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    Nathan Silver
    Nathan Silver
    || Críticas | Berlinale 2024 | ★★★☆☆ ½
    Between the Temples
    Nathan Silver
    Un ritual cómico


    Luis Enrique Forero Varela
    74ª Berlinale |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: «Between the Temples». Dirección: Nathan Silver. Guion: Nathan Silver, C. Mason Wells. Compañías productoras: Ley Line Entertainment, Fusion Entertainment. Fotografía: Sean Price Williams. Intérpretes: Jason Schwartzman, Carol Kane, Dolly De Leon, Robert Smige​l. Duración: 111 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2024


    El director estadounidense Nathan Silver construye con Between the temples un mapa emocional de la comunidad judía estadounidense, con forma de comedia ligera, que sabe con cierta inteligencia en qué momentos debe ser mesurada, y cuándo explotar un comedido humor autorreferencial. Y es que esta ligereza mencionada provoca un efecto curioso, como de cierta despreocupación hacia sus propios personajes; algo que podría jugar en su contra y que, interesantemente, en el caso que nos ocupa parece hacerle un favor al desarrollo narrativo, aportando una frescura prácticamente inesperada y provocando una sensación de que, pase lo que pase, de algún modo todo va a estar bien. En sus primeros compases, vemos cómo su protagonista Ben (un correcto Jason Schwartzman), desesperado tras un episodio personal muy doloroso, se acuesta en medio de la autopista, esperando acabar con su vida; cuando el camión que se acerca peligrosamente frena, tras haber reparado en él, su conductor lo lleva en autostop hasta el bar más cercano.

    Este planteamiento de este chiste como obertura es el principal elemento que vertebra el desarrollo de la película. Las circunstancias alrededor de la vida del pobre Ben reflejan que no está pasando por su mejor momento, que no ha conseguido aún recuperarse de la trágica muerte de su mujer. Y esta depresión le está comenzado quitar no solamente su capacidad vocal para desempeñar su función como cantor de versos de la Torá en la sinagoga local, sino además su vocación pedagógica y su interés en preparar a sus alumnos para el Bar Mitzva. Tal crisis existencial, que versa en su relación con la fe, que es lo mismo que su relación con la vida misma, sumerge a Ben en un estado de inmovilismo tremendo. La mirada ofrecida aquí sobre los usos y costumbres judíos, nos ofrece, como es natural, reminiscencias a otros autores que han abordado el mismo tema. A este respecto, Between the temples reverencia más a Woody Allen que a los hermanos Coen; un Woody Allen neurótico, con toda la ansiedad y verborrea características, pero despojado de cierta profundidad más, digamos, culturalista.

    En este estado triste y patético, Ben reconoce en el rostro de una desconocida a la Srta. Carla O’Connor (Carol Kane), su profesora de música en el colegio. Este encuentro casual precipita a los sucesivos, en un principio sustentados en la difusa nostalgia de los años del colegio, pero pronto da un giro y va transformándose en un deseo puro de conocerse el uno al otro. Carla se interesa por sus propias raíces judías, a las que nunca ha dedicado mucha atención, hasta tal punto de inscribirse en la sinagoga de Ben en clases de preparación para hacer el Bar Mitzva. Por su parte, Ben redescubre su propio oficio como profesor, pero también el valor de los contenidos culturales y religiosos, a través de la honesta emoción que los ojos de Carol parecen transmitir; a pesar de lo atípico que supone pasar por este ritual a su edad, la mujer está genuinamente segura del paso que quiere dar y Ben está dispuesto a darle todo su apoyo.

    La inteligencia particular del guion que C. Mason Wells ha escrito junto al propio Silver tiene que ver menos con los diálogos en sí que con, digamos, la atmósfera que es capaz de elaborar. Consigue burlarse tanto de los clichés más evidentes como de algunas costumbres menos conocidas judías en la cultura pop sin resultar ordinario en su aproximación; desde la pertenencia, obtiene un sentido del humor autorreferencial francamente divertido, sin renunciar a cierta elegancia estructural ni virar hacia el exceso como recurso efectista. Los malentendidos no se hacen esperar, dado lo inusual de las circunstancias, y de la dificultad por parte de Ben para describir la conexión que siente hacia su ex profesora de música del colegio; un asunto que parece concernirle a todo el mundo menos a Ben y Carol, quienes han generado un espacio propio y privado en el que se retroalimentan el uno al otro. Es en esta colisión en la que se producen los efectos cómicos.

    El camino hacia la sanación del protagonista parece en determinados momentos verse interrumpido o entorpecido precisamente por la gente que más cariño y aprecio profesa por él. Sus dos madres (Dolly de Leon y Caroline Aaron) parecen empeñadas en tener más claro que es lo que a él le conviene, y lo obligan con sutiles ardides a tomar esa decisión sobre la cual él nunca ha expresado interés, o fuerzan con evidente torpeza encuentros “casuales” con Gabby (Madeline Weinstein), hija del rabino Bruce (Robert Smigel), que acaba de llegar a la ciudad para pasar un tiempo y parece empecinada en forjar un vínculo con Ben. Él, en cambio, deambula por entornos que poco o nada tienen que ver con esta idea tan fija de conveniencia, y disfruta cada momento de complicidad que tiene con Carol, mientras le enseña los versos de la Torá e intenta convencer al rabino de lo preparada que su poco ortodoxa alumna está para realizar este rito tan pronto como sea posible, con una mezcla de orgullo y algún otro sentimiento más inclasificable bajo la superficie.

    La ausencia de gravitas de la que hablamos unas líneas más arriba en este texto no perjudica a la estructura de la película. La temática aquí presentada se trata con la seriedad justa para ofrecer una solidez en los comportamientos de los personajes, sí, cómicos, pero sin llegar al extremo del mamarracho, de estar escritos sin entidad alguna. Muy consciente de esto, Silver consigue jugar con estos elementos e intensidades dramáticas en el desarrollo de un arco argumental que reconforta por su sencillez. Y este tratamiento funciona de manera muy beneficiosa para la construcción de sus protagonistas, atribulados con preocupaciones hondas, desde luego, que, sin embargo, resuelven con una ligereza que divierte en su inocencia sin pretensiones, evitando además caer el el ridículo. Ben no se cuestiona el albedrío humano y la necesidad de la fe mientras estudia las sagradas escrituras; pero es que tampoco es esto de lo que busca Between de temples. Esta es una historia clásica de cómo dos personajes opuestos, heridos por la vida, consiguen hacerse compañía mutua en situaciones de dificultad o carencias afectiva hasta sanar juntos. Y como artefacto cinematográfico, el resultado es digno de mención.


    por Luis Enrique Forero Varela
    septiembre 10, 2024

    Crítica | Between the Temples

    por Luis Enrique Forero Varela | septiembre 10, 2024

    Estrellas sin nombre

    Crónica III del Festival de Gijón 2018.

    En la película ★ —sí, ese es el título: imposible de pronunciar o de escribir con un teclado básico, precisamente como renuncia a una lengua concreta—, el austriaco Johann Lurf, artista vanguardista donde los haya al que el Festival de Gijón dedica un foco de atención este año, une 500 fragmentos de cielos estrellados de películas de todas las eras y nacionales, sin subtítulos y con las pistas de audio originales. El resultado, de 99 minutos de duración, puede interesar más o menos, pero no hay duda de que su visionado constituye una experiencia única y difícil de olvidar. A priori muy sencillo, el proyecto, que partió de una selección de 2400 títulos, sirve para reflexionar sobre la historia del cine, pues, conforme nos acercamos al momento actual, la captación del cielo se vuelve más y más realista y la fotografía, más y más expansiva. La propia película será remontada año tras año para añadir nuevas estrellas sin nombre, de forma que, al igual que el universo mismo, estamos ante una obra en expansión. Títulos así, capaces de hipnotizar al público más versado, no tienen cabida en las salas comerciales, aportando una justificación más a la existencia de los festivales, donde el séptimo arte traspasa cada año sus propias reglas, concluyendo que, de hecho, no hay reglas. De cada espectador depende, por tanto, arriesgar más o menos en su elección de los títulos, pues en el folleto hay sitio para todo. ¿El libro de imágenes, el último rompecabezas de Jean-Luc Godard? Bueno, dejémoslo en “quizá”. ¿Closing Time, donde Nicole Vögele plasma la tranquilidad de la noche en Taipei durante dos cadenciosas horas? Por qué no, veamos qué tal. ¿La casa lobo, en la que Cristóbal León y Joaquín Cociña trabajaron durante tanto tiempo que invitaron al público a seguir el proceso en vivo? Vale, suena interesante. Y lo más probable es que lo sea, como lo son casi todos los títulos presentados en los festivales cinematográficos, sobre todo cuando arriesgan tanto como el de Gijón; ojo: interesantes, que no por ello buenos o satisfactorios. Quizá por eso, “interesante” es un vocablo empleado a menudo como eufemismo de “me alegra haberlo hecho pero jamás repetiría”. Para muchos, el cine es mero entretenimiento, y lo cierto es que la oferta de los multicines no suele dar para mucho más, infravalorando quizá el espíritu crítico medio. Pero lo cierto es que las posibilidades del arte audiovisual son tan infinitas como el universo. Y más vale que cineastas, críticos y espectadores las aprovechemos.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Festival de Gijón 2018 (III): Yara, Les confins du monde, The Great Pretender

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018
    Stinking Heaven

    Gritos de independencia

    Crónica de la primera mitad del Filmadrid 2015.

    Filmadrid ya ha salido del vientre materno para dar sus primeros pasos. Unos pasos sorprendentemente firmes para la edición inicial de un evento que pretende llevar a Madrid el espíritu festivalero más auténtico, el de compromiso que no entiende de especializaciones (la competición es internacional y alberga todo tipo de propuestas) con el cine invisible para las salas. La elección de la película inaugural, además de darle esa firmeza en sus primeros pasos al contar con un grande como Pedro Costa en el cartel, es muy reveladora del tipo de cine al que se pretende alumbrar: las propuestas de autor más genuinas, concebidas desde una irreductible independencia. El indie a rescatar de su subterraneidad. De ahí viene Cavalo Dinheiro, la nueva película de Costa y apertura de Filmadrid, que viene a mantener la emancipación de un director que lleva más de una década manteniendo su posición en la avanzadilla del séptimo arte, en la pelea por romper sus convencionalismos y empujar sus límites. Y con ese mismo espíritu pretenden rodar los nombres que Filmadrid ha lanzado a la palestra. En esta reseña de la primera mitad del festival vamos a conocer a tipos como Franco Maresco y la sátira guerrillera de su documental Belluscone. Una storia siciliana; un Nathan Silver que conjura la esencia del indie americano sin adulterar en el viaje de vuelta a los noventa que presenta Stinking Heaven; un Jan Soldat que indaga en sus documentales en manifestaciones extremas del amor como el sadismo o la zoofilia. Y dos independientes, uno español (Juan Rodrigáñez) y el otro chino (Li Luo) que ponen patas arriba (quizá con resultados mejorables, aunque el intento sea encomiable) los conceptos de la narratividad canónica.

    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 09, 2015

    Especial Filmadrid 2015 (I)

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 09, 2015
    Buzzard

    ¿Es posible que las tres películas por las que hemos transitado en este primer día del Americana, aunque con diferentes destinos, sean tres películas que aborden una especie de viaje? ¿No tienen en común (casi) todas ellas la búsqueda de una luz al final del túnel, dar un cambio de rumbo a una existencia mortificadora?

    En Uncertain Terms, el tercer largometraje de Nathan Silver, un treintañero en plena crisis matrimonial acude a la casa de su tía para tomar distancia mientras medita qué hacer con toda la vida construida con una mujer que le ha sido infiel. A su vez, la casa es el lugar de acogida de otras tantas existencias a la deriva, jóvenes embarazadas que no quisieron serlo, rechazadas tanto de sus hogares como por los padres de aquellos hijos alojados en sus vientres. El hombre, convertido sin quererlo en el disparador de las hormonas adolescentes en ese espacio de la feminidad, seductor accidental, encuentra en la fragilidad de una de esas jóvenes una especie de alma gemela. Por otra parte, en Buzzard, Marty, un joven sociópata interpretado por un Joshua Burge a medio camino entre Steve Buscemi y William Fichtner, no sólo se aprovecha del engaño al Sistema para subsistir en una sociedad depredadora, sino de todo aquel del que pueda sacar tajada. Marty se mueve por las grietas, saboteando desde dentro ese mismo Sistema que le da de comer. Pero cuando los mecanismos vigilantes de éste parecen reaccionar, el joven, armado con una especie de guante a lo Freddy Krueger, emprende un viaje de autodestructiva paranoia hacia los territorios de la nada más absoluta.

    Tanto en Uncertain Terms como en Buzzard, segundo largometraje de Joel Potrykus, el viaje parece acabar llegando de nuevo al punto de partida. En el caso de la película de Silver, el viaje se dibuja como un trayecto interior, la toma de conciencia de la necesidad de cambio en una vida infeliz. Robbie, el treintañero atormentado por la infidelidad de su esposa, y Nania, la joven embarazada de una criatura cuyo padre no es más que un inmaduro adolescente, congenian pero a un precio: la imposibilidad del viaje interior cuando el regreso de los fantasmas vuelven para reclamar unas almas condenadas a repetir el bucle de sus miserias existenciales. Para la juventud desencantada y parasitaria que retrata Buzzard, en cambio, que el viaje regrese al punto de partida es, precisamente, algo que celebrar. Utilizando la referencia cinéfila para amedrentar a los que se oponen en el camino, el punto de partida es un regreso a la zona de confort, la posibilidad de seguir aprovechándose de un Sistema y una sociedad que hace la vista gorda. Feísta e incómoda, la película de Potrykus desnuda a su antihéroe mediante el buscado estatismo del plano fijo. Los personajes de Buzzard se aferran a la miseria, al egoísmo y la mediocridad como si en ello les fuera la propia vida, dispuestos a todo por conservarla. Ya no existen nuevos objetivos ni metas que alcanzar.

    por Anónimo
    febrero 22, 2015

    Americana 2015 | Abrazando la deriva

    por Anónimo | febrero 22, 2015

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