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    Crítica en Serie | Southland

    Southland

    LA TUMULTUOSA VIDA DE UNA SERIE ÚNICA

    crítica de Southland | Balance de sus cinco temporadas

    CBS, TNT / Serie / 5 temporadas: 43 capítulos. | EEUU, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013. Creadora: Ann Biderman. Directores: Christopher Chulack, Nelson McCormick, J. Michael Muro, Félix Enríquez Alcalá, otros. Guionistas: Ann Biderman, John Wells, Jonathan Lisco, Heather Zuhlke, Cheo Hodari Coker, Sara Gran, otros. Reparto: Michael Cudlitz, Ben McKenzie, Regina King, Shawn Hatosy, C. Thomas Howell, Jamie McShane, Emily Bergl, Tom Everett Scott, Roxanna Brusso, L. Scott Caldwell, Arija Bareikis, Michael McGrady, Kevin Alejandro, Dorian Missick. Fotografía: J. Michael Muro, Dana Gonzales, Cameron Duncan.

    Las dos primeras temporadas de Southland son lo más cerca que una cadena en abierto ha estado de ofrecer lo que HBO hacía con The wire (2002-2008). Palabras mayores pero durante los 13 capítulos que Ann Biderman estuvo al cargo, se justifica cada de una de ellas. Biderman apostó todas sus cartas al hiperrealismo y una narrativa elíptica, dejando que los momentos se construyeran sobre sí mismos de manera magistral y gestionando el tiempo de manera admirable, mostrando un equilibrio perfecto entre las vidas privadas y profesionales de un buen puñado de personajes. Y como con The wire, la audiencia no respondió de entrada y Southland casi se queda en el cementerio de las cancelaciones por sorpresa. Y además de la peor forma, ya que CBS suspendió el rodaje de la 2º temporada tras el sexto capítulo, argumentando que el tono de la serie era muy oscuro para su línea de entretenimiento. Para suerte de todos, TNT intervino y no sólo compró la serie sino que la emitió entera para empezar a enganchar a más gente con su fantástico producto. La dificultosa existencia de la serie no había terminado, no. Ann Biderman dejó la serie en manos de John Wells de cara a la tercera temporada, y éste a su vez la dejó en manos de Jonathan Lisco para centrarse en Shameless (2011-). Lisco ha sido el responsable durante las dos últimas temporadas, con resultado irregular pero siempre estimulante. Además, la serie ha tenido que soportar evidentes recortes en el presupuesto (de 8 personajes fijos se pasó a 4), que repercutieron en su propuesta narrativa, que pasó de centrar su mirada múltiple en varios departamentos a sólo mostrar dos coches patrulla y el apartado de Homicidios. Sin explicaciones, confundiendo la elipsis con la brusquedad.

    Pero la cantidad de estímulos que ofrecía la serie inclinaban la balanza a su favor siempre a la hora de valorarla: en Southland casi todo respiraba verdad. La apuesta estilística que el director Christopher Chulack estableció desde el piloto implicaba cámara en mano o fija en las escenas de coche, lenguaje sin censura -aunque la cadena pusiese después del pitido, lo importante es que el espectador sabe que los personajes lo han dicho-, la cámara pegada a los actores para no dejarles interpretar con falsedad y ayudar a meterse en la psicología del personaje y una fotografía de tonos oscuros y calurosa para reflejar el humor de la ciudad. Y es que aunque suene a tópico, si se hace bien una ciudad puede ser una protagonista más, y Los Ángeles lo es en Southland. Cada caso se diría sacado de una historia real y cada escena por las calles se diría sacada de un documental, sin actores ni un guión. El hiperrealismo de las persecuciones en coche o la fisicidad de las carreras a pie -es particularmente reseñable una larguísima y emocionante que vemos en Día de graduación (3.10), saltando de edificio en edificio o el ataque a la comisaría en Miércoles (4.1)- distingue a esta serie del resto de policíacos, y ayudará a que sea recordada como se merece.

    Southland

    La salida de Biderman se notó en la serie, que perdió el perfecto equilibrio, empezó a usar tramas más convencionales y un enfoque más explícito en la investigación de los casos, además de resolverlos con insultante sencillez. Aún así, Wells y después Lisco supieron mantener la mayor parte de las señas de identidad de la serie. Cada capítulo empieza con un acción in media res en la que una sorpresa paralizaba la imagen y nos llevaba unas horas atrás en el tiempo, a la vez que una voz en off declamaba alguna frase sabia. Una vez el círculo de regulares se redujo, los personajes más carismáticos para la mayoría del público centraron el foco: el conflictivo oficial John Cooper, gay en el armario, ex-adicto, de padre asesino y evidentes problemas de confianza; Sammy Bryant, de detective a agente en las dos últimas temporadas porque un trauma le llevó a una oscura senda que logró evitar; Lydia Adams, la detective absorta en el trabajo que quiere hacer justicia y que nadie la moleste y nuestro punto de entrada en la serie: Ben Sherman, que empieza como idealista cadete para acabar, en un forzado giro de la 5º temporada, abusando de su poder. Todos impecablemente interpretados y con muy interesantes recorridos a lo largo de toda la serie. La impecable labor de dirección nunca decayó y la libertad de la cámara en mano garantizaba siempre a los directores de turno mucha cancha para ofrecer tomas espectaculares y ángulos originales, siempre y cuando estuvieran al servicio de la historia.

    Y como no todo depende de los protagonistas, también los guionistas supieron extender el interés con personajes regulares o esporádicos, sean criminales, defensores de la ley o el entorno familiar de la policía. Aunque esto lleva a veces a la incoherencia cuando muchos de estos personajes desaparecían sin explicación, a capricho de los guionistas. Las tramas temporales de unos espléndidos Lucy Liu, Jenny Gago o Gerald McRaney dieron algunos de los mejores momentos de la serie. Y la credibilidad que exhalaban los implicados en los casos ayudaban a mantener la sensación de realidad, ya fueran extras o actores perfectamente dirigidos para ser naturales. Lo peor de haber sido cancelada ahora es que deja como la última a la sin duda peor temporada de Southland. Jonathan Lisco pisó el acelerador de conflictos y desgracias, formándose un cúmulo de excesivas calamidades que además decidió coronar con un artificioso final abierto que contrasta con la limpieza con la que la serie cerraba sus temporadas desde que TNT les salvó. Aún teniendo momentos extraordinarios como la conversación entre Lydia y un asesino en el corredor de la muerte en Fuera de servicio (5.5) o el intentísimo secuestro de Cooper y su compañero Lucero a manos de unos imprevisibles adictos en Caos (5.9), los personajes empezaron a sufrir más de lo creíble capítulo tras capítulo, marchitando así la marca de identidad de la serie: el hiperrealismo. Recurriendo a las proporciones, una temporada irregular no quita dos extraordinarias y otras dos muy buenas. Southland y sus 43 capítulos de peleona existencia están llamados a ser recordados porque los que se arriesgan se merecen siempre caer de pie. ★★★

    Adrián González Viña.
    crítico de cine y series de televisión.

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