación, y lo terrenal como antesala inmediata al placer, pero también a la náusea, al asco. Estar enamorades y tener una arcada –lo decía Kant– son estados incompatibles… Sin embargo la película separa dichos estados solo de forma aparente, superficial: en un primer tramo de full-terror indie, sacará a relucir las hermosas entrañas que nos conforman para luego, a partir del segundo acto de la película, ya romántico, poner el foco sobre las emociones que genera nuestro cerebro palpitante o la sensación de aquel rayito que se posa tenue sobre nuestra piel. Pero, ¿cómo olvidar que bajo de tanta emoción enarbolada sigue habiendo un cuerpo rojizo y palpitante?

    El detalle con que se habla de los olores que capta el olfato privilegiado de un caníbal («picante», «metálico», «poderoso»), así como un elaborado diseño de sonido, repleto de chirridos, frotes y chapoteos, elevan la condición caníbal a la pura delicia y a los infiernos de la carne viva. La película, de hecho, admitiría su potencial como cinta de superhéroes (o súper-antihéroes) al estilo de los colmillos moralmente atormentados de Hardwicke, si no fuera por la marginalidad absoluta en la que viven sus personajes. Lee mata sin apenas preocuparse por encubrir sus acciones (cuando Maren le recuerda que aún lleva rastros de sangre por la cara, él le responderá, con un gesto divertido y resignado, que «total, nadie nos ve»); el poder de la invisibilidad corre sin esfuerzos por una juventud cuyo hogar parece siempre fuera de alcance.

    Con el canibalismo cual particular «salida del armario», nace la posibilidad de formar nuevas familias. He aquí que uno de los puntos más interesantes pero menos explotado de la cinta de Guadagnino sean sus secundarios. Por un lado, el anciano caníbal al que da vida Mark Rylance, quien parecería no haber matado nunca a una mosca aunque lleva toda la vida alimentándose con gusto. Él es el primer mentor de la joven, y su aparición representa una puerta a fundar una nueva relación afectiva. Quizás algo inquietante (los ojos oscuros del tipo lo son, y mucho), pero no menos valiosa… Moral aparte, sería igual de válida que el bromance entre el caníbal Michael Stuhlbarg, de puro escalofrío y su compañero. Sin embargo, el guion de Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis, tiene claro que a Maren le corresponde un igual (de atractivo y de joven) para formar una pareja, y no indaga más en qué tipo de familias hubieran podido nacer de los afectos compartidos entre personajes que, a primera vista, resultan tan diferentes. Puede que incluso el mundo de la sangre y las tripas se ordene bajo el signo de Chalamet. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    noviembre 23, 2022

    Crítica | Hasta los huesos: Bones and All

    por Mariona Borrull Zapata | noviembre 23, 2022
    || Críticas | Venezia 79 | ★★☆☆☆
    Don't Worry Darling
    Olivia Wilde
    No la veas, querida


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Don't Worry Darling. Dirección: Olivia Wilde. Guion: Katie Byron. Compañías productoras: New Line Cinema (Richard Brener, Celia Khong) Vertigo Entertainment (Miri Yoon, Roy Lee). Música: John Powell, Randall Poster. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Affonso Gonçalves. Reparto: Florence Pugh, Harry Styles, Chris Pine, Olivia Wilde, KiKi Layne, Gemma Chan. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 123 minutos.

    Conocemos bien el negro que proyectan los objetos bajo el sol radiante. Han sido décadas y décadas de orejas enterradas en jardines traseros y de todo tipo invasiones domésticas: los espacios ideales de la América suburbana se descubrieron hace tiempo como patio para juegos macabros. Lugar común, casi demasiado pateados por todos los hijastros del thriller, los barrios estadounidenses nos interrogan: ¿cuándo volverán a ser verdaderamente siniestros? Querríamos soñar el sueño americano como si fuera la primera vez.

    Es 2022 y Olivia Wilde organiza su propia lectura sobre la América acomodada. Detiene el reloj en algún momento de los años cincuenta, en la ciudad desértica de Victoria, proyecto de colonia deluxe para las familias de los hombres empleados en una misteriosa base tecnológica o militar (qué se hace allí nunca queda claro)*. Victoria son sus calles y arboledas, pero también la coreografía perfecta de todas las piezas de su engranaje, humanas y demás. La película lanza todas las cartas de la distopía con solo la imagen de unas amas de casa saludando al unísono a sus esposos, cada una desde su casa pero todas igual de pulcras. La protagonista de nuestro relato será una de ellas, Alice (Florence Pugh), esposa de Jack, a quien da rostro el ídolo pop Harry Styles en otra de sus intentonas en el mundo de la interpretación. Alice vive en un país de las maravillas controlado por el CEO de ojos azules y peinado ampuloso, aunque engominado sin esfuerzo. Él es Frank, un Chris Pine entre la frialdad de un villano y las formas cercanas de un gurú; el tipo, obviamente, lanzará su buena dosis de conceptos malignos de yuppie: «reto», «progreso», «futuro».

    Pero, ¿qué aporta la película de Wilde a la bien regada tradición de la perfección inquietante en suburbios? Alto y claro, la cineasta sabe bien que la simetría no engaña ya como ideal alguno y que, por lo tanto, su gran primera parada es indagar en qué es lo utópico para alguien del siglo XXI. A pocos minutos de empezar la película, las numerosas celebraciones «con el puntillo» de embriaguez y la libido extrema de la pareja protagonista, atractiva, van a acabar de humanizar una realidad ideal, donde los tonos pastel de un mundo seguro y acomodado, por magia de la fotografía de Matthew Libatique (que firma también las luces de The Whale), también vibran con energía palpitante. De un día para otro, Alice empezará a sufrir breves desajustes mentales, desde déjà vu leves pero inexplicables a alucinaciones verdaderamente graves. Para orquestarlas, Wilde parte de la magnífica premisa que sostenía toda la Swallow de Carlo Mirabella-Davis (2019): la ansiedad de una mujer enjaulada arraiga en una sensación física innegable. Por ello, Wilde enfrenta a su protagonista a una serie de visiones pesadillescas, episodios oníricos con asfixia y aplastamiento que se insertan en el montaje como meras imágenes chocantes.

    En las palabras de una de las cotillas del barrio hacia su vecina, diríamos que la directora está «desperate for being exciting» («desesperada por ser excitante»). Entre las visiones recurrentes de Alice se cuenta una de las coreografías geométricas de piernas sobre negro de La calle 42 de Lloyd Bacon (1933). Por si la escena no resultara lo suficientemente perturbadora, Wilde la vuelve a poner en escena, esta vez con todas las integrantes del grupo con la cara pintada de blanco y los ojos de negro, cual creepypasta. La película en sí se empaqueta como un popurrí accidental de referencias vistas en tal o cual producto audiovisual reciente, ya sean los hombres ataviados de rojo del Nosotros de Jordan Peele (2017) o la vecina que es réplica casi indistinguible de la Joan Holloway de Christina Hendricks en Mad Men (AMC, 2007-2015), a quien hoy interpreta la misma Olivia Wilde.

    Resulta esclarecedor que, en tiempos de magníficos paisajismos digitales, el nuevo El show de Truman (Peter Weir, 1998) sustituya los grandes cielos azules por un límite del mundo un tanto más estandarizado y pobre. Demuestra que las ideas detrás de las imágenes de la película de Wilde son dispersas, empobrecidas, casi banales. No nos extraña, pues, que el feminismo que hilvana toda la narrativa y que se promulga al final, como ondeando una bandera a la liberación de la mujer como ser sin raza ni clase, se sienta como ya superado de una vez por todas. ⁜

    * Es curioso que «Victoria» sea tanto un nombre de ecos olímpicos como el título de un brillante documental de Liesbeth De Ceulaer, Isabelle Tollenaere y Sofie Benoot, acerca de la ciudad planificada, pero nunca construida, de California City; buscadla en Maps.

    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 21, 2022

    Crítica | No te preocupes querida

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 21, 2022
    || Festivales
    Venezia 2022
    Palmarés
    Cuadro de honor de la 79ª edición


    Emilio M. Luna
    Madrid |

    fechas
    | Del 31 de agosto al 10 de septiembre de 2022. |

    Palmarés reciente
    2022| All the Beauty and The Bloodshed, Laura Poitras.
    2021| El acontecimiento, Audrey Diwan.
    2020| Nomadland, Chloé Zhao.
    2019| Joker, Todd Philips.
    2018| Roma, Alfonso Cuarón.
    2017| La forma del agua, Guillermo Del Toro
    2016| The Woman Who Left, Lav Diaz.

    Laura Poitras, que se dio a conocer con Citizenfour (2014), que ahondaba en la revelación por parte de Edward Snowden de los programas de vigilancia ilegal, ha obtenido el León de Oro de la 79ª edición de la Mostra de Venecia con su último largometraje, All The Beauty and the Bloodshed (2022). La documentalista, ganadora de un Oscar por el filme citado al inicio, se ha alzado con el máximo galardón del certamen que se celebra en la capital del Véneto, imponiéndose del carrusel mediático de ficciones que se exhibieron en el Lido durante nueve días. Ninguna sorpresa, por otra parte. Entre tanto ruido generado por diversas polémicas, y el afán comercial del evento dirigido por Alberto Barbera, desde hace unos años convertido en casilla de salida para la temporada de premios estadounidense, la cinta de Poitras, que será estrenada en España por Filmin, había sido la mejor recibida por la crítica. All The Beauty and the Bloodshed muestra, a través de la artista Nan Goldin, el auge y caída de la familia Sackler, dueña de uno de los más grandes emporios farmacéuticos de Norteamérica, e implicada en diversas causas judiciales por la venta de opiáceos, causantes de la muerte de miles de personas. Alice Diop, Colin Farrell, Cate Blanchett, Martin McDonagh y Jafar Panahi, que no pudo pisar suelo transalpino al estar encarcelado en Irán, son otros de los premiados de una edición en la que han sobresalido obras como Tár, The Eternal Daughter o The Banshees of Inisherin.

    Competición

    • León de Oro: All the Beauty and The Bloodshed de Laura Poitras, EE.UU.
    • Gran Premio del Jurado: Saint-Omer de Alice Diop, Francia.
    • León de Plata al mejor director: Luca Guadagnino por Bones and All.
    • Copa Volpi a la mejor actriz: Cate Blanchett por Tár, EE.UU.
    • Copa Volpi al mejor actor: Colin Farrell por The Banshees of Inisherin, Reino Unido.
    • Mejor guión: Martin McDonagh por The Banshees of Inisherin, Reino Unido.
    • Premio especial del jurado: No Bears de Jafar Panahi, Irán.
    • León del Futuro — Premio Luigi de Laurentiis al mejor primer largometraje: Saint-Omer de Alice Diop, Francia.
    • Premio Marcello Mastroianni a un joven actriz emergente: Taylor Russell por Bones and All.

    Orizzonti

    • Premio Orizzonti a la mejor película: World War III, de Houman Seyedi, Irán.
    • Premio Orizzonti al mejor director: Tizza Covi y Rainer Frimmel por Vera, Italia.
    • Premio Especial del Jurado Orizzonti: Bread and Salt de Damian Kocur, Polonia.
    • Premio Orizzonti a la mejor actriz: Vera Gemma por Vera, Italia.
    • Premio Orizzonti al mejor actor: Mohsen Tanabandeh por World War III, Irán.
    • Premio Orizzonti al mejor guión: Fernando Guzzoni por Blanquita, Chile.
    • Premio Orizzonti al mejor cortometraje: Snow in September de Lkhagvadulam Purev-Ochir, Mongolia.
    • Premio Orizzonti del público: Nezouh de Soudade Kaadan, Siria.

    Giornate Degli Autori

    • GdA Director’s Award: Wolf and Dog de Cláudia Varejão, Brasil.
    • Premio del público: Blue Jean de Georgia Oakley, Reino Unido.
    • Europa Cinemas Label: Dirty Difficult Dangerous de Wissam Charaf, Francia.
    • BNL Contribución Financiera para apoyar a un autor presentado en Giornati degli Autori: The Maiden de Graham Foy, Canadá.
    • Premio SIAE al Talento Creativo: Daniele Ciprì.
    • Premio SIAE a la trayectoria: Gianni Amelio.

    Semana Internacional de la Crítica

    • Gran Premio de la Semana Internacional de la crítica: Eismayer de David Wagner, Austria.
    • Premio Mario Serandrei a la mejor contribución técnica: Anhell69 de Theo Montoya, Colombia.
    • Premio del público: Margini de Niccolò Falsetti, Italia.
    • Premio a mejor cortometraje: Puiet de Lorenzo Fabbro y Bronte Stahl, Italia.
    • Premio a mejor director de cortometraje: Maria Guidone por Albertine Where Are You?, Italia.
    • Premio a la mejor contribución técnica de un corto: Reginetta de Federico Russotto, Italia.

    Venezia Classics

    • Premio a mejor película restaurada: Marcado para matar de Seijun Suzuki, Japón, 1967.
    • Premio a mejor documental sobre cine: Fragments of Paradise de KD Davison, EE.UU.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 11, 2022

    Venecia 2022 | Palmarés

    por Emilio M. Luna | septiembre 11, 2022
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    Blonde
    Andrew Dominik
    El biopic caleidoscópico de una Sopa Campbell


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Blonde». Dirección: Andrew Dominik. Guion: Andrew Dominik. Compañías productoras: Plan B Entertainment (Brad Pitt, Dede Gardner, Jeremy Kleiner). Música: Nick Cave, Warren Ellis. Fotografía: Chayse Irvin. Montaje: Adam Robinson. Reparto: Ana de Armas, Adrien Brody, Bobby Cannavale, Xavier Samuel, Julianne Nicholson, Lily Fisher. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 166 minutos.

    Blonde, la novela de Joyce Carol Oates (2000), se vendió en su momento como «la biografía definitiva de Marilyn Monroe», a pesar de estar cosida a base de sucesos reales e inventados. Hoy Andrew Dominik (Mátalos suavemente) la adapta al cine y se pregunta qué implicaba esa bravata. En efecto, Dominik nos sumerge de lleno en los momentos más privados de la biografía de la actriz. La cámara, espitada, adopta una absoluta primera persona para explicar cómo la madre de Norma Jean, una niña de apenas cinco o seis años, trató de ahogarla en la bañera, o cómo el presidente de los Estados Unidos la violó en repetidas ocasiones. Físicamente nauseabunda, moralmente obscena, cuestionable incluso en algunos de sus pasajes más sensacionalistas: si nos adentramos en las casi tres horas de biografía no autorizada, aceptaremos también ser víctimas colaterales de una violencia insoportable. Tener acceso a la «biografía definitiva» de Marilyn Monroe implica mancillarse, ni que sea un poco, del dolor que su sonrisa perfecta nos ha permitido omitir durante tantos años.

    Igual que la novela que la precedía, la película de Dominik se admite, de entrada, como un proyecto fallido. Marilyn Monroe se sostiene como una fachada sobre la que hemos arrojado copias y variaciones a lo largo de todo el siglo pasado. Camaleónico, el cineasta coserá su particular biografía como probando vestidos a un alma que solo intuimos. Blonde avanza a trompicones, concatenando imágenes en blanco y negro y en color, cambiando de formato y de ancho de pantalla a cada poco (en ocasiones, a cada corte), y saltando entre tiempos con ligereza. En su yuxtaposición estética, caótica y contradictoria, la puesta en escena rechaza ser explicada si no es en sus propios términos. La infancia de Norma Jean debe ser dibujada con el nervio de una niña que teme a su madre, con la gravedad de los traumas que la marcaron y con el pathos que dibuja el gesto y lloroso desencajado de una cara infantil.

    De esencia caleidoscópica, la imagen sobre Marilyn variará entre el claroscuro elegante propio del noir, la intensidad apetitosa del lenguaje publicitario, las deformaciones extremas del arte contemporáneo y el grano ligeramente desaturado de una imagen de archivo falseada. Ante el enajenamiento absoluto de la estrella, Dominik incorporará efectos digitales de pesadilla que vuelvan irreconocibles a los personajes y monstruosos a los fotógrafos. Igual que la novela, Blonde nos obliga a sostener la mirada ante un mundo insostenible, de una aberración tan presente que acaba por capar cualquier tentativa de raciocinio. Marilyn se preocupa: «En las películas no eres tú quien ordena los retazos»; ella nunca tuvo derecho sobre su propia historia. Sin embargo, como arguye un luchador en la película, en la jerga del boxeo clavar un puñetazo potente se apoda «conseguir la atención de tu contrincante» (añade: «Porque es una llamada a la atención, a concentrarse»). Auténtico revés a un visionado cómodo, la película de Dominik también puede interpretarse como una tentativa de claridad.

    Con un primer acto dedicado a la infancia y un segundo tramo volcado a las luces y sombras de su primera juventud, orbitando alrededor del affair con Charlie Chaplin Jr. (Xavier Samuel) y Edward G. Robinson (Evan Williams), es la recta final de la película la más difícil de digerir. Encontramos ya a una Marilyn «de alma ensuciada», que no hace más que recibir, una y otra vez, aquellas desgracias que juró no volver a encontrar. La mujer se ha convencido de su propia condición fallida: como hija y como esposa (de Joe DiMaggio, Bobby Cannavale, y de Arthur Miller, Adrien Brody), pero sobre todo como madre. Los abortos que sufre a lo largo de toda su vida son de las experiencias más íntimas y dolorosas que se habrán vivido desde un patio de butacas en los últimos años. Ante una desesperación impepinable, Ana de Armas logra transformar toda la musculatura de su rostro en eco acallado de la furia y el desgarre que corren por debajo. Si los anteriores habían sido un auténtico martirio, los últimos años de Marilyn tuvieron forma de espera resignada ante una muerte sin reservas, que ya estaba solo al caer. Dominik nos obliga entonces a soportar un tramo final de película que vibra en una energía mucho más apaciguada, de silencio mortuorio. El cineasta se confiesa, en palabras que escribe el padre de ella: «Solo te he conocido en la distancia. Nunca he querido ser cruel». ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 09, 2022

    Crítica | Blonde

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 09, 2022
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★★★
    A Couple
    Frederick Wiseman
    Deshacer el cine


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Un couple». Dirección: Frederick Wiseman. Guion: Frederick Wiseman, Nathalie Boutefeu. Compañías productoras: Wat Films, Zipporah Films. Música: Felix Mendelssohn. Fotografía: John Davey. Montaje: Frederick Wiseman. Reparto: Nathalie Boutefeu. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 63 minutos.

    Frederick Wiseman nos la ha jugado a todes. De dirigir documentales de tres a cuatro horas de media a estrenar una película de ficción que dura una hora y tres minutos (¡y qué contención tan deliciosa en tiempos de languidez temporal!). De las grandes panorámicas institucionales made in America a una adaptación literaria sin grandes pompas, y en francés. Del espíritu simpático que se desprendía de su observación generosa a la absoluta opacidad de una película que no pretende gustar, reverenciar o apelar a nadie. A Couple es una obra fea y sumamente insignificante: fenómeno raro, nos recuerda que el cine se hace y se piensa sobre una pantalla, no sobre los cómodos raíles de la convención.

    A Couple se asienta sobre los cimientos del monodrama, una suerte de soliloquio que Wiseman ya había tanteado en su segunda y última ficción, La dernière lettre (2002), adaptación en forma de larga carta de la Vida y destino de Vasiliy Grossman. Hoy el cineasta adapta pasajes de los diarios que Leo y Sophia Tolstói escribieron durante toda su relación. Dichos fragmentos corren a medio camino entre el documento íntimo y la carta de confesión, pues a petición de Leo la pareja solía leerlos en voz alta cada vez que tenían invitades. Las palabras, tanto de ella como de él, son prueba de una relación turbulenta, marcada por largos períodos de desconfianza y odio, puntuados por alguna que otra reconciliación, reconocidamente momentánea.

    Quien se llevó la peor parte fue, cómo no, Sophia. Olvidada por la Historia, eterna «esposa de», víctima de numerosas infidelidades… En la película, le insufla vida una Nathalie Boutefeu vestida de época, que yerra tranquila por una costa ufana. De él no tenemos noticia o referencia alguna, ni en las misivas ni el filme de Wiseman: al contrario, en «Una pareja» hay espacio solo para la mujer, a quien Wiseman regala un mundo entero. Comienza la película con imágenes de las olas repicando contra las rocas, seguidas de flores, árboles y demás. Sobre la cara y el pelo de Boutefeu corre un viento ligero pero arremolinado. A Couple prueba escalas y luces sobre el cuerpo de ella, siempre delante de un fondo cambiante, como si el baile entre la mujer y el suelo que pisa no fuera a dos, sino a tres bandas.

    Hay poco personaje en nuestra Sophia, un coro de varias voces para palabras que no se identifican según quien las pusiera sobre papel. Wiseman relaja el tono enarbolado de su monólogo, dividiéndolo en unos pocos fragmentos, torbellinos interrumpidos por la vuelta de la naturaleza a un primer plano (los acompañan largos interludios de solo mar, viento y vegetación). La película desactiva cualquier tentativa de arrebato emocional, relajando la progresión de las cartas a un mero sucederse. Si los sentimientos corren, son de forma tan azarosa e imprevisible como en la misma casa de Tolstói.

    Toda la película de Wiseman parece haber sido antidirigida, es decir, creada en el caos que queda fuera de los claros patrones del lenguaje del cine. Las imágenes de Sophia podrían haber sido filmadas por una criatura sin noción alguna de los estándares que hacen del audiovisual un medio comprensible, aquellas reglas tácitas «que valen más que mil palabras». Wiseman intercala planos generales con cortes a un primer plano, sin que haya razón narrativa para ello. Corta cuando quiere, a veces a media frase y sin pretender resaltar emoción alguna. Incluye planos compuestos en diagonales extrañas, imágenes de ella cruzando el plano demasiado rápido o trastabillando sobre el suelo inestable, encuadrada en una escala de plano que sabemos, desde el fondo de nuestras tripas, está demasiado abierta. Nos emocionamos con el único plano detalle que habita la película.

    Las cartas de Sophia son puro cine sin digerir. Quizás la nota discordante pueda describirse solo como la certeza profunda de que estamos viendo algo que no deberíamos; una película que no toca. A Couple parece montada a partir de errores y rellenos, imágenes desechadas de otro filme, «el bueno», el que se entiende, el de verdad. Pensarla no solo nos devolverá una imagen clara de cuáles son los quistes que hacen incomprensible toda alternativa al cine institucionalizado. También servirá para que reconozcamos, de una vez por todas, a una mujer que también fue deshecho en tiempos de norma. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 04, 2022

    Crítica | A Couple

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 04, 2022

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