Homo homini lupus
crítica a White God (Fehér isten, Kornél Mundruczo, Hungría, 2014).
Si alguien me preguntase qué tienen en común Corre, Lola, corre (1998), Lilya Forever (2002), Closer (2004), Shortbus (2006), Canino (2009), Shame (2011) o esta reciente White God (2014) de la que voy a hablar a continuación con irremediable entusiasmo, reconocería que comparten escasas similitudes, a excepción de que todas ellas forman parte de mi lista de películas favoritas y tienen algo en su esencia que a mi parecer las hace diferentes, especiales y perdurables en el tiempo, algunas de ellas admirables y transgresoras en su género y argumento. Todas las aquí nombradas poseen secuencias y momentos que, de una u otra manera, siempre acaban volviendo a mi memoria sin pretenderlo, como el catecismo a la cabeza de un monaguillo o las olas a la retina del surfero. Violenta, genuina y áspera aterrizaba en las pantallas del festival Cineuropa esta magnífica y rabiosa White God (Fehér isten en su título original), sexto filme del cineasta Kornél Mundruczo, con los alicientes de haber sido laureada en la última edición de Cannes como mejor película de la sección Un Certain Regard y de ser la próxima representante húngara de cara a los Oscars de 2015.
Definir en pocas palabras el envoltorio, el argumento e incluso el género mismo de esta cinta tan peculiar se me antoja complicado, precisamente porque Mundruczo da pie a un amplio abanico de interpretaciones y lecturas; y amparada en una estética oscura y urbana de regusto tormentoso, incluso apocalíptico, construye un atrapante juego mental para el espectador del que no es nada sencillo salir. Apostando por un camino difícil y pocas veces recorrido en el séptimo arte, el director nos inyecta en vena un drama subversivo mezclado con acción trepidante que funciona en nuestra mente como un cóctel molotov de desamparo, pánico, venganza e instinto de supervivencia. Así, esta White God, impactante y ruda de principio a fin, gira las tornas habituales en términos de elenco para situar a un can sin pureza de raza y sus camaradas callejeros como protagonistas de la historia, cuestionando desde los primeros instantes si es el hombre merecedor de llamarse mejor amigo del perro, y empleando el paso de la trama para (de)mostrar la crueldad tiránica y las relaciones de dominación y autoridad que son el pan de cada día de una sociedad deshumanizada: la nuestra, claro. Las preguntas en torno a la desembocadura de este río de sangre serán muchas, pero sin duda nos sentiremos partícipes de esta particular toma canina de la Bastilla extendida por los barrios aquineos, un ladrido desde el cine en el que caben todas las minorías étnicas, raciales y espirituales del mundo. Porque, a pesar de que las cámaras de Mundruczo apunten hacia la rebelión de los chuchos, en el mordaz punto de mira del húngaro está ese autoencumbrado hombre blanco, como emblema de falsa superioridad moral. Y bajo su subyugación, el resto de seres enjaulados que protagonizan esta película.