La felicidad efímera
crítica a Girlhood (Bande de filles, Céline Sciamma, Francia, 2014)
Cuando las luces se apagaron y comenzaron los primeros minutos de proyección de Bande de filles, el tercer largometraje de la francesa Céline Sciamma, súbitamente se vienen a la cabeza reminiscencias a los libros de Rebeldes (llevado a la pantalla grande por Coppola) y La ley de la calle, ambos escritos por Susan E.Hinton. ¿Una simple coincidencia o una certera similitud en la manera de contagiar una historia? En este par de novelas dirigidas a adolescentes, la autora norteamericana contaba historias genuinas acerca de la supervivencia, las preocupaciones juveniles, los férreos vínculos de amistad y la problemática lucha de bandas callejeras. Volando entre sus páginas, Susan registraba con realismo esas sensaciones de plenitud, duelo, euforia y dolor que caracterizan a la etapa adolescente, con el mérito extra de hacernos entender realmente a los lectores las prioridades y códigos internos que rigen la existencia de sus protagonistas. El ansia de aceptación social y de liberación también caracterizan a Marieme (Karidja Touré), la protagonista de este largometraje que nos cuenta su historia, secuenciada mediante pantallazos en negro que representan los saltos temporales en esa franja de su vida. Nos hallamos frente a una chica que se nos antoja algo antipática, asilvestrada e incompleta, manchando por momentos de ternura, agresividad y obsesión por encajar su particular búsqueda de identidad. A sus dieciséis años, las prohibiciones constantes y los problemas familiares salpican de pesimismo el día a día de Marieme, sumadas al desencanto causado por su fracaso escolar y las implacables leyes de los chicos del barrio. Sin embargo, un encuentro fortuito con un trío de chicas de espíritu libre que coquetean con la ilegalidad, el alcohol y el abstentismo lo cambiará todo. Abandonando el instituto y tomando el nuevo nombre de Vic, relegando sus viejos chándals y su indumentaria masculina para adoptar el look que impera en el seno del grupo, la protagonista halla la felicidad adoptando este nuevo rol y sintiéndose aceptada por esta nueva pandilla, encabezada por la atractiva y deslenguada Lady.
Este puñado de chicas con coraza optan por el descaro, la fiereza y hasta la violencia para sobrevivir en esa jungla cualquiera que es el ajetreado entramado de calles donde habitan; ríen alto, hablan sin delicadeza, participan en peleas, alzan sus copas y sueñan con el París de la Torre Eiffel, los amores exquisitos y las compras lujosas. Y la vida se reduce a eso, a eludir prohibiciones, sentir la amistad como un potente motor de conexión humana y alcanzar el cénit de la libertad y la independencia, además de mantenerse en el puesto de reinas del mambo del barrio, no permitir que nadie les tosa y por supuesto, pasarlo de perlas, divertirse a todo trapo, pasar olímpicamente de ese espejismo llamado futuro. Carpe diem, carpe noctem. Hedonismo, nihilismo y un humanismo descarnado confluyen en otra película más de Sciamma, cuya aplaudida filmografía se esfuerza en desentrañar la configuración de la identidad de las mujeres a lo largo de su infancia y adolescencia, con más o menos acierto. Una nota común a su trilogía es la evolución, el cambio profundo que vivimos con sus protagonistas, el riesgo que asumen, los encarnizados obstáculos que sortean. Y en Bande de filles consigue ese realismo característico sobre todo en la primera parte del metraje, pues cierto es que en la segunda se desinfla y pierde un poco de fuelle. Sciamma traza con habilidad las luces y sombras de estas protagonistas juveniles encomendadas a buscar ese chispazo de felicidad efímera en un mundo plagado de problemas. La realidad es el mayor enemigo de esta banda de chicas, y adaptarse a los códigos que la calle impone, la única salida posible.