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    Crítica | Master Gardener

    || Críticas | Venezia 79 | ★★★★★
    Master Gardener
    Paul Schrader
    El último rezo de Paul Schrader


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Master Gardener. Dirección: Paul Schrader. Guion: Paul Schrader. Compañías productoras: Northern Lights (David Gonzales) KOJO Studios (Amanda Crittenden, Dale Roberts) Ottocento Films (Scott LaStaiti, Luisa Law) Flickstar (Jamieson McClurg). Música: Devonté Hynes. Fotografía: Alexander Dynan. Montaje: Benjamin Rodriguez Jr.. Reparto: Joel Edgerton, Sigourney Weaver, Quintessa Swindell, Esai Morales. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 111 minutos.

    Paul Schrader hace películas como reza. Las últimas tres, El reverendo (2017), El contador de cartas (2021) y ahora Master Gardener, son repeticiones sobre una misma estructura, como las plegarias que une creyente diría noche tras noche para tratar de comunicarse con un plano inefable. Como cada noche, supongo, las frases varían de acuerdo al objeto de súplica: según conforman los días, se vuelven más o menos urgentes, calmadas, esperanzadas o sombrías. Si conocemos el patrón que las une, observaremos con precisión qué se construye por encima.

    Después de tres obras estructuralmente iguales (la «trilogía bressoniana»), tenemos por fin el modelo del rezo de Schrader en claro. Se trata de historias sobre hombres de mediana edad (ni jóvenes, ni viejos) que han diseñado una forma de vida asceta, de rutinas depuradas hasta la mínima expresión a las que atenerse durante largo tiempo. Cómodos en su particular ejercicio de simplificación, habrán trabajado hasta vaciarse y volverse uno con su método, una alternativa de convivencia más sencilla que su propia persona. Tanto Ethan Hawke, como Oscar Isaac como, ahora, Joel Edgerton, llevan en la mochila daños morales irreparables, que les atenazan cada vez que cuelgan sus particulares sotanas. Las propias películas de Schrader han venido replicando una depuración estricta, basada en unas líneas que el autor dibujó cincuenta años atrás en su tratado sobre el «estilo trascendental»; directivas recogidas de filmografías alejas y aplicadas siempre con rigor. Schrader «es» en tanto que calla, observa y repite.

    En Master Gardener, el terreno llega bien abonado. Actúa como espejo la narrativa de El contador de cartas (el hombre que cuenta, que deviene puro juego). Sin embargo, la sequedad de la vida errante de Oscar Isaac se ablanda. Narvel Roth (Edgerton) trabaja en un jardín, no en el enajenante salón sin ventanas de un casino; duerme en su cabaña y no en moteles de carretera; no cubre los muebles con sábanas blancas y tampoco ha borrado nunca los tatuajes fascistas que adornan su espalda. Narvel mantiene relaciones duraderas y significativas con sus compañeres, ha tenido tiempo de forjarse un historial en su hogar y de proyectar lo que sabe hacia el futuro. El jardinero es un excelente profesor. Tanto, que la propietaria del ufano jardín que cultiva le encarga acoger y enseñar el arte a su sobrina-nieta, Maya (Quintessa Swindell), una joven «de pasado difícil». Con ella establecerá una relación afectivo-romántica que, por una vez, no parece tener por destino la muerte.

    Schrader siempre supo ser relativo, llamar las cosas por su nombre —aquí el perro de la familia se llama «perro de porche», porque define exactamente lo que es. La relatividad impregna los bordes de sus últimas grandes ficciones, equilibrando discreta la balanza entre luz y sombras, entre la muerte y el amor, su signo opuesto. Lo que sorprende en Master Gardener es la preponderancia sin excusas de la vida y la belleza por la película, una cinta de una luminosidad solo rota por unos episodios violentos muy atenuados, incomparables a los de Schrader en modo Taxi Driver. En pleno territorio de la vida y sin pudor alguno, los créditos iniciales avanzan con un seguido de detalles de pétalos abriéndose en cámara rápida, coloridas, avivadas y juguetonas. Las flores llenarán el jardín, revelándose de nuevo en un fragmento onírico de corte similar al de El reverendo, cuyo desborde visual y musical (la banda sonora corre a cargo de Devonte Hynes, aka Blood Orange, un favorito de Sam Levinson) rompió a quien les escribe en una emoción sin excusa.

    Schrader modula una subida de volumen afectivo, aun sin caer en una visión falsamente esencialista del mundo y que ni se acerca al terreno de lo naíf. Personaje-ejemplo: la señora Haverhill (Sigourney Weaver), propietaria del jardín, acogió a Narvel cuando él estaba recién reinsertado en la sociedad por el cuerpo de protección de testigos. «Tuvo mucha paciencia», le recuerda el hombre, refiriéndose a la amabilidad que la señora quiere extender también hacia su sobrina-nieta. No obstante, el retrato de la mujer va a complicarse ante la presencia de Maya, un ser que le resulta insoportable en persona y la tercera punta en un triángulo afectivo cuyas dinámicas quedan lejos de ser un camino de flores. En Master Gardener, como en la vida misma, todo es mucho más complicado de lo que parece. Por lo tanto, vale la pena vivir desde una profunda fe en la relatividad.

    Ayer por la mañana Indiewire publicaba una entrevista con Schrader en la que el director reconocía haber puesto en grave peligro su salud para poder terminar el rodaje de su última película. Ateniéndonos a la contingencia que la misma cinta destila, hoy diremos unas palabras para que el cineasta no vuelva a hacerlo. Schrader no necesita dirigir nada más: Master Gardener ya serviría como obra maestra de cierre de una vida. ⁜


    Master Gardener, Paul Schrader
    79ª edición de la Mostra de Venecia.

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