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    Joel Edgerton
    Joel Edgerton

    On the streets of Arkansas

    Crítica ★★☆☆☆ de «Identidad borrada», de Joel Edgerton.

    Estados Unidos, 2018. Título original: Boy Erased. Director: Joel Edgerton. Guion: Joel Edgerton. Productora: Anonymous Content / Perfect World Pictures. Productores; Joel Edgerton, Kerry Kohansky Roberts, Steve Golin. Música: Jonny Greenwood. Fotografía: Eduard Grau. Montaje: Jay Rabinowitz. Diseño de producción: Chad Keith. Vestuario: Trish Summerville. Reparto: Lucas Hedges, Nicole Kidman, Russell Crowe, Joel Edgerton, Joe Alwyn, Xavier Dolan, Troye Sivan, Britton Sear, Jesse Latourette, Cherry Jones, Flea, Madelyn Cline, Théodore Pellerin. Duración: 114 minutos.

    En 1993, Hollywood se propuso actuar frente a la homofobia e ignorancia de la sociedad americana respecto al sida a través de lo que mejor sabe hacer: emocionar a su público. Jonathan Demme, Tom Hanks, Denzel Washington y Bruce Springsteen, cuatro de los mayores pilares de la cultura estadounidense, unieron fuerzas para respaldar con su presencia Philadelphia, un proyecto que obligaba a los estadounidenses, que llevaban desde comienzos de los 80 viendo morir a gente a manos del VIH sin hacer nada al respecto, a mirarse al espejo y aguantarle la mirada a un reflejo lleno de prejuicio. Philadelphia, hoy una pieza clave de la historia del cine (y de la historia americana) que recaudó 200 millones, sirvió de precedente para que la sociedad reflexionara sobre la deshumanización a la que había sometido a las víctimas del sida durante años. Una proeza fruto de la sensibilidad y la humanidad que Demme aportó a la historia gracias al respeto a los dos personajes protagonistas que mantuvo. Una proeza que ocurrió en un momento muy concreto de la historia americana y de la historia del cine que ahora, veinticinco años después, el actor Joel Edgerton se propone repetir con Identidad borrada, su segundo largometraje como director, en el que adapta la historia de Garred Conley y su experiencia en la terapia de conversión sexual. Basándose en su autobiografía homónima, relata episodios de la adolescencia de Jared Eamons (Lucas Hedges) en una Arkansas fundamentalista que se intercalan con su estancia en Love In Action, un programa de conversión al que acude después de que su padre predicador (Russell Crowe) le dé a elegir entre querer cambiar o irse de casa.

    La terapia de conversión, una alarmante y monstruosa realidad que afecta predominantemente a los Estados Unidos (a día de hoy es legal aplicársela a menores en 36 de los 50 estados) no es un problema de la magnitud que fue la epidemia de sida (desde 1982 han muerto casi 38 millones de personas, frente a las 700.000 que han sido afectadas por la conversión), pero Edgerton se pone la cruz hombro con la misma grandilocuencia que en Demme nunca resultó tan impostada. Porque se nota, y en ocasiones demasiado, que con Identidad borrada buscaba su propio Philadelphia. Como director, actor, guionista y productor, Edgerton tiene muy claro cuál es su objetivo con esta película y está determinado a que el público entienda su mensaje no solo tras terminarla, sino después de cada escena. Existe un empeño por arrancar una respuesta visceral a su público aprovechando cualquier oportunidad y con la esperanza de que esta respuesta se traduzca en moralizante. Para llegar a esto, Edgerton esquematiza la complejidad de una situación tan seria como la terapia de conversión de forma drástica, haciendo que aquello que expone sea más accesible y fácil de procesar (lo que se presupone un intento por superar posibles prejuicios) a base de limitar los conflictos, las emociones y las relaciones representadas a dos elementos: el shock y la empatía. El principal problema en el que deriva esta decisión narrativa (que bien desarrollada es tan lícita como cualquier otra), es que se desdibuja en gran parte del metraje un nexo con ambos elementos, creando simultáneamente dos películas muy diferentes que funcionan de manera muy inconsistente. Una involucra a Nicole Kidman. La otra no.

    Este enfoque tan esquemático, que en sus mejores momentos es emocionante y poderoso y en los peores manipulador o simplemente cruel, se aprecia en la diferencia que hay entre la calidez y sensibilidad de las escenas que Jared comparte con su madre (Nicole Kidman) y las escenas que ocurren tanto dentro de Love In Action como durante su estancia en la universidad. Una de las más representativas de los problemas de la cinta es parte de estas últimas, e involucra una violación que Edgerton rueda de manera explícita durante cinco minutos seguidos, sin cortes ni elipsis, obligando al espectador a presenciarla de principio a fin. A esta escena, que resulta extremadamente impactante dentro de la narrativa (el shock), le siguen una serie de planos vacíos de Lucas Hedges con la mirada perdida intentando procesar lo ocurrido (sentado en aulas hasta que se vacían, andando a contracorriente en pasillos), que se suceden a través de cuestionables fundidos. Es a raíz de esta escena que el padre de Jared descubre la homosexualidad de su hijo, pero desde el momento en el que lo hace, el abuso sexual deja de ser relevante en la trama. Es decir, se utiliza como detonante para luego no volver a ser mencionado. Esta banalidad con la que se trata el abuso (físico y psicológico) da a intuir que el director está intentando penetrar en una realidad que no termina de comprender. Una situación que es capaz de identificar como negativa, pero sobre la que es incapaz de profundizar, llevando a la película a alimentarse de este dolor sin ofrecer nada a cambio. Lo mismo sucede en una de las escenas dentro de Love In Action, en la que la violencia (utilizada en la escena de forma colectiva contra uno de los adolescentes para purificar su alma) se muestra igual de explícita. Edgerton busca la humanidad de los espectadores a través de la crueldad de las situaciones que Jared se ve obligado a sufrir, algo que no solo es despectivo respecto a éstos (presupone injustamente una incapacidad de generar empatía ante material menos explícito), sino que termina por ser despectivo hacia los personajes, a los que instrumentaliza como mártires cuya existencia queda definida por este sufrimiento.

    por Aitor Salinas
    abril 21, 2019

    Crítica | Identidad borrada

    por Aitor Salinas | abril 21, 2019
    El regalo

    La caja de Pandora

    crítica de El regalo (The Gift, Joel Edgerton, 2015).

    Si hay un subgénero dentro del suspense que, a base de repetir los mismos esquemas en multitud de títulos, ha terminado convirtiéndose en previsible y trillado, ese es el del psycho thriller en su variante “cuidado con quien metes en tu vida” inaugurado por la taquillera Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Aquella cinta protagonizada por Michael Douglas y una gran Glenn Close, convertía una historia de adulterio en una auténtica pesadilla, convirtiéndose en un fenómeno sociológico que hizo millones de hombres se pensaran dos veces la posibilidad de engañar a sus esposas. Muchos fueron los filmes que repitieron la fórmula, con pequeñas variaciones, desde el inquilino que se convierte en una pesadilla para sus caseros —De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990)—, a la niñera con ansias de venganza —La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992)— pasando por la compañera de piso obsesionada con usurpar la personalidad de la protagonista —Mujer blanca soltera busca... (Barbet Schroeder, 1992)—. En todos estos casos, la historia estaba encauzada para culminar en el violento enfrentamiento físico final entre la víctima y el psicópata de turno, siendo su desenlace el típico que todos sabemos. Con los años, además, este tipo de relatos sobre invasores de la intimidad fue degenerando en fuente inagotable para infinidad de telefilmes de sobremesa totalmente infumables.

    Afortunadamente, siempre hay excepciones que se desmarcan de los adocenados patrones del género y terminan sorprendiendo de manera agradable. Este sería el caso de El regalo (2015), el debut como realizador del interesante actor australiano Joel Edgerton —Animal Kingdom (David Michôd, 2010), Warrior (Gavin O´Connor, 2011)— sobre un guion propio que, a priori, tenía todas las papeletas para caer en todos los lugares comunes de sus ilustres precedentes antes citados, pero que se las ingenia para terminar colocando sobre la mesa interesantes temas de fondo que enriquecen la trama (el miedo a enfrentar el pasado, las depredadoras tácticas para prosperar profesionalmente) y, de paso, ofrecer algunos giros argumentales ciertamente sorprendentes (sobre todo en su inquietante clímax final) que rompen con la previsibilidad habitual. El regalo comienza presentando al típico matrimonio perfecto de cara a la galería, en el que sus integrantes, Simon y Robyn, ejemplifican lo que significa haber logrado el triunfo en la vida. Jóvenes, guapos, ricos y con importantes ilusiones de formar una familia en un corto plazo de tiempo que, gracias al fichaje del marido por una importante empresa de seguridad de internet, ven la oportunidad de cambiar su pequeño piso en Chicago por una lujosa casa en California. ¿Qué puede perturbar, pues, esta apacible burbuja de felicidad y confort? La entrada en la ecuación de Gordon, un antiguo compañero de escuela de Simon. El encuentro casual, en un centro comercial, entre el matrimonio y este hombre excesivamente amable que comienza, desde ese momento, a colmarles de obsequios y constantes visitas a su casa, significará el prólogo de una relación cada vez más tensa que, poco a poco, va dejando entrever unas intenciones más oscuras detrás de tanta generosidad.

    por José Martín León
    octubre 25, 2015

    Crítica | El regalo

    por José Martín León | octubre 25, 2015
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