¿Hay algo después de la muerte? ¿Acaba realmente nuestro periplo en La Tierra cuando morimos o es posible la reencarnación? ¿Qué hay de cierto en el término “vidas anteriores”? ¿Existen realmente las almas gemelas? Desde que el mundo es mundo, el hombre se ha planteado estas preguntas –y muchas más–, que han despertado todo tipo de teorías que rompen las normas de la lógica para adentrarse en los terrenos de lo paranormal. Se trata, sin duda, de un tema apasionante que ha servido de base para multitud de películas de diversa índole, todas enmarcadas dentro del género fantástico. En 1999, M. Night Shyamalan irrumpió con fuerza en Hollywood con la sorprendente El sexto sentido, en la que se mostraba con naturalidad la presencia de los espíritus de las personas fallecidas entre nosotros. Incluso un maestro de la talla de Clint Eastwood ha reflexionado sobre lo que puede haber al final del túnel en su irregular
Más allá de la vida (2010). En ocasiones, sin embargo, algunos títulos han optado por una ambigüedad para no caer expresamente en la fantasía, dejando en el aire la verdadera naturaleza del misterio y encontrando respuestas más terrenales al mismo. Es el caso de la notable
Reencarnación (2004), donde una espléndida Nicole Kidman se obsesionaba con la idea de que su difunto marido pudiera estar reencarnado en un niño. En esta liga jugaría también
Café de flore (2011), la cuarta película del canadiense Jean-Marc Vallée, un realizador que había alcanzado su mayor éxito crítico y comercial con
C.R.A.Z.Y. (2005). Tras el triunfo de ésta en Toronto –mejor película canadiense–, Gijón –director, guión y dirección artística– y los Genie –mejor película canadiense–, Vallée continuó su carrera con uno de esos dramas de época tan impecables como poco originales,
La reina Victoria (2009), que se hizo con el Oscar al mejor vestuario. Con
Café de flore, el director ofrece su trabajo más personal y ambicioso hasta la fecha, cuya idea original surgió de una conocida canción de Matthew Herbert de idéntico título. Oír esta melodía a todas horas, inspiró a Vallée las diferentes historias de amor de la cinta, a las que supo unir a través del tiempo y el espacio mediante unos lazos místicos muy especiales.