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    Matt Ross
    Matt Ross
    Captain Fantastic

    Los reyes filósofos de Platón

    crítica de Captain Fantastic (Matt Ross, EE.UU., 2016).

    He aquí una de esas pequeñas películas nacidas para encandilar, en perfecta comunión, a crítica y público. Esas de las que resulta prácticamente imposible escapar a su poder de seducción y no caer rendidos a sus pies, gracias a su desbordante combinación de frescura y emotividad. Los galardones obtenidos por Captain Fantastic (2016) en Karlovy (Premio del Público) o en la sección Un Certain Regard de Cannes –mejor director para un Matt Ross que ha dado la campanada en su segunda incursión tras 28 Hotel Rooms (2012)– han puesto en el punto de mira a una cinta que sigue la tradición cinematográfica de familias disfuncionales como las de Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006) o La familia Bélier (Eric Lartigau, 2014), tan excéntricas, imperfectas y cargadas de conflictos internos como, a la hora de la verdad, unidas como las que más ante las adversidades y los más kamikazes objetivos. Sin embargo, la propuesta que nos presenta Ross eleva el listón de la ambición sobre otros ejercicios similares, poniendo sobre la mesa un buen puñado de temas de reflexión y debate –no exentos de polémica a pesar del tono amable del relato– a través de una fábula utópica con reminiscencias de El señor de las moscas, de William Golding, que hace una abierta crítica a la sociedad capitalista actual, al consumismo e, incluso, a las religiones organizadas (con la cristiana como principal objetivo de sus dardos).

    Un Viggo Mortensen en inmejorable forma interpretativa se pone en la piel de Ben, el cabeza de familia que ha construido un hogar en medio de los bosques situados al noroeste del Pacífico para criar a sus seis hijos (de edades comprendidas entre los 5 y 20 años) al margen de la civilización, protegiéndoles de un mundo que ha evolucionado demasiado rápido, dando tanta prioridad al materialismo, la televisión, la comida basura y tantos lujos y comodidades idiotizantes que se ha olvidado de lo que en verdad importa: desarrollar el cuerpo, la mente y el espíritu. Desprovistos de electricidad, teléfonos móviles o agua corriente, este grupo de personas se alimenta de lo que ellos mismos cazan o cultivan en sus propias tierras, realizan durísimos entrenamientos físicos que han convertido a los niños en auténticos atletas de élite, pero, sobre todo, pasan las horas muertas estudiando (y debatiendo) sobre historia, filosofía, arte o cualquier tema que pueda contribuir a fomentar sus propias ideas sobre el mundo. Ningún tema es tabú –especialmente chocante resulta la facilidad con la que el patriarca habla de sexualidad o sobre el suicidio de su esposa bipolar con sus hijos, de igual a igual– y, en ocasiones, el carácter disciplinario y algo severo de Ben no conoce límites a la hora de poner la integridad física de sus vástagos en serio peligro, en su afán por hacer de ellos unos seres independientes y fuertes. Pero este modo de vida se verá cuestionado cuando la familia tenga que desplazarse a la ciudad para resolver unos asuntos personales, y se tope de bruces con una sociedad que les ve como bichos raros. La película dedica su primer (excelente) acto a mostrarnos el asilvestrado día a día de los protagonistas en los bosques, una dura rutina dedicada al constante crecimiento personal, intelectual y espiritual, pero en la que son felices y no tienen tiempo para extrañar ninguna de las presuntas ventajas de la sociedad exterior a su burbuja, para, a continuación, enfrentarlos de bruces a la modernidad, con todos los ingredientes propios de este tipo de productos indies –fortuitos despertares sexuales (con una percepción demasiado romántica del tema por parte del hijo mayor, encarnado por un estupendo George MacKay, contrapuesta al sentido práctico de su novieta ocasional, mucho más experimentada en estos menesteres), abuelos que se oponen a la educación autodidacta que reciben los nietos y quieren hacerse con su tutela por considerar contraproducente la influencia de Ben, al que consideran culpable del dramático final de su hija, una abogada que, de la noche a la mañana, lo abandonó todo para vivir en armonía con la naturaleza–, siendo la esta segunda parte bastante más convencional, sin abandonar del todo sus apuntes críticos.

    por José Martín León
    octubre 03, 2016

    Crítica | Captain Fantastic

    por José Martín León | octubre 03, 2016

    A Hard Day’s Night

    Crónica de la séptima jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    Llegaba Almodóvar a La Croisette arropado por los aplausos incansables de un público que lo acoge como el ídolo de masas en el que se ha convertido. Su película, Julieta, pese a ser la menos almodovariana de las que ha realizado nunca, ha despertado un gran interés en el público francés que aceptaba el encanto del manchego y lo premiaba con un respaldo absoluto. Mimosas, de otro realizador español, aunque éste prefiera responder al cosmopolitismo, nos introducía en un relato esotérico sobre las poblaciones norafricanas que sorprendía por su laicismo y su asombrosa puesta en escena. Y de un trabajo de elevada complejidad diegética a otro completamente antagónico en ese aspecto, aunque muy entretenido: Captain Fantastic resolvía con mucho oficio una crítica a los extremos ideológicos y a la sobreprotección infantil. De ahí nos marchábamos a Aquarius, una de esas cintas que alcanzan una importancia preponderante debido a su inmediatez y a la rabia con la que entonan un grito de protesta necesario. Cerrábamos la jornada con Brillante Mendoza y su Ma’Rosa, un filme que resulta algo convencional en el contenido, aunque muy bien ejecutado en base a la perfecta definición de la violencia institucional de un gobierno brutalizado.

    JULIETA

    Pedro Almodóvar, España, 2016 / COMPETICIÓN.

    Poco queda de aquel Almodóvar contestatario que se rebelaba contra los cánones de petulancia formal allá por los albores de los años 80. El manchego, en plena movida, era capaz de romper los esquemas clásicos del cine español a golpe de iconoclastia erótico-psicótica. Hoy, con el estreno de Julieta, deja claro que él ya no forma parte de la cultura rupturista a la que se unen las nuevas generaciones; el agotamiento y el paso del tiempo le han hecho asentarse en un estilo mucho más narrativo y pausado que evita el azoramiento histérico de antaño. El libreto que el realizador adapta de un relato de Alice Munro incide en sus obsesiones, u obsesión, perenne: la perturbadora relación freudiana maternofilial. Sin embargo, Almodóvar la aborda ahora desde una óptica completamente externa, sin implicarse, sin dejar entrever por ningún lado la desolación de sus inquietudes como artista y como reflejo de su obra. No aparece el desencanto de una época, ni la malicia sibilina de sus personajes. Por momentos vislumbramos una chispa de aquello personalizada en la inigualable Rossy de Palma, pero no es más que un espejismo, pues ni la soberbia actriz es capaz de devolver la agudeza a un cine que se pierde en la vaguedad de la medianía; no deja de ser una obra más del montón, incapaz de destacar por algo que no sea el nombre del autor.

    Lenta en un exceso prosaico, la trama se mantiene con vida gracias a un astuto truco de identidades, al representar a la misma persona por medio de dos actrices diferentes. No obstante, una vez que ese truco se ha afianzado y el proceso mutacional ha sido acertadamente colocado y contextualizado en un momento determinado del metraje, como indicador del fin y el comienzo de una etapa tan importante que adquiere un sentido absoluto, la película pierde entonces gran parte de su fuerza y se deja arrastrar a la deriva impulsada por la dramática historia de una familia cuyos lazos han sido arrancados con la fuerza de una tormenta salvaje. El director resuelve el entuerto con oficio pero sin despeinarse. Echamos en falta alguna vuelta de tuerca más sorprendente que premie nuestra paciencia pero, en su lugar, nos encontramos al amparo de un narrador empecinado que sigue con el ciego objetivo de aportar lirismo a un discurso cuya mayor, y puede que única, fuerza reside en la extremada gravedad dramática. (60 de 100)

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 18, 2016

    Festival de Cannes 2016. Día 7. Críticas: Aquarius / Ma'Rosa / Mimosas / Captain Fantastic / Julieta

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 18, 2016

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