Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Kleber Mendoça Filho. Mostrar todas las entradas
    Kleber Mendoça Filho
    Kleber Mendoça Filho

    Cuestión de forma

    Segundo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    En la crónica publicada ayer, comentábamos el deseo de evolución del certamen –siempre en detrimento del espectador y en favor del show business. Lo que no cambia, sin embargo, es la percepción de la crítica. La misma que exige revolución, otras cuotas acordes a las necesidades de nuestro tiempo y nuevos nombres que derriben la mitología que ha construido el festival en la última década. La misma, también, que se acoge al estereotipo más banal para recibir filmes procedentes de determinadas coordenadas. Redactar las reseñas de antemano tiene ese riesgo. Y en ese campo, y aprovechando la emisión de la última temporada de Juego de tronos, entramos en la compleja dicotomía entre lo que anhelamos y presumimos con lo que los directores y guionistas proponen. De esta manera, una película como la brasileña Bacurau, del tándem inédito conformado por Juliano Dornelles y Kleber Mendonça Filho, de la que se esperaba el sempiterno retrato social, se transforma, a mitad de metraje, en una desconcertante mixtura devenida Western posmoderno donde la imaginación y la extravagancia expirada, vinculada al realismo mágico del Cinema Novo local, nos dejan una obra tan inclasificable como poderosa en muchos de sus segmentos. Por supuesto, en su subtexto conviven temas habituales como el arraigo y la crítica a las políticas rurales de la nación sudamericana. Cambien, pues, la formas. Las mismas que, en el otro extremo de la puesta en escena, en este caso pedestre, hicieron que la Palma de Oro entregada en 2016 a Ken Loach por Yo, Daniel Blake, fuera recibida con estrépito por los acreditados, que remarcaban la naturaleza primigenia de una idea, el deceso del socialismo, caduca y exhibida con el hierático estilo del cineasta británico. Dicho esto, parece que en el punto medio se encuentra la tendencia y que el profesional no tiene capacidad alguna de liberarse de los prejuicios estén firmados o no. E.L.

    por EAM
    mayo 17, 2019

    Cannes 2019 (II) | Críticas: Bacurau, Sorry we missed you, Atlantique, Canción sin nombre

    por EAM | mayo 17, 2019
    Aquarius

    La memoria y sus fetiches

    crítica ★★★★ de Doña Clara (Aquarius, Kleber Mendonça Filho, Brasil, 2016).

    Los tiempos nos obligan a plantearnos seriamente si eso a lo que llamamos rock no se ha convertido ya en otra cosa. Como síntoma, podemos fijarnos en la pérdida de relevancia de su soporte físico. Uno puede reducir a mero fetichismo el valor que le dan los más puristas a los vinilos y demás parafernalia, pero quizá ese fetichismo sea crucial para definir el espíritu que acompaña a la música. ¿Cómo se las apañó el rock para convertirse en fenómeno masivo derrumbando la dicotomía clasista de la anterior música (la sociedad que se dividía entre habituales de la ópera y verbeneros, para entendernos)? Mediante la accesibilidad que posibilitaron los nuevos soportes. El vinilo y los casetes le dieron un carácter democratizante al género decisivo para su propagación. Pero a la vez permitieron combinar esta faceta con una fuerte carga personal: aunque producto de una fabricación estandarizada, cada copia era convertida en algo único al ser completada con las circunstancias particulares de su dueño. Sin una presencia en los mass media, la canción de rock original era un mensaje compartido que viajaba de mano en mano, un descubrimiento transmitido en cadena. Bajo la actual lógica de la viralidad, prima la velocidad y la sensación de novedad simultánea. Quizá no seamos del todo conscientes de qué es exactamente lo que se pierde con ello: el valor que atesora la mera acción de transmitir el contenido, el sentido de intimidad compartida que siembra el descubrirle «esa canción» a «esa persona» entregándosela en «esa cinta». La significación intrínseca de cada uno de los engarces que formaban la cadena de transmisión de las canciones.

    Aunque su núcleo argumental se ciñe a la ambientación contemporánea, Doña Clara (segundo largometraje de ficción del director brasileño Kleber Mendonça Filho) se abre con la única ruptura del presente fílmico que existe en su metraje. Un recuerdo de su protagonista en 1980, en el que recorre la playa en coche junto a unos amigos y comparte con ellos uno de esos momentos de transmisión musical. Saca con cierta ceremonia una cinta de casete y anuncia que tiene algo que les va a gustar. Lo que suena es el «Another One Bites the Dust» de Queen. Ya de por sí, el que una canción tan emblemática (y de un grupo que entonces ya era mundialmente conocido) sea descubierta por primera vez en una situación similar nos puede resultar algo añejo. Pero además, lo que Filho despliega aquí es una estrategia metonímica. Las resonancias personales que tiene la anécdota escogida se desvelan pocos minutos después, cuando conocemos que la joven Clara acaba de superar un cáncer de mama. La canción de Queen queda asociada a un estado de celebración triunfal, y eso es algo que hoy nos puede sonar. Ahora bien, Filho expone también las manifestaciones materiales de este recuerdo. Arrancar su historia en esa playa, en ese coche y escuchando esa cinta convierten a sendos objetos en depositarios de una memoria y con ello en reforzadores de su importancia. Lo mismo sucede, en la siguiente escena (aún parte del flashback), con la aparición del que va a ser espacio definitorio de la película: el edificio Aquarius (ubicado entre plena línea costera de la ciudad de Recife) que le da su título original. Filho rueda con detenimiento la fiesta de cumpleaños de una tía de Clara que se celebra en él y el discurso emocionado de su marido cuando cuenta, al borde de la lágrima, los malos ratos ya superados por la enfermedad de su esposa. Ese detenimiento marca ya el tono de vivencia compartida, en este caso celebratorio, que Doña Clara trata de imbuirnos.

    por Miguel Muñoz Garnica
    febrero 02, 2017

    Crítica | Doña Clara

    por Miguel Muñoz Garnica | febrero 02, 2017

    A Hard Day’s Night

    Crónica de la séptima jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    Llegaba Almodóvar a La Croisette arropado por los aplausos incansables de un público que lo acoge como el ídolo de masas en el que se ha convertido. Su película, Julieta, pese a ser la menos almodovariana de las que ha realizado nunca, ha despertado un gran interés en el público francés que aceptaba el encanto del manchego y lo premiaba con un respaldo absoluto. Mimosas, de otro realizador español, aunque éste prefiera responder al cosmopolitismo, nos introducía en un relato esotérico sobre las poblaciones norafricanas que sorprendía por su laicismo y su asombrosa puesta en escena. Y de un trabajo de elevada complejidad diegética a otro completamente antagónico en ese aspecto, aunque muy entretenido: Captain Fantastic resolvía con mucho oficio una crítica a los extremos ideológicos y a la sobreprotección infantil. De ahí nos marchábamos a Aquarius, una de esas cintas que alcanzan una importancia preponderante debido a su inmediatez y a la rabia con la que entonan un grito de protesta necesario. Cerrábamos la jornada con Brillante Mendoza y su Ma’Rosa, un filme que resulta algo convencional en el contenido, aunque muy bien ejecutado en base a la perfecta definición de la violencia institucional de un gobierno brutalizado.

    JULIETA

    Pedro Almodóvar, España, 2016 / COMPETICIÓN.

    Poco queda de aquel Almodóvar contestatario que se rebelaba contra los cánones de petulancia formal allá por los albores de los años 80. El manchego, en plena movida, era capaz de romper los esquemas clásicos del cine español a golpe de iconoclastia erótico-psicótica. Hoy, con el estreno de Julieta, deja claro que él ya no forma parte de la cultura rupturista a la que se unen las nuevas generaciones; el agotamiento y el paso del tiempo le han hecho asentarse en un estilo mucho más narrativo y pausado que evita el azoramiento histérico de antaño. El libreto que el realizador adapta de un relato de Alice Munro incide en sus obsesiones, u obsesión, perenne: la perturbadora relación freudiana maternofilial. Sin embargo, Almodóvar la aborda ahora desde una óptica completamente externa, sin implicarse, sin dejar entrever por ningún lado la desolación de sus inquietudes como artista y como reflejo de su obra. No aparece el desencanto de una época, ni la malicia sibilina de sus personajes. Por momentos vislumbramos una chispa de aquello personalizada en la inigualable Rossy de Palma, pero no es más que un espejismo, pues ni la soberbia actriz es capaz de devolver la agudeza a un cine que se pierde en la vaguedad de la medianía; no deja de ser una obra más del montón, incapaz de destacar por algo que no sea el nombre del autor.

    Lenta en un exceso prosaico, la trama se mantiene con vida gracias a un astuto truco de identidades, al representar a la misma persona por medio de dos actrices diferentes. No obstante, una vez que ese truco se ha afianzado y el proceso mutacional ha sido acertadamente colocado y contextualizado en un momento determinado del metraje, como indicador del fin y el comienzo de una etapa tan importante que adquiere un sentido absoluto, la película pierde entonces gran parte de su fuerza y se deja arrastrar a la deriva impulsada por la dramática historia de una familia cuyos lazos han sido arrancados con la fuerza de una tormenta salvaje. El director resuelve el entuerto con oficio pero sin despeinarse. Echamos en falta alguna vuelta de tuerca más sorprendente que premie nuestra paciencia pero, en su lugar, nos encontramos al amparo de un narrador empecinado que sigue con el ciego objetivo de aportar lirismo a un discurso cuya mayor, y puede que única, fuerza reside en la extremada gravedad dramática. (60 de 100)

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 18, 2016

    Festival de Cannes 2016. Día 7. Críticas: Aquarius / Ma'Rosa / Mimosas / Captain Fantastic / Julieta

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 18, 2016
    Sonidos de barrio
    EL TEMOR A LO DESCONOCIDO
    crítica de Sonidos de barrio | O som ao redor, Kleber Mendonça Filho, 2012

    sección oficial | Atlántida Film Fest

    Las ciudades costeras brasileñas suelen tener dos caras. Por un lado están la playa, la samba, el deporte, las mujeres con muchas curvas y poca ropa… Aquello por lo que turística y estereotípicamente es conocido Brasil. Pero si uno se dirige más hacia el interior de estas urbes, algo que normalmente se evita, la cosa cambia y a menudo pueden arreciar la pobreza y la violencia. Por ello, un drama situado mayoritariamente en estos barrios, en concreto en los de Recife, y que según su director pretende producir una sensación constante de amenaza, da pie a que anticipemos un relato caracterizado por la miseria y la delincuencia, en la estela de Ciudad de dios (Fernando Meirelles, 2002), aún con aliviadores paréntesis en los que se nos muestre la cara alegre y bonita del país. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que Sonidos de barrio (O som ao redor, Brasil, 2012), ópera prima de Kleber Mendonça Filho, rodada en su hábitat natural, sorprende con un planteamiento y un desarrollo que se aleja de los ejemplos más conocidos de este cine. El enfoque está puesto aquí en la clase media-alta, donde las preocupaciones son más inmateriales que materiales, donde reina la amabilidad y la educación, donde los niños o adolescentes estudian o juegan alegremente al fútbol en vez de drogarse o meterse en líos… Y donde la violencia es implícita antes que explícita.

    por Ignacio Navarro
    abril 13, 2013

    CRÍTICA | SONIDOS DE BARRIO

    por Ignacio Navarro | abril 13, 2013

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción