La mirada de Pizzolatto a un policíaco tópico
crítica a True Detective (2014-) | Segunda temporada.
HBO | 2ª temporada: 8 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Nic Pizzolatto. Directores: Justin Lin, John Crowley, Jeremy Podeswa, Janusz Metz, Miguel Sapochnik, Daniel Attias. Guionistas: Nic Pizzolatto, Scott Lasser. Reparto: Colin Farrell, Rachel McAdams, Vince Vaugh, Kelly Reilly, Taylor Kitsch, Chris Kerson, Ritchie Coster, Christopher James Baker, Afemo Omilami, James Frain, Michael Irby, Abigail Spencer, Timothy V. Murphy, Yara Martínez, Michael Hyatt, David Morse, Leven Ranbim, W. Earl Brown, Trevor Larcom, Lolita Davidovich. Fotografía: Nigel Bluck. Música: T Bone Burnett.
Sí, es cierto. La segunda temporada de True detective es peor que la primera. Nic Pizzolatto ha querido hacer algo tan diferente, contar una historia tan opuesta a la caza del asesino en serie Errol Childress que por el camino ha perdido gran parte de la magia que convirtió a su anterior narración en algo tan especial. Ahora, no es tampoco la mediocridad semanal que muchos llevan tiempo diciendo que es. Tiene gracia que este crítico vaya a acabar defendiendo al novelista Pizzolatto, ya que se hartó de argumentar hace año y medio que la primera temporada no es la gran obra maestra catódica que vino a salvar el mundo en enero de 2014. Pero no es justo que se ataque con tal virulencia y animosidad (hasta el punto de revelar que es algo casi personal) un producto sin haberlo visto entero, o basándose en razones que van más allá de los propios méritos artísticos. En un sentido parecía inevitable que sucediera, pero a la vez ha sido una (decepcionante) sorpresa. Hay que decir también que el hombre tuvo dos años para preparar la anterior historia, y aquí se le ha pedido la misma calidad en esencialmente la mitad de ese tiempo. Estos ocho capítulos van a cubrir los seis meses de investigación sobre el asesinato de Ben Caspere, dando lugar a gran red de corrupción policial, política y estatal, que incluye desde orgiásticas fiestas celebradas en el mayor de los secretos hasta un tiroteo masivo en plena ciudad que va a hacer más daño que otra cosa. En medio del huracán tenemos un quinteto de personajes de mayor y menor interés, marcados todos por la desgracia –la marca Pizzolatto– y que van a relacionarse con intensidad unos con otros, uniendo sus destinos hasta un desenlace que no puede ser sino negro como el alma de la sociedad.
La continuidad entre ambas entregas reside por lo tanto en la descripción corrupta de un mundo del que no hay escapatoria para las personas que deciden ejercer algo de justicia. Hablaban la pareja Cohle/Hart en el final de la primera tanda de una batalla entre luz y oscuridad en la que parecía que ganaba la luz. Vista la segunda, la batalla queda más difusa. Lo que está claro es que esta historia de casi nueve horas es indivisible, que funciona como un todo, y aunque pueda resultar menos satisfactoria que lo visto anteriormente, el talento de los implicados hace que el resultado final sea, al menos, competente. Eso sí, se nota mucho la ausencia de los ganadores del Emmy Cary Joji Fukunaga (director) y Adam Arkapaw (director de fotografía), ya que sus múltiples sustitutos –por muy buenos directores y cinematógrafos que sean– no logran que la apuesta visual de una Los Ángeles alejada del glamour sea tan magnética como la de Louisiana, por muchos tomas aéreas de la autopista y disoluciones en montaje que ofrezcan para tratar de materializar una sensación de trascendencia. Parece más una imposición que otra cosa, así como los ocasionales diálogos cargados de dobles sentidos y lecturas profundas, que solo logran estar bien integrados con el sorprendente personaje de Frank Semyon, al que da vida con contención y talento Vince Vaughn, el que mejor parado sale interpretativamente de la serie junto a la espléndida Rachel McAdams, actriz a la que le hacía falta un rol así de jugoso al que hincarle el diente. No es que Colin Farrell, Kelly Reilly o Taylor Kitsch estén mal, pero tienen que bregar con unos personajes que no pasan del arquetipo y no se van a quedar en la memoria del espectador.