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    Crítica | The Whale

    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    The Whale
    Darren Aronofsky
    Ballena sine qua non


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: The Whale. Dirección: Darren Aronofsky. Guion: Samuel D. Hunter, a partir de la obra teatral homónima de S.D. Hunter. Compañías productoras: Protozoa Pictures (Darren Aronofsky, Ari Handel, Jeremy Dawson). Música: Rob Simonsen. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Andrew Weisblum. Reparto: Brendan Fraser, Sadie Sink, Ty Simpkins, Hong Chau, Samantha Morton. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 117 minutos.

    Charlie vive repitiendo las palabras de un ensayo sobre la tristeza inherente en Moby Dick, un texto que percibe los capítulos que Melville dedica a la descripción de las ballenas como intentos vanos de retrasar el momento de «explicar una historia triste, ni que sea un poco». Charlie, profesor de literatura, lleva toda su vida describiendo ballenas, subido a una ola que algún día espera le aleje definitivamente del dolor tras la muerte de su pareja. Como les protagonistas de Darren Aronosfky, personajes-mundo expandiendo su propia condición a la realidad que les rodea, Charlie mismo ha acabado convirtiéndose en un ballenato.

    Aronofsky adapta para su película una obra de teatro homónima de Samuel D. Hunter, una tragedia en toda regla alrededor de las tentativas de redención de un padre que se ha descuidado de su gente y de sí mismo, y que ahora solo ve la muerte como salida posible. Para albergar tantísima tragedia, el cineasta opta por las formas expresionistas del melodrama. Como su nombre lo indica, estas cargan los tintes de la realidad, trayendo a la superficie, en definitiva, las aristas de dinámicas integradas pero esencialmente violentas (el racismo, el machismo). Cabría preguntarse si era el melodrama el prisma indicado para abordar un cuerpo que ya es lo contrario que normativo, y cuáles son las consecuencias de tal decisión.

    Gran promesa de los noventa, Brendan Fraser llevaba un par de décadas alejado del foco mediático por culpa de una serie de desgracias personales. Cuando lo veamos, enseguida advertiremos que ha ganado algo de peso (se trata de un juicio superficial, nada más). No obstante, The Whale convierte la inmediatez de nuestro primer vistazo en condición sine qua non: la imagen de Charlie pasa necesariamente por su sobrepeso enfermizo. 270 kilos son difíciles de disimular, es lo que hay. Sin embargo, haber escogido un formato cuadrado de pantalla para encuadrarlo se sostiene como una decisión activa, una importante. Obeso hasta adquirir una silueta inhumana, auténtico saco de carne, el ancho de cuatro tercios causa que su figura rebose la pantalla, simplemente porque no hay espacio para alejarnos.

    En los pocos instantes que lo veamos de pies a cabeza, será el traje quien nos enseñe la monstruosidad que representa el cuerpo del Fraser ballenizado, de cuello y espalda siempre empapados en sudor, con la boca y las puntas de unos dedos (hechos de CGI) grasientas. La ballena de Charlie está varada en el sofá y, como un animal, o se arrastra o se entrega a la comilona. No es agradable, como tampoco lo debe de ser la realidad de tantas personas con obesidad mórbida. Sin embargo, la película de Aronofsky crea su propia monstruosidad por vía de lo cinematográfico. Con fotografía del habitual Matthew Libatique, nos mete en un piso de color marrón-pollo frito y ocres-mostaza. Allí, viste a un freak y luego lo enseña… Aunque su apuesta no es de por sí cuestionable, contradice la máxima que el mismo Charlie propugna en sus clases: que la honestidad debe primar como garante de paz, pues aunque una primera reacción pase por la ofensa, «la gente es incapaz de que algo no le importe».

    Me pregunto: ¿Qué formas hubiera adquirido la película de Aronofsky si, en lugar de disfrazar a Fraser, hubiera tenido que negociar con un cuerpo obeso de verdad? ¿Hubiera podido decorarlo a base de capas de inmundicia, a su placer? Creo que todo eso importa solo porque el gran qué de su historia orbita alrededor de las consecuencias inesperadas de la honestidad. Replicando las formas del teatro, los últimos días de Charlie plantarán su pequeño apartamento, con él como gran árbol de Navidad, en el centro gravitacional de un grupo de personajes más o menos próximos a su vida. Son su hija (Sadie Sink, Max en Stranger Things), una buena amiga enfermera (Hong Chau) y un joven ultrarreligioso (Ty Simpkins) que pretende reclutarlo para su secta.

    Caracteres más o menos amables, el tiempo que pasarán en el piso les valdrá por camino tortuoso a la redención: tarde o temprano, admitir la naturaleza «asquerosa» del cuerpo de Charlie les funcionará como prueba de valor para encontrar su propia verdad. Como si el tipo no fuera nada más que un trozo de carne, mártir, dispuesto para el usufructo de les demás. ⁜


    The Whale, Darren Aronofsky
    79ª edición de la Mostra de Venecia.

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