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    Rumanía
    Rumanía

    El amor es una enumeración de sujetos

    Crítica de ★★★ Ana, mon amour (Calin Peter Netzer, Rumanía, 2017).

    Aventurándonos un poco, podríamos decir que una de las marcas de la casa del nuevo cine rumano es el análisis casi clínico, pinzas y bisturí en mano, de los aspectos más controvertidos de su sociedad. Es fácil detectar en dos casos tan recientes como Los exámenes de Cristian Mungiu o Sieranevada de Cristi Puiu que en lo anecdótico de sus argumentos (la preparación de unos exámenes preuniversitarios o una reunión familiar) subyace una voluntad de exponer con precisión científica problemáticas sociales mucho más abstractas. En unas coordenadas muy parecidas se mueve Calin Peter Netzer, quien saltó a la palestra como nuevo nombre a seguir del cine rumano al ganar hace cuatro años el Oso de Oro berlinés con Madre e hijo, su tercer largometraje. Y, al igual que en el caso que nos ocupa, la apuesta era el análisis desromantizado de los lazos afectivos con una finalidad crítica. Si en aquella se trataba de poner en solfa la entrega del amor maternal, Ana, mon amour se pega a la intimidad de una pareja, a lo largo de los años, para diseccionar su auge amoroso y caída. La vena analítica de Netzer es hasta más explícita en esta ocasión, dado que el presente fílmico que filtra el resto del relato está situado nada menos que en el diván de un psicoanalista. Mientras que Madre e hijo realizaba su negación del amor desinteresado maternal contrastando los supuestos sacrificios de la protagonista con su orgullo ciego de clase alta (mucho más determinante), la pirueta narrativa de Ana, mon amour se resume en la coma de su título: apositiva a primera vista, enumerativa finalmente. No se trata solo de que, bajo la atenta disección de Netzer, el amor sea una cuestión de egoísmos de dos sujetos enfrentados en lugar de una adición de partes encajables; sino de que esa cuestión es reductible a un simple asunto gramatical.

    Sea como sea, el arco de auge y caída de una relación de pareja no es precisamente una novedad, y el rumano dispone una serie de apuestas rompedoras de tratamiento ante ello. En primer lugar, la compleja estructura narrativa, compuesta por cuatro niveles temporales distintos que se van intercalando a lo largo de todo el metraje. Existe un nivel de presente fílmico que, aunque muy vagamente, parece conducir el flujo desordenado de recuerdos de los otros tres tiempos: las mentadas sesiones en las que el protagonista masculino, Toma, visita a su psicoanalista, ya posteriores a la ruptura y que terminan por reconducir el relato hacia la reflexión sobre la doble cara de la dependencia. Netzer, quizá demasiado preocupado por esta perspectiva psicoanalítica (existe una insistencia en la interpretación de sueños que, hacia el final, deriva en la inserción de una escena onírica no muy bien encajada), plantea dicha reflexión a partir del trastorno depresivo que sufre su protagonista femenina, la Ana del título. El joven Toma, que desde el principio es consciente de la enfermedad de Ana, decide seguir adelante con el noviazgo y asumir su cuidado. Se trata de una situación que le aísla de su familia y su entorno, y Netzer se encarga de subrayarlo mediante otra de sus apuestas de tratamiento: la cercanía total a la intimidad de la pareja, que es incluso fotográfica. La imagen, y he aquí la segunda gran apuesta del director, se pega continuamente a rostros y cuerpos, los escudriña con movimientos de cámara en mano agresivos que sustituyen a la retórica del plano-contraplano, como si la propia mirada del director buscara sin descanso referencias para interpretar el universo cerrado, angosto, que forman Ana y Toma.

    por Miguel Muñoz Garnica
    agosto 28, 2017

    Crítica | Ana, mon amour

    por Miguel Muñoz Garnica | agosto 28, 2017

    Prueba vital

    crítica ★★★★ de Los exámenes (Bacalaureat, Cristian Mungiu, 2016).

    Este año el festival de Cannes contó en su selección oficial con dos películas rumanas, una de las cuales, Sieranevada (Cristi Puiu), fue objeto de un preestreno hace unos meses en los cines Golem, y gracias a ese evento tuvimos ocasión de reseñarla (crítica). Entonces comentábamos la moda que representa en los últimos años el cine de este país, sobre todo en los certámenes de élite donde gusta mucho su tendencia hacia un nuevo neorrealismo, que sirve tanto para dramatizar como para describir con pretensión de imparcialidad las dificultades que aún atraviesa su sociedad. Han transcurrido casi treinta años desde el derrumbe de la Dictadura y su constitución como república independiente del yugo comunista, pero sus habitantes siguen mirándose en el espejo de sus generaciones pasadas. En la susodicha cinta de Puiu era claro este dilema intergeneracional, al reunir a los distintos miembros de una familia en el piso del fallecido patriarca, para afrontar sus diferentes puntos de vista sociopolíticos y morales. E igual de meridiano se manifiesta este diálogo histórico en el nuevo filme de Cristian Mungiu, probablemente la punta de lanza del prestigio del que goza ahora la cinematografía de su nación, desde la Palma de Oro que cosechó en la Croisette por 4 meses, 3 semanas, 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile, 2007). En ésta se retrotraía a los últimos años de Ceaucescu donde narraba las penurias de dos mujeres para que una de ellas pudiera abortar ilegalmente; mientras que en su siguiente obra tras las cámaras, Más allá de las colinas (Dupa dealuri, 2012), ganadora de los premios al mejor guión y mejor interpretación femenina en Cannes, se quedaba en el presente pero siempre con ecos de tiempos anteriores, y con perspectivas de futuro fuera de una Rumanía decadente en su ortodoxia. El contraste entre esta última y la esperanza de una vida mejor es también el que sirve de eje a Los éxamenes (Bacalaureat), presentada de nuevo en el certamen galo con galardón incluido, esta vez a la dirección, aunque hay que adelantar que la tríada formada por ésta, el guion y la interpretación funciona con admirable armonía, y cualquiera de sus apartados podría haber sido premiado.

    La premisa es sencilla: un doctor afincado en una ciudad periférica con su mujer y su hija quiere que esta última acabe con buena nota su bachillerato, para confirmar una beca que le han ofrecido en una universidad inglesa. Es capital que ella salga del mundo en el que vive ahora y tenga mayores oportunidades que sus compatriotas, para lo cual sus padres la han mimado y educado desde joven, con clases particulares, actitud pedagógica y en general una gran dosis de proteccionismo familiar. Empero esta protección no impide que desde el comienzo se altere su comodidad de clase media alta, arrancando el metraje con una piedra anónima lanzada desde la calle que rompe la ventana de su salón. A este hecho aislado le sucederán otros, y en particular un intento de violación de la joven a punto de graduarse, crimen que pondrá en marcha un elaborado plan por parte de su padre para asegurarse de que, pese a ello, aquella pueda alcanzar su mentado objetivo. La trama agrupa entonces unos pocos días, los que duran los exámenes del título, en los que seguimos cada paso que da este hombre al que poco a poco se le desmorona el bienestar que con tanto sufrimiento pasado ha construido. En efecto, como hemos apuntado el panorama inicial es el de una familia acomodada y sin problemas aparentes, pero lo cierto es que éstos son numerosos: bien estando ya presentes, como el adulterio e incluso un hijo ilegítimo; bien siendo inminentes, como la separación, el acoso y la pertinente investigación criminal que en lugar de dirigirse hacia el causante de aquel, acaba implicando a sus propias víctimas. Sin adelantar más acontecimientos, es oportuno describir así los principales puntos del guion para revelar la sabiduría con la que Mungiu lo ha diseñado, aunando una constante verosimilitud con un suspense y una fatalidad propios del relato que, como decíamos al principio, no se contenta con dibujar un paisaje gris y conocido, sino que lo estiliza de forma casi imperceptible.

    Bacalaureat
    Bacalaureat

    Todos los elementos expuestos permiten trazar, en unas limitadas coordenadas espaciotemporales, toda una metáfora de un país desde el prisma de unos individuos con una personalidad y unas interacciones propias y bien definidas, aun cuando en su conjunto quizás no nos esté contando nada nuevo.


    En este sentido, sorprende para bien que una historia con vocación tanto de melodrama como de denuncia huya de los golpes de efecto. En otras palabras, con todos los males que aquejan al protagonista, su tortura podría haber acabado siendo la única fuente de conflicto, y no escasean los momentos en los que podría haberse derrumbado y habernos contagiado su pesar con más claridad. Sin embargo, en consonancia con su estilo sobrio, el cineasta rumano se cuida siempre de no caer en esa tentación, evitando tales desenlaces aun contando con todos sus ingredientes. Por ejemplo, hacia el final de la película la mujer de un paciente recién fallecido, sobre el que gira ahora la apuntada pesquisa policial en perjuicio de su médico, visita a éste en su hospital, y en lugar de añadir cizaña y tormento, asume su mala suerte e incluso le da las gracias al cirujano por haber cuidado hasta donde pudo de su viejo marido. Lo hace por cierto en forma de compensación económica, detalle frecuente que es una de las costumbres de esta sociedad en la que acecha aún su falta de desarrollo. Mayores ejemplos encontramos en las confrontaciones entre este personaje principal y su sumisa mujer o el novio de su hija, resueltas con escasa hostilidad o pronto olvidada. Al mismo tiempo, la inmersión dramática es constante gracias a esos otros dos soportes de la cinta, como son por un lado las interpretaciones, destacando la del estoico Adrian Titieni al frente del reparto; y por otro la dirección de Mungiu, orquestada en torno a planos secuencia carentes de exceso y repletos de organicidad, aumentando la credibilidad y el empaque de la narración. En síntesis, estos elementos permiten trazar, en unas limitadas coordenadas espaciotemporales, toda una metáfora del país desde el prisma de unos individuos con una personalidad y unas interacciones propias y bien definidas, aun cuando en su conjunto quizás no nos esté contando nada nuevo. En cualquier caso, su suma conforma un memorable mosaico con fondo trágico, y a la vez con cierto optimismo que sale a flote a duras penas entre la resignación generalizada. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Rumanía, Francia & Bélgica, 2016. Título original: Bacalaureat. Presentación: Festival de Cannes 2016. Dirección: Cristian Mungiu. Guion: Cristian Mungiu. Productoras: Les Films du Fleuve / Mobra Films / Why Not Productions. Fotografía: Tutor Vladimir Panduru. Montaje: Mircea Olteanu. Diseño de producción: Simona Paduretu. Decorados: Anca Perja. Vestuario: Brandusa Ioan. Reparto: Adrian Titieni, Maria-Victoria Dragus, Lia Bugnar, Malina Manovici, Vlad Ivanov, Rares Andrici. Duración: 128 minutos. PÓSTER OFICIAL EN CASTELLANO.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 07, 2016

    Crítica | Los exámenes

    por Ignacio Navarro | diciembre 07, 2016
    Sieranevada

    Ecos del pasado que retumban entre cuatro paredes

    crítica ★★★★ de Sieranevada (Cristi Puiu, 2016).

    Una de las corrientes recientes del cine europeo que más llama la atención en los certámenes, cuyos programadores se cuidan de alentar y la crítica asistente de aprobar, es la de la nueva ola rumana. En particular, su gran victoria en la edición de Cannes de 2007 gracias a 4 meses, 3 semanas, 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile, Cristian Mungiu) consolidaría un exitoso recorrido internacional, augurado en años anteriores y proseguido en los posteriores. Así lo haría de la mano del propio Mungiu y de otros compatriotas como Corneliu Porumboiu, que le precedería con 12:08 al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006), ganadora de la Cámara de Oro el año anterior en la Croisette; Calin Peter Netzer, responsable de Madre e hijo (Pozitia copilului, 2013), triunfadora en la Berlinale de su año; o Cristi Puiu. Tras la ópera prima de este último, Bienes y dinero (Marfa si banii, 2001), su epopeya intimista La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005), sobre la dolencia progresivamente fatal de un anciano solitario, se haría con el premio de Una cierta mirada, completando así un tríptico de galardones cosechados en el mentado festival durante tres años por estos cineastas. A ella le seguiría Aurora (2010), también presentada en Cannes aunque esta vez sin premio, protagonizada por el propio Puiu para encarnar a un sobrio asesino que compartía su soledad con su anterior protagonista. Estamos ante un atributo del aislamiento y la incomunicación que, por medio de la mirada de uno u otro individuo, pretende retratar el estado de una sociedad rumana que no ha podido aún superar las huellas de Ceaucescu. Mientras que la susodicha cinta de Mungiu se retrotraía a su misma época, en la que las penurias venían impuestas por la propia autoridad, los filmes siguientes se ubican ya en la actualidad pero mantienen un constante diálogo con el pasado. Si bien actualmente Rumanía disfruta de una democracia consolidada, membresía en la Unión Europea incluida, no hay que olvidar que fue de los pocos países donde pervivió un gobierno comunista tras la caída del régimen soviético. Y es que entonces no había un grupo político alternativo capaz de hacerse con el poder, pues el país había vivido bajo los efectos de una dictadura más férrea que sus vecinos, de la que sería más difícil desprenderse.

    Así, aunque el cine que nos presenta esta realidad se ha adaptado al lenguaje actual, el de un austero neorrealismo que tanto gusta en los apuntados certámenes, este estilo se desarrolla en consonancia con una temática más o menos constante desde hace décadas. La evolución que se percibe en el mismo es entonces ligera, aunque también puede ser significativa, si nos centramos en la obra de Puiu. En sus dos películas anteriores y en la que aquí es objeto de reseña, Sieranevada, de nuevo con premiere en Cannes, su foco se ha ceñido en gran parte al interior de un apartamento, combinado con el hospital al que llevaban al señor Lazarescu, buscando en habitáculos cerrados, hasta claustrofóbicos, la metáfora de una visión más amplia. A priori la cámara no pretende trascender ese marco, al reforzar la captación del momento presente y visible mediante tomas largas y más o menos estáticas, siempre en vilo, eso sí, de cualquier alteración que tras prolongadas acciones anodinas se pueda producir frente a la lente. Por ello tenía sentido recurrir inicialmente a la cámara al hombro: no para dibujar encuadres muy móviles, sino para dar cierta libertad al operador al ajustarse a esas pequeñas variaciones. Es lo que ocurre en La muerte del señor Lazarescu. En cambio, en Aurora la cámara se asienta ya en un trípode y los ajustes tienen lugar mediante breves y esporádicas panorámicas. Estamos ante una ficción más inmóvil que la anterior, donde el conflicto es más interno que externo, y para registrarlo la fotografía adopta un punto de vista todavía más imparcial y distante, también más frío y sosegado, acorde a la personalidad de su principal referente. Desde otra perspectiva, este leve cambio en la planificación apunta hacia cierto refinamiento estilístico, y el mismo se confirma en Sieranevada. Sus escenas iniciales sirven para materializar esta graduación, ya que la primera está rodada con una cámara en trípode aunque en frecuente panorámica, sin cortes; la segunda vuelve a la cámara en mano pero sin apenas movimiento, empleando eso sí varios jump cuts que anuncian una voluntad más clara de Puiu por distorsionar la continuidad; y tras unos paseos entrecortados que corroboran esto último, la pareja protagonista llega al piso familiar donde se desarrolla casi todo el resto del metraje. Aquí es donde asistimos a esa síntesis técnica, que se despliega con un rigor inédito en la pantalla: toda la acción está rodada ya con una cámara de soporte fijo pero con paneos secos, constantes, precisos y cíclicos, que van siguiendo a los personajes mientras salen de una habitación a otra, abren y cierran puertas, dialogan, interactúan y se pelean… en un terremoto de motivaciones, quehaceres y conversaciones que no cesan y se armonizan por medio de una planificación tan sencilla como apabullante, que insiste una y otra vez en mantener una unión donde solo puede haber ruptura.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 08, 2016

    Crítica | Sieranevada

    por Ignacio Navarro | noviembre 08, 2016

    A doscientos metros, gire hacia su tesoro

    crítica de El tesoro (Comoara, Corneliu Porumboiu, Rumanía, 2015).

    El motivo narrativo de la búsqueda del tesoro es de esos que, al instante, nos despierta la intuición de un arco argumental prototípico. No en vano, se pliega con especial comodidad a la estructura de planteamiento, nudo y desenlace que nuestro canon occidental nos ha hecho interiorizar hasta convertirla en un acto reflejo de expectativa. La búsqueda del tesoro es un viaje que tiene su propuesta inicial, sus preparativos, su desplazamiento y su consumación, punteados por los diversos obstáculos que surgen en ese camino y que le dan su componente aventurero. Ya dependiendo de la iconografía específica que se le añada y la lectura sobre el espíritu humano que subyazca, las variaciones a partir de ese esquema pueden ser amplísimas. Del amor inequívoco por lo heroico de La isla del tesoro a esa celebración de lo antiheroico que es El tesoro de Sierra Madre. Ahora bien, lo que define en última instancia a este motivo narrativo tan atávico es la voluntad personal hacia ese tesoro como elemento catalizador de todo lo demás. Algo a lo que no es ajena El tesoro, como se puede deducir de un título tan esencialista. Porumboiu hila su trama a partir de la relación que se crea entre Adrian y Costi, dos vecinos de un edificio anodino en Bucarest, cuando el primero pide prestado dinero y su ayuda al segundo para poder financiar la búsqueda de un tesoro que su abuelo, tras la proclamación de la república popular, enterró en la antigua casa familiar para ocultarlo antes de que los comunistas expropiaran la parcela.

    Porumboiu no sólo se amolda a este carácter catalizador del tesoro, sino que además realiza un ejercicio de estricta sumisión al esquema que hemos adelantado. Tras el mencionado planteamiento, surge la planificación, los primeros impedimentos previos al desplazamiento, el viaje en sí mismo, la búsqueda sobre el terreno, el resultado y un obstáculo final antes de consumar el desenlace. Y sin embargo, El tesoro resulta un ejercicio de originalidad radical. ¿Qué hace posible esta aparente paradoja? Pues, precisamente, esta adscripción tan meticulosa a lo estructural de su narración. Porque el cineasta, y he aquí la importancia de la iconografía escogida, encuadra su argumento de peripecias a la caza de fortuna en un escenario tan poco propicio para el mismo como la Rumanía sumida en una época de “posts”. Post-industrialismo, en el que la tecnología ha ido supliendo a la acción humana pura y reduciendo la capacidad de actuación del hombre en autonomía. Post-utopismo, en el que el fervor revolucionario (explicitado en ese pasado comunista de Rumanía que es el origen de la existencia del mismo tesoro) ha dejado paso al desengaño y la consecuente pasividad vital ante una burocracia inexpugnable, consagrada a proteger a sus ciudadanos de sus propios desmadres idealistas. Contados bajo la perspectiva de un postmodernismo cuya influencia en la cinta que nos ocupa muy es reconocible en esa preocupación por la reflexión sobre las formas de narrar más que por la narración en sí misma.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 25, 2016

    Crítica | El tesoro

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 25, 2016
    Aferim!

    Cowboys en Valaquia

    crítica de Aferim! (Radu Jude, Rumanía, 2015).

    «Cada nación tiene su propósito. Los judíos, estafar. Los turcos, hacer daño. Nosotros, los rumanos, amar, honrar y sufrir como buenos cristianos. […] Los gitanos tienen que ser esclavos. Ham echó bosta de caballo sobre Noé, y Noé los maldijo, para que fueran esclavos y negros como la mierda».

    En una de las escenas más llamativas de Aferim!, los dos agentes de la ley protagonistas, Costadin e Ionita (padre e hijo), comparten un rato de conversación durante su viaje por los caminos recónditos de Valaquia con un monje, que pronuncia la cita que precede a estas líneas. Una conversación verborraica, muy literaria en su forma pero tremendamente vulgar en su fondo (aspecto extensible a toda la película), en la que el religioso cita teorías que combinan citas bíblicas con leyendas apócrifas para justificar por qué los judíos no pueden ser considerados humanos, o por qué los gitanos están destinados a la esclavitud. Costadin, por su parte, le responde con retazos de refranería popular mientras el imberbe Ionita escucha, respetuosamente silente ante las voces de la sabiduría anciana. La secuencia, una buena condensación de toda la película, está filmada en unos pocos y largos planos generales, donde las tres figuras humanas que avanzan sobre sus caballos apenas se distinguen en la inmensidad de un paisaje yermo, aderezado por vegetación desértica y surcado por montañas que no dejan ver el horizonte, fotografiado en blanco y negro.

    Punteada por esta forma tan panorámica de encuadrar sus personajes, la ambientación de Aferim! se sitúa en 1835, época en la que la Europa más cosmopolita se encuentra en plena efervescencia revolucionaria. La Ilustración, los avances científicos y la naciente democracia han derribado los otrora sólidos cimientos de un mundo donde una ensalada de religión y mitología popular sustentaba un estricto régimen feudal en el que el “cada uno donde le corresponde” se asumía sin discusión. Pero la ola renovadora no llegó a todas partes. En el mismo tiempo en el que La libertad guiando al pueblo expresa el ímpetu de una nueva Europa, Costadin e Ionita discuten, en torno al fuego de una hoguera, sobre si en algún lugar de la tierra existe una especie de barranco que marca el final del mundo. ¿Pero al final, qué más da —concluye Costadin— que la tierra sea redonda o plana, si ante su inmensidad ellos son como las pequeñas brasas de la hoguera que los calienta? Puntos minúsculos destinados a apagarse pronto, cuyo conocimiento del mundo se limita a poco más allá de las fronteras de su Valaquia natal, ese desierto inmenso tan poco propicio para nuevos florecimientos. Donde el poder del déspota feudal de turno apenas alcanza a castigar a siervos díscolos y cobrar de cuando en cuando sus tributos, mientras cada en cada aldea en mitad de la nada sus habitantes, solos contra los elementos, se buscan el pan como mejor pueden.

    por Miguel Muñoz Garnica
    febrero 27, 2016

    Crítica | Aferim!

    por Miguel Muñoz Garnica | febrero 27, 2016

    Del 10 al 17 de diciembre se celebrará la sexta Muestra de Cine Rumano organizada por el Instituto Cultural Rumano y la Filmoteca Española, con la colaboración de la Cineteca de Madrid y la Academia de la Artes y las Ciencias Cinematográficas y el apoyo de Filmex Rumanía, que acogerá los más destacados y premiados estrenos de la cinematografía rumana del 2015. Entre las películas que serán presentadas estarán Aferim!, película galardonada con el premio Oso de Plata al Mejor Director en el Festival de Cine de Berlín; One Floor Below, Premio ‘Un Certain Talent’ en el Festival de Cine de Cannes, Premio al Mejor Guión y al Mejor Actor en Festival de Cine de Sevilla y el documental Chuck Norris vs Communism, nominado por el Premio al Mejor Documental en el Festival de Cine de Sundance. El tema común de las ocho cintas seleccionadas es la lucha del individuo con su propia consciencia (Un etaj mai jos / One Floor Below), con los prejucios sociales y religiosos de su época (Aferim!), con la realidad represiva del régimen totalitario (Chuck Norris vs Communism), contra los límites impuestos de forma ajena (Autoportretul unei fete cuminti / Self Portait of a Dutiful Daughter y Lumea e a mea / The World Is Mine) o con un destino injusto y cruel (Carmen).

    Calendario de proyecciones


    ■ Jueves, 10 de diciembre – Aferim!, Cine Doré, Sala 2. Invitado: Roberto Cueto.
    ■ Viernes, 11 de diciembre – One Floor Below, Cine Doré, Sala 2.
    ■ Sábado, 12 de diciembre – The World Is Mine, Cine Doré, Sala 2. Invitado: Nicolae Constantin Tănase.
    ■ Domingo, 13 de diciembre – Carmen, Cine Doré, Sala 2.
    ■ Lunes, 14 de diciembre – Chuck Norris vs Communism, Cineteca de Madrid, Sala Azcona.
    ■ Martes, 15 de diciembre – Self-Portait of a Dutiful Daughter, Cine Doré, Sala 2.
    ■ Miércoles, 16 de diciembre – ¿Por qué yo?, Academia de Cine. Invitados: Tudor Giurgiu y Javier Tolentino.
    ■ Jueves, 17 de diciembre – Aliyah DaDa, Cine Doré, Sala 2. Invitado: Oana Giurgiu.
    por Emilio M. Luna
    noviembre 25, 2015

    VI Muestra de cine rumano en Madrid

    por Emilio M. Luna | noviembre 25, 2015
    Al doilea joc

    Anticinematografía experimental

    crítica a The second game (Al doilea joc, 2014), dirigida por Corneliu Porumboiu.

    Corneliu Porumboiu es el autor más intelectual de todos los directores que componen la Nueva Ola de Cine Rumano. Su obra, siempre elocuente y experimental, ha sido definida como ‘cine de la palabra’. Su primer largometraje, galardonado en 2006 con el premio Cámara de Oro en el Festival de Cannes, describe los acontecimientos de la revolución de 1989 mediante un coloquio entre dos individuos de ideologías opuestas en un precario estudio de televisión. 12:08 al este de Bucarest muestra un desacuerdo lingüístico. En este caso, el cineasta revela la imposibilidad de definir un hecho histórico a causa de la subjetividad humana. Desde su opera prima hasta su último título integrado en la competición oficial del Festival Alternativa, los diálogos imperecederos se han convertido en el único recurso capaz de conducir sus tramas desprovistas de narrativa. La inagotable oratoria de sus personajes, junto con el uso de la cámara fija y los planos secuencia, son los tres rasgos esenciales que constituyen la tríada formal de Porumboiu. No obstante, el visionado de The second game (Al doilea joc, 2014) extrañará a los seguidores del realizador rumano porque, aunque los citados elementos sean una constante en su filmografía, el reciente abuso de éstos en su nuevo proyecto alejan a Porumboiu del universo del cine de autor, catapultándolo hacia el pantanoso terreno del vídeo arte.

    Igual que en sus títulos anteriores, la palabra sigue siendo el hilo conductor de The second game. Sin embargo, la variante de dicha cinta se identifica con el proceder dialéctico, el cual es tan experimental que probablemente termine fatigando o exasperando la paciencia del espectador convencional. En este sentido, la genialidad (e irritabilidad) se halla en el genuino planteamiento de la cinta, pues se trata de una obra conceptual confeccionada a partir de una situación cotidiana. El último filme del célebre realizador es una continua charla de noventa y siete minutos entre el mismo Corneliu Porumboiu y su padre Adrian Porumboiu. En la citada conversación, que apenas llega a la categoría de debate, los dos interlocutores comentan un partido de futbol, el clásico de Bucarest entre el Dinamo y el Steaua, arbitrado hace tres décadas por el progenitor del cineasta.

    por Carlota Moseguí
    noviembre 23, 2014

    (Alternativa 14) Crítica | The Second Game (Al doilea joc)

    por Carlota Moseguí | noviembre 23, 2014
    Madre e hijo, de Calin Peter Netzer

    Madre e hijo arrasa en los premios de la industria rumana

    Palmarés de la 8ª edición de los Gopo, los premios del cine rumano

    A pesar de portar el Oso de Oro, Madre e hijo (la renombrada La postura del hijo-Child’s Pose), no ha trascendido como mereciera. Y no por la acogida del público, precisamente. Su paso por Donostia, por ejemplo, donde el filme lo presentó el propio Calin Peter Netzer, se saldó con una gran ovación. Es imposible caer rendido –sobre todo en el último tercio— ante un filme que proyecta todas las cualidades del nuevo cine rumano. Sin embargo, Madre e hijo, que parecía una fija entre las finalistas al Óscar de habla no inglesa pero que ni siquiera pasó el primer corte, no ha encontrado la distribución deseada (aunque pronto se estrenará en España). Algo que resulta increíble ya que las notas medias de la crítica estadounidense y europea eran muy altas. Poco le debe importar esto ya a este joven director y más habiendo arrasado en la octava edición de los premios de la industria de su país, los Gopo. 8 galardones de 10 nominaciones, nada menos, incluyendo el de Mejor Película. No se esperaba otro desenlace, por otra parte. Calin Peter Netzer ha sido, sin lugar a dudas, la personalidad del cine rumano del pasado 2013. El joven realizador de orígenes germanos dejo poco hueco para el resto de nominadas. Domnişoara Christina, La limita de jos a cerului (The Unsaved) –que era la cinta con más menciones, 13 y se llevó únicamente 2— y Cainelez japonez (The Japanese Dog) fueron las otras triunfadoras de una gala celebrada en el National Opera de Bucarest. A continuación, el listado de ganadores vía página oficial de los Premiile Gopo.

    MEJOR PELÍCULA

    ■ Madre e hijo, de Calin Peter Netzer

    MEJOR DIRECCIÓN

    ■ Calin Peter Netzer, por Madre e hijo

    MEJOR GUION

    ■ Răzvan Rădulescu, Călin Peter Netzer por Madre e hijo

    MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA

    ■ Luminiţa Gheorghiu, por Madre e hijo

    MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

    ■ Ilinca Goia, por Madre e hijo

    MEJOR ACTOR PRINCIPAL

    ■ Victor Rebengiuc, por The Japanese Dog

    MEJOR ACTOR SECUNDARIO

    ■ Vlad Ivanov, por Madre e hijo

    MEJOR FOTOGRAFÍA

    ■ Oleg Mutu por The Unsaved

    MEJOR MONTAJE

    ■ Dana Bunescu, por Madre e hijo

    MEJOR SONIDO

    ■ Cristian Tarnovețchi, Dana Bunescu, Cristinel Şirli, por Madre e hijo

    MEJOR MÚSICA ORIGINAL

    ■ Jon Wygens, por Domnişoara Christina

    MEJOR MAQUILLAJE Y PELUQUERÍA

    ■ Christina Temelie y Nastasia Mateiu, por Domnişoara Christina

    MEJOR VESTUARIO

    ■ Maria Miu, por Domnişoara Christina

    MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN

    ■ Christian Niculescu, por Domestic

    MEJOR ÓPERA PRIMA

    ■ The Unsaved, de Igor Cobileanski

    MEJOR ACTOR REVELACIÓN

    ■ Tudor Panduru, por Brigada Neagră

    MEJOR DOCUMENTAL

    ■ Experimentul Bucureşti, de Tom Wilson

    MEJOR PELÍCULA EUROPEA

    ■ Amour (Francia, Austria), de Michael Haneke

    PREMIO DEL PÚBLICO

    ■ Madre e hijo, de Calin Peter Netzer

    por Emilio M. Luna
    marzo 30, 2014

    Premios Gopo 2014 | Madre e hijo, mejor película rumana del año

    por Emilio M. Luna | marzo 30, 2014
    CAND SE LASA SEARA PESTE BUCURESTI SAU METABOLISM

    De mezclar sentimientos y cine

    crítica de When evening falls on Bucharest or Metabolism
    Când se lasa peste Bucureşti sau metabolismo, de Corneliu Porumboiu, 2013

    Por alguna razón tan maravillosa como extraña, existe una ola de directores rumanos que han puesto de golpe a su país en el mapa de la cinematografía en los últimos años. Son parte de la sección oficial de festivales y tienen el suficiente éxito como para que puedan sacar adelante su siguiente proyecto sin (muchos) problemas. Aunque lo que ha puesto en la onda a bastantes de estos estimulantes cineastas es un cine social seco, rodado con cámara en mano y sin hacer muchas concesiones al espectador. Lo bueno es que al abrir ese hueco, otro tipo de películas se pueden colar. Fue el caso hace varios años de 12:08: Al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006), comedia cáustica y bastante irregular pero que presentó en las salas españolas a un director, Corneliu Porumboiu, con evidentes ganas de incordiar a su país, en el buen sentido. When Evening Falls on Bucharest or Metabolism, un título algo críptico, no tiene ganas de molestar pero es una experiencia plenamente disfrutable. Una película-de-actores donde el diálogo ocupa buena parte del metraje y una cotidianeidad nada afectada –y esto tiene mérito– se manifiesta ante el espectador. La historia es simple: un director y una actriz, Paul y Alina, han iniciado una aventura durante el rodaje de la última cinta de éste, de contenido político. Como resultado de esta relación, el argumento está cambiando para centrarse más en ella. En sus encuentros ensayan una escena clave y aprovechan para conocerse. Y varios días condensarán todos los altibajos de una relación. No sabemos cómo empezaron su romance ni nos importa. Interpretados por unos excelentes Bogdan Dumitrache y Diana Avramut, los protagonistas de la cinta hablarán de todo un poco pero sin caer en uno de los tópicos del cine que cubre este tipo de historias: las conversaciones sobre lo divino y lo humano. No. Aquí todo lo dicho en pantalla es plausible para una aventura de este tipo, con fecha de caducidad. Nada de metáforas ni importantes descubrimientos personales. Sabemos de ellos por sus acciones (esas llamadas de teléfono a Alina). No hay subrayados ni reiteraciones, porque se rompería el hechizo de lo creíble.

    por Anónimo
    marzo 04, 2014

    Crítica | When Evening Falls on Bucharest or Metabolism

    por Anónimo | marzo 04, 2014

    Cabos sueltos y redenciones

    crítica de El perro japonés | Câinele Japonez, de Tudor Cristian Jurgiu, 2013

    Tras la tormenta suele llegar la calma, o ese atisbo de esperanza proclaman los refranes inmemorables y los estribillos de pop. Y tras una terrible inundación que devasta calles y viviendas del pequeño pueblito rumano donde vive, el anciano Don Costache debe hacer frente a la muerte de su mujer y a la pérdida de su hogar y de sus objetos más queridos. Don Costache no está acostumbrado a vivir sin compañía, se ve solo y taciturno, preso de un carácter gruñón, y a veces antisocial y reservado, rechaza cualquier acto de caridad por parte de sus vecinos y desoye las llamadas de su hijo Ticu, que vive con su hijo y su mujer en Japón, donde trabaja como ingeniero. El filme retrata de manera minuciosa, y con un tratamiento fotográfico colorido e impecable, las vicisitudes, complicaciones y cambios en la vida de este hombre, mayor, melancólico y apacible pero lleno de recuerdos, en el intento por recuperar el rumbo de una cotidianidad normal. El alcalde le pone sobre la mesa una propuesta a fin de comprarle unas tierras y que así disponga de recursos económicos, pero Costache rehúsa la oferta y se ve obligado a dormir en el pequeño colegio municipal hasta que le adjudican una nueva vivienda, dado que de la suya apenas pudo rescatar una pequeña caja con cosas pertenecientes a su familia. Todo cambia cuando al pueblo regresa su hijo Ticu, acompañado de su mujer Hiroko y su hijo Koji, a los cuáles el señor Costache aún no ha tenido ocasión de conocer en persona, pues su hijo se marchó de Rumania hace varios años de manera muy precipitada y dejando muchos cabos sueltos.

    The japanese dog es lenta, y en muchas secuencias, le falta ángel, duende, carisma o lo que sea la fórmula que dota a las películas de magia y personalidad y sujeta su reminiscencia en el limbo de nuestras memorias. Quizás Tudor Cristian Jurgiu no ha sabido, tras dirigir un par de cortos, dar el salto al largometraje con efectividad y resolución. A resumidas cuentas, constituye una historia sosa a la que, si bien su mejor rasgo es el retrato de los problemas familiares y de la recuperación tras una catástrofe de gran índole como una inundación, le faltan expectativas, nudos y condimentos para configurarse como una propuesta atractiva o cálida capaz de conmover al público. Don Costache es el personaje más profundo y válido, del que vamos adivinando pequeñeces, defectos y virtudes a lo largo del metraje, pero todo el resto del elenco se configura como una galería de arquetipos manidos que no aportan frescura ni matices al transcurso de la narración.

    La relación Costache-Koji es la más interesante, pues el niño ha sido criado en el contexto de la cultura japonesa, de la tecnologización, las inmensas metrópolis como Tokio y ha recibido la educación en su propio hogar, por parte de su madre. Aunque chapurrea rumano, no conoce las tradiciones y el folclore del pequeño mundo rural donde ha vivido desde siempre su abuelo, de vida austera y creencias cristianas ortodoxas. Gracias a este largometraje descubrimos la importancia que en la sociedad rumana tiene la perpetuación de las tradiciones folklóricas, el agradecimiento y la espiritualidad hacia los alimentos, o el respeto a las personas mayores. Precisamente, es un pequeño perro japonés el elemento simbólico de la cinta que despertará más simpatías y dulzuras y que por unos momentos, hará sonreír al espectador sacándolo del tedio de una historia, que con buena base, momentos tiernos en determinadas secuencias, agradable comicidad en otras y una correcta ambientación, no consigue removernos nada por dentro para ponernos en la piel de esta pequeña familia cuyos miembros deben enfrentarse al cambio y a las consecuencias de sus decisiones. ★★★★★

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Galicia | enviada especial al Festival CineEuropa de Santiago de Compostela

    Rumanía, 2013, Câinele Japonez (The Japanese Dog). Director: Tudor Cristian Jurgiu. Guión: Ioan Antoci. Productora: Libra Film. Fotografía: Andrei Butica. Reparto: Victor Rebengiuc, Serban Pavlu, Laurentiu Lazar, Ioana Abur, Kana Hashimoto. Presentación oficial: Festival de Varsovia 2013.

    por Anónimo
    noviembre 17, 2013

    Crítica | El perro japonés

    por Anónimo | noviembre 17, 2013
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