VARIAS PELÍCULAS QUE NO SUMAN UNA ENTERA
crítica de 360. Juego de destinos | 360, Fernando Meirelles, 2011
A la intemperie, junto a un lago que dibuja torpes líneas en zigzag sobre el suelo semidesértico partido en millones de rocas laminadas del Valle del Rift, muy lejos de aquella civilización que persigue a los que optan por caminos divergentes, acaso el último rincón donde jurarías haber visto a un diplomático, quien tras averiguar cómo murió su combativa mujer, decide poner fin a esa historia infame de empresas farmacéuticas que usan a los indefensos kenianos como ratones de laboratorio, respaldadas por los servicios de inteligencia y la gomina de las más altas instituciones. Y efectivamente es un diplomático inglés, fino y de mirada magnética, cuyo principal hobby consiste en dar vida a su jardín, a sus flores, a sus plantas autóctonas o extranjeras, dejando vía libre al esplendor más o menos natural, cultivando numerosas especies y saturando lo que ya era muy verdoso a pesar del filtro amarillento de África, en fuerte contraste a la paleta de azules que transmitían hielo cuando estábamos en Londres. Contempla un espejismo del pasado o flashback que lo devuelve momentáneamente a esa zona de confort que habitaba cuando era El jardinero fiel. Antes de que el traqueteo de un jeep levante kilos de polvo a su paso, mientras sus ocupantes centran la mirada en él, que para entonces ya no pertenece a ningún lugar: sólo al recuerdo que segundos antes ha estallado como una piñata vacía, con un estruendo centesimal que apenas si hemos oído, y determinamos fue solemne. La única excentricidad de ese diplomático, una pieza más en el engranaje del Sistema: ellos —apunten hacia arriba— piensan en términos de bajas económicas y, por tanto, útiles para sus negocios con puente aéreo entre Europa y Kenia, o a cualquier país africano cuyas sanguinarias tribus corren por cuenta de poderosos lobbys. “Las grandes compañías farmacéuticas son como traficantes de armas”, escuchamos cerca del final.