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    Thomas Vinterberg
    Thomas Vinterberg

    Los reyes sabios

    Crítica ★★★★☆ de «Otra ronda», de Thomas Vinterberg.

    Dinamarca, Suecia, Países Bajos, 2020. Dirección: Thomas Vinterberg. Guion: Thomas Vinterberg, Tobias Lindholm. Producción: Zentropa (Sisse Graum Jørgensen, Kasper Dissing). Montaje: Anne Østerud, Janus Billeskov Jansen. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Sonido: Polina Volynkina. Música: Mikkel Maltha. Reparto: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Maria Bonnevie. Duración: 116 minutos.

    Ay, la crisis de los cuarenta. La lucha para revivir al niño que una vez vivió en nuestro interior y que parece haber quedado enterrado bajo las capas de rutinas del actuar adulto. La criatura ya no juega y nos quedamos totalmente zombis, con las cejas arqueadas y los labios apretados, incapaces de reaccionar o movilizar la realidad que tenemos delante. Lo veíamos en la reciente Nomadland de Chloé Zhao: despertar pasa, muy a menudo, por un electroshock de juego. Juego con o sin chirimbolos por delante, juego conocido o inventado al momento, incluso juego disfrazado de algo más*. Es el caso de los protagonistas de Druk, que edifican una auténtica experiencia lúdica alrededor de unas pocas reglas esenciales, con el único objetivo de rescatar su vida de la miseria: pasarlo bien o, por lo menos, estar mejor que antes. Ellos lo llamarán experimento, pero será, en esencia, un gran y sencillísimo juego, un dispositivo a través del que los cuatro amigos van a cuestionar y moldear la realidad que los rodea. Propongo que analicemos, pues, la construcción formal y diegética de la película de Thomas Vinterberg desde la perspectiva lúdica que explora, en este caso, desde la experiencia de juego y su potencial imbricación disruptiva en lo cotidiano. Para ello, qué mejor que servirnos de los principios básicos del play según Miguel Sicart**, quizás el más atinado estudioso en los game studies contemporáneos de lo lúdico como fenómeno interseccional.

    Empecemos por el juego como elemento contextual y autolítico, es decir, como actividad que toma sentido solo en un círculo social muy determinado y que se agota más allá de sus límites prestablecidos. A un nivel de lectura puramente narrativo, el grupo de Martin define un objetivo —mantener un cierto nivel de embriaguez— y negocia unas reglas —dejar de beber a partir de las ocho de la tarde—, que cumplen de forma de forma absolutamente disociada a la lógica de la convención social. Todo el dispositivo formal de la película define, en una línea paralela a la vivencia de los cuatro protagonistas, cuáles son los límites de la zona de juego y cómo las dinámicas que se cultivan dentro pueden tener efecto en la expansión de dichos márgenes. Ello se explicita en el formalismo de raíz épica que acompaña a los estados de euforia: desde las grandes coreografías de cámara hasta el uso de la música pop y uplifting —What a life!— como batuta. Elevación formal en líneas generales, aunque esta se amoldará por momentos a los derroteros genéricos a los que las tramas individuales de cada cual van a abocar (Vinterberg trabaja, por ejemplo, los códigos del coach de forma diferente para la historia de autosuperación íntima de Tommy y su alumno «gafotas» que para el líder de masas en el que se convierte Martin). Los momentos de sobriedad, por otra parte, vendrán activados con la aparición de una mirada exterior, habitualmente en la forma de un personaje que observa y juzga, que devuelve con su punto de vista a los cuerpos de los borrachos al imaginario que les corresponde, en los márgenes de lo socialmente aceptable. En la capa visual, este exilio se concreta en la cancelación del movimiento de la cámara y el reencuadre. Ni falta hace decirlo: cuando llevamos el «puntillo», el mundo se mueve a nuestro alrededor y todo es grácil como la seda, a pesar de que desde fuera no seamos más que un cuerpo inestable y ridículo.

    por Mariona Borrull Zapata
    abril 05, 2021

    Crítica | Otra ronda

    por Mariona Borrull Zapata | abril 05, 2021
    Kollektivet

    La utopía del dogma

    crítica ★★★ de La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016).

    En 1995, Lars von Trier y Thomas Vinterberg se unieron para fundar un movimiento que pretendía reformular las reglas de un rodaje, y en general todo el proceso de producción de una película. El objetivo era en resumidas cuentas dotarlo de mayor sencillez y legitimidad, eliminando cualquier elemento externo o artificial que interfiriera en la mera captación por la cámara de las acciones desarrolladas ante ella. Esto implicaba renunciar a la iluminación focalizada, la música extradiegética u otros trucos técnicos, e incluso, si atendemos a su manifiesto programático original (apelado el Voto de Castidad), omitir referencias dramáticas que no se pudieran corresponder con hechos reales: así cualquier acto que fuese fingido, en especial la muerte. Es curioso este último inciso porque el Dogma 95 en gran parte buscaba dialogar con la Nouvelle Vague, compartiendo varios de sus postulados, y sobre todo el afán de romper con una industria estancada, comercialmente pautada. El principal representante de esa primera corriente, por cierto aún en activo, ha sido Jean-Luc Godard, cuya máxima más célebre era que se podía hacer una película simplemente con una mujer y una pistola. En otras palabras, estos dos grupos de cineastas querían hacer gala de una simplificación que a la vez se apartara de las exigencias del cine de estudio y toda su parafernalia, pero en el caso del movimiento francés, ello daba lugar a una estilización y un engaño renovados, mientras que los daneses optarían por la austeridad y el cine por así decir directo, sin nostalgia ni falsedades. En cualquier caso pronto se dieron cuenta de que por definición este medio se caracteriza por la manipulación, por lo que no tardarían en abandonar sus reglas autoimpuestas.

    La última película de Vinterberg culmina esta vuelta de tuerca, hasta el punto de que se antoja tan ilustrativa de la evolución que han seguido estos rebeldes, como difuminada entre la generalizada cinematografía de la que querían alejarse. Presentada este año en el festival de Berlín, La comuna sucumbe a esta paradoja desde su arranque. Como su título indica, la narración enfoca a unos pocos individuos idealistas, en concreto de ideología neomarxista, que quieren vivir en comunidad, retrotrayéndose para ello al Copenhague de los años 70, para dar más verosimilitud a esta realización de uno de los muchos sueños hippies. Más precisamente, se trata de materializar en la casa abandonada que ha heredado el protagonista (Ulrich Thomsen), a iniciativa de su mujer (Trine Dyrholm), un microcosmos comunista, al que se van incorporando nuevos miembros, no más de diez en total, que contribuyen económica y domésticamente a esta vida en común. Para reforzar la credibilidad de esta contextualización, el propio director y coguionista plasma en ella sus experiencias de juventud, adquiriendo así la historia tintes autobiográficos. Pero entonces estamos claramente ante una muestra de nostalgia personal, que se desarrolla bajo unos parámetros más cercanos al melodrama que a la ausencia de género. Y, como decíamos, ello se pone de manifiesto desde el comienzo del metraje, con un colorido travelling, ambientado primero con el piar de los pájaros, luego con una melodía en piano y en fin con una banda sonora orquestal, envolviendo desde ya la narración con unos mecanismos visuales y sonoros que son comunes en el cine comercial, pero tan opuestos al dogma original que sorprenden en lugar de acomodar al espectador más cinéfilo.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 15, 2016

    Crítica | La comuna

    por Ignacio Navarro | diciembre 15, 2016
    Thomas Vinterberg

    Tomás Moro jamás pisó Berlín

    Crónica de la séptima jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    Hoy, 17 de febrero, estamos un paso más cerca del final del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cada nuevo día aporta nuevas propuestas a la sección oficial; eso sí, bien es cierto que, en el tiempo en el que nos encontramos, la lista de películas favoritas, el posible título merecedor del Oso de oro y los demás premios se mantiene más o menos estable. Incluso a pesar de las gratas sorpresas, las apuestas comienzan a tener caballo ganador. Hasta el próximo sábado, todo son especulaciones. El notable documental de Gianfranco Rosi Fuocoammare, una de las películas que más ha puesto de acuerdo a la crítica, suena con fuerza como posible merecedora del máximo galardón. ¿Qué novedad aporta el día de hoy, entonces? Nada más y nada menos que uno de los pesos pesados. El danés Thomas Vinterberg, a estas alturas ya consolidado como uno de los baluares del cine nórdico, presentó esta mañana Kollektivet, ansiado regreso que conecta directamente y en varios aspectos con su filme fundacional Celebración, aportando una mirada corrosiva sobre el desencanto de las utopías. El público respondió con un caluroso aplauso de bienvenida —la última vez que enseñó su trabajo en Berlín fue hace más de un lustro con Submarino—. Quizás podría llegar a cambiar la opinión del jurado. Además, hoy también hubo sitio para la competencia: el autor de We steal secrets: the story of wikiLeaks, Alex Gibney, presentó un muy controvertido documental, titulado Zero days, que explora en hasta qué punto la mutación de internet y sus posibilidades ya aplicadas al campo militar, evidenciando que la “guerra cibernética”, expresión que sonaba casi a ciencia ficción hace algunos años, de hecho ya existe. Con un interesante montaje y probando la elasticidad del límite de la no-ficción, el autor de Taxi to the dark side consigue impresionar de nuevo, llevando a un nivel más profundo nuestras sospechas e inseguridades en este mundo interconectado. Ya fuera de competición —al igual que el Hail, Caesar! de los Coen y Chi-raq, de Spike Lee— tuvimos la oportunidad de ver Des nouvelles de la planète Mars, comedia negra de Dominick Moll, y en la sección Berlinale Special asistimos a Miles ahead, un filme de marcado carácter biográfico que aborda la vida y obra del fabuloso mago del jazz Miles Davies, dirigido y protagonizado por Don Cheadle. Mañana depara nuevos ejercicios cinematográficos, y estaremos especialmente atentos a lo más reciente del filipino Lav Díaz, un auténtico “tour de force”, de ocho horas o 485 minutos de metraje.

    por EAM
    febrero 18, 2016

    Berlinale 2016 | Día 7. Críticas: La comuna, Zero days, Miles ahead, News from planet Mars & Sand storm

    por EAM | febrero 18, 2016

    Dogmificando el clásico

    crítica a Lejos del mundanal ruido (Far From the Madding Crowd, Thomas Vinterberg, 2015)

    «Es difícil para una mujer definir sus sentimientos en un lenguaje creado principalmente por el hombre para expresar los suyos».

    Thomas Vinterberg consigue con tremenda naturalidad lo que su homólogo James Franco lleva mucho tiempo intentando con resultados muy irregulares: trasponer al lenguaje cinematográfico un clásico literario sobre las poblaciones rurales de una sociedad específica sin que el resultado quede inmediatamente infravalorado a causa de la superioridad cualitativa del producto original en el que se inspira. El director danés se vale de Lejos del mundanal ruido (Far From the Madding Crowd, 1874), uno de los melodramas victorianos de Thomas Hardy más dramáticamente liviano y soportable por un espectador medio, para tratar de mostrar el difícil papel de la mujer emancipada en la sociedad inglesa rural. Para ello, Vinterberg acierta a dejar fuera de escena diferentes subtramas, inabarcables por la limitación temporal de una película con respecto al texto original, y apuesta por focalizar todo el peso argumental en la historia principal, la lucha de Bathsheba Everdene por salirse del rol que, cuidadosamente, el hombre ha delimitado para una mujer de su clase en cada etapa de su vida. Pese a que en las páginas de Hardy era posible comparar esta situación en dos estratos sociales muy diferentes: el de la señora propietaria —burguesía—, y el de la joven criada —servidumbre—, en el presente caso el papel de la criada ha sufrido una considerable reducción en sus intervenciones para no distraer al espectador del verdadero objeto de atención. Ambas mujeres cruzan la línea de lo “correcto” tratando de buscar una libertad que no les corresponde, y por ello serán castigadas, aunque con sanciones muy diferentes. Mientras la pobre criada iliterata era condenada a huir y padecer hambre y frío, Bathsheba siempre podrá aferrarse a unas riquezas que le garanticen cierta seguridad y así poder continuar con su ardua tarea de desafiar a la autoridad masculina. “Bathsheba, indispensable en los grandes proyectos, odiada en las fiestas, temida en las tiendas y amada en los momentos de crisis”.

    El filme —y el libro—, cuyo título hace referencia al poema del escritor inglés considerado uno de los precursores del género gótico, Thomas Gray, Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard), aunque por la influencia en España de Fray Luis de León fue traducido con el título con el que lo conocemos en nuestro país [1], refleja fielmente la idea de alma libre con la que Hardy dio vida a su personaje principal hace casi 150 años. En este aspecto, la novela es bastante progresista para la época, Bathsheba es una persona dispuesta, un poco testaruda y siempre decidida a salirse con la suya tanto en su vida personal como en la profesional como gerente y propietaria de una fructífera granja. En resumen, una mujer adelantada a su tiempo e inconformista cuya mentalidad choca de lleno con los regímenes sociales establecidos, y eso se aprecia de manera muy clara en su abierta opinión con respecto a su posición social y su proyección de futuro como mujer, en la escena en la que el primer pretendiente, Gabriel Oak, le pide matrimonio: “Bueno, lo que quiero decir es que no me importaría ser la novia en una boda, siempre que pudiera ser una sin la necesidad de tener un marido. No me gusta que se piense que soy la propiedad de nadie”. Obviamente ese pensamiento puede traer a la mujer más de una complicación dentro de una civilización que es dibujada con una idea completamente opuesta y aterradora: “Solo las mujeres sin orgullo huyen de sus maridos. Hay algo peor que el hecho de que te encuentren muerta en la casa de tu marido por los malos tratos, y es que te encuentren viva en otra parte... quédate en tu sitio y deja que te corten en pedazos”. El director, no obstante, opta por dulcificar esa carga misógina de la época, al igual que el carácter de la protagonista con respecto al libro, poniéndose así en una posición claramente feminista, aunque perdiendo parte de la lucha y el sacrificio a los que la mujer tenía que recurrir para hacerse respetar en un ambiente en el que una de las características más valoradas del sexo femenino era su aspecto, viéndose obligada a pecar de vanidad, orgullo y, en ocasiones, crueldad dictatorial, para que nadie pudiera mirarla por encima del hombro. Este temperamental carácter es sustituido por una fuerte, aunque generosa y afable, personalidad destinada a no incomodar demasiado al espectador masculino actual.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 06, 2015

    Crítica | Lejos del mundanal ruido

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 06, 2015
    La caza

    VÍCTIMA DE LA INOCENCIA

    crítica de La caza | Jagten, Thomas Vinterberg, 2012

    Wendy no tenía ningún atributo de mujer. Cualquier alusión a este respecto, comenzaba y terminaba en su nombre. Si acaso, en cierta disociación por parte de un chico excéntrico. Wendy vestía un jersey de acero frente a los desaprensivos, y una falda de marfil en torno a la cual se cerraban las manos, a veces bastante frías y trémulas, de sus dueños. Tan sólo hablaba a gritos y en contadas ocasiones. Como una onomatopeya ruidosa, desagradable para el oyente. Era la mejor amiga del líder de Los Dandies, un chico que soñaba con instaurar un reino de pistoleros ilustrados. Wendy, a ojos de su portador, era ingeniería de otro tiempo más reaccionario y salvaje, con olor a pólvora en la recámara. Ah, “mi querida Wendy”. Las cosas nunca salen como en esos cuentos adscritos al happy end, menos aún si el arquitecto es Lars Von Trier, cofundador del movimiento Dogma 95 y colega del realizador que describe sin concesiones el problemático hermetismo de esa nueva generación perdida, quizá disfuncional en una tierra seca. Cero oportunidades, mínima esperanza de salir a flote. Hablo, por supuesto, de Querida Wendy y de Thomas Vinterberg, un tipo cuyo lenguaje suele desempolvar las oscuras ruedas de la condición humana. Y es que, sus lecturas ofrecen pocos asideros: fallido o no, posee el tacto y la sensibilidad de aquellos directores que buscan trascender más allá del fotograma, con un modus operandi —basado en la verdadera heterodoxia del autor ya maduro— que busca incomodar, removerte por dentro y sobre la butaca, asquearte y enfadarte y estallar en mutismo. Ocurre en La caza, cuyo visionado recorre poro a poro el cuerpo del espectador, en un viaje que se inicia en el pecho y baja lentamente hasta el estómago, para acabar inyectando grandes dosis de dopamina al cerebro, generando ansiedad, frustración, empatía, odio, asco, incredulidad, amargura, nunca optimismo, estado de hipnosis social, síntomas que definen la estupidez humana. Es decir, a las personas. Tan amables, tan necesarias y, sin embargo, tan indeseablemente ingenuas. A veces, incluso, bondadosas.

    La caza

    Que se lo digan si no al protagonista de este filme, un profesor de guardería que, recién divorciado (y tirante con su exmujer por culpa del inexistente régimen de visitas acordado para ver a su hijo), en mitad de un proceso que habitualmente desajusta nuestros mecanismos de defensa, recibe la peor de las noticias: la hija de su mejor amigo ha asegurado, no sin titubear, que su profesor, Lucas, le enseñó las partes íntimas y luego… Instantáneamente, el juicio popular se ceba a su costa: Lucas es condenado no ya al ostracismo, sino a la marginalidad, a la penumbra social que provoca la etiqueta de abusador de unos niños que aún no cuentan los seis años. Todos y cada uno de los papás y mamás y vecinos del pueblo –salvo dos buenos amigos— tienen la certeza de que es un pederasta, un monstruo despreciable que ha abusado de los pequeños que alguna vez estuvieron bajo su extremadamente cariñoso cuidado. La niña, inocente y marcada por las imágenes de un vídeo porno que le enseñaron entre risas socarronas su hermano y el mongoloide de su compañero, dice que “su palo estaba en punta”. Suficiente motivo para emprender la caza a que alude el título, la caza del cazador cazado, pues Lucas y sus amigos solían reunirse en un ostentoso caserón situado junto a un coto, quizá privado pero sin lindes, de caza donde los ciervos (con)viven hasta que son alcanzados por el fuego de las escopetas. Vinterberg une fuerzas con Tobias Lindholm para crear este amargo y complejo cuento sobre una víctima de la inocencia, subvirtiendo ese falso mito de que sólo los borrachos y los niños dicen la verdad. Estos primeros, mientan o no, fugan la credibilidad a causa del vicio mismo, una representación semiinconsciente del humor de la miseria ajena. Los niños, en cambio, proyectan esa clase de fragilidad y ternura, de inocencia no poco interrumpida que nos impide recordar que son los inventores más pródigos. Cosas de la edad, que diría aquel.

    La caza

    La caza recurre a la moral sin necesidad de resultar moralista. Desde el minuto uno te induce —sin prisa, respirando como en el mejor cine europeo— a su espiral de violencia, primero invisible y levemente asfixiante, y más tarde terrorífica, paralizadora. Así permaneces tras la aparición de los créditos, después de escrutar el genuino y magnético rostro de Mads Mikkelsen, sus labios dispersos y una mirada capaz de transmitir entereza o frialdad, temor o alegría, o todo a la vez. Su interpretación conecta un directo a la mandíbula; eleva la producción a cimas probablemente insospechadas. La conexión casting-libreto-director abre durante cerca de dos horas un puerto más o menos sabido: ese que desciende del cerebro hasta llegar y adherirse a nuestras vísceras. ★★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Dinamarca, 2012, Jagten. Director: Thomas Vinterberg. Guión: Thomas Vinterberg y Tobias Lindholm. Fotografía: Charlotte Bruus Christensen. Música: Nikolaj Egelund. Reparto: Mads Mikkelsen, Alexandra Rapaport, Thomas Bo Larsen, Anne Louise Hassing, Lars Ranthe, Ole Dupont, Susse Wold.

    Jagten poster

    La caza

    La caza
    por Anónimo
    abril 19, 2013

    Crítica | La caza

    por Anónimo | abril 19, 2013
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