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    Sitges 2015
    Sitges 2015

    Amor fraternal en tiempos oscuros

    crítica ★★★★ de En el bosque (Into the Forest, Patricia Rozema, Canadá, 2015).

    El fin del mundo amenaza a la vuelta de la esquina. Al menos, el fin del mundo tal y como lo conocemos. Las maneras de ver el apocalipsis a través del cine han sido, son y seguirán siendo de lo más variadas, desde agresivas pandemias que ejercen su particular selección natural sobre la humanidad, sucesiones de desastres naturales a gran escala como consecuencia de los cambios climáticos o la sombra, siempre temible, de una teórica Tercera Guerra Mundial. Cualquier excusa es válida para fabular acerca de una humanidad enfrentada a sus máximos terrores y sumida de nuevo en la oscuridad. Sin embargo, no es necesario un elemento externo tan fantasioso como los antes citados para dinamitar las normas de la civilización contemporánea. Tan solo basta, tal y como lo relató la escritora Jean Hegland en su polémica novela Into the Forest, publicada en 1997, con arrebatar al hombre, de la noche a la mañana, las comodidades y beneficios de la tecnología, para convertirlo en un animal más que debe luchar por sobrevivir en medio de una naturaleza hostil. El guionista David Koepp ya nos mostró las escalofriantes consecuencias de un apagón general en una ciudad americana en The Trigger Effect (El efecto dominó) (1996), su extraordinaria ópera prima como realizador, mientras que Into the Forest (2015), la adaptación cinematográfica de la obra de Hegland llevada a cabo por la canadiense Patricia Rozema –Cuando cae la noche (1996), Mansfield Park (2000)– opta por dar una dimensión mucho más intimista al tema, utilizando el fuera de campo de igual manera a como lo hizo M. Night Shyamalan para captar la psicosis de una invasión alienígena desde el interior de un sótano en Señales (2000), sin necesidad de mostrar de forma explícita la amenaza física o cualquier tipo de destrucción masiva.

    La película de Rozema, ambientada en un futuro cercano y perfectamente reconocible, nos traslada al corazón de un bosque de Carolina del Norte, donde las hermanas Nell y Eva viven con su padre en una casa aislada del mundanal ruido, a muchos kilómetros (esos que recorren en su coche) de cualquier contacto con otras personas. Mientras Nell, la más joven y rebelde, cursa sus estudios de medicina y comienza a vivir el primer amor, Eva, la mayor y más madura, no se resigna a renunciar a su sueño de dedicarse al mundo de la danza, a pesar de que una antigua lesión y su edad, un tanto avanzada para prosperar como bailarina, no jueguen a su favor. Dos personalidades opuestas que, sin embargo, no afectan al amor fraternal (en la novela va un paso más allá) que se profesan, y que será decisivo a la hora de enfrentarse a la época agreste que se les viene encima cuando la sociedad se colapse después de un apagón de energía total. Desde ese instante deberán aprender a racionar el escaso combustible del que disponen, prescindir de necesidades (hasta entonces básicas) como el gas y la electricidad –con ella, de internet o la música con la que Eva se acompaña en sus entrenamientos de baile–, y, lo que es más importante, combatir la falta de alimentos, a través del cultivo de su propio huerto, los frutos provenientes de la naturaleza o, incluso, la cacería. Un modo de vivir que no significaría problema alguno para Viggo Mortensen y su prole en Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), pero que para quienes están habituados a depender de los avances tecnológicos (la inmensa mayoría de la población mundial) constituye, por su incapacidad de adaptación al medio, un violento retroceso a los tiempos del salvaje Oeste. Razoma plantea estas circunstancias sin dar una explicación clara a los orígenes de las mismas, sumergiendo a sus protagonistas (y, al mismo tiempo, al espectador) en un estado de incertidumbre alimentado por la falta de noticias provenientes del mundo exterior –tan solo los leves rumores de saqueos en las ciudades (incluso de una posible guerra) y la epidemia mortal que está sesgando la vida de miles de personas, a consecuencia de la insalubridad del agua, les dan pistas sobre lo caótico de la situación fuera de sus bosques– y su total incomunicación.

    por José Martín León
    diciembre 04, 2016

    Crítica | En el bosque

    por José Martín León | diciembre 04, 2016
    Night fare

    «No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague»

    crítica de La caza (Night Fare, Julien Seri, Francia, 2015).

    Los amantes del thriller terrorífico menos convencional, ese que ofrece auténticas emociones fuertes, hemos encontrado en los últimos años una auténtica tabla de salvación en un puñado de formidables títulos que, llegados desde Francia, no dudaron en mostrar la violencia en toda su crudeza. Lejos de la autocensura de la mayoría de productos facturados en Estados Unidos, películas como Alta tensión (Alexandre Aja, 2003), Martyrs (Pascal Laugier, 2008) o el excelente remake de Maniac (Franck Khalfoun, 2012) dejaron para el recuerdo algunas imágenes perturbadoras que se instalaron, de forma instantánea, en la antología de los mejores momentos del género reciente. Julien Seri, realizador cuya experiencia anterior tras las cámaras se reduce a la previsible secuela El retorno de los Yamakasi, los hijos del viento (2004) y la anodina cinta de artes marciales Scorpion (2007), se aleja de la comercialidad de aquellas para suscribirse a esta corriente con Night Fare (2015), traducida en España con el recurrente y poco original título de La caza. A simple vista, el filme podría ser metido con facilidad en el saco de variantes de ese subgénero que, encabezado por El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971), nos alertó de los peligros de jugar con extraños al volante, pero, por fortuna, conforme avanzan los minutos, los guionistas son capaces de destapar unas atractivas cartas que lo hacen trascender del típico juego del gato y el ratón.

    La historia inicial gira en torno al reencuentro de dos antiguos amigos en una estación de autobuses de París, tras años separados a consecuencia de un desgraciado suceso del pasado que han intentado olvidar. El inglés Chris y el francés Luc –conflictivo y con desaconsejables ideas sobre la diversión–, guardan, además, estrechos lazos afectivos con la misma chica, Ludivine, antigua novia del primero y actual pareja del segundo. Lo que comienza como una noche de fiesta y celebración se va tornando en en una pesadilla desde el instante en que los dos chicos cometan el error de abandonar un taxi sin pagar la carrera, burlándose del taxista. A partir de ahí, este manifiesta un carácter psicopático que desemboca en una encarnizada persecución a los muchachos a través de las solitarias calles parisinas. Night Fare comienza de forma no demasiado original, es verdad. Los personajes principales, encarnados por unos correctos Jonathan Howard y Jonathan Demurger no caen precisamente simpáticos en unos personajes que caen en el macarrismo, algo que favorece que al espectador poco le importe el destino que corran a manos del asesino. Las imágenes que abren la película, con ese taxi en forma de poderoso Chrysler 300C con cristales tintados, recorriendo las solitarias calles de un París nocturno, en busca de futuras víctimas, son toda una declaración de intenciones de lo que Seri nos tiene deparadado. La matizada fotografía de Jacques Ballard, que saca el mayor provecho a las luces de neón, haciendo gala de un montaje propio del videoclip más elaborado (atención a esas tomas aéreas y los numerosos planos cenitales), y una música en la que predomina el uso de sintetizadores, obra de Alex Cortés, dejan bien claro que estamos ante un nuevo exponente que vendría a sumarse a trabajos como Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) o The Guest (Adam Wingard, 2014) en ese resurgimiento que la estética ochentera está viviendo con tanta fuerza en los últimos años.

    por José Martín León
    junio 13, 2016

    Crítica | Night fare (La caza)

    por José Martín León | junio 13, 2016
    Mr. Right

    Amor en llamas

    crítica de Mr. Right (Paco Cabezas, EE.UU., 2015).

    Quizá acostumbrado a las constantes comparaciones con Tarantino que ha ido acumulando a lo largo de su carrera por parte de una crítica perezosa y propensa a las conexiones fáciles no siempre acertadas o justificidas más allá de lo superficial, Paco Cabezas parece haber decidido abrazar de alguna manera esa etiqueta con Mr. Right, una comedia que podría haberse estrenado perfectamente en plena ola postarantiniana surgida en la década de los 90 a raíz del éxito de Reservoir Dogs (íd, Quentin Tarantino, 1992) y, ante todo, Pulp Fiction (íd, Quentin Tarantino, 1994). Así, no cuesta imaginar a la nueva obra de Cabezas compartiendo cartelera (o estantería de videoclub… o, mejor aún, programación en un festival de cine indie) con derivaciones tan interesantes (y, a su vez, tan dispares entre sí) como Killing Zoe (íd, Roger Avary, 1994), Four Rooms (íd, Allison Anders, Alexandre Rockwell, Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, 1995), Tú asesina, que nosotras limpiamos la sangre (Curdled, Reb Braddock, 1996), Dos días en el valle (Two Days in the Valley, John Herzfeld, 1996) o Un asesino algo especial (Grosse Pointe Blank, George Armitage, 1997). De esta última, protagonizada por John Cusack, Cabezas recupera la figura del asesino profesional tan hábil para arrancar vidas como sonrisas, en este caso un Sam Rockwell derrochando carisma, sensibilidad, movimientos letales y aptitudes para el baile como ya hiciera en otra comedia de acción a reivindicar: la pasadísima de rosca (aunque no tanto como su delirante secuela) Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, McG, 2000). En Mr. Right, Rockwell da vida a un legendario sicario que, en un arrebato de moralidad, decide revertir todo el daño que ha hecho mediante la aniquilación sistemática de cualquiera que contrate sus servicios para asesinar a alguien, de manera que quienes resultan aniquilados no son los objetivos que le asignan, sino las personas que le pagan por ejercer su oficio. A su lado nos encontramos a una chispeante Anna Kendrick tan desbocada como Rockwell en el papel de Martha, una alocada joven al borde de la sociopatía a la que se solo le falta un pequeño empujón para olvidarse por completo de las normas y vivir al margen de la sociedad. Ese límite lo cruzará definitivamente de la mano de quien considera el hombre perfecto, un tipo del que ni siquiera conoce su nombre pero que ha entrado en su vida de manera arrolladora, confesándole entre risas que es un tipo peligroso, algo que ella no termina de creer del todo… hasta que lo ve en acción y entonces ya no hay vuelta atrás: es en ese instante cuando ambos descubren que están hechos el uno para el otro.

    Pero antes de poder ser felices para siempre, Martha y Mr. Right (de nombre real Francis) deben romper con su pasado: ella con su vida normal, su exnovio, su compañera de piso; él con un antiguo compañero y mentor, encarnado por el (este sí) muy tarantiniano Tim Roth, y unos mafiosos de medio pelo que andan también por la trama y que nos regalan algunos de los momentos más divertidos y entrañables de toda la cinta; encabezados por el dubitativo Steve al que da vida RZA, que mantiene una relación muy peculiar con el protagonista y los delincuentes a los que sirve. Con un guion del prolífico, irregular e interesante Max Landis (hijo del mítico John Landis) que propone una atrevida perversión de los códigos de la comedia romántica, y tras verse algo encorsetado en el esquema de vehículo al servicio de Nicolas Cage en la, no obstante, muy rescatable Tokarev (2014), Paco Cabezas ha encontrado en Mr. Right el juguete perfecto para desplegar toda su energía cinética, su imaginería cool y un esteticismo delicioso, dando como resultado una película contagiosa como una canción pop, visualmente deslumbrante (con fotografía del también español Daniel Aranyó), con un ritmo casi imparable y tocada por la gracia de un reparto entregado plenamente a su función de divertirse y transmitir ese sentimiento al público, especialmente unos Rockwell y Kendrick absolutamente arrebatadores a los que basta ver juntos en pantalla para hacernos sentir bien.

    Y es que, en el fondo, por mucho que la sangre fluya y alguna cabeza explote, Mr. Right es una verdadera feel good movie: una de esas que consiguen adentrarnos en un mundo ficticio donde la magia existe y los finales son felices. Y hora y media después, cuando comienzan los créditos finales, uno termina con una sonrisa dibujada en el rostro mientras se quita los tropezones de cerebro ajeno pegados a la ropa. Por el camino hemos podido disfrutar de secuencias tan deliciosamente estúpidas como la exhibición con los cuchillos en la cocina de Martha o aquella en la que Francis debe liquidar a un oponente en el aparcamiento de un restaurante en el que Martha le espera para cenar (con una excelente coreografía de James Lew, veterano especialista visto en clásicos del cine de acción como Acción Jackson, Campeón de campeones, Arma perfecta, Rapid Fire o Timecop, cuya mano como coordinador de especialistas se deja notar en las varias set-pieces que recorren el metraje). Siendo un poco quisquillosos, se podría acusar a todo el elenco y, sobre todo, al propio Paco Cabezas, de ser demasiado autoconscientes en sus intenciones de lograr a toda costa ser guays, si se me permite la expresión. Pero el hecho es que lo cool no es en Mr. Right algo meramente impostado, sino algo a lo que realmente consigue llegar con su agradable mezcla de música ligera, bailes, risas, elegancia y simpatía. Y todo ello, insistimos, manteniendo una violencia explícita que probablemente, sin esa pátina de comedia inofensiva, podría resultar bastante incómoda para el espectador medio. ¿Es Mr. Right la mejor película dirigida hasta el momento por Paco Cabezas? Podríamos decir que sí, principalmente porque, al contrario de lo que ocurría en algunos pasajes de Aparecidos (2007) o Carne de neón (2010), en esta ocasión Cabezas no lidia con el drama o la tragedia y demuestra, como también lo hicieran sus guiones para las rescatables Sexykiller, morirás por ella (Miguel Martí, 2008), Spanish Movie (Javier Ruiz Caldera, 2009) y Bon Appétit (David Pinillos, 2010), y a falta de ver lo que ha hecho con sus capítulos para la serie de terror Penny Dreadful, que la comedia es el género que mejor le sienta y aquel en el que parece encontrar su hábitat natural. | ★★★★ |


    Pedro José Tena
    © Revista EAM / Badajoz


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Mr. Right. Director: Paco Cabezas. Guion: Max Landis. Productores: Bradley Gallo, Rick Jacobs, Lawrence Mattis. Productoras: Amasia Entertainment / 3311 Productions / Circle of Confusion. Fotografía: Daniel Aranyó. Música: Aaron Zigman. Montaje: Tom Wilson. Reparto: Sam Rockwell, Anna Kendrick, Tim Roth, James Ransone, Anson Mount, Michael Eklund, RZA, Kathie Nehra, Jaiden Kaine, Douglas M. Griffin, Luis Da Silva Jr., Elena Sanchez.

    por Unknown
    mayo 29, 2016

    Crítica | Mr. Right

    por Unknown | mayo 29, 2016
    Schneider vs. Bax

    El arma del desconcierto

    crítica de Schneider vs. Bax (Alex van Warmerdam, Países Bajos, 2015).

    La identidad humana no es unívoca. La configuración en capas y distintas aplicaciones —conscientes o no— de ciertos mecanismos de comportamiento generan una multiplicidad de expresiones del ser en el entorno social y privado, lo que, según el psicoanálisis, viene determinado por la presencia de los tres impulsos biológicos, denominados “Ello”, que busca satisfacer los impulsos más básicos, “Yo”, que se centra en atender a los deseos en el entorno real y contextual, y “Superyo”, la demanda de llegar a la perfección. De modo que no resulta muy recomendable juzgar las acciones del individuo según una percepción plana de su psicología. A este respecto, cabe mencionar que, si hay un tema y un conglomerado de acciones humanas retratados casi obsesivamente en el Cine —aparte, claro está, del Amor—, es la Violencia; la barbarie en todas sus vertientes, posibilidades y entornos, repartida con justicia o caprichosamente, a escala intimista o genocida. Y es que la fascinación que a nosotros, espectadores, nos provoca la contemplación de estos actos en pantalla no solo procede de la pura curiosidad, sino sobre todo de cierta comodidad y distanciamiento presentes en la mera idea a partir de la cual fue concebida la cinematografía: la imitación de la realidad, no su reproducción.

    Dentro de esta exploración en la brutalidad de que es capaz la compleja mente del ser humano, encontramos como cenit, máximo exponente de la Historia del Cine reciente, al cineasta Michael Haneke, quien ha realizado magistralmente un proceso de antropología de las bajas pasiones del Hombre. La obra que hoy nos ocupa se encuentra en las antípodas de un análisis digno del cineasta alemán. Y esto no quiere decir que necesariamente sea más o menos reprobable. Es simplemente un tratamiento distinto, más cercano quizás a la instrumentalización de Quentin Tarantino —en su caso, buscando la belleza de lo estético—. Schneider vs. Bax (2015) viene acompañada del éxito precedente de su director. Alex van Warmerdam (Haarlem, Países Bajos, 1952) cosechó excelentes críticas y algunos galardones con su anterior película, la inquietante Borgman (2013), obteniendo el premio a la mejor película en el Festival de Sitges. Fue en la pasada edición de este mismo certamen donde pudimos asistir a la primera proyección de su nueva obra, que, en este caso —todo hay que decirlo—, exhibe menos ambición y puede ser considerada una obra menor. Aquí las situaciones descritas no bucean en la profundidad de las motivaciones y pulsiones; todo está más bien al servicio de una muy particular concepción de la comedia. Se nos presenta a dos hombres muy diferentes entre sí: Schneider (Tom Dewispelaere), padre de familia con una vida estable y ordenada, y Bax (Alex Van Warmerdam), a quien podríamos denominar su opuesto, su contrario, un escritor adicto a las drogas y con una familia completamente desestructurada. Paralelamente, mientras el primero despierta arropado por el cariño de su esposa y la irrupción emotiva de sus dos hijas, quienes le cantan el Feliz Cumpleaños, el otro, recluido en una cabaña aislada en el pantano, se topa con la intempestiva visita de una hija depresiva, rodeado de botellas de vino y restos de cocaína.

    por Luis Enrique Forero Varela
    diciembre 12, 2015

    Crítica | Schneider vs. Bax

    por Luis Enrique Forero Varela | diciembre 12, 2015
    The invitation

    Celebración

    crítica de La invitación (The invitation, Karyn Kusama, 2015).

    Sabemos que, como género, el terror es capaz de asaltar la imagen fílmica adoptando muy diversas formas. Pero de esas formas, la de las casas encantadas es, quizás, la que últimamente ha parecido resurgir con más fuerza. Sobre todo bajo el empuje de directores que, como James Wan, han sabido digerir los referentes a la vez que parecían proponer una cierta deconstrucción del género a partir de algunas ideas de puesta en escena y un discurso que, al menos en Insidious (James Wan, 2010), han buscado dar visibilidad a la tramoya. Otros, sin embargo, han preferido optar por alejarse de la pureza del género y diluirlo de forma autoconsciente. En ellas el terror se cuela sutilmente para transformar la naturaleza de unas películas que apuestan por cierto remedo de una realidad cercana, muy alejada del fantástico. Perturbar el hogar, ese espacio de intimidad de un núcleo familiar, puede ser llevado a cabo por entes que pertenecen a otro mundo y otra dimensión, pero también por un mundo donde los vivos pueden llegar a ser aún más terroríficos que los muertos. En realidad, la presencia de los primeros siempre es consecuencia de la acción de los segundos: una masacre familiar a manos de un tercero, tragedias familiares que se cuecen dentro de ese mismo núcleo familiar… Que el hogar se convierta en un espacio de pesadilla aumenta la indefensión de unos personajes que ya no tienen una zona de seguridad a la que aferrarse, desposeídos de un espacio vital.

    Pero una casa también puede convertirse en prisión por un trauma pasado que reverbera entre sus estancias y sus paredes: el de una presencia que ya no está pero que, de una forma u otra su exteriorización se hace palpable no por las formas que propone el fantástico, sino casi por las de un drama familiar que habla sobre cómo el dolor puede ser combustible para la transformación de una película por la penetración del género. Es ahí donde se ubica un filme como The Invitation, el sorprendente último trabajo de Karyn Kusama que, aunque no lo parezca, podría leerse también como una cinta sobre casas encantadas. Hablamos de un fantasma, el de un hijo fallecido en trágicas circunstancias, que nunca se manifiesta más allá del doloroso recuerdo pero que, sin embargo, sobrevuela una casa que se ha transformado en un lugar frío e impersonal. Porque es precisamente el dolor enquistado, el mismo que llevaba al matrimonio de Vinyan (Fabrice Du Welz, 2008) a desintegrarse en la jungla, el que activa los mecanismos del horror y el que amenaza a sus personajes con transformar una locura individual en una locura colectiva. En The Invitation, el matrimonio roto por la tragedia vuelve a reencontrarse para contraponer dos formas de afrontar el dolor. Por una parte el aislamiento de él, la necesidad de cargar con la responsabilidad de la tragedia y el recuerdo amargo como único vínculo afectivo que lo aferra hacia ese hijo que ya no está. Por otra, la negación de ella, borrando el recuerdo como si nunca antes hubiese existido. La muerte entonces pasa a ser algo peligrosamente frívolo, objeto de fascinación cuyos postulados nacen de una secta que coloniza las mentes rotas y perdidas como la de esa madre que ha preferido olvidar que una vez lo fue.

    por Anónimo
    noviembre 10, 2015

    Crítica | La invitación

    por Anónimo | noviembre 10, 2015

    Vuelta de tuerca al héroe hawkiano

    crítica de Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015).

    Dentro de una cosecha de excelentes títulos que, de alguna manera, hacen albergar grandes esperanzas sobre la calidad del cine fantástico actual, una de las películas que despertaron mayor entusiasmo en el último Festival de Sitges fue Bone Tomahawk (2015) —Premio José Luis Guarner y galardón al mejor director de la Sección Oficial, incluidos—, la ópera prima como director de S. Craig Zahler, un prestigioso escritor que ha destacado, especialmente, en novela negra y de temática western. Y justo en este último género es donde se adscribe su potente debut, una película del Oeste en clave crepuscular —la sombra de Clint Eastwood y su Sin perdón (1992) sobrevuela sobre cada imagen de ese primer tercio que transcurre en el pueblo de Bright Hope— que ve rotos su aparente sobriedad y aliento clásico con unos imprevisibles toques de violencia que, en sus momentos más gore, hacen de este filme una auténtica rareza cercana a una versión de Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977) anclada dentro de los paisajes y parámetros del cine del Oeste. Pero la gallardía de Zahler en el guión no se detiene ahí y su propuesta mezcla estilos diferentes de ver el western de los más grandes, siendo el resultado lo suficientemente compacto y con una personalidad propia asombrosa.

    Así, Bone Tomahawk nos presenta a un grupo de personajes que bien parecen emergidos para la ocasión de Río Bravo (Howard Hawks, 1959), siendo especialmente palpable el espíritu de aquel clásico en las escenas que transcurren en la cárcel. Por un lado, el sheriff tranquilo y un poco de vuelta de todo —Kurt Russell, en su espléndida madurez, desempeña magistralmente este rol en un género y un registro que no le son desconocidos, ya que fue el mítico Wyatt Earp de Tombstone (George P. Cosmatos, 1993)— y Chicory, su anciano y bonachón ayudante, sobre el que ejerce una gran protección que viene del cariño que ambos se profesan tras décadas de trabajo en común. El veterano Richard Jenkins, poseído casi por el espíritu del entrañable Walter Brennan, da vida a este personaje cargado de humanidad y una inocencia impropia del entorno en el que le ha tocado vivir, que le convierten en el auténtico alma de la cinta —enternecedora la conversación que mantiene con los personajes de Russell y Lily Simmons sobre la autenticidad o no de los circos de pulgas—. Por otro, Patrick Wilson interpreta a un ciudadano pacífico y felizmente casado, que se encuentra convaleciente con una pierna rota, mientras que Matthew Fox representaría el reverso de su personaje, un pistolero curtido en mil batallas, fanfarrón y de gatillo fácil. Cuatro hombres con psicologías muy diferentes, pero unidos por un férreo sentido de los valores de la lealtad, la integridad, el valor y el sentido del deber, deben dejar a un lado sus rencillas para emprender un difícil viaje de varios días por el desierto, para llevar a cabo la misión de rescatar con vida a un grupo de personas (entre las que se encuentra la esposa del personaje de Wilson) que han sido raptadas por una violenta tribu de indios antropófagos.

    por José Martín León
    noviembre 01, 2015

    Crítica | Bone Tomahawk

    por José Martín León | noviembre 01, 2015
    El regalo

    La caja de Pandora

    crítica de El regalo (The Gift, Joel Edgerton, 2015).

    Si hay un subgénero dentro del suspense que, a base de repetir los mismos esquemas en multitud de títulos, ha terminado convirtiéndose en previsible y trillado, ese es el del psycho thriller en su variante “cuidado con quien metes en tu vida” inaugurado por la taquillera Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Aquella cinta protagonizada por Michael Douglas y una gran Glenn Close, convertía una historia de adulterio en una auténtica pesadilla, convirtiéndose en un fenómeno sociológico que hizo millones de hombres se pensaran dos veces la posibilidad de engañar a sus esposas. Muchos fueron los filmes que repitieron la fórmula, con pequeñas variaciones, desde el inquilino que se convierte en una pesadilla para sus caseros —De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990)—, a la niñera con ansias de venganza —La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992)— pasando por la compañera de piso obsesionada con usurpar la personalidad de la protagonista —Mujer blanca soltera busca... (Barbet Schroeder, 1992)—. En todos estos casos, la historia estaba encauzada para culminar en el violento enfrentamiento físico final entre la víctima y el psicópata de turno, siendo su desenlace el típico que todos sabemos. Con los años, además, este tipo de relatos sobre invasores de la intimidad fue degenerando en fuente inagotable para infinidad de telefilmes de sobremesa totalmente infumables.

    Afortunadamente, siempre hay excepciones que se desmarcan de los adocenados patrones del género y terminan sorprendiendo de manera agradable. Este sería el caso de El regalo (2015), el debut como realizador del interesante actor australiano Joel Edgerton —Animal Kingdom (David Michôd, 2010), Warrior (Gavin O´Connor, 2011)— sobre un guion propio que, a priori, tenía todas las papeletas para caer en todos los lugares comunes de sus ilustres precedentes antes citados, pero que se las ingenia para terminar colocando sobre la mesa interesantes temas de fondo que enriquecen la trama (el miedo a enfrentar el pasado, las depredadoras tácticas para prosperar profesionalmente) y, de paso, ofrecer algunos giros argumentales ciertamente sorprendentes (sobre todo en su inquietante clímax final) que rompen con la previsibilidad habitual. El regalo comienza presentando al típico matrimonio perfecto de cara a la galería, en el que sus integrantes, Simon y Robyn, ejemplifican lo que significa haber logrado el triunfo en la vida. Jóvenes, guapos, ricos y con importantes ilusiones de formar una familia en un corto plazo de tiempo que, gracias al fichaje del marido por una importante empresa de seguridad de internet, ven la oportunidad de cambiar su pequeño piso en Chicago por una lujosa casa en California. ¿Qué puede perturbar, pues, esta apacible burbuja de felicidad y confort? La entrada en la ecuación de Gordon, un antiguo compañero de escuela de Simon. El encuentro casual, en un centro comercial, entre el matrimonio y este hombre excesivamente amable que comienza, desde ese momento, a colmarles de obsequios y constantes visitas a su casa, significará el prólogo de una relación cada vez más tensa que, poco a poco, va dejando entrever unas intenciones más oscuras detrás de tanta generosidad.

    por José Martín León
    octubre 25, 2015

    Crítica | El regalo

    por José Martín León | octubre 25, 2015

    El infierno tan temido

    crítica de Into the forest (Patricia Rozema, 2015).

    No cabe duda
    Esta es mi casa
    aquí sucedo, aquí
    me engaño inmensamente
    Mario Benedetti.

    En los versos de Esta es mi casa, el poeta identificaba el hogar no solo como la Ítaca de Homero; además como un paisaje emocional. Existe a este respecto una palabra alemana, difícil de traducir en todo su significado, Heimat, que no solamente significa hogar, terruño, sino a la propia identidad del sujeto, con todas sus glorias y miserias. El Festival Internacional de Cine de Catalunya ha proyectado, como película de clausura, Into the Forest (2015), de la directora canadiense Patricia Rozema. Y ofrece una aproximación a distintas reflexiones acerca de una eventualidad de carácter global representada en una perspectiva íntima. Esta adaptación de la novela homónima de Jean Hegland de 1996 narra el colapso y destrucción de la Civilización, debido al agotamiento de recursos naturales, pero su foco de atención no describe panorámicamente la génesis y el flujo posteriores a los acontecimientos. De hecho, ni siquiera explicita cuál es la causa del Fin del Mundo tal y como lo conocemos; el verdadero objetivo aquí son los paisajes humanos en pequeña escala, esto es, una familia nuclear. Eva (Evan Rachel Wood) y Nelly (Ellen Page) viven con su padre en una cómoda casa en el bosque, cerca de un pequeño pueblo canadiense, en medio de una incipiente falta de abastecimientos básicos para la vida moderna, como la energía eléctrica. Aun así, disponen de los medios para continuar llevando una rutina estabilizada y actividades diarias, al margen de la problemática. Y desde esta perspectiva ligeramente distante, van atestiguando el aumento de la gravedad de la situación y la degeneración del tejido social, que se aleja progresivamente de los parámetros normales. Con la falta de combustible llega la caída de las infraestructuras básicas, las telecomunicaciones, el transporte de alimentos. Al llegar a la carestía de artículos de primera necesidad, pronto aflora, como reacción, la violencia y la desesperación. Todos los desastrosos sucesos ocurren en un segundo plano; lo que la directora muestra aquí es el resultado, cómo influye en la relación entre dos hermanas, cada una con su propia perspectiva al respecto.

    La narración transcurre de manera intimista, muy sencilla en la progresión hacia una situación límite. La belleza de la fragilidad se filtra a través de planos casi siempre en interiores, con un uso de la luz muy acertado, donde lo importante es situar a las protagonistas y dinamizar una serie de elementos emocionales que legitiman las decisiones tomadas. Wood y, sobre todo, Page ofrecen dos interpretaciones excelentes, que evidencian cuáles son los bienes materiales e inmateriales para conservar la cordura y la salud mental en una debacle de tales proporciones. Al igual que ocurría en la sobresaliente The road (John Hillcoat, 2009) —adaptación también de una novela, el clásico de Cormac McCarthy—, en un mundo cada vez más enrarecido y sin oportunidad de recuperación, donde los comportamientos más abyectos sustituyen a las relaciones sociales y la brutalidad se convierte en la actitud habitual, las cosas sencillas se transforman en la única fuente de un trasunto de felicidad. Ambientada en un futuro cercano, los hechos narrados brillan por la ausencia del exceso, lo explícito y frontal, para dar una visión realista y plausible de la desestabilización de la conducta humana ante el advenimiento de una tragedia irresoluble. Exceptuando alguna escena que probablemente será erróneamente criticada como reaccionaria, sin tener en cuenta la lógica interna del filme, Into the forest supone una alternativa muy interesante al cine post apocalíptico tradicional, trascendiendo la etiqueta de género y legitimando su calidad de manera autónoma, gracias a sus aciertos: un guion sutil y sugerente, dos grandes interpretaciones y una música y fotografía idóneas, minimalistas. Llegados a este punto de decadencia de las relaciones sociales, recordamos las palabras de Jean Paul Sartre: “El infierno son los otros”. | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / 48º Festival de Sitges


    Ficha técnica
    Canadá. 2015. Título original: Into the forest. Director: Patricia Rozema. Guión: Patricia Rozema. Fotografía: Daniel Grant. Música: Max Richter. Duración: 101 minutos. Productora: Rhombus Media / Bron Studios / A24 / Elevation Pictures. Montaje: Matthew Hannam, Jorge Weisz. Diseño de producción: Jeremy Stanbridge. Diseño de vestuario: Aieisha Li. Intérpretes: Ellen Page, Evan Rachel Wood, Max Minghella, Callum Keith Rennie, Michael Eklund, Wendy Crewson. Presentación Oficial: Festival Internacional de cine de Catalunya 2015.
    por EAM
    octubre 17, 2015

    Crítica | Into the forest

    por EAM | octubre 17, 2015

    Nuestros compañeros Luis Enrique Forero, enviado especial al Festival de Sitges, y Daniel Jiménez Pulido, jurado de la ACCEC, eligen las diez películas más importantes, a su juicio, del certamen catalán:

    Top 10 Sitges 2015, por Luis Enrique Forero:

    1. Youth (Paolo Sorrentino).
    2. Anomalisa (Charlie Kaufman).
    3. Macbeth (Justin Kurzel).
    4. The witch (Robert Eggers).
    5. Love (Gaspar Noé).
    6. Cosmos (Andrej Zulawski).
    7. La dame dans l’auto avec des lunettes et un fusil (Joann Sfar).
    8. Into the forest (Patricia Rozema) .
    9. Le tout nouveau testament (Jaco Van Dormael).
    10. Blind sun (Joyce A. Nashawati).

    Top 10 Sitges 2015, por Daniel Jiménez Pulido:

    1. Fires on the Plain (Shinya Tsukamoto).
    2. The final girls (Todd Strauss-Schulson).
    3. The assassin (Hou Hsiao-Hsien).
    4. Bone Tomahawk (S. Craig Zahler).
    5. The Survivalist (Stephen Fingleton).
    6. Demon (Marcin Wrona).
    7. Cemetery of Splendour (Apichatpong Weerasethakul).
    8. The Invitation (Karyn Kusama).
    9. Macbeth (Justin Kurzel).
    10. Journey to the shore (Kiyoshi Kurosawa).
    11. Love (Gaspar Noé).

    por EAM
    octubre 17, 2015

    Festival de Sitges 2015 | Las 10 mejores películas

    por EAM | octubre 17, 2015

    Se cumplen los pronósticos

    Palmarés de la 48ª edición del Festival de Sitges.

    Con la comparencia del director del festival, Ángel Sala, esta mañana, se puso broche oficial a la 48ª edición del Festival Sitges. Antes del esperado anuncio del cuadro de honor, el delegado general del evento catalán hizo mención a la elevada participación del público, cuya asistencia supuso más de 66.000 entradas vendidas. Minutos más tardes se dio a conocer la decisión del jurado, entre cuyos miembros destacaban el actor Carlos Areces o el director Javier Ruiz Caldera. Este eligió como mejor película a The Invitation, de la directora Karyn Kusama, una de las grandes revelaciones del certamen junto a The Final Girls, a la postre Premio Especial del Jurado. A pesar de compartir esta decisión, la crítica manifestó cierta decepción, debido a la ausencia de algunas de las grandes apuestas en el reparto de galardones. Resulta inexplicable que filmes como Victoria (Sebastian Schipper, 2015) —que no obtuvo ninguna mención, ni siquiera por su soberbia fotografía y montaje—, Macbeth (Justin Kurzel, 2015) o Cementery of Splendour (Apichatpong Weerasethakul) hayan acabado con las manos vacías. Asimismo, hubo quien lamentó que The witch (Robert Eggers), una de las mejores del festival, no hubiese formado en la Competición. Unos galardones que si llegaron para Bone Tomahawk (Mejor dirección) o Demon (Mejor fotografía). Precisamente, Ángel Sala quiso recordar la figura del realizador de esta última, Marcin Wrona, tristemente desaparecido unas semanas antes de su presentación en Sitges. Por otro lado, los premios en las otras secciones paralelas reconocieron justamente la calidad de producciones como la genial Anomalisa, de Charlie Kauffman (Premio Noves Visions One a la mejor película) o Slow west, cuyo director, John Maclean fue galardonado dentro de la sección Oficial Fantàstic Òrbita. El premio Méliès de Plata fue a para a Le tout nouveau testament, filme del que anhelábamos un mayor éxito en este festival —a pesar de haberse llevado también el premio a la mejor actriz, Pili Groyne—. En cualquier caso, laureles aparte, el aspecto más relevante de esta edición fue la acertada decisión de incluir propuestas más cercanas al cine de autor e incluir a los grandes directores de la cinematografía europea y asiática dentro de la oferta audiovisual, formando un interesante equilibrio y ampliando enormemente la cantidad de visitantes.

    Secció Oficial Fantàstic Sitges 48


    Premio Mejor Película: The Invitation de Karyn Kusama.
    Premio Especial del Jurado: The Final Girls de Todd Strauss-Schulson.
    Premio Mejor Dirección: S. Craig Zahler por Bone Tomahawk.
    Premio Mejor Interpretación Femenina: Pili Grogne por Le tout nouveau testament.
    Premio Mejor Interpretación Masculina: Joel Edgerton por The Gift.
    Premio Mejor Guion: The Final Girls de Todd Strauss-Schulson.
    Premio Mejores Efectos Especiales: I Am a Hero de Shinsuke Sato.
    Premio Mejor Fotografía: Demon de Marcin Wrona.
    Premio Mejor Música: Turbo Kid de Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell.
    Premio Mejor Cortometraje: They Will All Die in Space de Javier Chillon.
    Gran Premio del Público: I Am a Hero, de Shinsuke Sato.
    Premio José Luis Guarner: Bone Tomahawk de S. Craig Zahler.
    Premio Citizen Kane al Mejor Director Novel: Stephen Fingleton por The Survivalist.
    Premio Jurado Joven a la Mejor Película: Turbo Kid de Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell.

    Secció Oficial Fantàstic Òrbita


    Premio Mejor Película: SPL2: A Time for Consequences de Soi Cheang.
    Premio Mejor Dirección: John Maclean por Slow West.
    Premio Especial del Jurado: The Taking of Tiger Mountain de Tsui Hark.

    Panorama Fantàstic


    Premio Mejor Película Panorama Documenta: Lost Soul - The Doomed Journey of Richard Stanley s Island of Dr. Moreu de David Gregory.
    Premio del Público: El Eslabón Podrido de Valentín Javier Diment.

    Noves Visions


    Premio Mejor Película Noves Visions One: Anomalisa de Charlie Kaufman, Duke Johnson.
    Mención especial Noves Visions One: Men & Chicken de Anders Thomas Jensen.
    Premio Mejor Cortometraje Noves Visions: Disco Inferno de Alice Waddington ex aequo con Formas de jugar de Gemma Blasco.
    Premio Mejor Película Noves Visions Plus: Anabel de Antonio Trashorras.
    Mención especial: Lovemilla de Teemu Nikki.

    Focus Àsia


    Premio Mejor Película: Veteran de Ryoo Seung-wan.

    Animat


    Premio Mejor Película: Miss Hokusai de Keiichi Hara.
    Premio Mejor Cortometraje: Voltaire de Jan Snoekx.
    Mención especial Cortometraje: The Orchestra de Mikey Hill.

    Méliès dArgent


    Premio Mejor Película Europea S.O.F. Sitges 48: Le Tout Nouveau Testament de Jaco Van Dormael.
    Premio Mejor Cortometraje Europeo S.O.F. Sitges 48: Graffiti de Lluís Quílez.

    Brigadoon


    Premio Mejor Cortometraje Brigadoon: Caradecaballo de Marc Martínez Jordan.

    por EAM
    octubre 17, 2015

    Palmarés del Festival de Sitges 2015

    por EAM | octubre 17, 2015

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