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    Eleven ex machina

    Crítica ★★★★★ de la segunda entrega de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2017. Directores: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 8 y 9), Shawn Levy (capítulos 3 y 4), Andrew Stanton (capítulos 5 y 6), Rebecca Thomas (capítulo 7). Guionistas: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 4, 8 y 9), Justin Doble (capítulos 3 y 7), Jessie Nickson-Lopez (capítulo 5), Kate Trefry (capítulo 6). Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp, Sadie Sink, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Joe Keery, Dacre Montgomery, Cara Buono, Sean Astin, Paul Reiser, Linnea Berthelsen, Joe Chrest, Catherine Curtin, Brett Gelman, Kai Greene, Randy Havens, Matthew Modine. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Surgida casi por sorpresa, Stranger Things se convirtió el año pasado en un fenómeno de masas y en uno de los principales motivos por los que suscribirse a la plataforma Netflix. Por supuesto, como ocurre con todo aquel producto que satisface a la mayoría, no faltaron voces críticas con la serie, a la que acusaban de mero contenedor de referencias pop de los 80 sin nada más que ofrecer. Pero, en general, Stranger Things logró imponerse sobre las opiniones negativas y ganarse el cariño de gran parte del público y crítica, erigiéndose como uno de los eventos más destacados de la televisión reciente gracias a la habilidad con la que apelaba al sentimiento nostálgico del espectador, al mismo tiempo que le ofrecía una nueva historia con sus propias reglas y personajes carismáticos que ya forman parte de la cultura audiovisual colectiva de nuestra era. Una segunda temporada era inevitable, y los Hermanos Duffer han optado por respetar todo aquello que funcionó en la anterior tanda de episodios, pero también han sido capaces de matizar un poco el festival de guiños y de elevar la escala de los acontecimientos hasta lograr que todo resulte más grande, más terrorífico y más oscuro. No podríamos decir que eso signifique que esta Strangers Things 2 (ojo, titulada así, como si se tratara de una secuela cinematográfica… y ahí está una de las claves para valorarla) sea mejor que la anterior, porque ya la primera temporada funcionaba de manera perfecta al cumplir todos los objetivos que se proponía. Pero sí me atrevo a afirmar que esta continuación se desmarca un poco de lo visto anteriormente para buscar (y encontrar) una personalidad propia que no depende tanto de referencias exógenas como de su propia mitología y de la evolución de sus personajes. Y en ese sentido, hablamos de un triunfo total.

    A partir de aquí habrá spoilers, así que lean con cuidado si no han visto todavía la serie. La acción se sitúa un año después de los acontecimientos narrados en la primera entrega. Los vecinos de Hawkins intentan volver a la normalidad. El grupo de amigos formado por Mike Wheeler (Finn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo), Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) y Will Byers (Noah Schnapp) no se ha recuperado todavía de todo lo que ocurrió meses atrás, cuando Will quedó atrapado en esa dimensión paralela a la que llaman Del Revés. Este intenta volver a la cotidianidad con sus amigos y con el apoyo de su familia: su madre Joyce (Winona Ryder) y su hermano Jonathan (Charlie Heaton). La primera busca rehacer su vida con un nuevo novio, el entrañable Bob Newby (Sean Astin), mientras que el segundo se ve cada vez más cerca de establecer una relación romántica con la hermana de Mike, Nancy (Natalia Dyer), cuya relación con Steve Harrington (Joe Keery) no ha terminado de cuajar, a pesar de que éste realmente se haya enamorado de la chica y haya dejado atrás su etapa de acosador de instituto. ¿Y Eleven (Millie Bobby Brown, dónde está? Pues aquí se despeja una de las grandes incógnitas que nos dejó el final de la temporada 1: Eleven está oculta en el bosque, en una vieja casa donde vive recluida bajo la protección del Sheriff Jim Hopper (David Harbour). Pero, después de un año encerrada en ese refugio que cada vez la asfixia más, Eleven siente la necesidad de reencontrarse con sus amigos y, sobre todo, de obtener respuestas sobre su pasado. Cuando descubra que su madre quizá todavía siga viva, decidirá huir de la casa en el bosque para aventurarse en busca de sus orígenes y de un hogar. Este es uno de los leitmotivs de Stranger Things 2: varios personajes anhelan un lugar al que llamar hogar, una compañía con la que sentirse protegidos y comprendidos… incluso amados. La familia Byers busca una estabilidad que quizá podrían encontrar junto a Bob, quien a su vez ha encontrado en los Byers algo que nunca ha conocido y que le hace sentirse realizado. El Sheriff Hopper pretende convertir a Eleven en la hija que perdió hace años, adoptándola bajo su regazo no sólo para protegerla de quienes pudieran hacerle daño, sino también para educarla e intentar que en un futuro cercano pueda tener una vida normal. Pero hasta que eso pueda suceder, Eleven tiene asignaturas pendientes: encontrar a su madre (algo que supondrá una decepción y a la vez un revulsivo en la joven) y descubrir que tiene algo parecido a una hermana, la enigmática Roman (Linnea Berthelsen), otra de las niñas raptadas con las que hicieron experimentos y que ahora lidera un grupo de rebeldes con los que pretende vengarse de todos aquellos científicos que le hicieron daño cuando todavía no sabía defenderse.

    por EAM
    octubre 31, 2017

    Crítica | Stranger Things 2

    por EAM | octubre 31, 2017

    Sociedad de acosadores

    crítica ★★★ de la primera temporada de Por trece razones.

    Netflix | 13 Reasons Why | EE.UU., 2017. 1 temporada / 13 episodios. Creador: Brian Yorkey. Directores: Tom McCarthy, Gregg Araki, Carl Franklin, Jessica Yu, Kyle Patrick Alvarez y Helen Shaver. Guion: Brian Yorkey, Elizabeth Benjamin, Diana Son, Thomas Higgins, Nathan Jackson, Nathan Louis Jackson, Nic Sheff, Hayley Tyler. Fotografía: Ivan Strasburg y Andrij Parekh. Montaje: Leo Trombetta, Daniel Gabbe y Matthew Ramsey. Música: Eskmo. Reparto: Dylan Minnette, Katherine Langford, Christian Navarro, Alisha Boe, Brandon Flynn, Justin Prentice, Miles Heizer, Ross Butler, Devin Druid, Amy Hargreaves, Derek Luke, Kate Walsh, Michele Selene Ang, Brian d'Arcy James, Sosie Bacon, Steven Weber, Mark Pellegrino, Ajiona Alexus, Henry Zaga, Steven Silver, Tommy Dorfman, Robert Gant, Keiko Agena, Uriah Shelton, Brandon Larracuente, Timothy Granaderos y Josh Hamilton.

    La historia, las matemáticas y la lengua se encuentran entre las materias cursadas por los niños y los adolescentes de todas las escuelas. No así la empatía, que va más allá del respeto, término a su vez bastante más apropiado que el manido “tolerancia”. En casi todas las instituciones educativas se insta a los estudiantes a venerar a los mayores y cuidar de los pequeños, a odiar la guerra y amar la paz, a condenar la pobreza y aplaudir a quienes luchan contra ella. En casi ninguna se enseña empero a comprender de verdad a los propios compañeros, a abrazar a quienes son diferentes o a defender a aquellos que sufren las consecuencias de serlo entre la desavenencia. No lo suficiente, al menos. Todos estos conceptos se mencionan de pasada, con el castigo como amenaza, pero sin llegar a ahondar en ellos. Así, los profesores se sienten tranquilos en las aulas por haber explicado la «teoría tolerante» y los padres hacen lo propio en sus casas a sabiendas de que sus hijos están siendo debidamente educados en otra parte. Entretanto, el ambiente de los pasillos estudiantiles es algo que sólo conocen de primera mano los niños y no tan niños que los recorren, quienes los perciben como un microcosmos único y personal donde forjarse la personalidad… o morir en el intento. «¿Qué hacen nuestros hijos cuando no miramos?», se pregunta la mayoría de los padres. Y probablemente nunca sepan la respuesta, porque sus hijos, por queridos que sean, dejan de ser suyos en el momento en que ponen un pie en el colegio por primera vez: entonces, las prioridades cambian y los padres pierden poco a poco el estatus de figuras de referencia, el cual pasan a ocupar los compañeros de clase hasta el punto de que importe poco el afecto del que se goza en casa si este no se traslada a esa vida paralela asumida en el entorno escolar. Una vida paralela donde, aunque nos cueste creerlo, hay amor, compasión y altruismo, sí, pero también crueldad, maldad y egoísmo; desde nuestra más tierna infancia. Esto es algo que los padres intuyen pero rara vez llegan a comprender, convencidos como están de que, por el motivo que sea, sus hijos son diferentes. Una mezcla de ingenuidad y egolatría es lo que lleva a esta conclusión, así como lo que dificulta enormemente el apoyo a los más pequeños por parte de sus profesores y progenitores, a quienes aquellos aprenden pronto a no arrastrar a determinada clase de problemas, avergonzados como están por padecerlos.

    La guerra y la pobreza son cuestiones serias. El acoso escolar, no. Eso percibe quien sufre este último, avergonzado, no ya por quejarse por “nimiedades” mientras en la otra esquina del mundo hay niños pasando hambre, sino directamente por sufrir ataques que considera merecidos. Eso padece Hanna Baker, protagonista de Por trece razones (más conocida como 13 Reasons Why, como obra millennial que es), hasta el punto de no poder aguantarlo más, de optar por el suicidio como única solución a un problema que se ha vuelto más grande que ella misma. Quizá la adolescencia sea una edad durante la que todo se magnifica, pero el sufrimiento padecido por alguien para optar por tan innatural acto es algo que, afortunadamente, pocos pueden comprender. Bien encarnada por la debutante Katherine Langford, quien envuelve al personaje en la debida mezcla de compasión y misterio, Hanna Baker —nombre que difícilmente se borrará de la cabeza de los espectadores dado el número de veces que es pronunciado… y la cadencia con que lo es— decide darse de baja del mundo, mas no sin antes explicar el motivo de ello; o, mejor dicho, los trece motivos, presentados en forma de trece cintas donde, poco a poco, aparecen los culpables, la mayoría de los cuales no hizo nada ilegal o criminal, siquiera demasiado grave, y sin embargo influyó decisivamente en la muerte de la chica: «entre todos matamos a Hanna Baker», afirma el latino Tony Padilla (perfecto Christian Navarro), quien, sirviendo de voz de la conciencia, se convierte en uno de los personajes televisivos homosexuales menos tópicos que se recuerdan. El suicidio —el fin— marca así un nuevo comienzo para que todos aquellos que la rodeaban en vida se percaten definitiva y tardíamente de la (triste) existencia de la chica y empiecen así a replantearse las suyas propias. Mediante la sugerente dosificación de la información, harto fiel a la novela homónima de la que parte (publicada con gran éxito de crítica y público por Jay Asher en 2007, o sea, hace exactamente una década), la serie logra hacernos partícipes de la magnitud de actos aparentemente pequeños que, sumados los unos a los otros, terminan convertidos en una imparable bola de nieve. Bueno, eso y enganchar a un espectador que rara vez terminará un capítulo sin florecientes ganas de más.

    por Juan Roures
    mayo 11, 2017

    Crítica | Por trece razones

    por Juan Roures | mayo 11, 2017
    Black Mirror

    La oscura bola de cristal se ha convertido en un espejo

    crítica ★★★★ de la tercera temporada de Black Mirror.

    #1 / Reino Unido, 2016. Título original: «Nosedive». Director: Charlie Brooker, Joe Wright. Guion: Michael Schur. Productora: Netflix UK. Reparto: Bryce Dallas Howard, Alice Eve, Cherry Jones, James Norton, Alan Ritchson, Daisy Haggard, Susannah Fielding, Michaela Coel, Demetri Goritsas, Kadiff Kirwan, Sope Dirisu, Clayton Evertson. Música: Max Ritcher. Fotografía: Seamus McGarvey. Duración: 63 minutos. #2 / Reino Unido, 2016. Título original: «Playtesting». Director: Charlie Brooker, Dan Trachtenberg. Guion: Charlie Brooker. Productora: Netflix UK. Reparto: Wyatt Russell, Hannah John-Kamen, Wunmi Mosaku, Ken Yamamura, Elizabeth Moynihan, Jamie Paul. Música: Aaron Morton. Fotografía: Bear McCreary. Duración: 57 minutos. #3 / Reino Unido, 2016. Título original: «Shut up and dance». Director: Charlie Brooker, James Watkins. Guion: Charlie Brooker, William Bridges. Productoras: Netflix UK. Reparto: Alex Lawther, Jerome Flynn, Natasha Little, Hannah Steele, Camilla Power, Paul Bazely, Sarah Beck Mather, Frankie Wilson, Leanne Best, Susannah Doyle. Música: Alex Heffes. Fotografía: Tim Maurice-Jones. Duración: 52 minutos. #4 / Reino Unido, 2016. Título original: «San Junipero». Director: Charlie Brooker, Owen Harris. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Mackenzie Davis, Gugu Mbatha-Raw, Gavin Stenhouse, Adele Armas, Paul Blackwell, Leigh Daniels, Paul Kitson, Jeff Mash, Raymond McAnally, Nick Donald. Fotografía: Gustav Danielsson. Duración: 51 minutos. #5 / Reino Unido, 2016. Título original: «Men against fire». Director: Charlie Brooker, Jakob Verbruggen. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Malachi Kirby, Madeline Brewer, Ariane Labed, Sarah Snook, Michael Kelly, Kola Bokinni, Law Gutierrez, Loreece Harrison, Phil Hodges, Paul Low-Hang, Kavé Niku, Toby Oliver, Brent Phebey, Thomas Thoroe. Música: Ben Salisbury, Geoff Barrow. Fotografía: Ruben Impens. Duración: 60 minutos. #6 / Reino Unido, 2016. Título original: «Hated in the nation». Director: Charlie Brooker, James Hawes. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Kelly Macdonald, Faye Marsay, Tom Ashley, Lasco Atkins, Charles Babalola, Elizabeth Berrington, Michael Bott, Thomas Dominique, Ty Hurley, Matheus Mirek, Duncan Pow, Benedict Wong. Música: Martin Phipps. Fotografía: Lukas Strebel. Duración: 89 minutos.

    Antes de sumergirnos en la tercera temporada de Black Mirror, esa serie/realidad paralela diseñada por Charlie Brooker que tantas revelaciones íntimas nos ha proporcionado, deberíamos preguntarnos qué es exactamente lo que ha impactado, impacta y sigue impactando en nosotros; de modo que acudamos a sus líneas de guion como si fueran una suerte de bola de cristal con carácter tipográfico. Básicamente, qué muestra la ficción que nos activa ciertas alarmas cerebrales, situándonos en una posición de, o bien preocupación por su más que posible aptitud premonitoria; o bien indiferencia, nacida de una extraña capacidad para observar nuestro futuro racial —y nos referimos al ser humano uniformemente— desde una óptica apocalíptica. Por un lado, encontramos una razón de peso en el morbo, provocado por un producto diseñado para avisarnos del peligro que corremos si seguimos subiendo en esta escalera tecnológica-cambiante en la que se ha transformado nuestra vida. En otro eje, partimos de la distancia irónica, desde el primer capítulo, como actitud ante lo que Brooker y el equipo de guionistas nos proponen: De acuerdo, quizá sea terrible que el futuro social de una persona dependa, enteramente, de la puntuación que atesore en una aplicación (en la que absolutamente todo el mundo puede calificar en base a la primera impresión), pero nos recuerda demasiado a las fórmulas del clásico *fracaso/éxito se hacen amigos por conveniencia* de las comedias norteamericanas como para comprar su argumento. En otras palabras, nuestra percepción varía en dos planos de realidad que oscilan desde el punto A, o aferrarnos a la creencia, hasta el punto B, o encomendarnos al escepticismo como protección. De alguna manera, esto tiene todo que ver con lo que hacemos rutinariamente a través de las redes sociales. O nos imbuimos en ellas para recrear nuestro yo idealizado, quedándonos para siempre con esa falsa versión de nosotros mismos; o decidimos apartarnos de sus cantos de sirena, viviendo la realidad como nuestros antepasados más cercanos.

    Precisamente, en mitad de ese galimatías existencial del que somos muy poco conscientes, trata de colocarse Brooker para gritarnos lo imbéciles que somos por quedarnos con la parte superficial de unas tecnologías que, aunque nos neguemos, están cambiando el mundo: las IAs o Inteligencias Artificiales. Es cierto que Black Mirror se ha convertido en una serie aparentemente blanca, con menos dobleces. No obstante, en ningún momento ha abandonado el carácter pesimista de sus dos primeras temporadas (más el especial de Navidad de 2015, Blanca Navidad). Lo que ocurre no es tanto un problema de la ficción como de nosotros mismos, si es que se le puede llamar "problema" al haber dado tantos grandes pasos como para dejar rezagada a una idea como esta. Quizá sea la primera vez que, a todos los efectos, la ficción se ha erigido como verdadero 'espejo negro' de nuestro temible presente. Volviendo a la analogía del primer párrafo, podría admitirse que los siete episodios anteriores a la última temporada funcionaron como una bola de cristal con humo negro y maldiciones en su interior. La bola de cristal, ahora es un espejo. Cuando menos, eriza el vello. Años después de su primer lanzamiento en la BBC, Brooker trabaja para Netflix y no nos permite mirar sus creaciones desde la ironía, sino desde la hiperrealidad, porque nuestro exceso de uso hace tiempo que comenzó a funcionar como un anticuerpo para el cerebro, amaestrado para cada vez sorprendernos menos. El paisaje costumbrista ha cambiado por completo.

    Black Mirror

    «Se trata de situar al individuo como cómplice de un crimen antropológico sin precedentes, de hacerle protagonista absoluto de su propio devenir. Culpable, directo a un purgatorio que, quizá, no consiga superar. Sobre todo porque la muerte está integrada en las reglas, pero no trasciende al juego. Ya no existen filosofías o religiones que nos adocenen, ahora solo somos nosotros ante lo que más hemos querido en nuestra vida: volver a empezar, aprovechar los recuerdos para someterlos a nuestros deseos tecnológicos. Regresar a ese momento, eternamente».


    En Nosedive (3x01), se plantea un escenario en el que si tardas demasiado en elegir qué tipo de pan quieres para el almuerzo y, además, el panadero nota que tuviste una mala noche, tu estrato social puede bajar hasta tal punto que, al final del día, seguramente te encuentres compartiendo fuego y cartón con los indigentes a los que antes no te acercabas ni en tus peores pesadillas. Puntuar en base a la apariencia, en una app que lo almacena todo para que recuerdes, ya estés en la cresta de la ola o en la orilla después de un revolcón, que la sociedad ya no está interesada en tus dilemas morales. Un argumento basado en las redes sociales que, casi simultáneamente, se hizo realidad. En octubre de 2015, Nicole McCullough y Julia Cordray comenzaron a comercializar Peeple, una aplicación diseñada para facilitarle a los seres humanos (como entidad homogénea) la búsqueda de grupos afines en los que poder calificar y/o clasificar a sus integrantes según sus intereses, y en distintos sectores: amoroso, profesional o meramente amistoso. De forma que —se sospecha, por influencia del episodio— volvemos a la realidad en la que puedes destrozarle la vida (virtual, que a estas alturas es casi como hacerlo realmente) a un desconocido que ha tocado el claxon demasiadas veces. Al constatar, después de varias semanas, que la aplicación corría el peligro de ser conquistada por usuarios no deseados, las creadoras realizaron un impasse en el que reforzaron los canales de actuación que podrían utilizarse para manipular la identidad de la red social y transformarla en un lugar para acosadores.

    Después de ese parón, similar al que sufre un deportista de élite que quiere volver a la cima sin la suficiente fe, Peeple se quedó en un simulacro de lo que hay que imaginar para trascender las barreras de gigantes como Youtube, Twitter, Facebook u OKCupid. Aunque ha quedado como una anécdota que anotar en artículos, referencias y listas de trivial, lo cierto es que detrás de esa idea —tanto la ficticia como la real— se esconde el nexo con las dos primeras. Twitter y Youtube nos inducen a reconocernos como valor numérico. Mientras que en la plataforma de los 140 caracteres nos educan a sumar seguidores sin descanso, en la piedra fundacional del video viral se opta por las vistas y los suscriptores (que, en realidad, vienen a ser seguidores bajo otro pseudónimo). Ahora nos damos cuenta de que las matemáticas siempre estuvieron tres pasos por delante. Nosedive, protagonizado por una Bryce Dallas Howard superlativa, está edificada sobre las preguntas específicas que somos incapaces de responder con atino: ¿Qué porcentaje de culpa tenemos en que varias plataformas hayan cambiado nuestra manera de vivir diariamente? ¿Ahora sí, una imagen vale más que mil palabras (y ahora sí, somos un grupo que luchamos por que nos añadan al montón bueno de etiquetas cool)? ¿Estamos cerca de que esos dos planos de realidad converjan definitivamente y nos lleven a la ruina como sociedad?

    por Mario Álvarez de Luna Costumero
    enero 08, 2017

    Crítica | Black Mirror (3ª temporada)

    por Mario Álvarez de Luna Costumero | enero 08, 2017

    Secretos de familia

    crítica de la segunda temporada de Bloodline.

    Netflix | 2ª temporada: 10 capítulos | Estados Unidos, 2016. Creador: Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman. Directores: Ed Bianchi, Michael Morris, Jean de Segonzac, Todd A. Kessler, Daniel Zelman, Daniel Gordon, Mikael Håfström, Stephen Williams. Guionistas: Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman, Arthur Phillips, Carter Harris, David Manson, Chris Mundy, Amit Bhalla, Lucas Jansen, Lizzie Mickery, Barry Pullman. Reparto: Ben Mendelsohn, Kyle Chandler, Linda Cardellini, Norbert Leo Butz, Sissy Spacek, John Leguizamo, Owen Teague, Andrea Riseborough, Enrique Murciano, Jacinda Barrett, Jamie McShane, Sam Shepard. Fotografía: Jaime Reynoso, Darren Lew. Música: James S. Levine. Productoras: KZK Productions / Sony Pictures Television / Netflix.

    En el artículo sobre la primera temporada de Bloodline habíamos comentado que Ben Mendelsohn era uno de los actores que mejor manejaba las tensiones dramáticas, que él era el motor incansable de esta serie, y que dentro de un electo de fuste, había sido él quien había logrado imprimir su huella al producto, a tal punto que este parecía haber sido moldeado a su medida y no a la inversa. Por eso el asesinato del personaje que encarnaba, el problemático Danny Rayburn, había abierto un conjunto de interrogantes, primero sobre la continuidad de la ficción y segundo sobre los modos de encararla. No es la primera vez que una obra televisiva decide acabar con la vida de alguno de sus personajes-tensores (aquellos que atraviesan e hilvanan toda la trama, y que son capaces de contraer y dilatar su ritmo argumental) en sus primeras temporadas. Lo vimos en Game Of Thrones con la decapitación de Ned Stark o en Homeland con el ahorcamiento de Nicholas Brody. Pero lo cierto es que, si no es la más impactante, la muerte de Danny Rayburn a manos de su propio hermano seguro es la más relevante en términos específicos. Porque si Ned Stark era solo un engranaje más tras los entretelones y la maquinaria de todo un reino y sus confines, o el sargento Brody era una mera pieza dentro del cambiante tablero mundial, Danny es el eslabón descarriado clave en una familia camino a la deriva. Su drama era más terrenal y cotidiano que el de los otros, aunque no por ello menos movilizador. Su temprana muerte, antes de pudiera seguir haciendo —y haciéndose— más daño, se volvió un inconveniente para el desarrollo y ulterior prosecución del relato. Para sortearlo, los creadores de Bloodline no dieron muchas vueltas y decidieron echar mano al recurso narrativo de la aparición, ese que es tan viejo como la cultura misma, como los temores más primitivos de la humanidad.

    En la cultura popular, las apariciones se manifiestan en los sueños y en las pesadillas, en las visiones y en los delirios, durante la vida o en el ocaso de esta. Son tan cercanas a la naturaleza humana que han animado los relatos orales desde el origen de nuestros tiempos, han poblado la literatura e impregnado los lienzos, para finalmente descender sobre otra forma más reciente de expresión artística, la audiovisual. En los últimos años las apariciones han deambulado asiduamente por la pantalla chica, donde atormentaron, entre otros, a Kevin Garvey, Tony Soprano y Frank Underwood en su lecho de agonía. Ahora parece ser el turno de John Rayburn, que a diferencia de los tres primeros no se halla convaleciente, sino en plena campaña electoral para convertirse en el próximo sheriff del Condado de Monroe. Aunque en todos los casos la constante sea la de cuatro hombres que han asesinado con sus propias manos y a quienes la memoria no les da tregua. Si en la primera entrega el eje había sido Danny, muerto este el foco irá a posarse sobre su hermano y victimario. Los guionistas cambiaron, entonces, la tensión que suponía Mendelsohn por la presión que exuda Kyle Chandler a toda hora y por todos sus poros. Pero no nos confundamos, el primero sigue estando estupendo en las escasas intervenciones donde aparece, conservando esa inigualable y contradictoria combinación entre la aparente resignación y el completo control de la situación. Aun así es inexorable sentir que algo se ha perdido en el camino y que la introducción de tres nuevos personajes como son el hijo de Danny, Nolan Rayburn (Owen Teague), su madre Evangeline (Andrea Riseborough) y un exsocio delincuencial del pasado (John Leguizamo), no están a la altura de la estela dejada por Mendelsohn. Para colmo la incorporación de Leguizamo resulta forzada, su actuación no es convincente y la historia individual de su personaje no termina de encajar con el resto de la trama.

    por EAM
    septiembre 07, 2016

    Crítica en serie: Bloodline (2ª temporada)

    por EAM | septiembre 07, 2016

    Algo más que nostalgia

    crítica de la primera temporada de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2016. Directores: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 5, 6, 7 y 8), Shawn Levy (capítulos 3 y 4). Guionistas: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2 y 8), Jessica Mecklenburg (capítulo 3), Justin Doble (capítulos 4 y 7), Alison Tatlock (capítulo 5), Jessie Nickson-Lopez (capítulo 6). Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Noah Schnapp, Matthew Modine, Joe Chrest, Joe Keery, Rob Morgan, Shannon Purser, John Reynolds, Mark Steger, Chris Sullivan, Randall P. Havens. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Resulta inevitable que la primera palabra que nos asalte la mente cuando pensamos en Stranger Things sea “nostalgia”. Y así queda patente en todos y cada uno de los análisis o comentarios que sobre la serie de Netflix podemos leer en la Red o en medios impresos, hasta el punto que cuesta trabajo encontrar alguna opinión vertida sobre la serie que no tenga que ver con esa añoranza de tiempos pasados. Es lógico y, como decía, ineludible, pues el motor que mueve este proyecto de los Hermanos Duffer no es otro que el sentimiento melancólico por las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo que, de un tiempo a esta parte, domina parte de la producción audiovisual y literaria que más repercusión consigue entre las masas, concretamente desde que los críos que crecieron en esa época han ido obteniendo lugares de poder dentro del cine o la televisión y lo han utilizado para, como hicieran antes otras generaciones, intentar recrear aquello que les hizo amar un arte al que ahora se dedican. Esto no es nuevo, aunque quizá nuestra generación sea la que más fácil ha tenido volver a esos días añorados, gracias a la rapidez con la que la cultura pop va quemando etapas (haciéndolas rotar fugazmente para volver siempre al principio) y a lo sencillo que es actualmente emular hitos pretéritos gracias a la tecnología con la que contamos para volver al pasado. Es connatural al hombre buscar la comodidad de lo conocido e intentar crear paisajes físicos, emocionales o mentales que nos retrotraigan a tiempos mejores en los que todo nos resultaba más fácil, fresco y prometedor, especialmente en los días difíciles que nos ha tocado vivir y que pronostican un mañana peor. Por eso no dejamos de construir máquinas del tiempo sensoriales que nos devuelvan durante un par de horas a la inocencia y lo primitivo, aunque lo que otrora era expectativa ahora sea únicamente evocación. Pero nos gusta engañar a la mente, ir contra las leyes del tiempo e intentar revivir la emoción de las primeras veces, o reencontrarnos con la comodidad de lo ya conocido y experimentado, algo que finalmente termina en muchos casos provocando la más pura tristeza cuando llegamos a la conclusión de que, efectivamente, por mucho que intentemos volver allí, esos días no volverán porque ni nosotros ni el mundo en el que vivimos somos ya los mismos. Esto es lo que pasará cuando, las próximas navidades, muchos prefieran adquirir la resucitada NES de Nintendo antes que cualquier consola de última generación o unas gafas de realidad virtual, sólo para darse cuenta horas después de que los mandos se le quedan pequeños y los juegos les parezcan añejos y no tan divertidos como los recordaban. Es casi inevitable, pero hasta que llegue ese instante, la mera promesa de poder sentirnos otra vez como niños es algo que nos hace la existencia más llevadera y que nos genera ilusión. Y de esa ilusión (que incluso sirve para que recordemos con cariño cosas que antes nos parecían un infierno, como los deberes) nos nutrimos a veces y se aprovecha la industria para mantenernos enganchados al siguiente gran regreso al pasado que nos tiren a la cara y del que no podremos (ni querremos) escapar.

    por Unknown
    julio 28, 2016

    Crítica en serie | Stranger Things (Primera temporada)

    por Unknown | julio 28, 2016

    Una ración de nostalgia ochentera

    crítica del episodio piloto de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2016. Directores y guionistas: Los Hermanos Duffer. Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Noah Schnapp, Matthew Modine, Joe Chrest, Joe Keery, Rob Morgan, Shannon Purser, John Reynolds, Mark Steger, Chris Sullivan, Randall P. Havens. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Se ha dicho tanto, desde la presentación del proyecto, pasando por las primeras imágenes, el tráiler y finalmente las críticas de los primeros episodios, que Stranger Things es un cariñoso homenaje al cine de los 80, especialmente al que hicieron Steven Spielberg y Robert Zemeckis, que uno no puede sacudirse ese mantra como espectador cuando está viendo la serie. Si ya J.J. Abrams rindió su particular carta de amor a la misma época y tipo de cine con la notable Super 8 (2011), los hermanos Mark y Ross Duffer convierten esas dos horas en ocho –por el momento–, fichan a una niña de la época para ser simbólica madre (la excelente Winona Ryder) y crean una clásica situación de suspense rodada como cine y con absoluto potencial de enganche, y más teniendo en cuenta que ya está disponible la temporada entera, como es la norma con las series de Netflix. El prólogo ya atrapa, y abre las posibilidades de múltiples teorías sobre ese monstruo que se esconde y juega con la electricidad y ese niño desaparecido que se ha convertido en su objetivo. Como escenario, un pequeño pueblo de la América rural, donde no suele pasar nada y todos se conocen. No puede ser una situación más de manual ni adrede, pero aun así los Duffer y su equipo se las ingenian para, sin ofrecer nada especialmente sorprendente en esta presentación de la historia, lograr que uno quiera ver el segundo capítulo de inmediato.

    Es la combinación de suspense y tensión, la música y los encuadres, las bromas y la crispación, que se mezclan en una coctelera que da como resultado nostalgia pura y plenamente autoconsciente de serlo. Pero no solo de eso, sino de su condición de primera entrega, hecha por tanto sin la necesidad de servir los elementos necesarios para que el piloto sea escogido de una multitud. Trabajar con Netflix implica presentar la idea completa, y los Duffer ya tienen experiencia tanto en el formato seriado –trabajaron en la primera temporada de Wayward Pines (2015-)– como en cine, donde debutaron con Hidden: Terror en Kingsville (Hidden, 2015) tras curtirse con varios cortometrajes. Su foco de atención es el terror y la intriga, y a lo largo de estos 47 minutos plantan y hasta empiezan a germinar diferentes semillas para atraer nuestra atención en todo momento. Su apuesta por lo sobrenatural es evidente, y hay elegancia en su puesta en escena y en su manera de dosificar los sustos y sorpresas, sin enseñar más de lo debido para que el resto lo rellena la imaginación de la audiencia. Dentro del amplio catálogo de series de Netflix, Stranger Things satisface varias necesidades. Su diseño e intenciones la convierten en una perfecta serie para verse en maratón, y su pasión nostálgica hará que los amantes del cine de la época la consuman con frenesí. Si es capaz de desarrollar en buen equilibrio su drama (sempiternos hogares rotos) y su intriga (con la misteriosa niña nº 11), quizá estemos ante uno de los grandes entretenimientos del verano. Diseñado para ello está, así que la mitad del trabajo está hecho. (75/100).

    por Anónimo
    julio 18, 2016

    Crítica | Stranger Things

    por Anónimo | julio 18, 2016
    Lady Dynamite

    Una terapia artística

    crítica de la primera temporada de Lady Dynamite.

    Netflix / 1ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2016. Creadores: Mitchell Hurwitz & Pam Brady. Directores: Andrew Fleming, Robert Cohen, Max Winkler, Mitchell Hurwitz, Daniel Gray Longino, Bill Benz, Ben Berman, Ryan McFaul, Jessica Yu. Guionistas: Pam Brady, Mitchell Hurwitz, Theresa Mulligan Rosenthal, Kyle McCulloch, Matt Ross, Max Searle, Jen Statsky. Reparto: Maria Bamford, Mary Kay Place, Fred Melamed, Ana Gasteyer, Lennon Parham, Bridget Everett, Mo Collins, Dean Cain, Yimmy Yim, Ed Begley Jr., Ólafur Darri Ólafsson, Keith Lucas, Kenneth Lucas, June Diane Raphael, Jenny Slate, Patton Oswalt, Mike Fotis. Fotografía: Heimo Ritzinger. Música: David Schwartz.

    En un panorama televisivo como el actual, más concretamente en el mundo de las comedias, distinguirse es muy complicado. Este crítico supo de la existencia de Lady Dynamite cuando se anunció su fecha de estreno, el pasado 20 de mayo, a través de un vídeo que varios amigos cómicos de su protagonista Maria Bamford, que en la mayoría de los casos participan además en la serie haciendo de sí mismos o de algún personaje, recomendaban con humor su visionado. Estamos ante un collage hecho comedia de 30 minutos. Una propuesta estimulante y llena de energía, que dispara ideas por minuto y que mezcla tiempos y lugares con una deliberada mezcla de claridad y confusión. La serie cuenta la historia de la cómica Maria Bamford, cuya experiencia personal luchando con un trastorno bipolar da el centro argumental al asunto. Ofrece una versión de sí misma que nos cuenta en tres momentos temporales cómo sufrió un ataque de nervios, su estancia en una institución psiquiátrica y su regreso a la vida cotidiana. Bamford parece abrirse en canal para nosotros, dejar que miremos en la parte más oscura de su vida y así también aprendamos y desdramaticemos la situación de una persona con una enfermedad mental.

    Creada por Mitchell Hurwitz & Pam Brady, Lady Dynamite podría inscribirse en esa variante de series protagonizadas y originadas por comediantes que hacen de su día a día la fuente de hilarantes historias, que la impecable Seinfeld (1989-1998) popularizó y que ha dado ejemplos tan dispares como Larry David (2000-), The Sarah Silverman program (2007-2010), Louie (2010-) o Inside Amy Schumer (2013-), por decir sólo los casos más imaginativos. Aunque Bamford no figura como creadora ni escribe o dirige ningún episodio, la sensación que deja la serie es la de ser testigos de algo muy personal. Y también original, como si Bamford y los creadores hubieran decidido coger los códigos de la sitcom y hacerlos estallar, algo que no extraña teniendo en cuenta que Hurwitz está detrás de la magna Arrested development (2003-) y que Brady escribió durante años en South Park (1997-), series que cada una a su manera han cogido la base clásica y la han pervertido con mucho talento. Para ello no sólo se sirven de las propias experiencias de la actriz, sino que convocan un amplio y espléndido reparto (con especial mención para Fred Melamed, Ana Gasteyer y Bridget Everett y sus personajes) capaz de dinamitar convenciones y ser hilarantes por el camino.

    por Anónimo
    junio 10, 2016

    Crítica en serie | Lady Dynamite (T1)

    por Anónimo | junio 10, 2016
    Daredevil

    Diablo descompensado

    crítica de Daredevil / Segunda temporada.

    Netflix | EE.UU, 2016. Directores: Phil Abraham, Marc Jobst, Peter Hoar, Floria Sigismondi, Andy Goddard, Ken Girotti, Michael Uppendahl, Stephen Surjik, Euros Lyn. Guión: Douglas Petrie, Marco Ramirez, Mark Verheiden, John C. Kelly, Lauren Schmidt Hissrich, Sneha Koorse, Luke Kalteux, Whit Anderson (basado en el personaje creado por Stan Lee y Bill Everett). Reparto: Charlie Cox, Deborah Ann Woll, Elden Henson, Jon Bernthal, Elodie Yung, Scott Glenn, Vincent D’Onofrio, Michelle Hurd, Rosario Dawson, Clancy Brown. Fotografía: Martin Ahlgren, Petr Hlinomaz. Música: John Paesano.

    Si el año pasado hubo una serie que consiguió todos los laureles habidos y por haber, esa fue Daredevil, flamante primera muestra de lo que la alianza Marvel/Netflix podía ofrecer. Su planteamiento, tan alejado de lo que el luminoso Universo Cinematográfico Marvel exhibe tanto visual como argumentalmente, supuso todo un soplo de aire fresco al género superheroico, y abrió la puerta a una forma de hacer las cosas radicalmente distinta en lo que a las andanzas de tipos con mallas se refiere. No es por tanto de extrañar que en poco tiempo se anunciase una segunda temporada, en la que además se iban a mostrar a otro par de personajes que, como el propio Daredevil, habían sufrido una suerte poco halagüeña en sus anteriores encarnaciones en pantalla: El Castigador y Elektra. Las perspectivas no podían ser mejores. Y, sin embargo, hay algo en esta segunda tanda de Daredevil que no termina de encajar. Lo que en la primera temporada funcionaba como una máquina perfectamente engrasada, aquí se nota descompensado e irregular, como si ciertos elementos de la temporada hubiesen sido más cuidados que otros. Las dos tramas principales no carburan igual de bien, y donde una es eficaz y no tiene nada que envidiar a la entrega anterior, la otra resulta aburrida y, por momentos, incluso irritante. Tal vez se deba al cambio de showrunner, tal vez la bicefalia al frente de la serie sea responsable de los altibajos, pero uno no puede quitarse de encima la sensación de que sólo una de las dos partes de esta historia han gozado del interés de los implicados.

    Empecemos por la que sí funciona. La trama de Frank Castle, alias El Castigador, es sencillamente fantástica. A una historia brutal y sin concesiones (lo cual es decir muchísimo cuando hablamos de Daredevil) se une un desarrollo de personaje absolutamente magistral, algo que no era tarea sencilla con un personaje como Castle. Siendo quien es y cómo es, resultaba muy sencillo cruzar la línea de la violencia absurda, hiperbólica y sin sentido, o todavía peor, caer en la parodia facilona del personaje a lo Charles Bronson. Empero, el Frank Castle de Daredevil consigue ser alguien que, además de repartir violencia y muerte por donde pasa, resulta alguien digno de compasión, alguien a quien entender y por quien sentir incluso cierta simpatía, a pesar de que sus métodos no sean precisamente los más recomendables. Y el mérito recae a partes iguales en quienes hay tras la cámara y quien hay delante de ella; la interpretación de Jon Bernthal es lo mejor de la temporada. Capaz de resultar una terrorífica apisonadora de muerte y destrucción en una escena, y de mostrar lo roto que está por dentro en otra, Bernthal se come la pantalla en todas sus secuencias;  Daredevil disfuta de sus mejores momentos cuando él está presente, independientemente de con quién interactúe.


    «A pesar de sus errores, Daredevil se mantiene como  una serie que dignifica al estandarte del cine de aventuras actual, y que demuestra que se pueden hacer productos de evasión que no tomen al espectador por descerebrado».



    Es por eso que es tan difícil de entender qué ha pasado con la otra trama de la temporada: la de Elektra. La asesina de origen griego es uno de los personajes femeninos más oscuros y fascinantes de Marvel, un caracter cuya moralidad es más que ambigua y que no juega según las reglas establecidas. La posibilidad de ver a Elektra  en una encarnación que nos hiciera olvidar lo que fue su desastroso paso por la gran pantalla era algo tan esperado como lo fue hace un año la del propio Hombre sin miedo. Y, sin embargo… La Elektra de Daredevil, resulta un personaje plano, aburrido y previsible. Un estereotipo de femme fatale andante, cuyo arco argumental se hace más pesado con cada capítulo, y al que no ayuda en absoluto la interpretación de Elodie Yung, que mezcla todos los tópicos de ese cliché con los del rol de niña consentida que saca a todo el mundo de quicio. En la Elektra de Daredevil se echa de menos, y mucho, el buen progreso de personajes femeninos que sí tuvo su serie hermana, Jessica Jones; o sin ni siquiera tener que cambiar de producción, los procesos que sí han tenido Claire (Rosario Dawson), o incluso Karen (Deborah Ann Woll), a pesar de que en esta temporada su personaje haya virado hacia el complemento romántico del héroe, algo que tampoco pilla a nadie por sorpresa. Afortunadamente, casi todo lo que hizo buena la primera tanda sigue ahí: una dirección trepidante, unas escenas de acción sensacionales, y unos libretos que, si bien pueden flojear, siguen estando muy por encima de lo que el género superheroico suele ofrecernos, ya sea en televisión o cine. A pesar de sus errores, Daredevil se mantiene como  una serie que dignifica al estandarte del cine de aventuras actual, y que demuestra que se pueden hacer productos de evasión que no tomen al espectador por descerebrado. Netflix y Marvel siguen siendo un combo ganador, aunque esta vez lleguen a la meta con un poco menos de elegancia. | ★★★ |


    Judith Romero
    © Revista EAM / Londres


    por Unknown
    mayo 09, 2016

    Crítica en serie | Daredevil (T2)

    por Unknown | mayo 09, 2016
    House of cards

    Aparcar la credibilidad

    crítica de House of cards / Cuarta temporada.

    Netflix / 4ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: Beau Willimon. Directores: Robin Wright, Tom Shankland, Tucker Gates, Jakob Verbruggen, Alex Graves, Kari Skogland. Guionistas: Beau Willimon, Melissa James Gibson, Frank Pugliese, John Mankiewicz, Laura Eason, Bill Kennedy, Kenneth Lin, Tian Jun Gu. Reparto: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Jayne Atkinson, Neve Campbell, Derek Cecil, Elizabeth Marvel, Mahershala Ali, Reed Birney, Eisa Davis, Paul Sparks, Boris McGiver, Joel Kinnaman, Dominique McElligott, Molly Parker, Damian Young, Colm Feore, Nathan Darrow, Ellen Burstyn, Wendy Moniz. Fotografía: Peter Konczal, David M. Dunlap, Paul Elliott. Música: Jeff Beal.

    Por primera vez, la irregularidad ha reinado en una temporada de House of cards, que si podía presumir de algo era de acabar cada año revelando una planificación meticulosa, plantando piezas por el camino que germinaban en momentos climáticos estupendos. Beau Willimon, que se ha despedido del proyecto tras esta tanda, y de qué manera lo hace, ha hecho junto a sus guionistas un grupo de episodios que quiere tocar demasiadas cosas para los 13 capítulos de los que dispone, cuando curiosamente los capítulos en sí han sido más cortos que nunca (45/50 minutos frente a los habituales 55/60 por temporada anterior), pero quizá se haya debido a que cerró la tercera con una decisión demasiado rotunda como para poder mantenerla, o habrá hecho caso de las múltiples quejas de los espectadores, que no querían ver al matrimonio Underwood en crisis. Quizá hasta Netflix haya tenido algo que ver, aunque presumen de dejar a sus empleados trabajar sin intervención alguna. Sea como fuere, se pueden ver dos claros bloques temáticos en la temporada que nos ocupa, marcados por la entrada y salida definitiva de varios personajes y un intento de asesinato que le da la vuelta a la realidad de todos los personajes. El átomo político, el matrimonio perfecto en su despiadada manera de ver el mundo, empezaba el capítulo 40 en crisis, en plena huida de ella hacia el hogar materno, habitado por un dragón enfermo (extraordinaria Ellen Burstyn) que no le da tregua. Y decir que está enfermo no es hacer un spoiler ni dar información baladí, sino una muestra del pequeño bajón en la escritura que esta temporada ha demostrado. Es pura conveniencia que Elisabeth Hale se esté muriendo, o que Viktor Petrov vuelva a apretar las tuercas del conflicto internacional cuando lo hace, o que Lucas Goodwin se reúna con Heather Dunbar de la manera en que lo muestran, y algunas cosas más. Es hacer encaje de bolillos, no planear las cosas con meticulosidad. Y es más vistoso en una serie como ésta.

    Una debilidad de guion que también ha afectado otros frentes, como la regulación de los personajes de esta coral apuesta, especialmente un Doug que sin saltarse un episodio no le ha dado al estupendo Michael Kelly mucho material de calidad con el que trabajar. Lo mismo puede decirse de la subtrama de Jackie y Remy, aunque esto quizá tenga más que ver con los compromisos profesionales de ambos intérpretes con otras series. Algo similar le sucede a uno de los nuevos fichajes, una excelente Neve Campbell, cuyo personaje pierde bastante una vez Frank regresa al poder. En contraposición a esto, y menos mal, está la inteligente decisión de Willimon de sacar a Lucas de la cárcel y hacer que sus acciones lleven a Tom (¿el único personaje con integridad de este universo?) a investigar las acusaciones contra Frank. La manera en que dicha investigación y la vida en la Casa Blanca corren paralelas es de lo más emocionante, y se une en un enfrentamiento en Capítulo 52 (4.13) de los que no se olvidan. Los regresos del pasado de varios personajes que hemos podido ver este año han sido un placer y una sorpresa, ya sea en formato onírico o en la vida de pesadilla que tienen como consecuencia de haber estado en el camino de Frank y Claire.

    por Anónimo
    abril 10, 2016

    Crítica en serie | House of cards (T4)

    por Anónimo | abril 10, 2016
    Jessica Jones

    Antiheroínas, villanos y otras criaturas dañadas

    crítica de Jessica Jones (2015).

    Netflix | EE.UU, 2015. Directores: S.J. Clarkson, David Petrarca, Stephen Surjik, Uta Briesewitz, Bill Gierhart, Rosemary Rodriguez. Guión: Melissa Rosenberg, Liz Friedman, Jamie King, Scott Reynolds, Micah Shraft (basado en la obra de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos). Reparto: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Rachael Taylor, Carrie-Anne Moss, Wil Traval, Eka Darville, Erin Moriarty, Susie Abromeit, Robin Weigert, Colby Minifie, Rebecca De Mornay. Fotografía: Manuel Billeter. Música: Sean Callery.

    Siete años, doce películas y tres series de televisión después, Marvel se ha dignado a presentarnos a su primera superheroína por derecho propio, la primera que no aparece como un interés romántico que se ha ganado un ascenso, o como un personaje secundario relegado a ser comparsa del “club de los chicos”. Y para ello ha escogido un personaje a priori poco conocido para el gran público —hasta ahora—, con una vida y unos problemas mucho más mundanos que los de Tony Stark y su pandilla. Creada por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en 2001, Jessica Jones debutó en los cómics de la mano de Alias, serie que inauguró la línea MAX de Marvel, destinada a un público adulto y que incluye historias mucho más violentas, sexuales y oscuras que las de las colecciones regulares de la Casa de las Ideas. Quizá por eso era inevitable que apareciese en las producciones que Marvel ha reservado para Netflix, que, si no son una línea MAX televisiva, están muy cerca de serlo. Y la elección y puesta en escena, como sucedió con Daredevil, no pueden ser más brillantes. Alias es la base argumental de Jessica Jones, aunque la serie sigue su propio camino. Jessica es una mujer poco común, al menos para los estándares de los universos superheroicos; sí, tiene súper fuerza, es bastante más resistente de lo que es normal —aunque no invulnerable—, y casi se diría que puede volar. Pero también bebe como un cosaco, se acuesta con quien quiere y es un desastre en casi todo lo que hace; posiblemente, si el tabaco no estuviese tan mal visto en los productos audiovisuales americanos de hoy día, también fumaría como un carretero. Jessica está a años luz de las siempre pluscuamperfectas damiselas de los universos comiqueros, capaces de pasearse entre explosiones subidas a tacones de vértigo, de enamorar a semidioses alienígenas atropellándolos con su “encantadora torpeza” o de cargarse todo un pasillo lleno de matones literalmente sin despeinarse. Jessica Jones suda, sangra, se ensucia, no se cambia de ropa en días y huele mal. Jessica Jones es el personaje más humano jamás visto en una pantalla en la que aparezca gente que puede parar coches con las manos.

    A diferencia también de sus mayores cinematográficos, y en cierta medida también de su serie hermana, Jessica Jones nos cuenta una historia más pequeña, menos centrada en salvar el mundo y más en que su protagonista se salve a sí misma y a los suyos. Cuando la conocemos, Jessica está lidiando con un trastorno por estrés postraumático, resultado de haber pasado meses bajo el control mental de alguien llamado Kilgrave, que la llevó a sufrir, y a perpetrar, todo tipo de abusos imaginables. Un buen (mal) día, Jessica descubre que Kilgrave, a quien creía muerto, sigue vivo y ejerciendo su terrorífica influencia sobre la gente. La maldad de Kilgrave, como veremos después, no radica tanto en sus habilidades como en su propio ser. Y frente a la muy humana maldad de Kilgrave, se alza la no menos humana fuerza de voluntad de nuestra protagonista. Jessica es una superviviente: ha atravesado un infierno de abusos y ha vivido para contarlo; y, aunque dañada, puede que de forma irreparable, es capaz de plantarse frente a su torturador y escupirle su desprecio a la cara, de pararle los pies para evitar que dañe a otros como la ha dañado a ella. Jessica no es sólo alguien que puede atravesar paredes de un puñetazo o cargar con tipos del doble de su tamaño como quien lleva una mochila; también es alguien capaz de enfrentarse a un trauma muy real, a un miedo que puede llegar a paralizar, para evitar que éste siga definiendo su existencia. Con su aspecto menudo y casi frágil, y su expresión a la vez sarcástica y triste, Krysten Ritter resulta perfecta como Jessica, consiguiendo no sólo llevar la serie a sus espaldas, sino construir un personaje con el que el espectador puede empatizar sin caer en los estereotipos de marysue que resultan tan tentadores para el mundo audiovisual a la hora de lidiar con personajes femeninos. Jessica es una mujer, pero eso no significa que tenga que comportarse de acuerdo a unos “estándares” por el hecho de serlo. Los estándares y las opiniones de la gente, en realidad, se la traen bastante al pairo, como deja claro en más de una ocasión, a amigos, enemigos y desconocidos por igual.

    por Unknown
    diciembre 05, 2015

    Crítica en serie | Jessica Jones

    por Unknown | diciembre 05, 2015

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