HBO | EE.UU., 2017. 1 temporada / 7 episodios. Creador: David E. Kelley. Director: Jean-Marc Vallée. Guion: David E. Kelley. Fotografía: Yves Bélanger. Montaje: David Berman, Maxime Lahaie-Denis, Sylvain Lebel, Justin Lachance, Véronique Barbe y Jim Vega. Música: Susan Jacobs. Reparto: Reese Witherspoon, Nicole Kidman, Shailene Woodley, Alexander Skarsgård, Laura Dern, Zoë Kravitz, Adam Scott, James Tupper, Iain Armitage, Ivy George, Darby Camp, Chloe Coleman, Cameron Crovetti, Nicholas Crovetti, Santiago Cabrera, Jeffrey Nordling, Kelen Coleman, Kathryn Newton, Larry Bates, Kathreen Khavari, David Monahan y Larry Sullivan.
El primer capítulo de Big Little Lies nos presenta la anodina existencia de cinco madres del norte de California, así como la de los hombres que forman parte —o no— de sus vidas y la de los acomodados hijos nacidos de tales lazos. La cuidada fotografía de Yves Bélanger y la reposada música de Susan Jacobs nos sumergen en un universo apacible, de forma que nos dejamos envolver por el aroma del mar y sentimos la brisa acariciar nuestra piel. Pero la paz dura poco, porque un acontecimiento de apariencia banal, una simple rencilla escolar, pone patas arriba el espejismo idílico que la suma de los elegantes parajes burgueses californianos y la mimada puesta en escena nos ha hecho experimentar, aunque sólo fuera por unos minutos, como un regalo con ticket de forzada devolución. Así, una acusación exenta de pruebas apoyada por esa mentira de que «los niños siempre dicen la verdad» lastra de golpe y porrazo las esperanzas de los recién llegados —Jane y su hijo Ziggy Chapman, o sea, la cada vez más popular Shailene Woodley y el pequeño Iain Armitage— por empezar de cero, confirmando cuán difícil resulta rehuir el pasado. Sin demasiado convencimiento, la pequeña Annabella Klein (Ivy George) acusa al joven Ziggy de haberla atacado bajo la atenta mirada de su progenitora, la altiva Renata (Laura Dern), quien emprende entonces una cruzada en contra de la madre soltera y su aparentemente inocente hijo. Suerte que nada más llegar al pueblo estos habían hecho buenas migas con Madeline Martha Mackenzie (Reese Witherspoon), para quien toda excusa es buena para plantar cara a Renata, aun cuando haya de hacer uso de la popularidad de su propia hija Chloe (Darby Camp) para lograr sus propósitos (cuando se posee el dinero suficiente, tan fácil es organizar la mejor fiesta de cumpleaños imaginable como aguarla). El quinteto de madres se completa con la admirada Celeste Wright (Nicole Kidman), madre de los gemelos Josh y Max (Cameron y Nicholas Crovetti), y la nueva pareja del exmarido de Madeline, Bonnie Carlson (Zoe Kravitz), madre a su vez de Skye (Chloe Coleman). Entre mujeres y niños —sí, el sector de la sociedad al que anticuadamente se insta a poner a salvo primero en casos de emergencia— se fragua el conflicto, con los hombres sirviendo de inútiles complementos cuando no constituyen ellos mismos el problema.
Presentada de este modo, la trama (o, mejor dicho, la suma de subtramas) puede antojarse espinosa, pero lo cierto es que los numerosos personajes son introducidos con suma elegancia por el guion de David E. Kelley, quien, manteniéndose fiel a la novela de Liane Moriarty, aprovecha las siete horas que le granjea la miniserie para sumir al espectador en los universos particulares de las cinco mujeres involucradas, de modo que, al término del primer capítulo, ya sintamos un fuerte aprecio por todas y cada una de ellas, así como máxima curiosidad por sus prometedores secretos. Además, la intriga es amplificada por la “crónica de una muerte anunciada” que envuelve toda la obra, al presentarse esta como un flashback explicativo de un crimen que sólo conoceremos al final (¡y qué final!). Las rencillas de Madeline y compañía se alternan así con las declaraciones de los testigos, presentadas en forma de pequeñas cápsulas que, más que aportar información, dotan a la serie de un perenne carácter enigmático a la vez que la envuelven en ingeniosa hilaridad. Tal y como aprendimos con Mujeres desesperadas (2004-2012), nada hay más divertido y empático que las desventuras cotidianas del día a día de las mujeres burguesas, y eso es algo que guionista, director y reparto saben bien cómo explotar. De hecho, pese a la oscuridad que alberga, Big Little Lies jamás deja de lado el humor, presente especialmente en la lucha de egos entre Renata y Madeline, la cual resulta curiosa al recordar la relación materno-filial que unía hace nada a Dern y Witherspoon en Alma salvaje (2014), donde ambas fueron fantásticamente dirigidas —tanto, que renacieron de sus cenizas y optaron a sendos Oscars— por el canadiense Jean-Marc Vallée, quien, por deseo expreso de Witherspoon (que, al igual que Kidman, es productora del show) no es otro que el realizador de los siete episodios de la obra que nos ocupa. El que también es director de las aclamadas C.R.A.Z.Y. (2005) y Dallas Buyers Club (2013) abordó la miniserie como si de un largometraje se tratase, dedicando un día de rodaje por cada cuatro páginas de guion, lo que resulta clave del deslumbrante resultado obtenido a niveles tanto técnico como interpretativo.
crítica ★★★★★ de The Young Pope de Paolo Sorrentino.
HBO | Estados Unidos, 2016. 1 temporada/ 10 episodios. Creador: Paolo Sorrentino. Director: Paolo Sorrentino. Guion: Umberto Contarello, Tony Grisoni, Stefano Rulli, Paolo Sorrentino. Fotografía: Luca Bigazzi. Montaje: Cristiano Travaglioli. Música: Lele Marchitelli. Reparto: Jude Law, Diane Keaton, Silvio Orlando, Scott Sheperd, Cécile De France, Javier Cámara, Ludivine Sagnier, Toni Bertorelli, James Cromwell, Andre Gregory, Sebastian Roché, Marcello Romolo, Ignazio Oliva, Vladimir Bibic, Nadie Kammalaweera, Stefano Accorsi. PÓSTER OFICIAL.
“Halle Berry or hallelujah”. En ese manifiesto poético contra la discriminación y el odio llamado Good Kid, M.A.A.D. City, Kendrick Lamar sentencia, en un solo verso de la canción Money Trees, la hipocresía conceptual presente en el comportamiento de quienes deambulan, con soberana dignidad, por la heterogénea línea que separa el hedonismo cirenaico del cristianismo dogmático “elige tu veneno y dime tu decisión”. Dos hemisferios enfrentados, el cielo y la tierra, y con un común representante estratégicamente situado: El Vaticano. Así, emergiendo de una montaña de bebés aparece, arrastrándose, la figura epifánica del nuevo obispo de Roma. Una pila de recién nacidos en un estado lamentable; ni tan siquiera parecen dotados de la plácida calma de un cuerpo exangüe, sino que se muestran con un aspecto de podredumbre abominable, al representar la corrupción de esa juventud que anuncia el título de la nueva serie de HBO, dirigida por Paolo Sorrentino: The Young Pope. Al comienzo del episodio piloto vemos a un futuro joven Papa, mucho antes de que tan siquiera llegara a plantearse su fe cristiana, apoyado en un árbol y contemplando el cuerpo desnudo de una sugerente venus que posa frente a él, símbolo de la pureza y la belleza. ¿Puede haber algo pecaminoso o imperfecto en ese cuerpo? Instantes después, el atractivo hombre en que se ha convertido, está a punto de dar el discurso más irreverente y herético de la historia del Vaticano, ya erigido en el primer Papa estadounidense, un orgullo para la nación libre que, con este título, se quita la espina que ha ido arrastrando en su pretenciosa tradición como potencia mundial. Pero este sueño, que parte con la realización del primer milagro público del obispo, más que una visión premonitoria y sediciosa de las aspiraciones de un lozano y santo individuo por cambiar la estricta ortodoxia doctrinal de la iglesia, es una revelación esperpéntica y calamitosa, una pesadilla si se prefiere, de un hombre ultra-conservador y muy consciente de su poder, por supuesto con la inteligencia y la soberbia suficiente para aprovecharse de él hasta las últimas circunstancias, denostando y pasando por encima de quien haga falta en su ambicioso empeño inquisidor.
Sorrentino ejemplifica con Jud Law el acomplejado sistema patriarcal estadounidense, extremadamente competitivo y deseoso de imponer su superioridad en cualesquiera sean las materias, divinas — hallelujah— o terrenales —Halle Berry—. El reciente nombramiento de Jorge Mario Bergoglio, un ciudadano americano pero del hemisferio equivocado, como el Papa Francisco —encima con un nombre tan mundano y sin la ostentación que corresponde a un título de semejante alcurnia—, no hizo más que acentuar esa vergüenza y complejo que se esfumarían gracias a esta nueva y mejorada versión del obispo de Roma, ahora sí, Americano, con toda la grandeza mayestática y el orgullo de la propia palabra, mediante una imagen atlética, por supuesto, apolínea, sin duda y arrogante, como corresponde ya no a un portavoz de la divina palabra, sino a una personificación del mismísimo Dios en la Tierra. Lenny Belardo es coronado, pasando a los anales de la historia de manera inmediata, con el nombre de Pio XIII, tomando el testigo de una larga tradición de herencia romana, que adoptó dicho nombre de significado dadivoso, por tratarse de una de las virtudes humanas más nobles en el cumplimiento de los deberes religiosos. Y atención al sustantivo empleado: deberes, porque describe perfectamente lo que la fe significa para este Papa que será recordado, quizá no por ser el más joven pero, sin duda, sí por ser el más apuesto.El realizador presume de preciosismo en la composición de una fotografía que utiliza con astucia multitud de planos abigarrados para crear agrupaciones corales protocolarias, de carácter religioso, que constituyen el séquito de un Sumo Pontífice que bien parece una auténtica Rock Star. Al mismo tiempo, mientras contemplamos absortos la gracia con la que ha sido dotado el nuevo pontífice, el director acierta a ironizar sobre esa belleza farisaica y la opulencia dogmática, con satíricas reacciones caricaturescas y diálogos inverosímiles. Todo ello, respetando siempre las más altas consideraciones de forma y contenido gracias a un entorno de extrema delicadeza y sublimación como es la Basílica de San Pedro, cuna y lecho mortuorio de Miguel Ángel, quien pereció tratando de cumplir con las exigencias artísticas que proseguirían Bernini, Antonio Canova y Giuseppe Cesari entre otros, y que ahora podemos admirar en todo su esplendor. Mausoleo de algunas de las mayores obras de arte jamás realizadas, El Vaticano, exquisita pieza arquitectónica y galería histórico-renacentista, más que de la iglesia debería ser patrimonio de la humanidad, y ahí precisamente nos lleva la narración en secuencias puntuales en las que se hace alusión a la excesiva herencia patrimonial de un organismo cuyo principio fundamental es la austeridad.
«Sorrentino acierta a ironizar sobre esa belleza farisaica y la opulencia dogmática, con satíricas reacciones caricaturescas y diálogos inverosímiles. Todo ello, respetando siempre las más altas consideraciones de forma y contenido gracias a un entorno de extrema delicadeza y sublimación como es la Basílica de San Pedro, cuna y lecho mortuorio de Miguel Ángel, quien pereció tratando de cumplir con las exigencias artísticas que proseguirían Bernini, Antonio Canova y Giuseppe Cesari entre otros, y que ahora podemos admirar en todo su esplendor».
“Yo no creo en Dios”, revela extraoficialmente Lenny al horrorizado párroco confesor, que se queda lívido mientras el bromista admite su burla y, al mismo tiempo, exige a su ayudante que declare frente a él los secretos ocultos de su séquito, obtenidos de forma sacra en las confesiones, rompiendo así con lo único sagrado de su vida: el sigilo sacramental. Así comienza un reñido enfrentamiento de pasiones, mentiras, pecados y milagros entre el sector conservador, comandado por el propio Papa, y el liberal, dirigido por el cardenal Voiello, en un periodo de máxima expectación e incertidumbre a consecuencia del retraso en la primera aparición pública de Pio XIII y su correspondiente homilía. Un discurso que se hará esperar, mientras el protagonista deja clara su superioridad jerárquica universal, hasta el final del segundo capítulo cuando, cumpliendo con sus deseos de hacer una aparición misteriosa y hermética, una figura celestial recortada en la sombra se presenta ante una enfervorecida multitud, con arrogancia, con aplomo, con serenidad y a contraluz, para pronunciar un discurso más apocalíptico que conciliador, lleno de miedo y coacción, que se verá interrumpido por la premonitoria tormenta y un “mic drop” al más puro estilo Obama, con el que el indignado “artista de la fe” se proclamaba estrella indiscutible del circuito mediático ecuménico: “No me merecéis”. Frase con la que daba por completado su proceso de personificación en el todopoderoso. De tal impacto fue la escena, que por un instante pensamos que el padre Gutiérrez, que se acercaba raudo a recoger la carpeta y el micrófono dejados por el actor, iba a gritar a la multitud: “¡El Papa Pio XIII, señoras y señores!”. Tras esa aterradora diatriba, Lenny acepta su condición de estrella, a la que ya venía haciéndose referencia textual en el guion, con la comparación del Santo Padre y artistas del anonimato como Daft Punk, Banksy o J.D. Salinger. Además se sitúa al nivel de influencia de los grandes artistas controvertidos posmodernos, con ademanes de vanidad e insolencia más propios de Yeezus (Kanye West) que de Jesús —La prohibición de sacar fotos, su descaro al fumar donde le plazca y su misticismo hermético nos hizo recordar algunos de los versos más cínicos del cantante: —So never fuck nobody without telling me—. Todo ídolo de masas que se precie ha de estar precedido por su leyenda, la cual se forjará al abrigo de un devoto club de fans, representado en Esther, una mujer dedicada en cuerpo y alma a la oración, fiel seguidora de los preceptos de la fe cristiana y, a su vez, muy vulnerable a las habladurías contradictorias de los líderes eclesiásticos, quienes la manipularán y la llevarán a traicionar esos principios por los que se ha sacrificado toda su vida. Además tampoco podría faltar su portavoz: la hermana Mary. Una espléndida Diane Keaton que da vida a la persona de confianza de su representado, y que asumirá de inmediato un papel primordial en los asuntos de importancia, relegando a Voiello a un segundo plano con el que el cardenal no parece estar muy conforme.
«La homosexualidad es uno de los temas principales: el gran mal endémico del catolicismo romano apostólico, hasta tal punto que llega a ser comparada con la pederastia y los abusos a menores».
El tercer capítulo supondrá la culminación de ese periodo de transformación del mortal al dios, de lo ignorado a lo misterioso. Algo que se hará evidente gracias a la aparición, por primera vez, de una magistral cabecera en la que se aprecia a Jude Law andando con bizarría, testimoniando su imponente garbo a lo largo de una galería de arte junto a una estrella fugaz, que le representa a él mismo destrozando los míticos pasajes histórico-religiosos que encuentra a su paso [1], hasta que esa estrella llega a una escultura de Juan Pablo II y la derriba sin compasión. De nuevo una metáfora del propósito de Belardo durante toda la serie: derribar todos los avances en materia de libertades, crear un proceso catabólico que devuelva a la iglesia a sus orígenes de austeridad y mano dura, condenando aquellos pecados que habían sido pasados por alto en los últimos años. La homosexualidad es uno de los temas principales: el gran mal endémico del catolicismo romano apostólico, hasta tal punto que llega a ser comparada con la pederastia y los abusos a menores. El radicalismo inmanente hará perder al protagonista poco a poco la mayoría de sus apoyos y tendrá que enfrentarse en solitario a un complot contra su esbelta figura papal. Además, este capítulo servirá de punto de inflexión en ese ascenso meteórico del antihéroe quien, desde ese momento, no hallará más que detractores a su causa y enemigos cada vez más peligrosos. Puede que por ello comience a dar síntomas de cierta debilidad terrenal, que nos llevará hasta una de las imágenes más reveladoras del metraje: su desmayo en brazos de Esther, justo cuando ésta le confesaba su amor incondicional. La imagen es sin duda una evocación de La Pietà de Miguel Ángel —ver fotografía—; referencia que no quedará en la simple anécdota visual, sino que desde entonces, se establecerán dos roles muy bien definidos en esos dos personajes: Esther representará a La Virgen, mediante su beldad, su esterilidad y su imposibilidad de quedarse embarazada; y Lenny ocupará, obviamente, la posición de Jesús, en su condición de niño abandonado y vehículo transmisor del Espíritu Santo capaz de obrar el milagro de la concepción.
La pietá de un joven Papa.
«Sorrentino desenmascara con mayor convicción y arrogancia la vanagloria que encarna Law una vez llegados al ecuador de la serie; Belardo no negocia, es irreductible y no se dejará conmover en su proceso integrador de la reforma radical, para el que exige obediencia y sumisión absoluta».
Y cuanto mayor es la separación entre el Vicario de Cristo y el resto de eminencias del Vaticano, más unidos parecen ambos bandos: conservadores y liberales, en su lucha contra la revolución a la que están asistiendo. Aunados por una buena causa, siendo ésta, evitar el derrumbe absoluto de la iglesia y la pérdida total de credibilidad —versión oficial— o, tener que renunciar a los lujos y las comodidades a las que se han acostumbrado —versión moral inconfesable—. “—Te elegimos porque, cuando eras cardenal, hacías de nexo moderado entre conservadores y liberales, ¿Por qué te niegas a seguir comportándote como tal? —Yo ya no soy cardenal, ahora soy Papa, y mi misión no es conciliar a dos bandos, sino liderar a uno sólo.” Y pese a que esta postura parece un claro atentado a la armonía eclesiástica, es evidente que Pio es el único que se presenta incorruptible a los pecados terrenales, ya sean éstos lucrativos, o carnales. Un sinfín de provocativas mujeres desfilará ante el gentil hombre —que no gentilhombre—, tratando de penetrar sin éxito en su impermeable fachada contra la lujuria, mientras que el resto de sus colegas no muestran una fuerza de voluntad tan íntegra. Mujeres como la representante de la minoritaria población católica groenlandesa, buscarán someter a su santidad a evidentes e ineludibles encantos, ora con exuberantes apariciones oníricas, ora con elocuentes intervenciones tangibles, pero siempre con los mismos resultados: una respuesta hermética cargada de dobles intenciones y reproches de un mordaz cinismo “los católicos en Groenlandia son como los nativos en América; llegaron primero, pero fueron condenados a las reservas.” Pero al altísimo parece no importarle que se le mire con más deseo que devoción, lo importante para él es convertirse en una leyenda de lo místico y lo hermético, lo impenetrable, y así se lo hace saber a su séquito en el primer discurso oficial ante las eminencias, una escena majestuosa en la que entra, en un áureo trono a hombros de su cortejo, en la imperial Capilla Sixtina; secuencia mancillada, eso sí, por la irónica lente del director, que mostrará un proceso de preparación del Obispo lleno de presunción, altanería y música ultrajante —Sexy and I Know It— para, a continuación, volver a mostrar la cara más hierática del personaje: “No existe nada sin la obediencia incondicional a mi persona, nada excepto el Infierno”. Sorrentino desenmascara con mayor convicción y arrogancia la vanagloria que encarna Law una vez llegados al ecuador de la serie; Belardo no negocia, es irreductible y no se dejará conmover en su proceso integrador de la reforma radical, para el que exige obediencia y sumisión absoluta. Ni tan siquiera aquellos a los que considera dignos de su confianza, y que son capaces de sacar a relucir, en fugaces momentos de vulnerabilidad, su lado más humano —Gutiérrez, Cardenal Dussolier, hermana Mary—, estarán a salvo de claudicar ante el santo padre y de ser objeto de su primitivismo doctrinal.
«Sorrentino ofrece un desenlace cargado de coacciones, traiciones y mensajes irrechazables envueltos en convincentes comitivas de prelados, sin miedo a allanar casas ajenas, con el propósito de amenazar a un indefenso pastor clarividente, congregaciones internas de eclesiásticos que se confabulan para arremeter contra su superior, o animales salvajes violentamente ejecutados en los jardines de palacio, sirviendo de guiño macabro a aquella famosa cabeza de caballo que se convirtió en uno de los emblemas del cine mafioso».
Ni que decir tiene que, si sus “amigos” son tratados con semejante frialdad, aquellos que se enfrenten a él de forma directa sufrirán toda la cólera inquisitiva concentrada en una imperturbable mirada cerúlea, que sólo veremos nublarse de incertidumbre a consecuencia de las constantes visiones retrospectivas de sus padres, quienes le abandonaron de niño y le ocasionaron un recuerdo traumático que ha sido incapaz de borrar, ni con el tiempo ni con el éxito. Una evocación del pasado que le perseguirá incansable hasta el punto de la obsesión, pero que no le impedirá levantarse bizarro y con una convicción implacable contra aquellos que osen desafiarlo. El primer ministro italiano sufrirá la fuerza de su retórica cuando, envalentonado por el pésimo estado de popularidad del que goza la iglesia, se atreve a denostar a Pio XIII, pagándole con su misma moneda: la insolencia y el engreimiento, sin temor a las posibles represalias de una diócesis en decadencia. “Yo fui electo por un 41% de la población, hecho probado y tangible. Tú, por el contrario, fuiste seleccionado por Cristo, cuya existencia depende de la fe individual de cada uno. Así que, ese contundente 41% de los italianos me garantiza la posibilidad de no tener que ceder ante las disparatadas exigencias de organismos místicos”. Acometida de la que el protagonista saldrá ileso con uno de los monólogos más espléndidos de todo el guion, y que pondrá contra las cuerdas a un político a quien no le quedará otra salida que la conciliación con los valores de la moral cristiana: Así, haciendo uso de una calma sepulcral, comienza su defensa exponiendo al ministro su capacidad de probar la existencia de Dios —encarnado en él mismo—, explicando la sencilla manera con la que podría aniquilar —sí, aniquilar— a ese 41% correspondiente a sus votantes si no aprueba sus demandas. Un discurso metafórico de clara alusión inquisitorial, que culminará en una sentencia apodíctica con tan solo dos palabras: Non expedit. El creador del cielo y la tierra se materializa con mayor contundencia de la que pueda tener cualquier cifra o porcentaje. El hermetismo instaurado es una de las armas políticas más poderosas que han existido, y con un razonamiento casi milagroso logramos tomar consciencia de esa omnipotencia.
Empero, el mayor de sus enemigos acecha escondido en las sombras de su propia casa. El Vaticano aparece como un lugar lleno de hostilidades y secretos que, poco a poco, va desmoronándose sobre una base de incertidumbre creada por un hombre irreductible. Con una irónica alegoría que equipara los dos sindicatos más importantes de Italia: la Iglesia y la Mafia, Sorrentino ofrece un desenlace cargado de coacciones, traiciones y mensajes irrechazables envueltos en convincentes comitivas de prelados, sin miedo a allanar casas ajenas, con el propósito de amenazar a un indefenso pastor clarividente, congregaciones internas de eclesiásticos que se confabulan para arremeter contra su superior, o animales salvajes violentamente ejecutados en los jardines de palacio, sirviendo de guiño macabro a aquella famosa cabeza de caballo que se convirtió —El Padrino (The Godfather, 1972)— en uno de los emblemas del cine mafioso. Al final, todo se reduce a vivir sobre tus principios o a morir por ellos, y parece que sólo una persona es capaz de mantenerse fiel a los preceptos de la fe, precisamente el único hombre capaz de reconocer abiertamente su escepticismo, pues el resto de santos varones, o se ahogarán en la propia sangre de cristo, o cederán al pecado haciendo válidos los versos —una vez más la importancia de la música— de Frank Ocean: “If it brings me to my knees, it's a bad religión (Si me obliga a arrodillarme, es una mala religión)”. | ★★★★★ |
[1] La importancia artística de la serie es fundamental, a lo largo de los 10 episodios no dejarán de aparecer en pantalla obras clave de la historia del arte, de artistas internacionales —Caravaggio, Miguel Ángerl, José de Ribera…—. Ante la imposibilidad de nombrar todas y cada una de las piezas, hemos decidido hacer un repaso por la galería artística situada a modo de títulos de crédito.
Listado secuencial de obras que aparecen en la cabecera de The Young Pope (de izqda a dcha):
1.Adoración de los pastores. Gerrit van Honthorst. Representa la juventud, la promesa de salvación de la fe cristiana.
2.Entrega de las llaves a San Pedro. Perugino. Capilla Sixtina: El grupo principal, muestra a Cristo entregando las llaves de oro y plata a un arrodillado San Pedro, rodeados de los otros apóstoles. Representa el cambio, la llegada de un nuevo orden. La presencia de Judas indica la traición a la que estará expuesto el personaje de Law.
3.Conversión de San Pablo. Caravaggio. Capilla Cerasi de la Iglesia de Santa Maria del Popolo. Roma. El pintor italiano vulgarizó el milagro de Saulo y lo convirtió en un hecho místico y tenebroso. En la ficción de HBO representa la transformación de Lenny en Pio XIII.
4. Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea. Monasterio Mégalo Metéoron. Grecia. La imagen de Arriano postrado a los pies del emperador Constantino I, representa la manera en la que Pio XIII obliga a sus cardenales a besarle los pies y a postrarse ante su superioridad absoluta.
5.Pedro el ermitaño predicando en la primera Cruzada. Francesco Hayez. Biblioteca Nacional de París. Ejemplifica la lucha del Pontífice contra el intento de mancillar la Tierra Santa o, lo que es lo mismo, su reforma conservadora contra los pecados humanos.
6.La estigmatización de San Francisco. Tabla de Gentile da Fabriano. Fondazione Magnani Rocca. Parma. Evoca el sufrimiento del protagonista por las heridas que nunca cicatrizan (estigmas) del pasado: el abandono de sus padres.
7.Santo Tomás de Villanueva dando limosna. Mateo Cerezo. Museo Louvre. París. Representa el carácter dadivoso del Obispo con aquellos que, eso sí, obedecen sus mandatos y asumen una vida penitente. El hecho de que esté pintado por un artista español nos indica que podría hacer referencia a la historia del padre Gutiérrez.
8.Miguel Ángel muestra al papa Pablo IV el modelo de la basílica de San Pedro. Domenico Cresti o Crespi, llamado el Passignano. Casa Buonarroti. Firenze. Importancia del arte para Pio XIII. El mejor artista del renacimiento fue, además, un peón a las órdenes de la exigente Iglesia.
9. La matanza de San Bartolomé. François Dubois. Museo Cantonal de Bellas Artes. Lausana. Ofrece una visión vehemente y premonitoria de las relaciones entre el Vaticano y el protestantismo.
HBO | Miniserie de 8 capítulos | EE.UU, 2016. Dirección: Steven Zaillian, James Marsh. Creadores: Steven Zaillian & Richard Price, basados en la serie británica Criminal Justice. Guión: Richard Price, Steven Zaillian. Reparto: Riz Ahmed, John Turturro, Bill Camp, Peyman Moaadi, Poorna Jagannathan, Jeannie Berlin, Michael Kenneth Williams, Syam M. Lafi, Paul Sparks, Amara Karan, David Chen, Lord Jamar, Ariya Ghahramani, Jeff Wincott, Mustafa Shakir, Aaron Moten, Reginald L. Barnes, Afton Williamson, Joshua Bitton, Nabil Elouahabi, Victor Verhaeghe, Paulo Costanzo, Mohammad Bakri, Charlie Hudson III, Babs Olusanmokun, Glenne Headly, Ben Shenkman, Sofia Black-D'Elia, Eddie Cooper, Frank De Julio, Mike Figueroa, Manny Perez, Donté Bonner, Ashley Thomas, Edwin Lugo , Racquel Bailey, Bryan Burton, Glenn Fleshler, Chip Zien. Productoras: HBO / BBC Drama Productions / BBC Worldwide Productions / Film Rites. Fotografía: Igor Matinovic, Frederick Elmess, Robert Elswit. Música: Jeff Russo.
A HBO le ha venido muy bien The Night Of. Tras unos meses de preocupantes noticias que incluían la cancelación de Vynil (2016) tras renovarla el pasado enero y los retrasos y polémicas de Westworld (2016-), el verano ha sido el mejor momento para erigirse de nuevo como una cadena capaz de ofrecer material novedoso. A simple vista, el argumento de The Night Of no difiere, como han dicho sus creadores, de un episodio de Ley & Orden (1999-2010). Se ha cometido un crimen, hay un detenido, se produce el juicio y este tiene un resultado. Pero lo que diferencia y distancia para bien a la propuesta de los brillantes Steven Zaillian & Richard Price es el punto de vista, el enfoque elegido para contar esto. En ocho partes que suman casi diez horas llenas de estilo y hondura emocional, veremos cómo las vidas de Nasir Khan y su abogado Jack Stone (espléndidos Riz Ahmed y John Turturro) cambian por completo cuando el joven sea acusado del asesinato de Andrea Cornish, tras una noche de drogas y sexo. Pero en lugar de resolver la trama en 40 minutos, los responsables se deleitan en la lentitud (e irónicamente injusto) del sistema judicial –y en menor medida el penitenciario– estadounidense, cubriendo los casi cinco meses que van desde la noche del crimen hasta la lectura del veredicto. Pero aquí no importa tanto establecer culpas (aunque sí que se desvela la identidad de la persona que mató a la chica) sino contemplar ese sistema y lo que puede hacerle a alguien.
El proyecto en sí ha tenido una vida turbulenta, hasta el punto de dudarse de su mera existencia en más de una ocasión. Como es bien sabido, James Gandolfini dio vida al personaje de Stone en lo que en principio era el piloto de una serie, remake de un título británico de nombre Criminal Justice (2008-2009). Lamentablemente, el actor murió antes de que HBO tomara una decisión sobre comprar la temporada de la hipotética serie, y, por respeto, se esperó un tiempo antes de decidir su continuar la historia. Finalmente se supo que sería una miniserie de ocho entregas, con el mítico Robert De Niro sustituyendo a Gandolfini, para ser a su vez sustituido por Turturro un par de semanas después. A mediados de 2014 se anunció el resto del reparto, y poco más se supo hasta hace un par de meses, cuando de “Criminal Justice” pasó a llamarse The Night Of y el estreno se puso en verano. Pero desde que se estrenó, con un arranque de casi 80 minutos, se pudo comprobar que estábamos ante algo especial. Las credenciales de sus responsables no eran para menos, ambos con un impresionante currículum como guionistas y novelistas, tanto en cine como en televisión. Pero hay algo tangible en la mirada de Zaillian y Price, algo especial que automáticamente distingue este producto de tantos y tantos policiacos que nos asolan cada semana. Sirva como ejemplo de la maestría de estos narradores la secuencia en la que Naz es registrado y se encuentra el arma del crimen en su chaqueta a la vez que el policía encargado de la investigación pregunta por una posible descripción de dicha arma. La genialidad de la sencillez de este momento es digna de todos los elogios.
crítica de Looking, the movie (Andrew Haigh, Estados Unidos, 2016).
TV-Movie | HBO | EE.UU, 2016. Director: Andrew Haigh. Guión: Michael Lannan & Andrew Haigh. Reparto: Jonathan Groff, Frankie J. Alvarez, Murray Bartlett, Lauren Weedman, Raúl Castillo, Daniel Franzese, Bashir Salahuddin, Chris Perfetti, Russel Tovey, O-T Fagbenle, Derek Phillips, Michael Rosen. Fotografía: Xavier Grubet.
La buena noticia es que esta Looking: The movie, TV-Movie de 85 minutos que HBO concedió a Michael Lannan, Andrew Haigh y su equipo para despedir su delicada serie, tiene muchos de los mejores rasgos que convirtió a Looking (2014-2016) en una propuesta tan notable. La mala noticia es que también viene con varios de sus peores defectos, ya sea que lo más importante es la vida sentimental de los personajes, anulando así las otras facetas de su ser o que Patrick es el protagonista y Agustín y Dom unos secundarios de lujo que no merecen un reparto igualitario del metraje. En cierta medida era inevitable que el producto sea lo que es, ya que Lannan y Haigh lo tenían muy difícil, dejando como dejaron la trama, en ese cliffhanger emocional, para ofrecer algo distinto a lo que han hecho. Podrían haber ido por otros caminos, jugado más con el tiempo o arriesgado más en sus conclusiones finales, pero han querido apostar por lo seguro y satisfacer a los seguidores más fervientes. Ojalá hubieran sido más osados, usando las dos horas de franja que tenían —aunque Haigh ha demostrado en las excelentes Weekend (2011) y 45 años (45 years, 2015) que puede hacer maravillas en 90 minutos— o no centrándose en tantas cosas a la vez. Además de resolver conflictos sentimentales se trata de encontrar el significado de la existencia del ser humano, comprender la raíz del poder de la amistad y decir un adiós definitivo sin caer en lo más obvio. Era una cuesta arriba el hacer algo diferente a lo que han hecho, pero se desearía que lo hubieran intentado. Ricky Gervais y Stephen Merchant demostraron con los finales de The office (2001-2003) y Extras (2005-2007) que un capítulo de despedida puede ser perfecto. No lo ha sido aquí el caso, pero eso no hace de Looking: The movie una experiencia mala o insatisfactoria. Quizá algo decepcionante, pero aun así superior a la media de las series que centran su razón de ser en las relaciones interpersonales.
Nueve meses después de mudarse a Denver, Patrick vuelve a San Francisco durante unos días para asistir a la boda de Agustín y Eddie, y de paso enfrentarse –aunque sea inintencionadamente– con todo lo que dejó atrás, de lo que huyó al irse de la ciudad. La acción se concentra en apenas 72 horas, y la TV-Movie se dedica a hacer lo que mejor sabe: poner a los personajes a hablar y comer. Mucho. La cotidianeidad y naturalidad de un amistad genuina capturada en esos pequeños gestos, en paseos por las calles durante el día o la noche, en momentos de intimidad en cocinas y dormitorios. Looking refleja el sentir de la vida como pocas series han sabido hacerlo. Pero por primera vez se ha introducido en el ADN de la serie –consideramos esta TV-Movie como su episodio final– una peligrosa tendencia a la frase perdurable que quiere ser cincelada, a la cita sabia para la posteridad. Especialmente en el personaje de Richie, al que Raúl Castillo confiere una autoridad que no es de este mundo, y que siempre ha sido la voz más madura y lógica de este universo. Junto a eso hay una suerte de toma de conciencia sobre el fin de un vehículo eminentemente gay para artistas que quieren decir lo más posible sobre su comunidad. No hay nada malo en esto, pero choca un poco que haya personajes que de repente tengan una conciencia social (con cameo del mítico Clive Jones incluido) y reivindiquen distintas causas cuando sus acciones indican que dichas proclamas no les vienen de manera natural a la boca. Lannan y Haigh son hasta cierto punto conscientes de esto, de ahí que den a la gran Doris la memorable e irónica frase “Me encanta cuando los gays discuten entre ellos sobre lo que significa ser gay”. Pero estas proclamas son, de todas formas, del todo bienvenidas si logran espolear una reflexión en la audiencia. Nadie puede enseñar a nadie como ser “el gay perfecto”, así que la mejor opción es mostrar la diversidad de formas de vivir su sexualidad que tienen estos personajes.
HBO / 5ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: Armando Iannucci. Directores: Chris Addison, Becky Martin, Dale Stern, Brad Hall, Maurice Marable, David Mandel. Guionistas: David Mandel, Georgia Pritchett, Will Smith, Lew Morton, Steve Koren, Alex Gregory, Peter Huyck, Sean Gray, Billy Kimball, Rachel Axler, Erik Kenward, Jim Margolis. Reparto: Julia Louis-Dreyfus, Anna Chlumsky, Tony Hale, Reid Scott, Matt Walsh, Timothy Simmons, Sufe Bradshaw, Gary Cole, Kevin Dunn, Sam Richardson, Sarah Sutherland, Hugh Laurie, Phil Reeves, Clea DuVall, John Slattery, Diedrich Bader, Martin Mull, Dan Bakkedahl, Kathy Najimi, Peter MacNicol. Fotografía: Tim Bellen. Música: Rupert Gregson-Williams & Christopher Willis.
Armando Iannucci ya no trabaja en Veep, y algo se nota. Afortunadamente no mucho, pero se nota. Su sustituto es David Mandel, guionista de Seinfeld (1989-1998) o Larry David (2000-), que ha puesto en pie una sala de escritores casi nueva (sólo persisten tres de los antiguos empleados) y ha abierto el cupo de directores a algunas nuevas presencias americanas, ya que Iannucci trabajaba con un equipo mayoritariamente británico. Vista su primera temporada al mando, se puede decir que por el camino se ha perdido algo de sutileza, pero el resultado final sobrevive porque se nota que hay respeto a lo anterior, cuidado para no desvirtuar los logros y también una buena ración de talento. Mandel y su equipo toman el complicado testigo del creador, que dejó la cuarta temporada con un monumental cliffhanger tras ingeniar un empate entre nuestra protagonista y uno de sus oponentes a la presidencia, y dedica los diez episodios a resolver poco la situación, hasta rematarla con un giro magistral que nos lleva en una dirección completamente nueva y excitante, renovada ya la serie por una sexta temporada desde hace tiempo. El motor de la serie es que Selina nunca puede conseguir del todo lo que quiere. Su felicidad será siempre pasajera, si es que la logra en algún momento. Ya no es vicepresidenta, ni lo volverá a ser, pero ser la primera mujer presidenta sin lograrlo en las urnas es una fuente constante de frustración para ella y comedia para nosotros. Comedia misántropa a más no poder, no distingue entre Ellos y Ellas a la hora de lanzar o recibir dardos y hace del vitriolo su razón de ser. El nuevo jefe ha mantenido ese ambiente de humillación y ridiculez, pero también ha suavizado algunas aristas –varios intereses amorosos, una cierta justificación del agrio carácter de la protagonista–, rebajando así la insobornable aspereza de una comedia hecha sin hacer amigos. La diversión persiste, y se nota que el impecable reparto está cómodo en sus roles y disfrutan mucho esa coreografía de insultos y desplantes, de manera que el nivel de excelencia no baja en exceso.
La resolución del empate electoral llevará su tiempo, así que nuestra protagonista debe seguir gobernando un país que en parte no la quiere y apagando múltiples fuegos en su gabinete, una verdadera caravana cómica y vodevilesca de intereses cruzados, trabajadores incompetentes y situaciones inesperadas. Desde piratas informáticos chinos hasta una relación con un gigante de las finanzas, Selina (una magnífica Julia Louis-Dreyfus, que sigue sacando registros nuevos tras cinco años) y su equipo lidian con todo lo que se les va presentando como ellos saben, indecisión tras indecisión hasta que la lógica y la falta de tiempo les obliga a hacer algo. El mérito de los guionistas reside en hilvanar todas las subtramas y servir hasta una decena de personajes fijos y otros tantos recurrentes con material para tener siempre una razón de ser en las escenas y una ocurrencia divertida. Lo admirable de Veep es lo escrupulosa que es con las decisiones que los personajes toman y los caminos a los que éstas conducen. Esto puede sonar a aburrido o rutinario, pero la energía cómica de todos los implicados hace que la serie se mantenga tan fresca y original como el primer día, y no se puede negar que una nueva hornada de creativos tiene que ver bastante en ello, aunque el mejor cumplido para su trabajo es decir que la transición apenas se nota. Quizá algunas tramas estén demasiado influenciadas por un tono de enredo puramente de sitcom (el lío con los mandatarios chinos y la sombra del incesto ó la discusión que lleva a sexo furioso), pero en general la comedia funciona.
Y esta temporada además cuenta con una joya sabiamente relegada al segundo plano hasta el momento oportuno. Durante toda la temporada, el personaje de Catherine se dedica a grabar un documental sobre la peculiar situación de su madre como presidenta pendiente de un recuento, un elemento narrativo que muchos fans creían iba a acabar convirtiéndose en fenómeno viral y haciendo daño a la mujer. La solución de los creativos es mejor: mostrar el documental como un episodio más, respetando el formato y tono de un documental real. Así, Kissing Your Sister (5.9) es uno de los mejores episodios de lo que llevamos de año, ya que en apenas 30 minutos logra resumir la temporada y no sólo ofrecer hechos conocidos desde otra perspectiva sino además descubrir nueva información para el espectador. Siempre con la meta en hacer reír lo más posible, de ahí que el final de temporada se revele que la grabación se ha perdido misteriosamente, y sólo la privilegiada audiencia la ha visto. Y en ese final de temporada es donde llegan las múltiples piruetas de la humillación más absoluta e hilarante, que convierten a Selina en la primera mujer presidenta y también en una de las personas que menos tiempo ha estado en el cargo. La sustituye una mujer que se lleva uno de sus méritos y cuyo nombramiento implica el destierro de casi todos los personajes de la Casa Blanca. Es una combinación asombrosa de humor y emoción la conseguida en el último episodio, que lanza a Veep en una nueva dirección y deja con ganas automática de saber más sobre la nueva vida de Selina Meyer y su equipo. ¿Cómo sobrevivirá en Washington ese grupo de ratas políticas? La respuesta en unos meses, e imaginamos que será una inclemente y muy divertida. | ★★★★ |
HBO / Game of thrones / 6ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2016. Creadores: David Benioff & D.B. Weiss. Directores: Jeremy Podeswa, Daniel Sackheim, Jack Bender, Mark Mylod, Miguel Sapochnik. Guionistas: David Benioff, D.B. Weiss, Bryan Cogman, Dave Hill. Reparto: Peter Dinklage, Nikolaj Coster-Waldau, Lena Headey, Emilia Clarke, Kit Harington, Liam Cunningham, Maisie Williams, Aidan Gillen, Natalie Dormer, Carice van Houten, Sophie Turner, Nathalie Emmanuel, Conleth Hill, Alfie Allen, John Bradley, Dean-Charles Chapman, Gwendoline Christie, Isaac Hempstead-Wright, Kristofer Hivju, Michiel Huisman, Hannah Murray, Jonathan Pryce, Iwan Rheon, Tom Wlaschiha, Iain Glen, Jacob Anderson, Faye Marsay, Hafþór Júlíus Björnsson, Gemma Whelan, Diana Rigg, Daniel Portman, Julian Glover, Ellie Kendrick, Max von Sydow. Fotografía: Gregory Middleton, Jonathan Freeman, Anette Haellmigk, P.J. Dillon, Fabian Wagner. Música: Ramin Djawadi.
Por primera vez en su exitosa historia, una temporada de Juego de tronos tenía la misión de resarcir la temporada anterior. La quinta tanda, sin duda la peor de la serie hasta la fecha pero irónicamente la merecedora no sólo de doce Premios Emmy sino del máximo galardón a Mejor drama de 2014-2015, había dejado un sabor de boca amargo en conocidos y extraños, aunque se despidiera con una imagen memorable y comentada hasta la extenuación. Tras meses y meses de noticias, informaciones filtradas y teorías que rizaban el rizo, llegó la temporada que nos ocupa, de entrada decimos que magnífica, y despejó cualquier duda sobre la grandeza de una serie absolutamente única. Un fenómeno mundial en el mundo de la televisión que despierta unas pasiones universales, y que además se presentaba con el complicado reto de ser la primera tanda de episodios que no adaptaba un material literario de George R.R. Martin ya publicado, aunque varias declaraciones de los creadores han dejado claro que algunas de sus decisiones en esta decena de capítulos provienen del libreto aún sin publicar del autor. Sea como fuere, esto es una serie de televisión y así debe valorarse, una que además se pone como reto la complicada tarea de hacer que cada una de sus escenas y momentos, por breves que sean, sean importantes y tengan algo que añadir a la historia general que se lleva contando ya durante 60 episodios. Y es que drama, comedia, acción, suspense, violencia y fantasía funcionando sin tacha.
Porque esto más que una serie es una gigantesca película que dura años, una única historia contada a través de sus múltiples ramificaciones, la lucha por el Trono de Hierro, por el poder absoluto. Una batalla donde cada avance cuesta sangre y sudor, donde cada personaje está destinado a sufrir, y donde el mayor enemigo suele encontrarse muy cerca. Pero no es sólo una sucesión de maquinaciones rellenas de perfidia, sino un viaje emocional, que tiene como potente base sentimientos plenamente reconocibles y personajes que actúan en base a los mismos, ya que la vida medieval que describe la serie elimina concepciones modernas que limitarían determinados comportamientos. Aquí hay cinismo pero también honorabilidad, se tienen en cuenta las apariencias pero los personajes suelen ser transparentes en sus intenciones (con excepciones como las del artero Meñique). Se vive casi siempre en las esferas más altas, y los guionistas tienen la suprema habilidad como narradores de hacer que cada visita a esas alcobas esté cargada de interés. Aunque dicho esto no se puede negar que la narrativa de la serie, más que nada por la acumulación de tantos y tantos sucesos, es irregular, y su manera de jugar con los tiempos –se condensan o aceleran las subtramas a excesivo capricho–dudosa. Personajes y tramas son deliberadamente lentas para que lleguen al momento climático cuando David Benioff & D.B. Weiss así lo deseen, y hay presencias introducidas o recuperadas para no darles mucho que hacer, porque ahora no toca su momento de gloria. El regreso del Perro, toda la historia situada en las Islas de Hierro o los viajes de Sam y Gilly son un gran ejemplo de esta tendencia, que también hace que se caigan en arcos repetidos, como toda la trama de Daenerys (una Emilia Clarke cada vez más estólida) hasta su sorprendente regreso a Mereen. A la larga esto le ha hecho un flaco favor a Juego de tronos porque así deviene en simple, y por ello indigna de su habitual grandeza. Los guionistas saben esto, y compensan con el resto de los frentes, con unos diálogos cargados de humor e inteligencia y una capacidad para jugar con las expectativas de la audiencia que descoloca a cada paso. Cuestiones como el misterio sobre la madre de Jon Nieve, la prueba de fe de Melisandre (grandiosa Carice van Houten) o el papel de Bran como el nuevo Cuervo-De-Tres-Ojos y muchas más han sido abordadas en estos episodios, lo cual pone de manifiesto que aquí la historia continúa sin interrupciones ni tiempos muertos.
HBO / 1ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2016. Creadores: Rich Cohen & Mick Jagger & Martin Scorsese & Terence Winter. Directores: Martin Scorsese, Allen Coulter, Mark Romanek, S.J. Clarkson, Peter Sollett, Nicole Kassell, Jon S. Baird, Carl Franklin. Guionistas: Terence Winter, Debora Cahn, Adam Rapp, George Mastras, Jonathan Tropper, Carl Capotorto, Erin Cressida Wilson, David Matthews, Riccardo DiLoreto, Michael Mitnick y Rich Cohen & Mick Jagger & Martin Scorsese como argumentistas. Reparto: Bobby Cannavale, P. J. Byrne, Max Casella, J. C. MacKenzie, Jack Quaid, Ray Romano, Juno Temple, James Jagger, Olivia Wilde, Paul Ben-Victor, Ato Essandoh, Birgitte Hjort Sørensen, Susan Heyward, Emily Tremaine, MacKenzie Meehan, Griffin Newman, Ephraim Sykes, Thomas Garner, Jack Doyle Smith, Annie Parisse, Bo Dietl, Jason Cottle, Jay Klaitz, Belle Smith, Michael Drayer, Armen Garo, Alex Bento, Robert Funaro, Dustin Payseur, Val Emmich, Christian Navarro, Joe Caniano, Sandra Elizabeth Rodriguez, Tommy Davidson, John Cameron Mitchell, Lena Olin, Ken Marino, Douglas Smith, Jill Larson, David Proval. Fotografía: Reed Morano, David Franco, Rodrigo Prieto.
HBO lleva unos años teniendo algunos problemas a la hora de entregar un drama redondo, de esos memorables que la ayuden a perpetuar su imagen –tan merecida como discutible– de gigante dentro de la industria televisiva. Las ilusiones puestas tanto por sus directivos como por los propios espectadores de que Vinyl fuera ese nuevo e indiscutible tanto para sus marcadores han quedado finalmente en agua de borrajas. La serie no es mala ni se acerca, y a muchas les gustaría tener problemas de la índole de esta notable producción, pero de algo que viene avalado por la celebérrima cadena, en base a una idea de Martin Scorsese y Mick Jagger y desarrollada por el mayúsculo guionista Terence Winter se debe pedir más. No puede tener tramas que parecen descarado relleno, personajes fijos unidimensionales o tantos problemas de interés. No puede empezar tan arriba (el casi perfecto arranque que dirige Scorsese y que dura casi dos vibrantes horas) y desbarrar tanto en el medio, por muy en vanguardia que vuelva a acabar. Como contrapunto está la gloriosa música y la decidida y conocida apuesta de HBO por rodar como cine, algo que aquí se potencia con la elección de más de un director del medio o incluso con experiencia en el mundo del videoclip. Bastar con seguir la pauta que el italoamericano y su director de fotografía Rodrigo Prieto establecen en el piloto, y tener el margen suficiente para la ocasional demostración de músculo fílmico –el accidente de coche–.
Vinyl cuenta la historia de Richie Finnestra (un estupendo y enérgico Bobby Cannavale), presidente de una compañía discográfica en pleno 1972, que decide abortar la misión de vender su imperio tras una intensa noche de fiesta. Sus compañeros de trabajo, su mujer y parte de su entorno no entienden su súbito cambio de parecer, que tiene que ver tanto con volver a amar la música como con no perder su vida de excesos, drogas incluidas. Flashbacks nos mostrarán el camino que llevaron a Richie y su mujer Devon a estar en esa situación, para más tarde ser abandonado el recurso para centrarse en las múltiples subtramas, sirviendo a doce personajes fijos –a algunos mal, como ya hemos dicho– y otros tantos recurrentes, con la intención de componer una panorámica sobre el Nueva York de la época y el negocio de la música, ya preocupado por equilibrar el arte con lo comercial. Ejecutivos, publicitarios, cazatalentos y la fauna y flora del negocio, con figuras reales y ficticias interactuando en la escena musical del momento, y muchísimos guiños que hacen las delicias del entendido.
HBO | EE.UU, 2016. Director: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter & George Mastras, basados en una historia de Rich Cohen & Mick Jagger & Martin Scorsese & Terence Winter. Reparto: Bobby Cannavale, Paul Ben-Victor, P. J. Byrne, Max Casella, Ato Essandoh, James Jagger, J. C. MacKenzie, Jack Quaid, Ray Romano, Birgitte Hjort Sørensen, Juno Temple, Olivia Wilde, Emily Tremaine, Griffin Newman, Bo Dietl, Andrew Dice Clay, Adelynn O'Brien, Zebedee Row, Ian Hart. Fotografía: Rodrigo Prieto.
Existe un tópico bastante irritante para los seriéfilos que normalmente cumplen los no-seriéfilos, y que consiste en llamar a los creadores de las series “directores” o asociar a los productores y/o directores de una serie con la autoría de la misma, algo que sabemos recae en los guionistas. De este modo nos llegan sentencias como “la serie de Fincher”, “la serie de Glenn Close” o “la serie de Spielberg”. Para muchos, la magnífica Boardwalk empire (2010-2014) nació, creció y murió como “la serie de Scorsese”. Vinyl, nueva colaboración entre el oscarizado cineasta y el mulipremiado y prestigioso Terence Winter –tras la serie ya mentada y la gran El lobo de Wall Street (The Wolf of Walt Street, 2013)–, por el contrario, sí se podría llamar (y de hecho, se llama) una serie de Scorsese. Y de Mick Jagger. Y del propio Winter, que empezó a trabajar en ella en 2011 con la intención de ceder el puesto de showrunner a alguien –George Mastra, recién salido de Breaking bad (2008-2013)–, pero que por la pura conjunción de tiempo y carambolas del destino ha acabado finalmente liderando sin problema, tras el fin de su serie anterior y la posibilidad del director de encargarse por fin de este episodio piloto. Y qué piloto, queridos lectores. El primer capítulo de Vinyl, con su duración de 113 minutos (el piloto más largo de la historia) y la libertad que HBO ha dado a sus responsables, es como una película de Martin Scorsese y a la vez un evidente y cariñoso compendio del cine de un realizado ya mítico. El lugar, la música, los diálogos, los temas, hasta las referencias explícitas –se oye hablar de unas “malas calles” en un momento de la acción–, todo remite a la variante más popular y personal de la filmografía del italoamericano.
La historia nos lleva a 1973, cuando el productor musical Richie Finestra y su equipo directivo están a punto de vender su discográfica American Century a empresarios alemanes, ya que la situación económica de sus excesos y pobres decisiones profesionales les aprieta bastante. Pero el episodio no arranca ahí, sino en la crucial noche en que nuestro protagonista vive una muy traumática experiencia que le lleva a recaer en las drogas, experimentar la música como hacía tiempo que no lo hacía y sobrevivir al derrumbe de un edificio. Todo lo dicho suena extraño, y lo es hasta cierto punto, pero tiene cabida en el universo que han creado los responsables de Vinyl. Moviéndose hacia delante y hacia atrás en el tiempo y con una estructura coral y de flashbacks, la serie avanza sin perder un segundo, porque hay mucho que contar. Personajes que presentar a base de esbozos imprescindibles, un tono donde gana el humor pero está presente el drama y la violencia. Una época turbulenta. Y la música, porque aquí la hay y mucha. Diegética, extradiegética, visualmente representada y escuchada como una melodía omnipresente. De todo hay y siempre de lo mejor. De nuevo, es la época a la que toca dar vida y alma.
La fotografía del nominado al Óscar Rodrigo Prieto (que también trabajó con Scorsese en El lobo de Wall Street) da luz y oscuridad a un mundo sinuoso, que parece envuelto en humo de cigarrillo y ambiente de fiesta todo el rato, como aguantar una monumental rescaca de alcohol y drogas cada segundo del día. En dicho ecosistema, los personajes se mueven motivados sólo por el interés propio, y unidos en la pasión por la música y el dinero. A pesar de durar casi dos horas, el episodio se las ingenia para guardarse muchas explicaciones y apuntar a múltiples sendas a continuar en las nueve entregas restantes –aunque lo haga de forma pedestre con el reencuentro de Devon e Ingrid– y en la ya confirmada segunda temporada, una de esas jugadas que la cadena hace para demostrar su confianza (la audiencia no fue tan buena como se esperaba) en uno de sus proyectos más caros y ambiciosos. Y es que pocos estrenos de este año tienen más potencial de calidad que éste, así que sólo cabe esperar que las interpretaciones estén a la altura de lo que prometen (ojo a Juno Temple), que el humor persista y que la historia no se diluye en sus muchas ramificaciones. La cosa promete. Y mucho. (95/100)
HBO / 3ª y última temporada: 6 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Mark V. Olsen & Will Scheffer. Director: Miguel Arteta. Guionistas: Mark V. Olsen & Will Scheffer. Reparto: Laurie Metcalf, Alex Borstein, Niecy Nash, Mel Rodríguez, Lindsey Kraft, Brandon Fobbs, Ann Guilbert, Mark Harelik, Kasey Mahaffy, Patricia Scanlon, Grant Bowler, Jonathan Silverman, Kurtis Bedford, Marsha Stephanie Blake, Scott Lawrence, Corey Reynolds, Luke Zimmerman. Fotografía: Rodney Taylor.
La existencia de Getting on ha sido de lo más tumultuosa, y lo más curioso es que esto funciona en sintonía de una peculiar manera con el desarrollo que ha tenido la serie, que recoge el trabajo en el ala de cuidados para mayores en un hospital. Remake de una comedia británica que emitió tres temporadas entre 2009 y 2012 y un total de 15 capítulos, Getting on ha durado tres temporadas y un total de 18 entregas, exhibidas a razón de seis por año (la orden más pequeña que una serie puede recibir para seguir considerándose serie en Estados Unidos) y siempre en noviembre/diciembre y sin un acompañamiento especialmente sólido que garantizara al menos un poco de audiencia por arrastre. Aun así, la serie logró una merecida nominación a los Emmy de 2015 como Mejor acrtiz de reparto en comedia para la magnífica Niecy Nash y puede estar de nuevo presente en la edición de 2016. Y por ella han desfilado una nómina de actrices invitadas de una cierta edad absolutamente envidiable, lo cual demuestra el lamentable estado de roles para mujeres que superan los 50 en Hollywood. Aunque sería injusto no reconocer el mérito de HBO por al menos haber dejado que la serie terminara, por haber dado la oportunidad a los creadores y únicos guionistas Mark V. Olsen & Will Scheffer de deleitarnos durante tres años con las peculiares cuitas emocionales y profesionales de un grupo de personajes muy especial, conectados en la insatisfacción y egoísmo y que en realidad practicaban la misericordia.
La segunda temporada se despidió con lo que resultó ser una falsa alarma. El anuncio de una investigación sobre posible desfalco que parecía iba a ser el centro de un buen número de los nuevos episodios. Pero no. Ya sea porque nunca fue esa la intención o al saber que la tercera sería la última, los creadores lidian con el asunto de manera hilarante (esa reunión secreta en el cubículo del baño) en el primer capítulo y prosiguen con las que serán las grandes historias de esta media docena de entregas: la vuelta profesional de su caída en desgracia de Jenna; el problema renal de Dawn y la crisis familiar de Didi. Laurie Metcalf, Alex Borstein y Nash se han entregado como nunca en esta despedida, y los guionistas les han escrito justificados momentos de lucimiento para que demuestren tanto sus dotes cómicas como las dramáticas. En ese difícil tono se ha movido siempre Getting on, alternando negra diversión con seco dramatismo, y creando momentos rebosantes de humanidad (las charlas entre Didi y la señora Birdie) sin recurrir a los caminos más obvios. Además, en otro de esos placeres que uno puede permitirse cuando sabe que el fin está fijado, los creadores han maquinado algo muy especial. En el cuarto episodio, dos de las creadoras y protagonistas de la Getting on original, Joanna Scanlan y Vicki Pepperdine, intervienen repitiendo sus papeles de la doctora Pippa Moore y la hermana Den Flixter, personajes que inspiraron a su vez los de Jenna y Dawn. Ver a los dúos Pepperdine/Metcalf y Scanlan/Borstein competir amistosamente para ser la más divertida dentro de los límites de sus roles (nunca de manera evidente, siempre en la estela del poshumor) es toda una delicia para el espectador.
Lo mejor que se puede decir del resto de elementos de la tanda de episodios es que Olsen y Scheffer se las ingenian para transmitir una sensación de cierre y despedida sin que se note en exceso. La vida continúa en el ala de Billy Barnes, pero poco a poco entendemos que el tiempo que nos queda con los personajes es cada vez menor. Por eso la señora Birdie muere de manera placentera. Por eso Dawn y Patsie aclaran su relación de una vez por todas. Por eso conocemos en profundidad a la familia de Didi, poderosa presencia siempre en fuera de campo durante las dos temporadas anteriores. Por eso el final es uno definitivo y hermoso. Es un camino donde se combina amargura y comicidad de la manera que solo Getting on sabe hacerlo, y que da como resultado una sensación de melancolía casi intangible, signo de que los responsables del proyecto conocen bien las emociones humanas. Y es que sin contar aquellos momentos de comedia más evidente, la serie siempre se ha caracterizado por emanar una credibilidad y naturalidad muy conseguida, a lo que ayuda y mucho el hecho de que esté grabada con cámara en mano y que los guionistas no tengan miedo de que el espectador se pierda con el lenguaje médico o las acciones in media res. Cada capítulo empezaba lanzándonos en medio de una situación ya en progreso, sin apenas contexto, y hasta la última temporada nunca salimos del hospital. El mundo sucedía fuera de las paredes del centro, y como espectadores teníamos que juntar las piezas y entender las conexiones nosotros mismos con la información dada. Un reto de lo más estimulante.La cruda verdad es que seguramente en unos años no muchos se acordarán de esta comedia. Su paso por la pequeña pantalla ha sido discreto, y aunque su calidad fuera bastante alta, simplemente no ha logrado hacerse un hueco en el lugar de los seriales populares ni de culto. Quizá esto último sea cuestión de tiempo. Lo que importa es que mientras existió no hizo concesiones, despegó con un propósito y en ese camino se quedó hasta el final. Estos 18 episodios son la prueba viviente de que HBO, o el mundo del cable en general, puede permitirse ciertos lujos y hacer que la creatividad fluya en toda su potencia. El resultado será mejor o peor, pero al menos no se puede decir que sea un remiendo de partes que buscan conectar con el gran público menos dispuesto a pensar mientras consume televisión. Llegaste y te fuiste pronto, Getting on, pero al menos nos hiciste pasar un inteligente buen rato. | ★★★ |
crítica de The leftovers (2014-) | Segunda temporada.
HBO / 2ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Damon Lindelof & Tom Perrotta. Directores: Mimi Leder, Craig Zobel, Carl Franklin, Tom Shankland, Nicole Kassell, Keith Gordon. Guionistas: Damon Lindelof, Tom Perrotta, Jacquelyne Hoyt, Patrick Somerville, Tom Spezialy, Nick Cuse, Monica Beletsky. Reparto: Justin Theroux, Carrie Coon, Margaret Qualley, Ann Dowd, Christopher Eccleston, Janel Moloney, Kevin Carroll, Jovan Adepo, Regina King, Amy Brenneman, Kenneth Wayne Bradley, Steven Williams, Jasmin Savoy Brown, Violett Beane, Katy Harris, Liv Tyler, Chris Zylka, Darius McCrary, Scott Glenn. Fotografía: Todd McMullen, Michael Grady, John Grillo. Música: Max Richter.
La escena que cerraba la primera temporada de The leftovers, con Nora sosteniendo con la cara iluminada a un bebé abandonado (el hijo de Christine y el Sagrado Wayne, dejado en el porche de la casa de su padre por Tom) ante la llegada de Kevin y Jill tras una situación límite, cerraba también la novela de Tom Perrotta que da base a esta peculiar serie, uno de los productos más arriesgados e imprevisibles de la televisión norteamericana reciente. Así, para todos los fans de la serie y/o lectores del libro, la curiosidad era máxima por saber cuál sería el camino elegido por Damon Lindelof para continuar la historia, ya que las direcciones eran múltiples, las opciones casi infinitas. Y lo que ha hecho el guionista es digno de todos los elogios, aunque también tenga varios frentes criticables. Algunos similares a los que ya le granjearon toda clase de ataques durante su etapa al frente de Perdidos (2004-2010), lo cual demuestra que sus armas de narrador son similares y su discurso elástico pero el mismo. Lindelof es un artista que siente, y trata de traducir sentimientos en metáforas, misterios, giros de guion u otros elementos que ante todo escapan de la obviedad, porque los sentimientos son complejos y esta serie retrata un mundo arisco, agresivo, que tiene que obligarse a sentir de nuevo a golpes.
Quemada la historia en Mappleton, los guionistas movieron a un grupo de protagonistas a otros lugares. El núcleo familiar de los Garvey y los Jamison se desplazaron al lugar central de la temporada, la ciudad de texana de Jarden, concretamente la localidad de Milagro, donde la Ascención, por la razón que sea, no tuvo lugar. La idea de moverse siempre hacia delante, de empezar de nuevo, vertebra una serie donde los personajes están tocados por un trauma incapaz de asumir del todo, pero deben seguir viviendo. Hay una palpable desesperanza e incomodidad en aquellos que pueblan The leftovers, y en ese inflamado terreno es donde los guionistas van a lanzar sus juegos narrativos. Ninguno de los episodios de esta temporada se parece al anterior, y eso puede gustar más o menos, pero es una hazaña cuyo mérito no se puede negar. De centrarnos en una historia nueva a retroceder en el tiempo y ofrecer la cara paralela de la misma; de abandonar un grupo de personajes para visitar otros, ofrecer de nuevo episodios céntricos en un/dos personajes protagonistas o, el súmmum del riesgo, lanzarse al vacío sin red a la hora de fabular con la vista después de la muerte en el fascinante episodio International Assassin (2.8), desde ya rareza supina con muchos niveles de sentido y un sentido del humor irresistible.La cara negativa de esto es que se incurre en la misma tendencia de la primera temporada, esto es, la imposibilidad de profundizar lo suficiente en los personajes con el metraje disponible y la distribución de las tramas. Cuando termina la temporada, solo Kevin, Nora y Patti han tenido el tiempo o la atención (Jill sale en casi todos los episodios pero casi nunca como protagonista de las escenas, y hasta se nos roban sus escasos momentos con Laurie) para atisbarse en ellos algo de tridimensionalidad, y se tiene que ser muy bueno –como Liv Tyler o Regina King lo son– para que el resto pase de ser un personaje con muchos huecos (¿se entiende bien a John cuando acaba la tanda?). Aunque sea una molestia y un fallo atribuible a la escritura y a una deficiente planificación de los episodios, los responsables compensan con una catarata de ideas maravillosas, alucinantes algunas, y una manera de jugar con la audiencia que es casi contagiosa en sus ganas de experimentar. Es como si supieran que es imposible coordinar todos lo aspectos, y al elegir uno deciden equilibrar un poco esa balanza como puedan.