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    Ti West
    Ti West
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★☆ |
    MaXXXine
    Ti West
    Placeres (a)morales


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: MaXXXine. Duración: 114 minutos. Dirección, guion y montaje: Ti West. Música: Tyler Bates. Dirección de fotografía: Eliot Rockett. Casting: Jessica Kelly. Intérpretes: Mia Goth, Elizabeth Debicki, Moses Sumney, Michelle Monaghan, Bobby Canavale, Kevin Bacon.

    Desde sus primeras películas, Ti West ha sabido trabajar la materia cinematográfica con una pericia asombrosa. En lugar de un auteaur de la vieja escuela, parecería que su sueño estaba más relacionado con el estudio del plano, con la cita visual o con los flujos más o menos subterráneos que arrastran motivos visuales —y, sobre todo, usos del tiempo de cada secuencia— de una escritura a otra. De hecho, me atrevería a sugerir que West se hace grande en el estudio de la escena, en su olfato para saber cómo disponer cada plano, la duración precisa que cada uno debe tener y el ritmo exacto que apunta al conjunto. Sus películas son archipiélagos de fragmentos perfectamente encajados e hilvanados que dominan el tiempo fílmico con un rigor pasmoso.

    La vieja idea del tiempo interno de cada plano —teorizada desde la modernidad de Bazin o desde el posestructuralismo de Deleuze, tanto da— muestra su capacidad para moldearse en torno al terror en las primeras películas de West: tanto La casa del diablo (The House of the Devil, 2009) como Los huéspedes (The Innkeepers, 2011) se hacían grandes precisamente en la errancia, el corte demorado, una sensación de malestar perpetuo que ocurría siempre a partir de la espera y la anticipación. Sin embargo, a medida que West ha ido ganando seguridad en su propia escritura —y dinero para rodar, no lo olvidemos—, ha parecido encontrar mayor facilidad para planificar, medir y montar. Se ha ido ganando una voz narrativa al mismo tiempo que realizaba una suerte de conquista de la edición, del choque entre planos.

    En esta dirección, la trilogía que acaba de clausurar es a la vez la cima de su carrera y la confirmación de que se trata de un perfecto ebanista de la imagen. Puede que X (2022) confirmase su pericia a la hora de realizar choques visuales y cortocircuitos rítmicos como un auténtico médium, un director de orquesta dotadísimo para la construcción narrativa. Puede también que Pearl (2022) sea por derecho propio uno de los pastiches más amargos, sabios y más afectivamente poderosos que ha dado el cine contemporáneo. En MaXXXine confirma finalmente que sabe perfectamente confiar y divertir al público, volcando todo lo anterior en una divertidísima montaña rusa que hará aullar de placer a los amantes del género. Es una suerte de regalo, un reconocimiento a sus seguidores, un capricho nada culpable que cierra la trilogía como nadie lo esperaba: a partir de una banalidad bien entendida que hace del intertexto su plato fuerte.

    Ciertamente, la dislocación de la trilogía es tan asombrosa —y molestará tanto a sus detractores, sin duda— que parece hasta poner en crisis la vieja idea del análisis fílmico que señala que el principal valor de una obra debe medirse en términos de coherencia. En efecto, las tres películas no encajan de ninguna manera: ni visualmente, ni temáticamente, ni narrativamente. Y, sin embargo, hay una suerte de hilo conductor que las atraviesa de punta a punta, la sensación inaprehensible de que Ti West sabe perfectamente hacia dónde conduce la aventura: hacia la reescritura crítica, no demasiado seria, no demasiado apasionada, no demasiado elevada, de la Historia del Cine. En un momento de crisis industrial y social para el séptimo arte como el que estamos viviendo, West se encoje de hombros y nos abraza cuidadosamente: no podemos tomarnos tan en serio o acabaremos perdiendo la perspectiva sobre el objeto de nuestro amor.

    Por supuesto, MaXXXine se levantará en torno a tres citas mayores: eso que se ha venido llamando sin demasiado rigor el «western crepuscular», Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) y el terror de los ochenta. A poco que lo pensemos, la trayectoria se traza sin esfuerzo: la caída de la mitología de los grandes estudios, la irrupción de técnicas televisivas que desembocarían en la Serie B y la negación final del celuloide como elemento privilegiado del cine de Hollywood. Demolición absoluta de los elementos que configuraban ese fantasma, esa entelequia que llamábamos «la magia del cine»: la sala, el star system, el mito originario norteamericano. Ti West dispara a matar, pero lo hace sin nostalgia: simplemente pone un clavo más en el ataúd de las viejas concepciones cinéfilas que hemos heredado de nuestros mayores y sedimenta las de nuestra propia generación. Los que vienen detrás de nosotros ya andan con el Glitcheado y no tardarán en añorar los neones y los colorinchis horteras de Jane Schoenbrun, pero hasta que llegue su tiempo para envejecer, nuestro confesor y nuestro reclinatorio sigue quedando en el territorio de Ti West.

    También hay un mérito extrañísimo en MaXXXine que generará no pocos escozores entre gran parte de su público: su función como espejo deformante del puritanismo que reina en ciertos sectores intelectuales en nuestros días. Lo incontrolable del sexo, del puro acto sexual, sigue levantando ronchas y la propia imagen sufre de ese placer por la legislación que ha dominado los discursos sobre el cuerpo (especialmente aquellos que sacaban pecho de «progresismo») en las últimas décadas. Ante un cine mainstream que ha expulsado los cuerpos y su placer del territorio de la representación y que parece incluso avergonzarse en ocasiones de lo que pueda ocurrir entre las sábanas de sus protagonistas, Ti West se niega a juzgar ni a jugar al tren de la bruja moralista para mostrar claramente una posición incómoda, fea, peligrosa y sutil. No hay condena ni sublimación de los ochenta, de sus locales infectos y sus industrias difusamente (i)legales. Aquello ocurrió porque ocurría dentro de los cuerpos y en los discursos sobre los cuerpos y su película recoge todo aquello, quizá simplemente para que no lo olvidemos con facilidad. De nuevo, vuelvo al comienzo, Ti West confía en la responsabilidad de su público para que cada uno pueda sacar sus conclusiones y trazar su propia línea entre la representación y la realidad, la historia y la política, el deseo y la opresión… y su película y la vida, claro.

    Hay pocas dudas de que West es uno de los directores más interesantes del cine actual. El reto que nos plantea es, precisamente, el de intentar levantar un pensamiento y una precisión analítica que esté a la altura de las películas que se empeña en seguir filmando. En 2024 se ha desprendido de la tremenda belleza que tenía el guion que escribió junto a Mia Goth y nos ha regalado un juguete divertidísimo con los bordes oxidados para que nos cortemos los dedos con sus filos. Reivindiquemos, por lo tanto, el dolor de su gesto. ♦


    por Aarón Rodríguez
    agosto 22, 2024

    Crítica | MaXXXine

    por Aarón Rodríguez | agosto 22, 2024
    || Críticas | ★★★★☆ |
    Pearl
    Ti West
    Delirios de una mente perturbada


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Pearl». Dirección: Ti West. Guion: Ti West, Mia Goth (Personajes: Ti West). Producción: Jacob Jaffke, Harrison Kreiss, Kevin Turen, Ti West. Productoras: A24, Little Lamb. Distribuidora: A24. Fotografía: Eliot Rockett. Música: Tyler Bates, Tim Williams. Montaje: Ti West. Reparto: Mia Goth, David Corenswet, Tandi Wright, Matthew Sunderland, Emma Jenkins-Purro, Alistair Sewell. Duración: 101 minutos.

    Toda una proeza. Cuando aún tenemos fresco el estreno de una de las mejores cintas de terror del año, la sorprendente X (2022), Ti West ya se ha marcado una precuela que indaga en los orígenes de la “villana” de aquella, esa anciana obsesionada con el sexo y la sangre que respondía al nombre de Pearl. Y la cosa no quedará aquí, porque ya se ha podido ver el teaser de lo que será el cierre de la trilogía, MaXXXine, que verá la luz en 2023. X fue un divertidísimo y desinhibido homenaje al slasher y el porno de los 70, a través de un grupo de jóvenes que llegaba a una granja perdida de Texas para rodar, en riguroso Super-8, una película independiente de sexo explícito, encontrando sus mejores armas en una conseguidísima estética de exploitation setentera y en la magnífica labor de la actriz Mia Goth, desdoblada en dos personajes tan antagónicos como el de esa actriz de cine para adultos con aspiraciones de convertirse en una nueva Lynda Carter, y la decrépita y lasciva Pearl. La precuela cambia completamente de estilo, ambientándose en la misma granja que sirve de escenario a la matanza de X, pero en el lejano 1918, con la gripe española causando estragos en la población –resulta curioso ver a los personajes protegerse con mascarillas como en la reciente pandemia de covid, pero cabe recordar que aquella pandemia acabó con la vida de más de 50 millones de personas–. Allí conoceremos a Pearl cuando era una joven cargada de sueños de triunfar en el mundo del cine como bailarina, para así dejar atrás su triste existencia de granjera, doblegada a las estrictas normas morales de su madre y a los constantes cuidados a un padre que malvive en estado casi vegetativo en una silla de ruedas, mientras que espera la llegada de un marido que partió a la guerra años atrás. Mia Goth vuelve a ponerse en la piel de esta mujer, aquí liberada de la aparatosa caracterización de octogenaria que lució en el anterior filme, bordando su encarnación de una perdedora, un patito feo que pretende competir contra rubias y espigadas bellezas por una oportunidad en Hollywood, y cuya capacidad de no rendirse ante nada solo es comparable al placer que siente al matar –en principio, saciado a costa de animales del lugar como víctimas–.

    Si X remitía directamente a los clásicos del American Gothic de Tobe Hooper, como La matanza de Texas (1974) y la más marginal Trampa mortal (1976) –a través de la presencia de un gigantesco cocodrilo como letal mascota–, ya desde sus títulos de crédito, Pearl parece querer recuperar la esencia del melodrama clásico de Douglas Sirk, gracias a una expresiva fotografía en Technicolor, obra de Eliot Rockett. Pearl es una obra mucho más estilizada y elegante que su mucho más gamberra antecesora, y, también, realiza un profundo estudio del personaje principal, que el gran hacer de Mia Goth consigue provocar en el espectador sentimientos tan encontrados como compasión y repulsión. Pearl es, como la Carrie de Stephen King, una joven “diferente” que solo quiere ser normal y a la que la influencia de una madre autoritaria y la crueldad de la sociedad que la rodea convierten en un ser progresivamente peligroso y vengativo. Se detectan muchísimas influencias del cine clásico hollywoodiense en cada fotograma de este trabajo de West, desde El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) –Pearl quiere escapar de su granja igual que Dorothy huía de Kansas en busca de una vida mejor en algún lugar sobre el arco iris, y en una de las escenas más oníricas de Pearl, esta tiene una escena sexual con un espantapájaros–, a Que el cielo la juzgue (John M. Stahl, 1945), con un momento en un lago y el padre discapacitado–, pero el director se las arregla para que el conjunto no sea un simple ejercicio de estilo que se limita a imitar modelos por todos conocidos, sino que logre tener personalidad propia, gracias a los elementos sórdidos y macabros que salpican su historia. Resulta fascinante la naturalidad con la que su protagonista se mueve entre registros tan opuestos como la aparente candidez, típica de una señorita de la época, y una maldad que la hace cometer las mayores atrocidades, casi sin despeinarse –especialmente tensas son las escenas con el padre, testigo mudo del monstruo que esconde su hija–.

    Ti West ha rodado aquí el mejor filme de su carrera, hasta la fecha, reflejándose en una dirección brillante, tanto de sus actores –no solo Goth, atención al magnífico trabajo de Tandi Wright como la madre represora–, como en el montaje. Sabe rodear a Pearl de un puñado de buenos personajes que ayudan a entender mejor su frágil estabilidad mental. La historia de amor con el proyeccionista del cine a donde acude a evadirse de la realidad, como no podía ser de otra manera, tiene tintes morbosos –fantástico el momento en que la chica presencia, por primera vez, una película porno clandestina–, mientras que la estrecha relación de amistad que Pearl mantiene con su cuñada, una chica que simboliza todo lo que ella querría tener (belleza y dinero), está destinada a acabar mal por los arrebatos paranoicos de la protagonista. Como cinta de terror psicológico funciona como un reloj, aunque West siga manteniéndose fiel a su gusto por el gore –las muertes son tan salvajes y explícitas como las de X– y las imágenes perturbadoras –ese cochinillo comido por los gusanos–. Hay momentos de gran cine dentro de Pearl, y todos y cada uno de ellos funcionan como maravillosa oportunidad de lucimiento dramático de Mia Goth, que se consolida como una de las actrices más dotadas de su generación. Destacan el número de baile que lleva a cabo en un casting, absolutamente brillante como homenaje a los musicales clásicos, o un brutal monólogo que nos regala en los últimos compases de la historia. Pero, si hay que elegir un momentazo protagonizado por Mia, me quedo con ese plano fijo de su rostro que cierra la película, donde una sonrisa forzada se va convirtiendo lentamente en una mueca de locura que causa verdadero pavor. Ha sido toda una sorpresa descubrir a la joven que una vez fue la anciana asesina de X, una muchacha empoderada de principios del siglo XX, obstinada en reescribir su historia y escapar de una vida que no quería llevar. El camino hacia el éxito y la consecución de los sueños nunca había sido tan sangriento como el que recorre este personaje en la que bien podría considerarse la mejor película de terror de 2022, título que hasta su estreno ostentaba X. Irónicamente melodramática, retorcida, bañada de un humor negro muy sui géneris, Pearl resplandece como una joya del cine actual, con todo el aroma de los grandes clásicos.


    Pearl, Ti West
    Una de las grandes películas de terror del año.

    por José Martín León
    noviembre 13, 2022

    Crítica | Pearl, de Ti West

    por José Martín León | noviembre 13, 2022
    || Críticas | ★★★★☆ |
    X
    Ti West
    Dentro de La hija del granjero


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: X. Dirección: Ti West. Guion: Ti West. Productores: Jacob Jaffke, Harrison Kreiss, Kevin Turen. Productoras: A24, Bron Studios, MAD SOLAR. Fotografía: Eliot Rockett. Música: Tyler Bates, Chelsea Wolfe. Montaje: David Kashevaroff, Ti West. Reparto: Mia Goth, Jenna Ortega, Brittany Snow, Kid Cudi, Martin Henderson, Owen Campbell, Stephen Ure, James Gaylyn. Duración: 105 minutos.

    Tras seis años de silencio en la gran pantalla –desde que estrenara el atípico western El valle de la venganza (2016)–, el travieso Ti West vuelve a lo que mejor conoce y domina, ese que tan buenos resultados le ha dado en títulos tan estimulantes como La casa del diablo (2009), Los huéspedes (2011) o The Sacrament (2013), el del terror, con un slasher de título tan escueto como directo, X (2022). Un regreso que debería ser saludado por los fans del género como una gran noticia, ya que el director entrega la que es, posiblemente, su mejor película desde La casa del diablo, aquella turbadora historia satánica donde supo imitar como nadie una inconfundible estética ochentera. X es un verdadero disfrute, repleto de sexo bizarro y sangre, rodado con más corazón que estrategia comercial, por alguien que ama de verdad el género y lo homenajea, rindiéndole pleitesía, con tanto respeto como brillantez formal, en otro fascinante ejercicio de estilo retro. El título hace mención al un tipo de cine, el pornográfico, que tuvo su edad de oro en Estados Unidos durante la muy convulsa década de los 70, gracias al mercado videográfico. En unos tiempos de conservadurismo e hipocresía, miles de familias podían dar, en la intimidad de sus hogares, rienda suelta a sus fantasías más ocultas gracias a la explícita sexualidad que ofrecían unos productos que, en algunos casos, llegaron a estrenarse en salas comerciales –Garganta profunda (Gerard Damiano, 1972)–. La nueva obra de Ti West se ambienta, precisamente, en 1979, cuando el boom de este tipo de cintas para adultos se encuentra en su punto álgido, y muestra las andanzas del joven equipo de rodaje de una de estas películas para adultos, cuando, cargados de ilusión y cierta ingenuidad, se desplazan hasta una perdida granja de Texas para filmar el que debería ser ese gran éxito que les catapulte a la fama. RJ (Owen Campbell) es el director, con ínfulas de autor, empeñado en rodar, en riguroso Super-8, la gran obra maestra del porno, La hija del granjero, acompañado por su novia y ayudante de cámara Lorraine (Jenna Ortega); su musa Maxine (Mia Goth), pareja a su vez del productor, Wayne (Martin Henderson); y otra pareja de actores, Bobby-Lynne (Brittany Snow) y Jackson Hole (Kid Cudi).

    Desde el primer momento, la estética setentera, la textura de la fotografía de Eliot Rockett y esos ambientes rurales tan malsanos de la America profunda remiten, directamente, a Tobe Hooper y su esencial La matanza de Texas. Es imposible no acordarse de aquel clásico desde que vemos a los protagonistas viajar por carretera en esa furgoneta hasta llegar a una granja que causa idéntico mal rollo que aquella casa donde Leatherface y el resto de la familia Sawyer cometiera sus macabros crímenes. Ti West disfruta recreando dichos ambientes y no tiene ninguna prisa en entrar en materia sangrienta (el primer asesinato tarda casi una hora en sucederse), destinando esta parte del metraje a presentar a sus protagonistas, describiéndolos a la perfección, especialmente los femeninos. Así se nos muestra a una Maxine ambiciosa, que persigue triunfar en la meca del cine y convertirse en la nueva Lynda Carter, mientras que Lorraine es la chica más (en apariencia) inocente del grupo, hasta que se ve seducida por la posibilidad de ponerse también delante de la cámara. El personaje más divertido de la función es, sin duda, el de la rubia Bobby-Lynne (estupenda Brittany Snow en un rol muy atrevido donde luce generosos desnudos), una descarada stripper que mantiene una relación sentimental con el protagonista masculino de La hija del granjero, un semental negro, ex combatiente de Vietnam, que comparte cama con todas las actrices, remitiendo a aquella Tras la puerta verde (Artie Mitchell, Jim Mitchell, 1972), célebre por haber mostrado la primera escena de porno duro interracial. Durante esta primera hora de X, West introduce al espectador en el rodaje de la película, haciéndole partícipe de un interesante juego de metaficción y donde realiza toda una declaración de intenciones, a través de momentos de alto voltaje sexual y desnudos más que generosos para tratarse de una cinta comercial de la productora A24 – cuna del nuevo “terror elevado” que tendría a La bruja (Robert Eggers, 2015) y Hereditary (Ari Aster, 2018) como principales abanderadas–, sobre sus escasos remilgos a la hora de entregar una obra definitivamente adulta y sucia, que no trata de esquivar la temida calificación R con la que vería menguada su taquilla, poniendo toda la carne (nunca mejor dicho) en el asador, en materia de sexo y violencia.

    Sí, porque cuando la violencia se desata, también lo hace a lo grande. El filme de Ti West tiene de antagonistas al matrimonio de ancianos, dueños de la granja donde se rueda La hija del granjero. Especialmente perturbador resulta el personaje de la mujer, una octogenaria decrépita y de apariencia frágil que esconde un espíritu ardiente y lascivo, que envidia la juventud y el fervor sexual de sus jóvenes huéspedes. Uno de los aspectos más sobresalientes de X es el modo en que conectan los personajes de la anciana y Maxine, como si un juego de espejos se tratara, donde cada una ve reflejada en la otra sus frustraciones y sus miedos, siendo ambos papeles interpretados por la misma Mia Goth, que ofrece un doble trabajo más que notable. En el último acto de la película, esta se convierte en un slasher de lo más salvaje, que rinde homenaje, no solo al American Gothic del Hooper de La matanza de Texas y Trampa mortal (1976) –con ese cocodrilo como bizarro convidado en la trama–, sino también a tantos slashers que aterrorizaron al gran público durante esa libérrima década de los 70, como La última casa a la izquierda (1972) o Las colinas tienen ojos (1977), ambas de Wes Craven. La figura del anciano como amenaza también bebe de ilustres serial killers de avanzada edad como los de El día de la madre (Charles Kauffman, 1980) o Escóndete y tiembla (John Hough, 1988), mientras que también podría formar parte de una atractiva sesión doble junto a la contemporánea La abuela (Paco Plaza, 2021), por la manera en que presenta el sexo geriátrico (aquí mucho más explícito e impactante, en uno de los momentos más alucinantes de la función) y el afán de conseguir el eterno vigor juvenil. El mayor acierto de un trabajo como X reside en que, aun teniendo tantísimos referentes de los que bebe indisimuladamente, consigue, en todo momento, abrazar una personalidad propia, regalando una experiencia bastante diferente a todo lo que hayamos visto antes. Las muertes están filmadas con brillantez y son lo suficientemente impactantes para no desmerecer en escabrosidad a los clásicos en los que se mira –y así no caer en el error de la última y descafeinada entrega de La matanza de Texas (David Blue Garcia, 2022), perpetrada por Netflix–. Nace así un nuevo título de culto del terror contemporáneo, que recupera la manera de hacer cine transgresor y amoral de antaño para las nuevas audiencias, funcionando como un reloj en los dos géneros a los que rinde tributo, el slasher y el pornográfico. Cine actual con alma de exploitation setentera, sádica, divertida e inteligente. ⁜


    por José Martín León
    mayo 01, 2022

    Crítica | X

    por José Martín León | mayo 01, 2022

    No habrá paz para los malvados

    crítica ★★★ de El valle de la venganza (In a Valley of Violence, Ti West, Estados Unidos, 2016).

    Perteneciente a una exitosa cantera de jóvenes realizadores que revitalizaron el género de terror entre finales de los 90 y principios de 2000 –M. Night Shyamalan, James Wan, Rob Zombie o Eli Roth serían los más aventajados–, Ti West le debe la mayor parte de su crédito a La casa del diablo (2008), un humilde pero espeluznante filme de temática satánica, con una elaborada estética setentera que consiguió que el cineasta llegase a ser comparado con el mismísimo Polanski. A partir de ahí, su trayectoria ha sido más bien irregular, alternando tropiezos –Cabin Fever 2 (2009)– con encantadoras anomalías –Los huéspedes (2011), su simpática incursión en los terrenos de las casas encantadas– y algún título nada desdeñable, como es el caso de The Sacrament (2013), su ejercicio de falso documental sobre el mundo de las sectas. Con El valle de la venganza –título español que la distribuidora le ha adjudicado a In a Valley of Violence, algo que propicia que se preste a confusiones con el western clásico de Richard Thorpe, protagonizado por Burt Lancaster y Joanne Dru–, el director se desmarca radicalmente del cine fantástico para probar fortuna con una tradicional historia de venganza, enmarcada en los inconfundibles escenarios del salvaje Oeste y con todos los ingredientes habituales del polvoriento género en el que triunfaran mitos como John Ford, Howard Hawks o Budd Boetticher. Un cambio de aires que le viene muy bien a West para demostrar que está capacitado para, manejando un modesto presupuesto, dotar de cierta identidad propia a un relato que, sobre el papel, peca de falta de originalidad por sus excesivas similitudes argumentales con un éxito del reciente cine de acción como fue John Wick (David Leitch, Chad Staheski, 2014).

    Antes de sus maravillosos títulos de crédito, que, con su colorista animación y una magnífica música de Jeff Grace (rindiendo pleitesía a las mejores composiciones del maestro Ennio Morricone), suponen un cálido homenaje al spaghetti western, El valle de la venganza se abre con el primer tropiezo con problemas de Paul –encarnado por un hierático Ethan Hawke, que transmite a la perfección el carácter torturado de su personaje–, un cowboy que viaja por el desierto, camino de México, a lomos de su caballo y con la única compañía de su fiel perra. A través del conflictivo encuentro con un predicador borrachín –con solo tres escenas, Burn Gorman se hace notar– que deambula de pueblo en pueblo "salvando almas del pecado" mediante la palabra de Dios, se nos presenta al eterno antihéroe solitario y de vuelta de todo, desertor del ejército y de una familia a la que también ha dejado atrás. La nota original la pone el papel que desempeña su mascota, convertida en perfecto contrapunto cómico y parte activa de la acción gracias a sus numerosas habilidades y gracias. La estrecha relación entre ella y su dueño brinda también los pasajes más emotivos de la función –esos monólogos en los que Paul se confiesa con la perra–, fundamental para que la escena clave (y detonante de la tragedia) funcione con la contundencia dramática con que lo hace. La llegada del forastero a un desolado pueblo no le traerá más que problemas desde el instante en que osa a ridiculizar de manera pública a Gilly, el provocador hijo del sheriff. Como si de una suerte de revisión en clave de western de la archipopular Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), Paul será invitado a abandonar "de buenas maneras" el lugar por la máxima autoridad, ese marshall encarnado, con un entusiasmo rayano en la sobreactuación, por un John Travolta en uno de sus mejores papeles de los últimos tiempos, pero la cruel represalia de Gilly y sus hombres hará que comience una imparable espiral de violencia que sacudirá a todos los habitantes.

    por José Martín León
    enero 19, 2017

    Crítica | El valle de la venganza

    por José Martín León | enero 19, 2017

    Se hizo la noche en Madrid

    Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2014

    Tras nuestro primer Cannes, llegamos a Nocturna. El Festival de Cine Fantástico de Madrid cumple su segundo año, todavía con las promesas de convertirse en una cita de referencia de la capital cargando con la responsabilidad y presión que ello conlleva. Por ahora, tiene el respaldo de los aficionados al género. Se nota en la audiencia que copa la entrada al cine Palafox. Camisetas negras de estampados referenciales a series de televisión de éxito, algún videojuego de los ochenta y, por supuesto, la adoración al mito creado por Lovecraft. Nocturna puede presumir de tener un sector de público mucho más consciente que el de otras muestras del mismo ámbito que llevan celebrándose en la ciudad últimamente, y que han abogado por una expansión de espectadores que sacrifique la intención original de su creación en aras de una llamada de público en donde los niños también tengan cabida. Donde otras tienen a un canal privado sosteniendo un entramado lustroso, Nocturna es un festival que, a pesar de una programación todavía en proceso de mejora, se autofinancia como puede, buscando apoyos como los de Scifiworld o Canal Plus, lidiando con los problemas de distribución que todo proyecto tiene en sus comienzos. En la tercera jornada, una de las películas estuvo a punto de caerse de la parrilla porque la copia no llegó hasta la mañana anterior al estreno. El dato podrían habérselo ahorrado pero, ya el año pasado, los creadores de Nocturna apostaron por una transparencia que se convirtiera en parte de su identidad. Y aunque uno pueda cuestionar muchas cosas, por lo menos se agradece esa actitud. Para esta edición, además, han tenido la suerte de contar con la presencia de un cineasta mítico del terror como es Tobe Hooper. El director se encuentra realizando un tour que ya le llevó a Cannes hace poco para el reestreno de su obra cumbre: La matanza de Texas (1974), y Nocturna ha conseguido ficharle. Es una de las estrellas de este año junto a los siempre interesantes Phenomena, encargados del estreno en pantalla grande de clásicos del cine, con especial hincapié en los 80, para eventos de esta clase, pero también apostando por cintas más recientes como Moulin Rouge (2001) o Drácula de Francis Ford Coppola (1992), de la que hicieron una sesión doble hace unos pocos meses. Es la invitada imprescindible y un seguro de buen cine. En el programa hay más riesgos y no todos llegan a buen puerto. A continuación, hacemos un repaso de todo lo que pudimos ver este año en el Nocturna.

    Palmarés|

    SECCIÓN OFICIAL

    Premio Nocturna Paul Naschy a la Mejor Película: La cueva
    Premio Nocturna al Mejor Director: Greg McLean. Wolf Creek 2.
    Premio Nocturna al Mejor Guion: Greg McLean, Aaron Sterns. Wolf Creek 2.
    Premio Nocturna a la Mejor Interpretación: Ryan Corr y John Jarratt. Wolf Creek 2.
    Premio Nocturna a la Mejor Fotografía o FX: Extraterrestrial
    Mención Especial Interpretación: Eva García Vacas. La cueva

    SECCIÓN DARK VISIONS

    Premio Nocturna Dark Visions Mejor Película: Cruel and Unusual

    SECCIÓN MADNESS

    Premio Nocturna Madness Mejor Película: Pinup Dolls On Ice.

    por Unknown
    junio 12, 2014

    Nocturna 2014 | Balance y críticas

    por Unknown | junio 12, 2014

    El fantasma del Yankee Pedlar Hotel

    crítica de Los huéspedes | The Innkeepers, de Ti West, 2011

    Ti West pertenece a esa selecta estirpe de nuevos cineastas que están devolviendo al género del terror la dignidad perdida. Nombres como Rob Zombie, James Wan, Eli Roth, Jim Mickle o Alexandre Aja, que han cultivado su cultura cinéfila adorando las películas de los 70 y 80, salpican sus propuestas de múltiples y gozosas referencias y guiños a aquellas, sin perder por ello sus personalidades como creadores. En el caso de West, la película que le colocó en el punto de mira para los aficionados al género fue la notable La casa del diablo (2008), un modesto ejercicio de mimetismo hacia las cintas de temática demoníaca de los 80, donde demostró un gran poderío visual pese a la economía de medios. Aquel título, que argumentalmente bebía de fuentes clásicas como La semilla del diablo (1968, Roman Polanski) o La centinela (1977, Michael Winner) –auténtica joya a reivindicar–, fue la antesala de unos trabajos que no han logrado mantener el listón tan alto, como sus contribuciones a las películas de sketches V/H/S (2012) y The ABCs of Death (2012) y, sobre todo, la decepcionante Cabin Fever 2: Spring Fever (2009), secuela del título de culto de Eli Roth. Ahora, en plena efervescencia del éxito de títulos sobre casas encantadas como Expediente Warren: The Conjuring (2013, James Wan) o la interminable saga de Paranormal Activity, llega a España –con tres años de retraso– Los huéspedes (2011), otro particular homenaje del realizador al horror ochentero, salpicado de un saludable sentido del humor.

    Los huéspedes | The Innkeepers, de Ti West

    La película presenta algo ya transitado otras veces con anterioridad como es el escenario de un hotel habitado por los atormentados fantasmas del pasado. Stephen King fue uno de los maestros en presentar estos enormes edificios como temibles amenazas paranormales en obras literarias de las que luego salieron filmes como El resplandor (1980, Stanley Kubrick) o Habitación 1408 (2007, Mikael Håfström). El Yankee Pedlar Hotel de Los huéspedes, al igual que el mítico hotel Overlook, está poblado de fantasmales apariciones y fenómenos inexplicables. Se trata de un complejo sobre el que existe una maldición centenaria, ya que se dice que el fantasma de una mujer que se suicidó tiempo atrás en una de sus habitaciones, se pasea por los pasillos clamando justicia (de nuevo, la sombra de El resplandor es alargada). Claire y Luke son los dos únicos empleados que quedan en el hotel y, ante el inminente cierre del lugar, se proponen probar la existencia de este tipo de manifestaciones del más allá. La llegada de dos huéspedes como Leanne Reese-Jones, una enigmática actriz dotada de ocultas capacidades como psíquica, y un misterioso anciano que se empeña en alojarse en la habitación 353, ya que le trae recuerdos de un pasado lejano, desencadena una serie de acontecimientos que pondrá en peligro las vidas de los protagonistas. Estamos, como puede verse, ante la típica historia de fantasmas mil veces vista en la gran pantalla, tratada, eso sí, con un tono mucho más ingenuo y juguetón de lo que es habitual en el último cine de terror, caracterizado por la escabrosidad y la truculencia. Podría decirse que Los huéspedes, pese a referencias explícitas a clásicos como Al final de la escalera (1980, Peter Medak) –ese piano que toca solo, con último y perturbador golpe de tecla incluido– o Terror en Amityville (1979, Stuart Rosenberg) –la música de Jeff Grace recuerda en ocasiones a la brillante creación de Lalo Schifrin para aquella–, jugaría más en la liga de comedias de terror menores (aunque nada desdeñables) como House, una casa alucinante (1986, Steve Miner) o Arrástrame al infierno (2009, Sam Raimi), en donde los personajes y situaciones no pueden ser tomados demasiado en serio.

    por José Martín León
    abril 27, 2014

    Crítica | Los huéspedes

    por José Martín León | abril 27, 2014

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