Sangre negra
«Pozos de ambición» (2007), de Paul Thomas Anderson.
Estados Unidos, 2007. 158 minutos. Título original: There Will Be Blood. Director: Paul Thomas Anderson. Guion: Paul Thomas Anderson, basado en la novela de Upton Sinclair. Fotografía: Robert Elswit. Música: Jonny Greenwood. Productor: Paul Thomas Anderson, Daniel Lupi, Scott Rudin, Eric Schlosser, Joanne Sellar y David Williams. Edición: Dylan Tichenor. Diseño de producción: Jack Fisk. Dirección artística: David Crank. Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Kevin J. O'Connor, Ciarán Hinds, Russell Harvard, Dillon Freasier, Sydney McCallister, David Willis, David Warshofsky, Colton Woodward, Colleen Foy, Randall Carver, Paul F. Tompkins, James Downey, Hope Elizabeth Reeves, Coco Leigh, Charles Thomas Doyle, Hans Howes.
Muy raramente, los mediocres, predecibles y cansinos premios de la Academia de Hollywood se desvían de su norma y dan una agradable sorpresa al cinéfilo, al premiar una buena película en vez de a la producción que más réditos ha dado en taquilla. Incluso en casos así, empero, la motivación ulterior suele ser más política que artística, como lo demuestra la tendencia de las últimas ediciones, enfrentada, con motivos de sobra, a la Norteamérica de Trump. Por esa razón, uno llega hasta los extremos de sospechar que, si en la 80.ª ceremonia de los Oscars tuvo lugar el «milagro» de que se alzara con el más preciado galardón un grandísimo filme de autor como lo es
No es país para viejos (2007) de los hermanos Coen, ello fue debido en buena medida a que hubiera resultado de una ridiculez supina que la estatuilla le fuera arrebatada a
Pozos de ambición por títulos como
Expiación,
Juno o
Michael Clayton. ¿Y por qué afirmo que se le «arrebató» el premio de Mejor Película al cuarto largometraje de Paul Thomas Anderson? Sencillamente, porque no había ninguna cinta americana a su altura aquel año; es más, probablemente tardaremos en volver a ver en algún tiempo otra que logre alcanzarla. Con ello no estoy cuestionando ni el nivel medio de calidad de la producción cinematográfica de Estados Unidos ni los criterios de selección para la nominación de las obras que optan al galardón más importante de la industria (aunque, sí, dichos criterios sean fáciles de cuestionar); lo que pretendo es evidenciar la altura titánica de
Pozos de ambición, un hito del séptimo arte de las últimas décadas que ni siquiera su propio autor –uno de los mejores directores del mundo en activo– ha conseguido igualar con sus tres creaciones posteriores.
Porque
Pozos de ambición no es simplemente una película: es una experiencia inmersiva en la esencia misma del arte de filmar. Semejante afirmación puede sonar exagerada a bote pronto, pero precisamente la ambición de la pieza solo permite dos posturas ante ella: considerarla grandiosa o espantosa. Tengamos en cuenta que, ya desde el momento de su estreno, fue comparada con
Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles; y quizá algunos cantaban sus alabanzas teniendo en mente solo el hecho de que ambas son dos grandes epopeyas americanas que giran en torno a la figura de sendos magnates. Según esto, sin embargo, resulta imposible obviar que
Pozos de ambición también guarda notables puntos de contacto con
Gigante (1956) de George Stevens;
sensu stricto, más incluso, ya que se mueve en el universo del petróleo y, encima, las dos obras fueron rodadas en la misma localidad tejana, Marfa. Pero conviene señalar que las respectivas cintas de Welles y Anderson se encuentran hermanadas por su voluntad –y capacidad– de sacudir los adocenados códigos del cine de su tiempo y lugar, cosa que el efectivo melodrama de Stevens no pretende en ningún momento. Si a ello le sumamos la confesa influencia por parte de Anderson de
El tesoro de Sierra Madre (1948) de John Houston –misma codicia insana, mismo entorno natural hostil, misma economía expresiva–, tenemos tres de los cuatro pilares sobre los que se asienta la obra que analizamos, el último de los cuales, no por elíptico y sorprendente, resulta menos decisivo:
2001: Una odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick. Propuesta asimismo cargada de ambiciosa épica –bien es verdad que muy diferente a la que poseen los otros referentes citados–, parte del inicio de la humanidad para explicar su hipotético final. Y eso es algo que, en el fondo, igualmente hace Anderson, y además de forma bastante similar (volveré a ello más adelante), con la salvedad de que no lo aplica a toda la población de la Tierra desde una perspectiva metafísica, sino exclusivamente al sujeto americano desde una perspectiva sociológica. Por ello es
Pozos de ambición la gran película sobre los Estados Unidos del siglo XXI, que ataca de manera directa y feroz al mito fundacional sobre el que se sustenta el país amo del mundo desde que acabara la Primera Guerra Mundial, es decir, al sueño americano.
Desde luego, resulta una perogrullada señalar que abundan en la cinematografía de la nación de las barras y las estrellas los filmes que diseccionan con afán crítico la tan manida retórica sobre su carácter de «tierra de las oportunidades». El cine negro de los años 30 y 40 o buena parte de los trabajos de Scorsese y Coppola, así como la mayoría del cine independiente más crítico, por poner tres ejemplos muy reconocibles, inciden sobre el carácter de ilusoria fábula que es la letanía de que en Estados Unidos basta con esforzarse, tener talento y trabajar duro para alcanzar todas tus metas: un canto de sirenas que muchos incautos han seguido y en pos del cual se han estrellado fatalmente, pues convierte la excepción –los pocos que logran triunfar– en la norma. Pero
Pozos de ambición no describe el lado oscuro de ese sueño mediante la historia de aquellas personas que nunca logran acercarse a él o de las que sí lo hacen pero luego terminan por perderlo. No.
Pozos de ambición es una crónica, casi se diría que de manual, de la ascensión a lo más alto de la élite social de un don nadie. Sin caídas ni reveses; a base de trabajo arduo y constante, sin ser «hijo de» ni haber obtenido su fortuna de una herencia –como Charles Foster Kane– o desde el submundo criminal. Un modelo, en fin, del admiradísimo
self-made man que suscita auténtica idolatría en la cultura popular de EUA; pensemos, a la sazón, en nombres como Bill Gates, Steve Jobs o Mark Zuckerberg. No es por su capacidad innovadora que se les reverencia tantísimo en sus lares, sino por los millones que han amasado. El dinero siempre ha sido la principal fuente para granjearle admiración a alguien en América.