crítica del episodio piloto de The girlfriend experience.
Starz | EE.UU, 2016. Directora: Amy Seimetz. Guión: Lodge Kerrigan & Amy Seimetz. Reparto: Riley Keough, Kate Lyn Sheil, Paul Sparks, Mary Lynn Rajskub, Andy McQueen, Taso Alexander, Shaun Benson, Emily Coutts, Briony Glassco, Darren Keay. Fotografía: Steven Meizler. Música: Shane Carruth.
Steven Soderbergh, productor de esta serie “sugerida” a raíz de su película homónima de 2009, ha dicho en más de una ocasión que más que ante una serie estamos ante una película de seis horas y media, con lo cual no es extraño que Starz haya decidido acompañar al estreno televisivo con la difusión online de la temporada al completo, para el que prefiera verla así. Como episodio piloto, Entry tiene sus problemas, pero pensado como parte de esa lógica de película larga, quizá sea mejor de lo que parece a primera vista. Dedica sus 27 minutos de metraje a introducir sin hacer excesivos énfasis al personaje de Christine, estudiante de derecho en plenas prácticas y con la clara ambición de trabajar para los mejores. Tanto su nombre como su pseudónimo, Chelsea, nos recuerdan al personaje de la película al que dio vida con eficacia Sasha Grey, pero ahí acaban las conexiones. Lo que los creadores y directores Amy Seimetz y Lodge Kerrigan están haciendo es esencialmente lo que la gente esperaba que Soderbergh hiciera y no hizo: explorar el mundo de la chicas de compañía de lujo, aquéllas capaces de embolsarse miles de dólares por dar sexo y compañía a hombres pudientes, esa “experiencia de tener novia” a la que alude el título.
Antes de llegar a ser Chelsea, Christine verá cómo su mejor amiga Avery disfruta de esos lujos, un claro contraste con su vida llena de prisas y autoexigencia. Una escena con un ligue de bar basta para establecer su relación con el sexo, y la descripción de una vida puramente americana (ese no parar, querer tenerlo todo, agradecer la competencia, querer distinguirse enseguida) que se enfatiza más en la etapa de la veintena, donde además uno se cree indestructible. El tono elegido para contar esto es frío, helado, puede que demasiado, y busca establecer distancia con las aristas más inflamables y sustraer el componente moral (¿en realidad moralista?, una pregunta interesante que hacerse cada uno) de la realidad que cuenta. Aunque el tiempo está bien aprovechado y los puntos principales de la historia presentados con naturalidad, no pasan cosas lo suficientemente interesantes como para querer volver a los 12 episodios restantes de entrada. Si se hace, y este crítico lo hará, es porque existe fe en los responsables de la propuesta y porque Riley Keough apunta maneras de interpretación sobresaliente. La música la firma el talentoso Shane Carruth, aunque parece venir de Cliff Martínez –quizá un prejuicio por la firma productora de Soderbergh–, lo cual no es un cumplido para Carruth, aunque la melodía sea buena. Y es que está todo ahí, todos los elementos necesarios para enganchar a la audiencia y una apuesta visual más cinematográfica que televisiva, pero la realidad es que de una vez no lo logra, que no basta con este primer episodio para sucumbir a los encantos. Hay potencial, eso seguro, y la libertad que da la cadena para trabajar asegura que la serie tendrá su propia entidad como proyecto, fuera de excesivos controles de contenido o guión. ¿Será entonces The girlfriend experience un plato de lenta cocción o una dolorosa decepción? Sólo el tiempo lo dirá, por lo que lo único que queda entonces por hacer es seguir viéndola. [65/100]
Showtime | EE.UU, 2016. Director: Neil Burger. Guión: Brian Koppelman & David Levien & Andrew Ross Sorkin. Reparto: Paul Giamatti, Damian Lewis, Maggie Siff, Malin Åkerman, Toby Leonard Moore, David Costabile, Condola Rashad, Jeffrey DeMunn, Terry Kinney, Glenn Fleshler, Stephen Kunken, Nathan Darrow, Arthur Nascarella, Deborah Rush, Melissa Errico, Danny Mastrogiorgio, Robert LuPone, Christopher Paul Richards, Jack Gore, Daniel K. Isaac, Kelly AuCoin, Ivan Martin, Jerry O'Connell. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Eskmo.
Con su estreno el pasado domingo 17 de enero, Billions se ha convertido en el arranque más exitoso de la historia de Showtime, y no podemos decir que nos extrañe. No hace daño tampoco que vaya acompañada de Shameless (2011-), uno de los mayores y continuados éxitos de la cadena, pero también se debe a que es una combinación difícil de resistir de entrada, al menos para el seriéfilo de pro. A saber, una serie que mira con lupa la vida del 1% escandalosamente rico en Norteamérica y los esfuerzos de un poderoso fiscal para enjuiciar a un multimillonario. Un cuarteto protagonista con tirón (con Damian Lewis y Maggie Siff viniendo de sus respectivos éxitos catódicos, el nominado al Óscar y excelente actor Paul Giamatti debutando en una ficción semanal y la popular Malin Akerman mostrándonos sus artes de actriz dramática) y la promesa de un duelo de titanes que, de entrada, no decepciona. Pero hasta llegar al choque propiamente dicho, casi al final de estos cargados 59 minutos, los creadores Brian Koppelman, David Levien (popular dúo cinematográfico) y Andrew Ross Sorkin –periodista experto en economía que ha documentado la crisis financiera en forma de libro– han preparado bien el terreno, explicando poco a poco un mundo que para muchos, este crítico el primero, resulta de lo más críptico. La acusación que el fiscal Chuck Rhodes podría lanzar contra el empresario Bobby Axelrod es la de tráfico de información privilegiada, algo difícil de probar porque supone seguir el dinero en un conglomerado empresarial que siempre suele ser complejo. Por tanto, la entrada en el asunto para el espectador es la de contemplar el factor humano, los hogares y entornos profesionales de Rhodes y Axelrod, ayudándonos a comprender el ansia de más poder y notoriedad de unas figuras que no van escasas de ninguna de estas cosas.
La serie arranca como solo una serie de Showtime puede, y aunque no vamos a desvelar exactamente qué sucede, basta con decir que no solo es algo hecho para buscar la imagen impactante, sino para informarnos desde ya sobre los personajes (amén de formar un círculo perfecto con el final del capítulo) y sus dinámicas. Desde ese momento, no pararán de sucederse eventos, uno tras otro con una banda sonora del grupo Eskmo que habla sin palabras de una situación tensa, un mundo tenso. Los guionistas usan el metraje de manera expeditiva, y no están tan preocupados de introducir a los personajes y sus tramas durante todo el metraje sino de que la historia empiece a crecer como la bola de nieve que parece va a ser. Estamos en el universo del riesgo, donde las posiciones aseguradas parecen estar todas a un mínimo toque de derrumbarse. Antes de centrar el conflicto en estos dos hombres, se toma la inteligente decisión de mostrarnos a Chuck en su más despiadado momento –esa reunión con un imputado– y a Bobby como perfecto e inteligente tiburón de los negocios. Y de la vida. Ellas, por su parte, tienen por el momento menos tiempo para definirse, aunque cada una cuenta con un momento memorable para que sepamos que son igualmente potentes como personajes.Es verdad que hay algo de rutina y de exposición del argumento para el espectador medio en algunas partes (Bobby y sus hijos en concurso, Chuck en el estudio ante su padre), pero es que esto sigue siendo un piloto y hay que vender la serie, pero a la larga se perdonan porque, en comparación con el resto, esta introducción es más que interesante. Los posibles intereses cruzados entre las familias prometen un material de alta calidad, así como las cuestionables prácticas que el fiscal y el empresario puedan acometer bajo la mesa. Una partida de ajedrez entre dos grandes, y una visión de las altas esferas y sus entornos (prensa, negocios locales, altruismo) que suena a verdad inyectada de esteroides. Billions parece una combinación perfecta, o al menos da lo suficiente como para propiciar el regreso para el segundo episodio. [80/100]
USA Network | EE.UU, 2016. Director: Juan José Campanella. Guión: Ryan J. Condal, basado en una historia de Carlton Cuse & Ryan J. Condal. Reparto: Josh Holloway, Sarah Wayne Callies, Peter Jacobson, Amanda Righetti, Tory Kittles, Isabella Crovetti-Cramp, Charles Baker, Paul Guilfoyle, Jason Butler Harner, Deidrie Henry, Gonzalo Menendez, Jacob Vargas. Fotografía: Checco Varese. Música: Clinton Shorter.
Parece que Carlton Cuse le ha cogido el gusto a ofrecernos su particular visión de algunas de las tendencias más acuciadas de la televisión reciente. Tras el fin de Perdidos (2004-2010), el guionista ha recontextualizado y llevado al presente el argumento de una película famosa –Bates Motel (2013) de la impecable Psicosis (Psycho, 1960, Alfred Hitchcock–, ha ayudado a Guillermo del Toro & Chuck Hogan a adaptar su trilogía literaria sobre vampiros en The Strain (2014-) y realizó, sin éxito, un remake USA de la serie francesa Les revenants (2012-), llamada The Returned (2015). Ahora, y sin dejar de trabajar en las dos primeras series nombradas, Cuse se ha aliado al joven Ryan J. Condal para tratar el manido argumento de la invasión alienígena, y como suele lograr su idea es bastante interesante. La mejor decisión que se toma, de entrada, es no mostrar a ninguna criatura extraterrestre en estos vibrantes 50 minutos. Están en el cielo, como presencia amenazante, y lo aterrador es comprobar la cantidad de humanos que se han adaptado a vivir según las reglas de la invasión, cosa que en realidad no tardaría en suceder. Con eso, con la realista respuesta a algo tan complicado de creer, juegan los responsables durante todo el episodio, dosificando la información y jugando sabiamente con las expectativas de la audiencia, que como siempre se hace varias cábalas por minuto buscando poner en orden lo que vas aprendiendo de los personajes y sus relaciones.
La historia arranca cuando empieza el día de la familia Bowman, una rutina que no parece nada destacable (se quieren, disfrutan de la compañía del otro), pero desde que el padre sale por la puerta y se dirige al trabajo, notamos que algo falla. Estamos en una sociedad tensa, donde la gente mira por encima del hombro y la policía ejerce su poder con inusual descaro. Para cuando llegue el cliffhanger que despide el capítulo, sabremos muchas cosas más. Los responsables de Colony saben que no hay nada especialmente novedoso en la historia que están contando, así que son inteligentes y enfocan sus energías en hacer que el déjà vu no se enfatice demasiado. Por eso, aunque ya estén claros los buenos y los malos, los elementos a batir y el tortuoso camino del héroe con un objetivo claro, el interés no decae nunca en todo el metraje. Ayudan las eficaces interpretaciones de un elenco notable y también la creación de momentos climáticos y más o menos inesperados (ese cliffhanger al que ya hemos aludido, el escondiste bajo el camión).
Hay una Resistencia que se opone con violencia a la gente del espacio, hay unos representantes humanos de los alienígenas en la Tierra que se manifiesta como una esfera de afortunados ricachones, y hay un ejército policial que ejecuta con brutalidad el trabajo asignado, sin plantearse las cosas dos veces. En medio, por supuesto, el factor humano, con este núcleo familiar que nos lleva por las diferentes maneras en que la invasión ha afectado a la sociedad (escasez de alimentos y medicación, limitaciones profesionales, miedo constante a ser llevado) de manera rutinaria pero no muy evidente, hasta formar la presentación de entrada a este nuevo universo en el que nos vamos a mover durante nueve entregas más. Al timón, el oscarizado cineasta argentino Juan José Campanella, que lleva años dirigiendo series en Hollywood y compaginándolo con su cine hispanoparlante, y que afronta su incursión en la ciencia ficción –más concretamente, en su variante realista– con tanta profesionalidad como falta de personalidad.Lo que nos puede hacer volver a Colony, es que sus responsables han sabido captar nuestra atención. Los motivos de la invasión, la noción compartida de los humanos de que no ésta no es permanente, el tenso doble juego que plantea el desenlace y la curiosidad por saber cómo ha cambiado el mundo son interrogantes lo suficientemente jugosos como para que apetezca ver al menos el segundo episodio. USA Network se encuentra en un momento muy dulce con el gran éxito de la extraordinaria Mr. Robot (2015-), lo cual se puede manifestar en apuestas más arriesgadas para una cadena que suele apostar sobre seguro. La serie que nos ocupa tiene potencial, así que solo quedar verla para comprobar si éste aflora o si ganan los convencionalismos. [75/100]
crítica de Fear the Walking Dead | Episodio piloto.
AMC | EE.UU, 2015. Director: Adam Davidson. Guión: Robert Kirkman & Dave Erickson. Reparto: Kim Dickens, Cliff Curtis, Frank Dillane, Alycia Debnam-Carey, Maestro Harrell, Keith Powers, Lincoln A. Castellanos, Elisabeth Rodríguez, Lorenzo James Henrie. Fotografía: Michael McDonough. Música: Paul Haslinger.
Cuesta acercarse a Fear the walking dead con la mirada limpia y sin tener en cuenta cuestiones que van más allá de la pura calidad de la serie. Este spin-off de The walking dead (2010-) retrocede en el tiempo hasta el estallido de la catástrofe que convierte a las personas en muertos en vida que comen carne humana y pasa a centrar la acción en la soleada ciudad de Los Ángeles y así en otro grupo de personajes, con una familia hecha de remiendos de dos familias como núcleo central alrededor del cual empezar a construir los conflictos. AMC confirma así su condición de cadena descaradamente preocupada por hacer caja –todas lo están, pero lo disimulan mejor– y ha debutado esta historia de acción paralela con bastante rápidez (empezó a tomar forma a mediados de diciembre del año pasado, tras meses y meses de rumores y preparación), teniendo lista la primera temporada de la serie, de seis entregas lista para que deje paso al estreno de la sexta de The walking dead. Que además tenga ya firmada una segunda temporada de 15 entregas hace pensar que AMC quiere tener el dominio zombi durante 31 domingos al año (con los 16 episodios habituales de la ficción originaria), y que la parte creativa de todo el asunto es la que más está sufriendo en este aspecto, aunque el resultado, todo hay que decirlo, es estupendo en última instancia.
Fear the walking dead lleva la firma de uno de los escritores de los cómics en que se basa la serie madre –y ocasional guionista de la misma– Robert Kirkman, y de Dave Erickson, que se curtió en la notable Hijos de la Anarquía (2008-2014) durante varias temporadas, lo cual se nota para bien en el tratamiento de unas relaciones nada complacientes. No asusta hincar el diente en un conflicto doloroso (la adicción del hijo mayor de una familia cuyo padre es en realidad un padrastro que no encaja con los jóvenes de la casa), lo cual habla bien de las intenciones de estos responsables. Pero está claro que su mera existencia la ha propiciado la lujuria por los índices de audiencia más altos posibles, como ya pasara con Breaking bad (2008-2013) y su brillante escisión Better Call Saul (2015). Una lujuria que se ha visto correspondida más allá de lo imaginable, firmando el mejor debut de la historia para una serie por cable y abriendo con éxito el camino a varios meses de programación zombie. De ahí emerge una de las grandes cuestiones, referente a si la nueva serie tiene alguna oportunidad de autonomía y éxito fuera del circuito fan. Está claro que a AMC eso poco le importa, pero este crítico no ve la serie madre y se encontró tenso, emocionado, intrigado y muy entretenido ante este enérgico arranque, 61 minutos que no pesan y que si acaso pecan de algo es de su propia autoconciencia de spin-off de The walking dead. Es decir, de ofrecer una sensación de anticipación sin dejar de jugar con las expectativas de la audiencia, como una gigantesca introducción que sabes va a terminar en puntos suspensivos.
Sin embargo, antes de llegar a esos puntos suspensivos –con zombie progresivamente demacrado– tenemos que empezar a tener sentimientos por los personajes, de ahí que su situación sea tan complicada de entrada y por separado veamos que funcionan con independencia y tienen su mundo propio. La música de Paul Haslinger, en especial los puntuales momentos donde la inquietud crece con unas notas melódicas, ayuda a crear el clima de extrañamiento que este producto de terror busca, describiendo la calma segundos antes de una tormenta cuyos primeros chispazos se van filtrando sabiamente por los guionistas. Todo pensado para funcionar como lo hace, un artefacto de partes bien pensadas que deja con ganas de más, aunque su ejecución es una decisión tan transparentemente tomada basándose en razones equivocadas que hay que destacarlas para entender mejor el mundo del espectáculo y su lógica interna, aunque lo dicho no pillará de nuevas a nadie. 80/100.
crítica a The Western Book of the Dead (2014) | Episodio piloto de la segunda temporada de True Detective.
HBO | EE.UU, 2015. Director: Justin Lin. Guión: Nic Pizzolatto. Reparto: Colin Farrell, Rachel McAdams, Taylor Kitsch, Kelly Reilly, Vince Vaugh, Ritchie Coster, David Morse, Christopher James Baker, Timothy V. Murphy, W. Earl Brown, James Frain, Michael Irby, Matt Battaglia, Leven Ranbim, Trevor Larcom, Afemo Omilami. Fotografía: Nigel Bluck. Música: T Bone Burnett.
Decir que las expectativas eran altas ante esta nueva encarnación de True detective es quedarse corto. La primera temporada de la creación de Nic Pizzolatto tuvo tal repercusión de crítica y público que hasta el propio novelista ha comentado en más de una ocasión que se encontraba en una situación complicada, aunque gratificante. Y tras más de un año de espera por fin ha llegado The Western Book of the Dead, una suerte de “episodio piloto” que presenta en nuevo caso y toda una galería de personajes a los que empezar a descifrar en su enigmático dolor. Otro quinteto central, aunque esta vez un auténtico quinteto protagonista y ninguna distinción entre personajes más o menos secundarios. Los detectives Ray Velcoro y Ani Bezzerides, el oficial en suspensión temporal Paul Woodrugh y el poderoso matrimonio de Frank y Jordan Semyon conectados con la misteriosa muerte de Ben Caspere, socio de Frank cuya desaparición investigaba Ray, que es encontrado por Paul y que por pura geografía está en territorio de Ani. Hasta llegar a ese punto climático donde los tres agentes de la ley comparten pantalla, Pizzolatto nos ha enseñado sus desastrosas vidas por separado, un clásico de su escritura. El ser humano que no puede vivir consigo mismo, con su pasado o con las elecciones que ha hecho. Y que adormece su mente con alcohol, drogas o ambas cosas. Durante gran parte del metraje, sabremos un poco más de las causas del comportamiento del trío, con ese flashback que a la vez ilustra la relación de Ray con Frank; la charla de Ani con su peculiar padre y las pistas sobre un turbio incidente que involucró y marcó (física y mentalmente) a Paul, y que le convierte en un temerario que disfruta de la situación límite.
Al ritmo de “Nevermind”, tema de Leonard Cohen que pone a tono a la audiencia desde el principio, arranca una cabecera que sigue el mismo patrón visual, y hasta se permite un par de juguetones momentos idénticos a la primera tanda. Un tono de rojo sangre para indicar que nos espera un viaje movidito, uno que de momento ya ha incluido unas cuantas agresiones y desencuentros personales. Los personajes presentados están metidos en intensos conflictos, y el guionista usa la clásica estrategia de informarnos sobre ellos a través de otros personajes (a veces hasta de manera muy evidente, como la charla entre Ani y su hermana Athena). Esta temporada trae también la novedad de usar varios directores para encargarse de los ocho capítulos, lo que probablemente juegue en su contra porque al eficaz trabajo de Justin Lin le seguirán el de otros profesionales competentes en nómina de HBO, pero que finalmente dejarán menos huella visual, algo a lo que también ayudará el cambio de director de fotografía. Entre las decisiones más acertadas, el asalto de Ray a un periodista que escribe sobre la corrupción en la ciudad de Vichi, apuntando directamente al mafioso Frank Seymon, con quien el personaje de Colin Farrell tiene una gran deuda y algo parecido a una amistad interesada. El inquietante gesto de un Ray encapuchado a la cámara y la subsecuente agresión fuera de campo logran que la rutinaria acción deje algo de poso.
HBO | EE.UU, 2015. Director: Jay Roach. Guión: Roberto Benabib & Kim Benabib. Reparto: Tim Robbins, Jack Black, Pablo Schreiber, Aasif Mandvi, Maribeth Monroe, Eric Ladin, Geoff Pierson, Esai Morales, Mimi Kennedy, Erick Avari, Ryan Cutrona, Mary Faber, John Larroquette, Iqbal Theba. Fotografía: J. Michael Muro. Música: David Robbins.
Con la excepción de algunos cromas y unos cazas del ejército digitales bastantes cuestionables, HBO no ha escatimado en ambición y talento a la hora de producir su nueva serie. Al chispeante guion de Roberto Benabib –que se curtió en excelencia durante las ocho temporadas de Weeds (2005-2012)– y su hermano el novelista Kim Benabib, la cadena le asignó a Jay Roach, que con las TV-Movies El recuento (Recount, 2008) y Game Change (2012) tocó el cielo crítico y amasó varios Emmys para el gigante de premium cable. En el reparto, dos actores de cine como Tim Robbins y Jack Black –que entraron además como productores– y el versátil Pablo Schreiber para dar vida al trío protagonista. El Secretario de Estados de Exteriores de los Estados Unidos, un agente de la CIA de muy bajo nivel y poco cerebro y un experto piloto de cazas que trafica con drogas para mantener a su familia. Sumemos un argumento con su parte de riesgo (hacer humor del conflicto de Oriente Medio requiere algo de valor) y la combinación es como mínimo interesante. El resultado final no es todo lo brillante que uno podría esperar, pero gusta lo suficiente como para seguir viendo The Brink, aunque solo sea porque el episodio se despide con un cliffhanger tras 30 minutos de narración.
Una narración, y este es uno de los aspectos más interesantes de esta comedia geopolítica, que funciona a tres bandas. Tres historias que se desarrollan sin cruzarse físicamente pero que están relacionadas de forma directa. Un esquizofrénico líder político que ha perdido las elecciones da un golpe de estado y amenaza directamente a Israel y por ende a Estados Unidos, a cuyos drones acusa de estar afectando a la biología reproductora de las mujeres y hombres de su país –un probable guiño a la paranoia de los fluidos afectados por el agua y la URSS de ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964)–. Nuestros protagonistas conectarán con el hecho desde la perspectiva del poder, la acción desde el mismo lugar y la servidumbre del que acata órdenes. Y con humor, con una sorna que afecta desde un secretario de estado en constante juerga sexual, alcohólica y con un vocabulario donde el “fuck” es frecuente (y que además es el más razonable al tratar de evitar una 3ª Guerra Mundial) hasta un empleado de la CIA que compra marihuana en Pakistán para ligar con embajadoras de otros países y un piloto que antes de salir a volar se traga un Xanax.
Es un tono de pura irreverencia, que fuerza en ocasiones las oportunidades para el chiste pero que a la postre resulta efectivo para desdramatizar los asuntos que trata. La disposición de Robbins para reírse de su imagen seria se une al habitual despliegue cómico de Black y la capacidad de Schreiber para dar credibilidad al papel que le caiga, y así lideran un mosaico de personajes con ganas de ser políticamente incorrectos y derribar tópicos a golpe de ocurrencia salvaje. The Brink tiene potencial de grandeza, y si los Benabib regulan mejor el tono de vodevil (esa pelea en plena noche paquistaní), quizá se logre la trascendencia que HBO busca en muchos de sus productos. Si no, pues al menos queda una serie con un bienvenido sentido del descaro y ganas de no salvar a nadie de sus cargas de vitriolo. 70/100.
TNT | EEUU, 2015. Director: Alex Graves. Guión: Rob Bragin. Reparto: Jennifer Beals, David Sutcliffe, Edi Gathegi, Caroline Kaplan, Matthew Modine, Joe Morton, Callum Blue, Annie Thurman, Ava Telek, Gabrielle Rose, Aaron Pearl, Chelah Horsdal, Daniel Jacobsen, Patricia Isaac. Fotografía: Thomas v. Kloss, Bernard Couture. Música: David Buckley.
La premisa de Proof es atractiva de entrada. Un multimillonario que ha conquistado varias fronteras imposibles contrata a una pragmática cirujana que perdió a su hijo hace un año y sufrió una experiencia cercana a la muerte en un tsunami asiático para que trate de encontrar pruebas sobre la vida (o su ausencia) después de la muerte. Bajo una nueva dirección ejecutiva, TNT está tratando de sacudir su imagen de canal de basic cable de inofensiva programación —en el transcurso de unos meses han cancelado Dallas (2012-2014), Fraklin y Bash (2010-2014) y Perception (2012-2015); y han dado luz verde o segundas temporadas a apuestas más arriesgadas y serializadas— y demostrar que lo de la extraordinaria Southland (2009-2013) no fue un espejismo. Quizá la propuesta de Rob Bragin se situé a medio camino entre ambas variantes, ya que se apunta al estudio de un caso por capítulo en medio de una trama general que se extenderá en nueve entregas más, pero en su arisco personaje protagonista (interpretado por la estupenda Jennifer Beals, actriz capaz de dar credibilidad a lo que le propongan) o la variante emotivo-misteriosa de su enigma central puede estar la clave de diferencia de esta serie. Una historia de médicos que quizá no lo sea tanto, o un dramón con el tema de la pérdida como centro que no tema entrar en lo agresivo de las consecuencias familiares de la misma.
Bajo la dirección de Alex Graves, director polifacético que se ha encargado de más de un piloto con éxito, Proof empieza y termina de manera circular, siguiendo a Carolyn en su sesión de footing diario por las calles de la ciudad, una manera de desconectar de la intensidad de su trabajo y mantener un cuerpo sano —algo que, según vemos a lo largo del episodio, le preocupa—. En medio de estas carreras sucederá la acción detonante, aquello que la lanza en una nueva trayectoria profesional y personal y que activará la investigación que da el motor dramático a la historia. Carolyn es con quien estamos como espectadores, y sentimos al resto de personajes a través de las interacciones con ella. Su jefe que entiende su brillantez y temperamento, su futuro ex-marido con quien comparte custodia y espacio de trabajo, y especialmente su hija, ante la que no sabe cómo estar relajada. Su comportamiento errático, bajo control por los pelos, es uno de los puntos más interesantes del personaje, en unos tiempos donde todavía existe la preocupación por el factor “agradable” de los personajes femeninos. Solo hay que ver cómo trata al joven doctor que ha decidido acoger bajo su tutela para darse cuenta de ello.
La investigación comienza al reunirse con el multimillonario Ivan Turing, y despierta el interés de la doctora al hacer seguimiento de uno de los casos y ser manipulada emocionalmente por Turing, con preguntas sobre su hijo muerto y su experiencia en Asia. El creador Rob Bragin plantea el dilema y a través del ejemplo de una niña cuyas experiencias en el otro lado convencen a sus padres, y hacen que también entre en la trama el último personaje protagonista de peso, un médium que escribe un libro sobre su labor y que puede ser un estafador o tener de verdad un don especial. Bragin no se posiciona, aunque el aura de misterio que crea desde la página y que domina la puesta en escena de la serie (con abundancia de un suave tono de azul) hace pensar que vamos a tratar con lo sobrenatural en más de una ocasión a lo largo de la tanda. Proof es un arranque como mínimo interesante, que apunta varios caminos argumentales y que tiene el suficiente empaque como para hacer que volvamos la semana que viene. Es una premisa ambiciosa, de eso no hay duda, y tiene su margen para el ridículo o lo rutinario, pero su dosis de riesgo merece al menos un poco de seguimiento, y su limpio acabado visual termina de redondear la invitación a quedarse. 70/100.
Showtime | EE.UU, 2015. Director: Ken Kwapis. Guión: Shalom Auslander. Reparto: Steve Coogan, Kathryn Hahn, Sawyer Shipman, Bradley Whitford, Carrie Preston, Andre Royo, Molly Price, Ellen Barkin, Nils Lawton, Tobias Segal, Hannah Hodson. Fotografía: Ben Kutchins. Música: Nathan Larson.
Shalom Auslander, creador de Happyish, tiene un par de cosas que decir sobre el estado del mundo actual. Y lo hace a través de sus personajes, tan molestos con el orden de las cosas que deben anestesiarse con marihuana y drogas con receta para pasar los días y bajar la cabeza ante el poder para mantener económicamente a sus familias. Personajes que clasifican a sus propios hijos entre “gilipollas” o “nenazas”, que ven malas intenciones en lo que otros llamarían la bondad de las personas y que ante todo dicen muchas palabrotas. Muchísimas. Tras ver su primer episodio, Happyish luce tan escasa de sutileza como sobrada de efectividad. No es difícil imaginar las razones por las que Showtime quisiera comprar la propuesta del guionista, y que atrajeron a un reparto de lo más eficaz para tratar de dar vida con humor a unas cuestiones humanas de lo más fundamentales. Y vitriolo. Cantidades ingentes de vitriolo que desbordan los 30 minutos de metraje, desde un arranque que se cuestiona una frase de la Constitución de los Estados Unidos hasta un final que revela la inherente cobardía de nuestro protagonista. Y es que Thom Payne (interpretado por un Steve Coogan perfecto para el papel) no sabe si es feliz. Él piensa que no, que es imposible que pueda serlo con un trabajo que no valora lo que él puede ofrecer; con una mujer a la que parece incapaz de satisfacer sexualmente y con un hijo que necesita espabilarse un poco para no ser maltratado por la vida. Pero su editora Dani Kirschenbloom –que pide una hamburguesa con todo para después quitarle una a una las capas– le dice que no podría ser más feliz, que su techo de la felicidad es bajo y por ello no puede aspirar a más.
Esta abrasiva comedia es ambiciosa, algo nunca malo mientras dicha ambición tenga una adecuada correspondencia en imágenes, y no esconde sus referentes de alta cultura. El mismo título del episodio es Starring Samuel Beckett, Albert Camus and Alois Alzheimer, que casi parece el principio de un chiste del genial Juan Carlos Ortega, y las reflexiones que hace Thom en su generosa voz en off a lo largo del piloto son sentencias muy articuladas sobre cuestiones existenciales, anclado todo en el veloz mundo de la publicidad en pleno 2015, ya sin el aura romántica de la extraordinaria Mad Men (2007-2015), diana de una de las bromas más crudas de Auslander. Y que el día después de que nuestro protagonista cumpla 44 años, la oficina en la que trabaja pasa a estar de manos de unos suecos veinteañeros con ganas de librar el mundo de los tecnófobos, un bloqueo de Twitter tras otro. El problema, el gran riesgo de Happyish, es que lo que dicen los personajes acaben siendo más consignas repetidas del manual del hombre airado moderno que una genuina manera de experimentar lo que están pasando. No es difícil negar la razón en lo que Thom y su mujer Lee escupen por la boca cada vez que la abren, pero quizá sea la manera facilona de Auslander de ganarse al respetable. ¿Cómo resistirse ante una serie con raciones de animación irreverente, donde hay elfos suicidas y elfas ancianas con ganas de sexo? Habrá que ver la temporada, compuesta de nueve entregas más, para comprobar si el drama cómico-existencialista del patriarca de los Payne tiene mordiente o si se queda en algo que ya hemos escuchado y visto en más de una ocasión. Lo que este notable arranque prueba es que la serie es divertida, ocurrente, políticamente incorrecta y pertinente en un momento como el actual, donde todo es una marca y ni siquiera lo sabemos, como bien dice el superior de Thom ante las imágenes de la tragedia de Charlie Hebbo. Si por fin aceptamos que todo es una marca, si nos dejamos llevar por la histérica e hiperveloz corriente del nuevo mundo, ¿seremos felices? Showtime y Shalom Auslander nos invitan a explorar la posibilidad, y este crítico acepta. 75/100.
Netflix | EE.UU, 2015. Director: Phil Abraham. Guión: Drew Goddard. Reparto: Charlie Cox, Elden Henson, Deborah Ann Woll, Toby Leonard Moore, Bob Gunton, Vincent D`Onofrio, John Patrick Hayden, Skylar Gaertner, Royce Johnson. Fotografía: Matthew J. Lloyd. Música: John Paesano.
Todavía escaldados por el recuerdo de la mediocre versión cinematográfica que Mark Steven Johnson dirigió en 2003, la gente de Marvel ha puesto en sabias manos la adaptación seriada del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett. El creador es Drew Goddard —guionista de Monstruoso (Matt Reeves, 2008) y co-guionista y director de La cabaña del bosque (2012—, amén de parte reseñable de varias series magníficas de la última década y media), que tras firmar los dos primeros episodios dejó la serie. Netflix, la entidad responsible junto a Marvel Studios y ABC, eligieron como sucesor a otro vástago de la “escuela Joss Whedon”, Steven S. DeKnight, que venía de crear y llevar con gran éxito Spartacus (2010-2013) en Starz. Daredevil es por tanto una pieza más dentro del engranaje Marvel, la tercera televisiva tras Agentes de SHIELD (2012-) y Agente Carter (2015-) pero no la última, ya que las series Jessica Jones y Luke Cage ya están en pleno proceso de producción. Merece ser dicho que la que nos ocupa y ésas dos últimas son series de Netflix, y las dos pioneras son de ABC. Mayor diferencia imposible, en presupuesto, libertad creativa, duración de temporadas o hasta duración de los episodios.
Goddard no pierde ni un segundo en contar los orígenes del héroe y su primera –al menos para nuestros ojos– misión como Daredevil. Antes de los créditos ya hemos visto las consecuencias inmediatas del accidente que le costó la vista al joven Matt Murdock, y cómo el adulto Matt Murdock (un más que correcto Charlie Cox) interviene en el encierro de un grupo de mujeres para propósitos oscuros. En la noche es uno, y durante el día es la mitad más atractiva de un destartalado dúo de recién licenciados en Derecho que toman como primera clienta a Karen Page —la estupenda Deborah Ann Woll, recién salida de True blood (2008-2014) y en otro registro—, aparente culpable de un crimen que no cometió. La resolución de ese caso y esporádicos vistazos a la dura infancia del protagonista se van a mezclar con una visión periférica de los males que azotan la ciudad. Personajes repetidos, villanos con potencial carismático y unas escenas de acción rodadas con la competencia esperada, enfatizando que la agilidad y fuerza de Matt es resultado del trabajo duro y horas de preparación física, y que las peleas duelen.
El creador establece desde el comienzo la sombra de la amenaza (del malvado más malo solo escuchamos la voz) y el alcance de lo implicados que están en distintas facetas –ese montaje musical que cierra el capítulo, el portátil retransmitiendo en directo lo que se dicen en la charla telefónica–, además de que sabemos que conocen la presencia de nuestro héroe. En 53 minutos bien utilizados veremos la combinación de humor y cinismo marca de la casa, la dicotomía en la que vive el personaje central como héroe con limitaciones y la creación de un ambiente lúgubre, mojado (hasta con pelea bajo la lluvia, lugar común por antonomasia) y frío, reflejo de un sitio donde no se puede confiar en nadie. El estar en Netflix permite pensar en ella como una serie adulta, con puntuales peajes que pagar pero maneras de perverir los tópicos. Daredevil es prometedora, no hace que pese el metraje y usa tramas ya clásicas, deuda de su inspiración del mundo del cómic. Sus responsables han demostrado que saben lo que se hacen, así que solo quedar comprobar, y gracias al modelo de difusión de la entidad lo podemos hacer ya, si la historia del superhéroe ciego es de las que se quedan en el recuerdo. 70/100.
FX | EE.UU, 2015. Director: Larry Charles. Guión: Ben Wexler & Matt Nix & Larry Charles & Billy Crystal. Reparto: Billy Crystal, Josh Gad, Stephnie Weir, Matt Oberg, Megan Ferguson, Denis O`Hare, Andrew Secunda, Steven Weber, Larry Charles. Fotografía: Anthony Hardwick.
FX ha sido muy astuta a la hora de poner en pie este apetecible proyecto, ya que ha ocultado lo más posible –algo milagroso en un momento como el actual, donde casi todo se filtra– el aspecto directamente meta de su nueva comedia. Basada en la serie sueca Ulveson & Herngren (2005), The Comedians se había vendido como la historia de un cómico consagrado que debía unir fuerzas profesionales con una estrella emergente, un contraste de generaciones que se las prometía muy divertida. Y tenemos eso, sí, pero lo que no sabíamos es que Billy Crystal y Josh Gad iban a entrar en un lúdico juego al interpretarse a sí mismos como parte de un programa de sketches para ¡FX!, dirigido –brevemente– por el célebre Larry Charles (guionista de Seinfeld (1989-1998) y director de las tres comedias americanos ideadas por Sacha Baron Cohen), que hace también de sí mismo. Charles es co-creador y director/productor de The Comedians, junto al propio Crystal, Ben Wexler y Matt Nix, todos con algún papel en este estupendo episodio piloto. Un trabajo que usa a conciencia sus 23 minutos para ponernos en situación, ya que la serie en sí es un falso documental sobre el proceso que lleva a Crystal a trabajar con Gad y poner en pie un programa donde el protagonismo tiene una proporción del 50%.
El capítulo va hacia delante y hacia detrás en el tiempo tres meses antes de la grabación del primer programa, cuando –empieza la ficción– FX se reunió con Crystal para decirle que solo iban a financiar la temporada de su programa de sketches “The Billy & Billy show” (el clip que se nos muestra es genial) si accedía a unirse con Gad frente a la cámara. Veremos su primera cena de negocios y la dinámica de celos y lucha territorial que cada uno trata de imponer, con ambos actores humillándose gustosamente. Es la marca del buen cómico, y el juego con dónde empieza la realidad y acaba el aspecto paródico, algo con que cuentan y explotan para provocar la risa. Pero la serie no solo se nutre de ellos, sino del circo alrededor del mundo del espectáculo, aquí centrado en ejecutivos que doran la píldora, agentes que cuentan medias verdades y, a tenor del hecho de que los intérpretes están fijos en la serie, jóvenes asistentes de las estrellas y el guionista jefe del programa, cuyo trabajo se prevee complicado para nuestro deleite.
Como en los mejores pilotos, la presentación de la historia no abarca todo el metraje sino que las subtramas ya comienzan y los resortes cómicos de lo que vamos a ver durante 12 capítulos más se empiezan a desplegar. El contraste entre generaciones de cómicos, el ego de las estrellas, la importancia del chiste frente a la gracieta barata, el ansia de ser el más gracioso (aquí Josh la pifia siempre porque se acaba pasando) y el humor incómodo como seña de identidad general, a tenor de lo visto en el capítulo y el personaje de Kristen, todo nervios y problemas de colon. El formato de falso documental permite jugar también con la doble perspectiva y el contraste a través del montaje (esas llamadas desde el coche a los agentes tras la cena), y también vemos directamente algunos hilarantes sketches de “The Billy & Josh show”. Está claro que The Comedians busca ante todo hacernos reír, ofrecer una vitriólica visión de la vida profesional en Los Ángeles y que no teme tocar temas espinosos, como el que introduce el personaje de Steven Weber como punto intermedio entre lo que Josh y Billy buscaban en el nuevo director/a del programa. Es una premisa muy jugosa, que promete mucho y que esperemos no se despeñe por el camino del autorretrato exagerado. 80/100.