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    Crítica | Hijos de la medianoche

    Hijos de la medianoche

    LA ANODINA ÉPICA DE UN HÉROE

    crítica de Hijos de la medianoche | Midnight’s Children, Deepa Mehta, 2012

    La novela Hijos de la medianoche, publicada con éxito por Salman Rushdie en 1980, forma parte de la corriente literaria del realismo mágico, aunque cuenta también con rasgos del realismo épico en tanto que la narrativa adquiere ciertos aires de grandilocuencia y está enmarcada por la extensión temporal. En este sentido, la historia transcurre normalmente a través de varias generaciones y tiende a reflejar, mediante las emociones básicas y el comportamiento extraordinario de contados personajes, las vicisitudes de toda una nación. En el cine, tales atributos nos recuerdan enseguida a películas como Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) o El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008), siendo oportuno citar estas dos porque comparten el nombre de su guionista: Eric Roth. Pues bien, la adaptación que la reconocida directora india Deepa Mehta y el propio Rushdie han elaborado a partir de la novela de éste puede compararse fácilmente con aquellos trabajos, gozando también de grandes valores de producción y retomando familiares recursos como la voz en off y las prolongadas elipsis aun cuando no se estructura directamente en flashbacks.

    Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, 2012) nos narra en primera persona las peripecias que le acontecen a un personaje nacido justo al dar la medianoche del día en que India se independizó de Gran Bretaña. Con todo, la historia no se inicia con este momento fundacional, sino que arranca con el encuentro años antes entre los abuelos del mencionado protagonista, y continúa con el amor pasajero y clandestino que comparten su madre (una de las tres hijas de los abuelos) y un poeta perseguido por la justicia, antes de que dicha mujer conozca finalmente a quién será el padre. O no, pues la noche de ese 15 de agosto de 1947 nace en ese hospital otro niño, que es intercambiado intencionadamente por la enfermera encargada de asistir a los partos, de tal forma que el supuesto hijo de esa madre y ese padre es en realidad el retoño de una pobre gitana que fallece al dar a luz y cuya pareja hereda el hijo biológico de aquellos. Aunque, como hemos adelantado, quién nos cuenta esta improbable historia es el hijo “adoptado” de ese matrimonio de buena familia, y es a quién la cámara sigue mientras crece y asiste a los cambios políticos y geográficos de su país, el mismo desarrolla un don para convocar los espíritus de otros muchos hijos de la medianoche, incluido el ya mencionado, traídos todos ellos al mundo durante esa noche para el recuerdo.

    Hijos de la medianoche

    Así es cómo la película adquiere ese componente mágico que refuerza su calidez y su candidez, ya presentes por la naturaleza bondadosa o falsamente amenazante de sus personajes, según su postura respectiva del lado del bien o del mal; y por su localización exótica y colorida, fotografiada con los tonos pastel producidos por el lado derecho del espectro visible. Ello, sin embargo, más que profundizar en ese retrato dramático e histórico, lo sitúa en el ámbito de la cursilería ingenua y repetitiva, debido a un desafortunado uso de los dos recursos que precisábamos anteriormente. Por un lado, la voz en off repite, en ocasiones de manera clamorosa, lo que ya vemos en pantalla, pero lo hace con la entonación y las palabras propias de una revelación. El ejemplo más claro probablemente se encuentre en una parte tardía del metraje, en la que el protagonista inicialmente acogido y educado en una familia rica acaba malviviendo en unas chabolas cochambrosas, mientras que aquel injustamente unido a un padre vagabundo termina sirviendo en los más altos rangos del ejército, incluso como mano derecha de la entonces gobernante del país. Llevamos varios minutos contemplando esta reversión de los acontecimientos cuando el protagonista siente la necesidad de comentarla expresamente, como si se tratase de un descubrimiento impuesto por la fuerza del azar y del destino, cuando en realidad resulta de una obviedad vergonzosa e innecesaria. Por otro lado, las elipsis, en este caso imprescindibles al abarcar la narración varios territorios y décadas, se diseñan de tal forma que se pasa de un suceso a otro sin que apenas se progrese, y sin el ritmo ni la emoción que caracterizaban esas otras películas escritas por el americano Roth. Esta cinta en concreto dura casi dos horas y media pero pasa por encima de sus distintos temas y situaciones, olvidando como si nada algunos elementos que en una escena anterior se enfocan con manifiesta relevancia, como la peculiar capacidad olfativa del protagonista. Seguramente ello también se deba a los cortes que ha podido sufrir aquella en la sala de montaje, algo frecuente cuando se adapta con voluntad de fidelidad una importante obra literaria y algo que demuestra igualmente poca personalidad por parte del director. Toda la parte anterior al nacimiento del protagonista, por ejemplo, podría haber sido reducida o eliminada, dando así más sentido y desarrollo a lo que ocurre después.

    Lo que ello provoca también es que, cuando presenciamos los escasos momentos visualmente potentes del filme, como ese plano del último colono inglés de pie solo en la playa o esos dos travelings en angular del colegio donde estudia el protagonista, ambos más eficaz e instantáneamente representativos de lo que se quiere contar, no arrastran toda la fuerza dramática que se pretende por la falta de antecedentes al mismo nivel. En otras palabras, la madurez estética que transmiten tales momentos está ausente en el resto del metraje, rodado con un estilo competente y medianamente fluido pero sin trascendencia. Además, la naturaleza episódica e irreal de la película conlleva que no nos inquieten las penas de sus personajes, pues, como hemos dicho, aquellos atributos abundan en este caso en su ligereza en vez de ramificar su alcance. Como consecuencia, la muerte de aquellos personajes teóricamente principales acontece de pasada, casi siempre y torpemente fuera de campo, sin afectarnos lo más mínimo. Por todo ello, Hijos de la medianoche es una película atractiva y ambiciosa en la superficie pero insuficiente y pueril en su fondo. ★★★★★

    Ignacio Navarro.
    director & crítico cinematográfico.

    Canadá & Reino Unido, 2012. Directora: Deepa Mehta. Guión: Salman Rushdie & Deepa Mehta. Productora: David Hamilton Productions / Hamilton-Mehta Productions / Number 9 Films. Fotografía: Giles Nuttgens. Música: Nitin Sawhney. Montaje: Colin Monie. Intérpretes: Satya Bhabha, Shahana Goswami, Seema Biswas, Siddharth, Shriya Saran.

    Hijos de la medianoche poster
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