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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Roman Polanski
    Roman Polanski

    Satanistas en el vecindario

    Podcast: La séptima víctima (1943) + La novia del diablo (1968) + La semilla del diablo (1968)

    El demonio está entre nosotros... o, como poco, sus acólitos. Al menos así es en el mundo que pintan las tres películas de las que hablamos en este podcast. La afable pareja de vejetes que vive en el piso de al lado o una reunión social de gente educada y elegante pueden ser el disfraz bajo el que se ocultan miembros de una secta satánica. La séptima víctima (The Seventh Victim, Mark Robson, 1943), La novia del diablo (The Devil Rides Out, Terence Fisher, 1968) y La semilla del diablo (Rosemary's Baby, Roman Polanski, 1968) coinciden en mostrar una trama de conspiraciones para extender por el mundo la sombra del Maligno que se destapa bajo una apariencia de normalidad social. De paso, cada una de ellas constituye una lección cinematográfica, ya sea en el sugerir sin mostrar absolutamente nada (La séptima víctima), en el fascinar aun mostrándolo todo (La novia del diablo) o en el hacernos reconstruir una turbia historia que corre paralela e invisible a la de la protagonista (La semilla del diablo).

    Participan en este humilde aquelarre Miguel Muñoz Garnica, Érica Couto y José Luis Forte.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por EAM
    abril 03, 2025

    Podcast | Satanistas en el vecindario: «La séptima víctima» + «La novia del diablo» + «La semilla del diablo»

    por EAM | abril 03, 2025
    || Críticas | ★★☆☆☆ ½
    The palace
    Roman Polanski
    Esta es mi tumba


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Italia, 2023. Título original: The Palace. Director: Roman Polanski. Guion: Ewa Piakowska, Jerzy Skolimowski, Roman Polanski. Productores: Luca Barbareschi, Jean Louis Porchet, Wojciech Gostomczyk, Piotr Bogusz, Claudio Gaeta, Etienne Dontaine, Jaroslaw Fabianski. Productoras: Eliseo Cinema, RAI Cinema, CAB Productions, Lucky Bob, R.P. Productions. Distribuida por: Vertigo Films. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Hervé de Luze. Diseño de producción: Tonino Zera. Diseño de Vestuario: Carlo Poggioli. Reparto: Oliver Masucci, Mickey Rourke, Fanny Ardant, John Cleese, Bronwyn James, Joaquim de Almeida, Luca Barbareschi, Milan Peschel, Fortunato Cerlino, Alexander Petrov, Danny Exnar, Irina Kastrinidis.

    Roman Polanski dirige el cortometraje Interrumpiendo la fiesta (1957) siendo todavía alumno de la escuela de cine de Lodz. Se cuenta que fue el propio Polanski quien organizó la fiesta entre compañeros de universidad y contrató a unos gamberros para que se infiltraran en la misma y se liaran a puñetazos con los invitados. Cabe ir un poco más allá, y señalar, que varios de sus compañeros resultaron heridos en los altercados, e incluso se cuestionó la continuidad del propio Polanski en dicha escuela. El corto, en su origen, manifestaba ya las embrionarias inclinaciones del director polaco acerca de la violencia estructural y la separación de clases. También su gusto por la rebeldía y el desorden. Casi setenta años después el autor de obras tan importantes como Chinatown o Repulsión parece asomarse al precipicio con su última película, lo hace sin paracaídas, como esperando recibir el empujón definitivo que lo descabalgue para siempre. The palace (2023) podría interpretarse como la broma de mal gusto de un director cansado, o quizás el desaire de un personaje agotado dada su avanzada edad, pero con ganas de ajustar cuentas pendientes. Cuesta y mucho tomarse en serio un filme tan chabacano, de naturaleza muerta, y estilo trasnochado, con chistes propios de una película de Mariano Ozores, por eso The Palace nos devuelve a ese Polanski adolescente interrumpiendo la fiesta, un gamberro boicoteando ya no solo su set de rodaje, sino toda su herencia cinematográfica.

    La acción se sitúa en la nochevieja de 1999, justo antes del cambio de milenio; concretamente en el hotel Palace, un lujoso castillo situado cerca de los Alpes suizos. La cinta arranca con una escena sin cortes, el gerente del hotel (Oliver Masucci) se dirige con mano firme a todos sus empleados, quiere que la noche de fin de año sea absolutamente perfecta. Cada detalle cuenta. Un paneo de cámara circular nos sitúa en la órbita de ese personaje, el epicentro, testigo ocular de todas las excentricidades y locuras perpetradas por los famosos y millonarios huéspedes del Palace. Lo que en primera instancia resulta una comedia coral, en un contexto apropiado para sacar lecturas heterogéneas paralelas al presente – la Rusia de Putin – se convierte en un gazpacho indigesto de idas y venidas donde incluso la autoría de Polanski queda en entredicho. Sería absurdo, a estas alturas, pensar que se le ha olvidado filmar, o ha perdido todo contacto con la realidad inmediata de su entorno, por eso tendría mucho más sentido interpretar The palace como una parodia de sí mismo. Una cinta encapsulada en una máquina del tiempo. Un sarcófago o tumba egipcia enterrada hace miles de años, que surge a flote para recorrer los peores tics de la comedia universal de los últimos treinta años. A medio camino entre una película de los Farrelly, otra de los Monty Python -la presencia de John Cleese- y Este muerto está muy vivo (1989), el desfile de astracanadas emerge como parte de una celebración vampírica, obsoleta, muerta desde el principio. Un cadáver a los postres con una dimensión desfigurada de los resortes narrativos actuales. La fealdad de su puesta en escena o esos fondos digitales tan horrendos no pueden sino ser ejemplos de un discurso maligno, diseñado con una clara intención sarcástica y vengativa. La carta final de Polanski evita rubricas para elaborarse como el testamento final de un escritor anónimo.

    Por supuesto uno se plantea preguntas. En retrospectiva el constructo de su obra podría traducirse de maneras muy distintas, sujeto a la grafología del contexto ¿Qué ocurriría ahora mismo si una cinta como ¿Qué? (1972), tuviera que someterse al juicio del espectador contemporáneo? Cómo afrontar o asumir sus impulsos desenfrenados, su pleitesía alrededor de una masculinidad caduca a lo jaimito, sus personajes excéntricos, su deseo de enfocar una y otra vez al cuerpo desnudo de Sydne Rome. No pecaremos de ilusos, una obra así no pasaría los filtros de la autocensura de nuestro tiempo. Sin embargo ¿Qué? se disfruta en los límites del surrealismo felliniano, hallando una sonrisa en su gesto asimétrico, y mandíbula desencajada. Tampoco es que The palace borre de un plumazo las obsesiones e intereses de Polanski, haciendo un ejercicio de contrición podemos intuir algunas de sus torsiones artísticas más representativas. De igual forma no es la primera vez que filma una fiesta de fin de año en un entorno cerrado, recordemos Lunas de hiel (1992), en donde se celebraba un cotillón dentro del barco. El espacio acotado, ayuda a entablar diálogos con la posición y dominio de Polanski viéndose como el demiurgo de un grandísimo escenario macabro. En el fondo, el cineasta mordaz sabe entenderse desde las alturas, jugando con el reflejo de su propia mitología. Una pena que las imágenes de The palace se postren caducadas antes de fijarse en nuestras retinas. Los delirios y paranoias del efecto 2000 y las profecías acerca del fin del mundo, articulan sobre ellas el verdadero sentido del filme: una tumba fílmica de signos marchitos, una pieza museística, una antología de viñetas del TBO, añejo, gastado, amarillento y antediluviano. ♦


    por David Tejero Nogales
    abril 27, 2024

    Crítica | The palace

    por David Tejero Nogales | abril 27, 2024

    No hablemos de Polanski

    Crítica ★☆☆☆☆ de El oficial y el espía de Roman Polanski.

    Francia, 2019. Dirección: Roman Polanski. Guion: Robert Harris, Roman Polanski. Productoras: Legende Films (Alain Goldman), RP Productions, Eliseo Cinema, Rai Cinema, Gaumont, France 2 Cinéma, France 3 Cinéma, Kinoprime Foundation, Kenosis, Horus Movies. Fotografía: Pawel Edelman. Montaje: Hervé Deluze. Música: Alexandre Desplat. Dirección artística: Jean Rabasse. Vestuario: Pascaline Chavanne. Reparto: Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner, Grégory Gadebois. Duración: 132 minutos.

    Les propongo un reto. Durante el tiempo que tarden en leer esta crítica, olvídense de quién es Roman Polanski. Dejen de lado todo lo que ha hecho –o se dice que ha hecho—, pasen por alto que es un prófugo programado en sección oficial del festival más antiguo del mundo y simplemente focalicen su atención en su última película, la adaptación homónima de la novela del coguionista Robert Harris sobre el caso Dreyfus. Si son capaces de llevar a cabo este ejercicio, si para ustedes «Polanski» ya no es más que una cáscara vacía, habrán entrado en la dinámica que moviliza la trama de su nuevo trabajo y, por lo tanto, no tendrán por qué temer a la culpabilidad que pudiera nacer en ustedes después de pasar por la taquilla del cine. Como dice el personaje del mayor Henry en un momento de la cinta: «Si usted me ordena matar a un hombre, yo lo haré. Si luego me dice que se equivocó, lo siento, pero no será mi culpa. Eso es el ejército». Igual que yo he manipulado sus palabras para evocar cierta culpa de raíz arendtiana, dejen el contexto de la película por un momento de lado y jueguen. Jueguen como lo harían los oficiales antisemitas del ejército francés, y cuando acaben de leer este texto, decidan por su cuenta si la cinta vale, o no, su atención.

    El 5 de enero de 1895, el capitán Alfred Dreyfus (Louis Garrel), un joven y prometedor oficial judío, es degradado, acusado de espiar para Alemania y sentenciado a cadena perpetua en la Isla del Diablo. Entre los testigos de su humillación está Georges Picquart (Jean Dujardin), quien es promovido para dirigir la unidad militar de contra-inteligencia que supuestamente descubrió las fechorías de Dreyfus. Cuando Picquart descubre que los secretos siguen siendo entregados a los alemanes, pondrá todo su empeño en demostrar que Dreyfus es inocente, abatiendo poco a poco la red de mentiras que se había formado para acusar al oficial, víctima de puro antisemitismo. Lo cual lo pondrá a él y a sus compañeros en peligro. Verdad, justicia, moral… De nada sirven estos conceptos cuando se usan en beneficio del interés individual, con la frialdad con la que un niño pequeño miente para conseguir algo. La palabra, sin su núcleo, no es más que significante, y de ahí nace el que es el centro escondido de J’accuse: si Dreyfus es condenado, es por unas palabras que podrían haber sido escritas de la mano de cualquiera. Es condenado por una mera cuestión de significante, de forma, pues el contenido de la carta que lo acusa no revela información personal alguna (la gran prueba es caligráfica, que al fin y al cabo es algo tan abstracto como la forma de una letra). También es por la forma que el ejército, temeroso de arruinar su reputación, decide no reconsiderar su acusación: ¿cómo rehacer el gran espectáculo de vejación en que se convirtió la ceremonia de degradación de Dreyfus? Y, sin embargo, a la hora de enfrentarnos a la historia, encontramos que Picquart actúa movido por un convencimiento total de su posición moral, cuidando su honor (ahora lo llamaríamos vanidad) y voceando frases con el prometedor comienzo de «En nombre de la verdad y la justicia...». Si quitamos el fondo, por su propia gravedad, la forma debe caer.

    por Mariona Borrull Zapata
    enero 08, 2020

    Crítica | El oficial y el espía

    por Mariona Borrull Zapata | enero 08, 2020

    Closing time

    Crónica de la décima jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    I

    En la sala de prensa ya no queda agua. Ni refrescos. Ni tampoco leche. No hay más que café solo en el coqueto y minimalista stand de Nespresso. El personal del festival, siempre con una sonrisa, te contesta con un désolé que lamentablemente no les queda nada más que ofrecer. Aunque lo cierto es que a estas alturas poco más necesita uno. El festival va poco a poco apagándose y eso se nota no solo en el cansancio imperante, sino también en la cantidad de periodistas que quedan en la Croissette. Desde la misma sala de prensa y con un café (solo) al lado, escribimos estas líneas rodeados por una extraña calma. Ya no hay problemas para encontrar sitio ni tampoco para enchufar un cargador. La ilusión de los primeros días se ha ido desvaneciendo por culpa de la sensación generalizada de que, en esta edición, nos ha faltado una sección oficial con más riesgo, con el nervio de presentar verdaderas obras maestras. Se respira en el ambiente que este año no será recordado por la calidad y excelencia de su concurso. Puede que las velas de aniversario hayan deslumbrado al cine, que todavía se resiste a mostrar alguna sorpresa en esta recta final. Hoy incluimos en esta crónica tres películas que basculan de lo pasable a lo correcto. En sección oficial, Fatih Akin presenta In the fade, un intento un tanto fallido de retratar la problemática actual del terrorismo. De Un Certain Regard destacamos la búlgara Posoki, un viaje en taxi por la idiosincrasia del país balcánico, y La novia del desierto, una historia de descubrimiento personal en un paisaje árido con una Paulina García excepcional. Queda un día más. No perdemos la esperanza. Aguantamos.

    II

    “Closing time, time for you to go out go out into the world”. Cerramos otro año más este universo paralelo de caos, agitación y cine, con un balance general que, quizá no destacará por la excesiva presentación de obras maestras, pero que, sin duda, ha mantenido un nivel medio bastante correcto. La despedida venía orquestada por You Were Never Really Here, de la realizadora Lynne Ramsay, un sensacional relato sobre la fragilidad de la mente y la justificación de la violencia que nos permitía relajarnos para afrontar la última jornada; en la que asistimos al estreno de D’après une histoire vraie, donde Roman Polanski quizá no presumiera de su repertorio imaginativo más generoso, pero en el que volvió a demostrar que es un maestro de la temporalización y el manejo de la tensión. Por último, sólo quedaba tiempo para el apoteósico final, que llegaría con la cinta Wind River, de Taylor Sheridan; un western posmoderno, donde se aprecia la afición del director por el realismo sucio, en el que se señala como principales responsables del holocausto del nativo americano al sistema organizativo postcolonial, encargado de condenar a las reservas de poblaciones indígenas a zonas incomunicadas que compondrían el primer estrato marginal de los estados independientes de américa. Una clausura que motivaba a todos los asistentes a permanecer, aunque fuera por sólo unos instantes más, respirando un cine que se disipaba. Como cantó el grupo Semisonic: Hora de cerrar, no hay tiempo para más, hora de salir al mundo real.

    por EAM
    mayo 28, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 10. Críticas: You Were Never Really Here / In the Fade / D'après une histoire vraie / Posoki / La novia del desierto / Wind River

    por EAM | mayo 28, 2017
    La Venus de las pieles, de Roman Polanski

    Psicoanálisis vocacional

    crítica de La Venus de las pieles | La vénus a la fourrure, de Roman Polanski, 2013

    La cámara atraviesa un gris bulevar escoltado por dos filas de árboles. Llueve en París, y el frío se filtra a la ropa interior. La nube es una cabellera entrecana cuyos mechones oxigenan la superficie. Un paso, dos pasos, tres pasos. ¿Claqueteo de tacones sobre la piedra centenaria? Después, como quien gira el cuello para examinar un escaparate en la acera de enfrente, el plano —una secuencia sin cortes, que no plano secuencia— gira hacia la derecha sin alterar la trazada rectilínea que, poco a poco, se escora más y más, desprendiéndose del suelo y cruzando la solitaria carretera que conduce a la entrada de un teatro. Te dejas ir: no tienes más remedio. Quieres conocer la fábula. Eres parte de la retorcida ensoñación que ha compuesto Roman Polanski, quien le ha pillado el punto a las tablas en cine y encadena ya dos adaptaciones seguidas, tras Un dios salvaje. Has penetrado en su mundo; que no lo es porque se trata de una historia cuyo germen primero se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando el austríaco Leopold von Sacher-Masoch acuñó o inspiró la enésima parafilia hecha literatura. Esto es, el maso(ch)quismo. Ahí es nada. Te dejas llevar y lo que pase entre bambalinas, quedará entre todos los espectadores. Aquí, meros voyeurs a través de la mirada del gran mirón y autor de obras maestras como La semilla del diablo y Chinatown.

    Te sumerges, no sin cierta intriga, en la plasmación cinematográfica de la obra teatral Venus in Fur, de David Ives. Ya en el patio de butacas, te das la vuelta y ves a la mujer que bien podría haber abierto ese mismo portón que acabas de cruzar: el juego es tan sutil y tan sencillo y tan endiabladamente desconcertante, que te es imposible discernir entre lo objetivo y lo subjetivo. ¿Acaso no era la mirada de la mujer la misma que cruzaba el bulevar, y la que se elevaba cual fantasma justo antes de adentrarse suavemente en la obra que iba a protagonizar ella? La "víctima" habla por teléfono, escupe su desagrado y asegura que las candidatas no tienen nivel, y que una de ellas llevaba incluso ortodoncia —¡adónde vamos a ir a parar!—. Un desastre. Un desastre. Reúne los bártulos mientras se niega a concederle una prueba a la recién llegada. No, no; repito: no. Otro día. Y si... No. Y si... N-n-n-no. Y si... Quizá con... Esto... Hmmm, tampoco. Me voy. (...) Si hasta he traído un vestido de época. Necesito el trabajo, estoy empapada, he recorrido media ciudad y... De verdad que... Si pudiera... (...) En fin... Si insistes. Qué remedio. Plasta, la tía. Leamos el libreto. Yo, adaptador, te daré la réplica. Sí, sí, empieza. Página tres. Y es entonces cuando se desata el Apocalipsis de la no-pulsión, del ritual inconcluso, del erotismo, de la contrarréplica embutida en cuero y con botas altas de chúpame la punta de dominatrix sin labrador al que someter. ¿Ves esto? Se mira pero no se toca. La ficción es mórbida, más (ir)real que nunca: se confunden las palabras del libreto (dentro del libreto) teatral con las del guión cinematográfico, y los personajes son líquido goteando a través de la pantalla.

    por Anónimo
    enero 30, 2014

    Crítica | La Venus de las pieles

    por Anónimo | enero 30, 2014
    La Vénus à la Fourrure

    MÁS SABE EL DIABLO POR VIEJO…


    Cuando unos pocos seres humanos se quedan encerrados durante un tiempo, en algún lugar apartado del resto del mundo, afloran impulsos y sensaciones que en otro caso permanecen contenidos. Por eso existe la vida en sociedad: para controlar nuestra naturaleza más violenta y pasional, y de esa forma asegurar nuestra convivencia. Es una justificación antiquísima pero que sigue vigente. Y el director que a lo largo de casi toda su filmografía nos lo ha demostrado no es otro que Roman Polanski. Cineasta clave de la segunda mitad del siglo XX, pero también de lo que llevamos de siglo XXI, ha sabido transmitirnos con renovada maestría la claustrofobia que sienten unos personajes aislados, y cómo ese aislamiento los transforma. Cuatro de las películas que rodó en su década más fructífera son muy significativas al respecto: El cuchillo y el agua (1962), Repulsión (1965), Callejón sin salida (1966) y La semilla del diablo (1968). Pero incluso en sus cintas más recientes siguen presentes esos elementos de encierro y consecuente alteración del comportamiento: en El escritor (2010) y en Un dios salvaje (2011). Con todo, hay un elemento que no es propio de estas dos últimas, pero que sí estaba muy ligado a las tramas de las cuatro anteriores: la dinámica de represión/liberación sexual. Pues bien, en la película que este año presenta en Cannes, La Vénus à la Fourrure (2013), Polanski parece culminar un viaje de ida y vuelta, conservando todas sus señas de identidad pero con esa veteranía que permite volver a adentrarse en territorio escabroso.

    por Ignacio Navarro
    mayo 09, 2013

    Cannes 2013 | Roman Polanski y La Vénus à la Fourrure

    por Ignacio Navarro | mayo 09, 2013

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