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    Cine Usa 2011
    Cine Usa 2011

    Entrañable encantador de serpientes

    crítica de Bernie (Richard Linklater, 2011).

    Si hay algo que no se le puede negar al realizador Richard Linklater es su valentía a la hora de afrontar proyectos arriesgados y a contracorriente de cualquier moda, llevados a buen puerto gracias a fuertes actos de implicación durante largos intervalos de tiempo. Así, las joyas más brillantes de su corta pero rotunda filmografía serían la maravillosa e intimista historia de amor entre Céline y Jesse (inolvidables Julie Delpy y Ethan Hawke), retomada cada 9 años en una trilogía inaugurada con Antes del amanecer (1995), y, sobre todo, ese experimento fílmico que fue Boyhood (2014), retrato de una familia que fue rodado en 39 días a lo largo de 12 años. Con este último trabajo, emotivo y sincero, Linklater obtuvo las mejores críticas de su carrera, a las que se añadieron seis nominaciones al Óscar y tres Globos de Oro entre los que se incluían los de mejor película dramática y mejor director. Sugestivas cintas de animación para adultos como Waking Life (2001) y A Scanner Darkly (2006) son otras de las muescas del Linklater más radical que, no obstante, logró su mayor éxito comercial con la comedia familiar Escuela de rock (2003), construida a mayor gloria del cómico Jack Black, que logró recaudar más de 130 millones de dólares a nivel mundial. Ocho años más tarde, director y protagonista se volvieron a unir para rodar Bernie (2011), título de características y aspiraciones bien diferentes que, por desgracia, pasó mucho más inadvertido en su paso por las salas comerciales. Tal fue su discreta recepción que su estreno en España llega, propiciado por el éxito de Boyhood, con cuatro años de retraso, un periodo de tiempo que para Linklater, vistos sus antecedentes, tampoco debería parecer demasiado largo.

    Bernie, a pesar de su apariencia simpática y ligera, esconde tras de sí un trágico hecho real que formó parte de la crónica negra de Texas. Un caso que sorprendió a todos los habitantes de la idílica localidad de Carthage y que creó gran controversia durante su desarrollo judicial, ya que la balanza del clamor popular se inclinaba más a defender (e incluso a justificar) al verdugo más que compadecerse de la víctima. Marjorie Nugent no era una persona especialmente querida en su ciudad. Una anciana huraña y déspota, que miraba a sus vecinos por encima del hombro desde su posición de adinerada viuda del banquero más odiado de la ciudad no era el tipo de persona a la que se le echaría de menos tras su muerte. Por el contrario, Bernie Tiede, el director de la funeraria local, era un tipo que se hacía querer por todos. Amable, bueno, generoso, siempre dispuesto a aportar su granito de arena a cualquier causa que sirviera para ayudar a los demás y con una capacidad innata para encontrar las exactas palabras de consuelo hacia el que sufre. Un ciudadano ejemplar al que nadie creería capaz de cometer un asesinato a sangre fría y de quien la prensa sensacionalista se encargaría de sacar a relucir los abusos sexuales a los que fue sometido durante su niñez y que le habrían ocasionado un trauma imborrable. Richard Linklater, ayudado por el periodista Skip Hollandsworth, quien cubriera el reportaje de la noticia para el Texas Monthly, es el artífice de un guión que roza lo suicida al convertir aquella historia en una comedia negra, manteniendo la imagen que, sobre los implicados, conservan los vecinos, y dibujando al asesino como un ser adorable, víctima de una enajenación transitoria, y a la difunta como una bruja odiosa de la que es prácticamente compadecerse. Del mismo modo, omite los detalles más escabrosos de la vida de su personaje central, pasando de puntillas por su condición homosexual.

    por José Martín León
    agosto 09, 2015

    Crítica | Bernie

    por José Martín León | agosto 09, 2015

    El fantasma del Yankee Pedlar Hotel

    crítica de Los huéspedes | The Innkeepers, de Ti West, 2011

    Ti West pertenece a esa selecta estirpe de nuevos cineastas que están devolviendo al género del terror la dignidad perdida. Nombres como Rob Zombie, James Wan, Eli Roth, Jim Mickle o Alexandre Aja, que han cultivado su cultura cinéfila adorando las películas de los 70 y 80, salpican sus propuestas de múltiples y gozosas referencias y guiños a aquellas, sin perder por ello sus personalidades como creadores. En el caso de West, la película que le colocó en el punto de mira para los aficionados al género fue la notable La casa del diablo (2008), un modesto ejercicio de mimetismo hacia las cintas de temática demoníaca de los 80, donde demostró un gran poderío visual pese a la economía de medios. Aquel título, que argumentalmente bebía de fuentes clásicas como La semilla del diablo (1968, Roman Polanski) o La centinela (1977, Michael Winner) –auténtica joya a reivindicar–, fue la antesala de unos trabajos que no han logrado mantener el listón tan alto, como sus contribuciones a las películas de sketches V/H/S (2012) y The ABCs of Death (2012) y, sobre todo, la decepcionante Cabin Fever 2: Spring Fever (2009), secuela del título de culto de Eli Roth. Ahora, en plena efervescencia del éxito de títulos sobre casas encantadas como Expediente Warren: The Conjuring (2013, James Wan) o la interminable saga de Paranormal Activity, llega a España –con tres años de retraso– Los huéspedes (2011), otro particular homenaje del realizador al horror ochentero, salpicado de un saludable sentido del humor.

    Los huéspedes | The Innkeepers, de Ti West

    La película presenta algo ya transitado otras veces con anterioridad como es el escenario de un hotel habitado por los atormentados fantasmas del pasado. Stephen King fue uno de los maestros en presentar estos enormes edificios como temibles amenazas paranormales en obras literarias de las que luego salieron filmes como El resplandor (1980, Stanley Kubrick) o Habitación 1408 (2007, Mikael Håfström). El Yankee Pedlar Hotel de Los huéspedes, al igual que el mítico hotel Overlook, está poblado de fantasmales apariciones y fenómenos inexplicables. Se trata de un complejo sobre el que existe una maldición centenaria, ya que se dice que el fantasma de una mujer que se suicidó tiempo atrás en una de sus habitaciones, se pasea por los pasillos clamando justicia (de nuevo, la sombra de El resplandor es alargada). Claire y Luke son los dos únicos empleados que quedan en el hotel y, ante el inminente cierre del lugar, se proponen probar la existencia de este tipo de manifestaciones del más allá. La llegada de dos huéspedes como Leanne Reese-Jones, una enigmática actriz dotada de ocultas capacidades como psíquica, y un misterioso anciano que se empeña en alojarse en la habitación 353, ya que le trae recuerdos de un pasado lejano, desencadena una serie de acontecimientos que pondrá en peligro las vidas de los protagonistas. Estamos, como puede verse, ante la típica historia de fantasmas mil veces vista en la gran pantalla, tratada, eso sí, con un tono mucho más ingenuo y juguetón de lo que es habitual en el último cine de terror, caracterizado por la escabrosidad y la truculencia. Podría decirse que Los huéspedes, pese a referencias explícitas a clásicos como Al final de la escalera (1980, Peter Medak) –ese piano que toca solo, con último y perturbador golpe de tecla incluido– o Terror en Amityville (1979, Stuart Rosenberg) –la música de Jeff Grace recuerda en ocasiones a la brillante creación de Lalo Schifrin para aquella–, jugaría más en la liga de comedias de terror menores (aunque nada desdeñables) como House, una casa alucinante (1986, Steve Miner) o Arrástrame al infierno (2009, Sam Raimi), en donde los personajes y situaciones no pueden ser tomados demasiado en serio.

    por José Martín León
    abril 27, 2014

    Crítica | Los huéspedes

    por José Martín León | abril 27, 2014
    Starlet, de Sean Baker

    AMISTAD SIN ESTRELLAS

    crítica de Starlet | Sean Baker, 2012

    Escribía Juan Cruz en el diario El País un artículo de opinión, hará cosa de un mes, en el que divagaba –con acierto–, sobre la banalización en el uso del término amistad. Decía algo así como que estaba prostituido, se comerciaba con él, se trivializaba en subastas en las que se presumía de la cantidad de “amigos” que uno tiene en Facebook. Cuantos más mejor. ¿Pero qué queda de ese afecto personal, desprendido que germina y se robustece con el trato? Un simple “Me gusta”. Una visión, quizá, un tanto catastrofista de las relaciones entre pares que hay que interpretar en su justa medida. Esta valoración subjetiva sirve para contextualizar la (supuesta) excepcionalidad afectiva hilvanada en Starlet (2012). De todas formas, en medio de la barbarie tecnológica todavía prevalece, creo yo, el afecto del roce. No se le escapa a nadie que las historias de amistad siempre han tenido un lugar privilegiado en el cine. Su universalidad ha sido un tema abordado en muchísimas películas. Cuanto mayor sea la distancia empática que a priori existe entre los sujetos, mayor es la emoción y complicidad de la platea. Al margen de su mejor o peor factura, éste ha sido uno de los factores clave en el éxito de películas como Intocable (2011), Up (2009) o Gran Torino (2008), por citar algunas recientes. Y en esa máxima se apoya Sean Baker. El director americano relata el nacimiento de una extravagante amistad, entre una joven actriz porno que apenas supera la veintena –Jane– y una anciana octogenaria –Sadie–, a raíz de la compra de un termo en cuyo interior había diez mil dólares. El sentimiento de culpabilidad de la joven sienta las bases de un acercamiento extraño que dará a lugar a situaciones tensas, emotivas, graciosas y a una particular relación.

    De ritmo algo lento en el desarrollo del meollo. La relación entre la nieta de prácticas y la abuela en funciones tarda mucho en definir su rumbo, a camino entre el altruismo culpable y el relleno de asientos vacíos en el vagón familiar. En medio de esa búsqueda de identidad, se perciben una serie de recursos trillados y manidos que desvirtúan lo estrafalario de la relación entre dos polos opuestos –no solo generacionalmente–. El filme desemboca en un mar de convencionalismos, con giros argumentales obvios en su tosquedad y con algún exceso exhibicionista incluidos –la escena de rodaje en el plató–. Se ahonda en esa falta de definición con la multitud de frentes abiertos y que es imposible cerrar desde las trincheras. Temas como la pornografía, las drogas, la inmadurez juvenil o las disyuntivas morales son rodados por encima, envenenando su abordaje con un suspiro de superficialidad. A este drama sobre amistades estrambóticas se le ven las costuras. Es lo que tienen los guiones plagados de remiendos. No obstante que estas ácidas pinceladas no adulteren los atractivos del atuendo. Su ligereza permite digerirla con suavidad. Sin propensión a lo plomizo el metraje avanza sin necesidad de vaselina.

    por Anónimo
    octubre 07, 2013

    Crítica | Starlet

    por Anónimo | octubre 07, 2013
    The Good Doctor

    INTENCIONES A MEDIO CAMINO

    crítica de The Good Doctor | Lance Daly, 2011

    Cuando Annie Wilkes le rompía la pierna a su escritor favorito atado a la cama, su motivación no era una únicamente psicopática. Detrás de ese afán irrefrenable por mantener incapacitado al pobre James Woods radicaba también uno de los trastornos que más carne ha dado a los telefilmes de un domingo por la tarde. Hablamos del Síndrome de Munchaüsen, un trastorno mental consistente en mantener enferma a otra persona contra su voluntad o bien que ésta sea ajena a la situación real. Misery trató el tema desde un punto de vista más cercano al suspense. The Good Doctor, la segunda película de Lance Daly, comienza abordándolo desde el drama de corte intimista. Martin Blake es un joven soltero con una carrera prometedora en la medicina. Con una autoestima bastante delicada para lo que exige su trabajo, Blake busca de continuo la aprobación y el apoyo de los que le rodean. Es candidato a una beca que se traduciría en un ascenso importante, pero claro, los errores en el expediente no perdonan, y su primera negligencia se salda con una mancha en su currículum y su orgullo mermado. La solución aparecerá con la entrada en escena de Diane Nixon. Una joven con una grave infección en el hígado que no tarda en saldarse con éxito, despertando en Martin unas emociones hasta entonces desconocidas. Seguridad y fe en si mismo. Una (aparente) conexión instantánea que provocará en el doctor la necesidad de mantener a Diane ingresada, aunque sea a costa de su propia salud.

    John Enbom (guionista) comienza centrando su atención en Blake, su ambiente de trabajo, y su carácter inestable. Los primeros pasos sugieren una idea valiente: ahondar en las motivaciones y la mente de una persona que es víctima potencial de la enfermedad anteriormente citada. Averiguar que la lleva a actuar así. En 15 minutos el terreno está preparado. Los elementos ya han quedado dispuestos en escena y el doctor se ha encontrado con su paciente. La cena que tiene lugar en casa de los Nixon, cuando la familia decide invitar a Martin como agradecimiento, constituye el primer punto de inflexión del desarrollo. Una escena que rompe el tono notablemente provocando una ligera inestabilidad en el conjunto. La primera hora de metraje bucea con cierta soltura mostrando las motivaciones del personaje central para actuar cómo lo hace. Navega con seguridad manteniendo el ritmo, sin prisa pero sin pausa, moviéndose entre el esterilizado apartamento de Blake y los familiares pasillos de un hospital urbano. Casi siempre en interiores, los espacios se revierten de un estilo aséptico que condiciona desde el primer momento el carácter minimalista del relato y las interrelaciones que se establecen. Una pulcritud formal que afecta a las interpretaciones, contenidas incluso en las cimas más dramáticas. Las conversaciones íntimas entre médico y paciente marcan la pauta del trayecto, ahondando poco a poco en el nucleo discursivo de la obra: la cobardía de una persona incapaz de enfrentarse a sus propias debilidades y lo que está dispuesta a hacer sólo para encontrar consuelo. En el tratamiento de un punto de partida tan prometedor, The Good Doctor parece que opta por una vía diferente, pero comete un error gravísimo: se acobarda en mitad de la carrera.

    por Unknown
    septiembre 16, 2013

    Crítica | The Good Doctor

    por Unknown | septiembre 16, 2013
    Take Shelter

    UN APOCALIPSIS DEMENCIAL

    crítica de Take Shelter | Jeff Nichols, 2011

    El fin del mundo es algo que apasiona. Desata el morbo. Genera una perturbadora curiosidad. Sin duda lo que más fascina al ser humano es aquello que parece imposible y titánico. Por ello el advenimiento de una catástrofe provoca un magnetismo malsano que la literatura y el cine, a lo largo del tiempo, han aprovechado. Sobre todo tras el disparate mediático desatado con la supuesta predicción del fin del mundo, para diciembre de 2012, por parte de los mayas. El halo místico y religioso que se asocia al fin de la humanidad ha sido reformulado en favor de mundos posapocalípticos, distópicos en el que un puñado de supervivientes luchan contra las consecuencias de la hecatombe. Esta concepción tan "comercial", tan fantástica, tan inverosímil se me antoja atractiva y evasiva a partes iguales. Evasiva en tanto en cuanto los apocalipsis, relativizando su condición destructiva hasta la extinción, se han dado y se dan a lo largo de la historia. Existen los cataclismo personales y de determinados grupos sociales. Y también se han contado en películas y libros. Una simbiosis de ambas concepciones del ocaso, aderezadas con una muy personal, es la que nos encontramos en Take Shelter (2011), fenomenal película de Jeff Nichols. Un drama, mixturado con otros géneros como el thriller psicológico o, incluso, el cine de terror. Una cinta alegórica. De lo sobrenatural a lo cotidiano. De lo personal a lo comunitario.

    Tras su espléndida –e incomprensiblemente inédita en España– opera prima, Shotguns Stories (2007), y antes de su recién estrenada y también brillante Mud (2012), Jeff Nichols escribió y dirigió otra joya ambientada en la América más profunda y rural. El director nacido en Arkansas nos cuenta la historia de un obrero, llamado Curtis, que vive tranquilamente con su familia -su mujer y su hija sorda- hasta que una suerte de pesadillas premonitorias –principalmente sobre tormentas y tornados– empiezan a estropearlo todo y lo conducen hasta la obsesiva necesidad de construir un refugio como protección ante lo que supuestamente se avecina. Para llevarlo a cabo se empeña económicamente y su estabilidad familiar y mental comienzan a derrumbarse. La metáfora para muchos está clara, para aquellos que no la acaben de ver el propio director afirmó en distintas entrevistas promocionales que tuvo muy presente la crisis económica actual a la hora de confeccionar el guion. Sin duda las catástrofes naturales son la equivalencia de las calamidades económicas que asolan a Occidente. Usa lo sobrenatural para hablar de lo mundano. Es un relato en clave de ficción de algo tan real como la vida misma. Nichols quiere hacernos ver que Curtis podría ser cualquier padre de familia, naufragando en la enajenación de dilapidarlo todo. El espectador es testigo del descenso al infierno de la precariedad de la economía familiar. Por culpa de fenómenos aparentemente indomables, uno presencia las trágicas consecuencias de la solicitud de un crédito en condiciones desfavorables, un despido y la consabida pérdida del seguro médico. Todo ello al borde de una operación para que su hija recupere la audición. Un drama diario.

    por Anónimo
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Take Shelter

    por Anónimo | septiembre 10, 2013
    Tú eres el siguiente

    LA NOCHE DE LOS ANIMALES

    crítica de Tú eres el siguiente | You’re Next, Adam Wingard, 2011

    2013 está resultando ser un gran año para el cine de terror. Títulos como Mamá, The Conjuring, The Purge o el remake de Posesión infernal han conseguido excelentes cifras en la taquilla, asegurándose todas ellas sus futuras secuelas. En el caso de The Purge, el excelente punto de partida de su argumento –una familia encerrada en el interior de su mansión acorazada, acosada por un grupo de asesinos a los que la tradicional noche de la purga les otorga total impunidad para cometer cualquier crimen sin tener que ser juzgados por ello– se veía totalmente desperdiciado ante la opción final de sus creadores de ofrecernos la enésima variante del Funny Games (1997) de Michael Haneke. Una vez más, el director austríaco pudo respirar tranquilo. Su película seguía siendo la obra maestra del subgénero de los asaltos domésticos al que también pertenecen Los extraños (2008) o Secuestrados (2010). Sin embargo, este mismo año le ha salido una seria adversaria para disputarse ese trono, pese a que su estreno se produzca con dos años de retraso. Tú eres el siguiente acierta en todos los apartados en los que falló The Purge, especialmente en lo referente a no tomarse a sí misma demasiado en serio. Adam Wingard y su guionista Simon Barrett –tándem responsable de interesantes cintas de terror “de episodios” como las dos entregas de VHS o The ABCs of Death (2012)–, muy inteligentemente, han optado por impregnar a su película de un negrísimo sentido del humor y una aguda crítica a la sociedad burguesa.

    por José Martín León
    septiembre 07, 2013

    Crítica | Tú eres el siguiente

    por José Martín León | septiembre 07, 2013
    4:44 Last Day On Earth, Abel Ferrara

    EL DÍA MÁS ABURRIDO EN LA TIERRA

    crítica de 4:44 Last Day on Earth | Abel Ferrara, 2011

    Empecemos con una perogrullada: todos sabemos que vamos a morir, pero casi nadie sabe cuándo va a ser el momento exacto en el que exhale el último suspiro. Ahora, imaginad por un segundo que el mundo tal y como lo conocemos tuviera fecha de caducidad y que todos fuéramos conscientes de ella. Quiero decir, todos sabemos que nada dura para siempre y que es muy probable que la raza humana se acabe extinguiendo, que algún día caiga un meteorito del tamaño de Texas y nos rompa a todos por la mitad o que a los nietos de los nietos de nuestros nietos, llegado el momento, no les servirá de nada la crema protectora factor 10.000 cuando el Sol explote. Pero imaginad que supiéramos que, mañana a las 4:44 horas de la zona Este de los Estados Unidos (lo que supone que para nosotros sería a la hora de la cena más o menos), la humanidad al completo fuera a perecer por culpa de la desaparición de la capa de Ozono provocada por nuestra inconsciencia ecológica. Puede que alguno acabara sucumbiendo a la presión y se suicidara; otros aprovecharían para correrse la última gran juerga; los más familiares dedicarían sus últimas horas a estar con sus allegados; los más pasionales se despedirían haciendo el amor sin control; los que todavía tuvieran algo de fe rezarían a sus dioses para que les acogieran en el Paraíso que les tocase a cada uno... Y es muy probable que algunos de nosotros, afectados todos de cinefilia y cinefagia, intentáramos ver por última vez nuestra película favorita o algunas de ellas. Me cuesta decidir cuál sería la elegida por mí, pero sí estoy convencidísimo de algo: si hoy fuese mi último día sobre la Tierra y quisiera despedirme eligiendo sólo un título en particular, estoy convencido de que la última opción que pasaría por mi mente sería 4:44 Last Day on Earth (Abel Ferrara, 2011), uno de los ejemplos más inútiles, pretenciosos y aburridos del reciente cine digital en su vertiente apocalíptica.

    por Unknown
    julio 17, 2013

    Crítica | 4:44 Last Day On Earth

    por Unknown | julio 17, 2013
    Sound of my Voice

    SECTA DE FICCIÓN

    crítica de Sound of my Voice | Zal Batmanglij, 2011

    En el Festival de Sundance de 2011 debutaba como actriz, productora y guionista Brit Marling. Lo hacía con dos sencillas películas co-escritas, protagonizadas y producidas por ella misma: Another Earth (2011) y Sound of my Voice (2011). Se notaba en ambas su condición de hijas de la misma madre, cintas hermanas, a pesar de tener distintos directores. La primera, a mí juicio, algo más consistente y lograda, una producción indie que reivindica la solidez y proyección del tándem formado por Mike Cahill y Marling. Una revisión de la ciencia ficción, de cariz más intimista y menos enfática de lo que se acostumbra en el género. Mucho más reflexiva, en la misma línea de A man from Earth (2007). Utilizando la ciencia ficción como un vehículo difusor de ideas, no de escandalosas paranoias. Sound of my voice, la película que nos ocupa, navega por las mismas aguas en lo que a su consideración del género se refiere, pero con un halo mucho más metafísico y al abordaje de un tema más morboso: las sectas. Una irregular reflexión sobre el poder de la religión y la voluntad del ser humano de someterse a la esclavitud o liberación –todo depende del prisma desde el que se mire– de un líder espiritual.

    En Estados Unidos la religión es una parte específicamente inseparable de su cultura pretérita y actual, siendo uno de los países más devotos de los mal llamados desarrollados. Sería impensable que un ateo estuviese en la Casa Blanca. De hecho, la devoción ocupa un papel destacado en las campañas electorales; no hay más que recordar toda la parafernalia desatada con el último candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, Mitt Romney, que es mormón. Curiosamente, la religión y Dios están ausentes de la Constitución americana, pero eso no quita para que su influencia en la vida pública sea determinante. Un país en el que su moneda reza “In God we trust” y sus presidentes sustentan su mandato en la fe jurando el cargo ante la Biblia, es un país creyente, con independencia de cuál sea el color de su fe. Por todo ello no extraña que un pueblo ávido de mesianismo no opte siempre por las formas clásicas, y elija otras vertientes en las que no se hereda una identidad cultural, es decir: las sectas. En los últimos tiempos abundaron las cintas de calidad que trataron en mayor o menor medida el tema, véanse la maravillosa The Master (2012) o la hipnótica y turbadora Martha Marcy May Marlene (2011), con la que Sound of my voice tuvo la “mala fortuna” de toparse en Sundance, pues eclipsó su brillo y salió perdiendo en la comparativa. Si bien es cierto que una tiene más enjundia que otra, también lo es que la pareja profesional Marling-Zal Batmanglij –director– no podría haber hecho más con menos.

    por Anónimo
    julio 16, 2013

    Crítica | Sound of my Voice

    por Anónimo | julio 16, 2013
    Rampart

    LA CARA SUCIA DE LA LEY

    crítica de Rampart | Oren Moverman, 2011

    James Ellroy, uno de los autores más emblemáticos de la novela negra contemporánea, ha visto como en las últimas décadas, algunas de sus obras han sido llevadas al cine con mayor o menor fortuna. Sus ambiguos y oscuros retratos de una Norteamérica racista y corrupta y las denuncias que arroja sobre los cuestionables métodos de la policía para llevar a cabo su trabajo, encontraron su mejor traslación a la gran pantalla en la obra maestra de Curtis Hanson L.A. Confidential (1997). Otras buenas aportaciones al género, surgidas de los relatos de Ellroy fueron Dark Blue (2003), La dalia negra (2006) y Dueños de la calle (2008). En ocasiones, el escritor se basaba en historias reales que escandalizaron a la opinión pública en el momento en que salieron a la luz. El mejor ejemplo sería el polémico “escándalo Rampart”, que estalló en 1999 cuando un agente de la unidad antipandillas CRASH se declaró culpable de robar droga incautada para su posterior venta. A cambio de una sentencia menor, el policía tiró de la manta y destapó una enmarañada trama de asesinatos, violaciones, robos y coacciones que puso en entredicho la honradez del Departamento de Policía de Los Ángeles. Estos hechos, que ya sirvieron de inspiración para la notable Training Day (2001), de Antoine Fuqua, son la base de Rampart (2011), segundo trabajo en la dirección de Oren Moverman tras su gran éxito de crítica The Messenger (2009), que le supuso a Woody Harrelson una nominación al Oscar como mejor actor de reparto. El realizador israelí vuelve a contar con Harrelson y Ben Foster –protagonista de su ópera prima– en este oscuro thriller que vuelve a desenterrar uno de los episodios más vergonzosos para el cuerpo policial norteamericano.

    por José Martín León
    julio 16, 2013

    Crítica | Rampart

    por José Martín León | julio 16, 2013
    El amigo de mi hermana

    UN TRIO IMPROVISADO

    crítica de El amigo de mi hermana | Your Sister’s Sister, Lynn Shelton, 2011

    Empezar con frases lapidarias una crítica, o cualquier escrito, no deja de ser un condicionante previo, para el lector, de lo que resta de texto. Pese a todo: La comedia romántica es un subgénero en eterna decadencia. Máxima matizable. Con excepciones que confirmarían la regla, por supuesto. Al menos, deberíamos admitir, que esta clase de películas despierta recelos entre una parte no desdeñable de la crítica y del público -mayoritariamente masculino-. Son películas que tienen una línea argumental que se suele manifestar como una constante con escasas variables. El esquema es el que sigue: Chica conoce chico, o viceversa. Entre bromas absurdas el espectador descubre que se atraen, ellos todavía no lo saben. Surge un conflicto que les separa, y que les ayuda a ver que se necesitan mutuamente. Tras un clímax de casuística inverosímil se reencuentran y se declaran un amor, que intuimos será para toda la vida, o no. Eso ya depende de segundas y terceras partes, o de lo que quiera imaginarse el espectador. Eterno mientras dure, al menos. El problema no es el esquema argumental. Pues se podría hacer algo semejante con otros muchos subgéneros y no por ello están obsoletos, caducos o en decadencia. El problema es la falta de originalidad, la falta de creatividad dentro de ese marco, prueba de ello son los abundantes clichés que plagan estas producciones. Y la raíz de ese problema, es que es este formato de comedia romántica clásica la que triunfa en taquilla, la que da dinero, la que le gusta al gran público. Mientras, piezas más originales de corte indie, que dan esplendor y aire fresco al subgénero, que incluso llegan a ponerse de moda, mal mendigan por algunas salas de cine sin obtener ningún tipo de relevancia a nivel económico. El éxito, más allá de su carácter mainstream, responde al bombardeo promocional que hay en favor de unas y el austero silencio publicitario de otras.

    por Anónimo
    julio 09, 2013

    Crítica | El amigo de mi hermana

    por Anónimo | julio 09, 2013

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