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    Mike Flanagan
    Mike Flanagan
    || Críticas | ★★★★☆
    La vida de Chuck
    Mike Flanagan
    El hombre que contenía multitudes


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: The Life of Chuck. Dirección: Mike Flanagan. Guion: Mike Flanagan (Historia: Stephen King). Producción: Mike Flanagan, Trevor Macy. Productoras: Intrepid Pictures, Red Room Pictures, QWGmire. Fotografía: Eben Bolter. Música: The Newton Brothers. Montaje: Mike Flanagan. Reparto: Tom Hiddleston, Jacob Tremblay, Benjamin Pajak, Cody Flanagan, Chiwetel Ejiofor, Karen Gillan, Mark Hamill, Mia Sara, Carl Lumbly, David Dastmalchian, Annalise Basso, The Pocket Queen, Heather Langerkamp, Harvey Guillén, Trinity Jo-Li Bliss, Matthew Lillard, Kate Siegel.

    Casi medio siglo después del estreno de Carrie (Brian De Palma, 1976), la primera adaptación cinematográfica de la obra de Stephen King, este continúa sirviendo de fuente inagotable de ideas para el cine y la televisión. Así lo demuestra este 2025 tan prolífico para el novelista de Maine. Antes de que desembarque en Max la esperadísima serie It: Bienvenidos a Derry, una precuela de las películas sobre el maligno payaso Pennywise, y, en menos de un mes, lleguen a las pantallas españolas La larga marcha –dirigida por Francis Lawrence y precedida de inmejorables críticas tras su estreno americano– y The Running Man, con la que Edgar Wright tratará de mejorar una historia ya llevada al celuloide en Perseguido (Paul Michael Glaser, 1987), con Arnold Schwarzenegger como estrella principal, se acaba de estrenar, con un año de retraso, La vida de Chuck, basada en una novela corta (poco más de 70 páginas) incluida en el libro recopilatorio If It Bleeds, de 2020. La dirige uno de los realizadores más potentes en el género de terror de la última década, el incombustible Mike Flanagan, quien ya había adaptado al maestro King, con muy buenos resultados, en El juego de Gerald (2017) y Doctor Sueño (2019), secuela de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) que, esta vez sí, contentó al exigente escritor. Pese a los nombres implicados en el proyecto (King y Flanagan), no hay que dejarse llevar a engaño, ya que La vida de Chuck está muy lejos de ser una película de terror, sino que pertenecería a ese tipo de títulos más sensibles y humanos surgidos de la pluma del autor –Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), La milla verde (Frank Darabont, 1999), Corazones en Atlántida (Scott Hicks, 2001), por poner algunos ejemplos–. Posiblemente, estemos ante una de las películas más ambiciosas de todas las que se hayan rodado sobre su amplia obra, dada la cantidad de temas trascendentales que trata de condensar en sus menos de dos horas de metraje.

    Flanagan arriesga (y mucho) poniendo en imágenes una fábula contada en tres actos, que tiene como protagonista a un tipo de lo más común, que responde al nombre de Charles Krantz. Lo hace, además, en orden inverso, empezando por los últimos instantes de vida del personaje –interpretado con maestría por Tom Hiddleston–, víctima de un tumor cerebral a la temprana edad de 39 años, y culminando con su infancia en casa de sus abuelos. El primer capítulo es, de los tres, el más enigmático, aquel en el que están más presentes los elementos fantásticos que solemos relacionar con Stephen King. Un magnífico Chiwetel Ejiofor interpreta en él a Marty, un profesor de preparatoria que asiste, desconcertado, a la inminencia del fin del mundo. Múltiples desastres naturales, suicidios en masa entre la población y la caída de internet, primero, y el resto de sistemas de comunicaciones, después –atención a la breve aparición de David Dastmalchian, quien se marca uno de los momentos más divertidos (tal vez la única concesión al humor) del filme–, parecen vaticinar que las horas de nuestro planeta están contadas y, en todas partes, aparecen misteriosos mensajes que agradecen a Chuck sus 39 años de vida. Este segmento, sostenido sobre las conversaciones que mantiene Marty con diferentes personajes que se cruzan en su camino hacia la casa de Felicia (Karen Gillan), hace gala de una melancolía que casa a la perfección con el paisaje apocalíptico presentado, culminando con una preciosa escena en la que la expareja presencia cómo las estrellas se van apagando en mitad de la noche. El segundo capítulo es el que tiene a Hiddleston como mayor reclamo, demostrando sus ya conocidas dotes como bailarín en otra escena que La vida de Chuck deja para la posteridad, con una adorable Annalise Basso como compañera de baile, al son de la música que sale de la batería de una artista callejera interpretada por Taylor Gordon, conocida artísticamente como The Pocket Queen. La alegría de vivir, de exprimir cada pequeño momento... esta vitalista versión de Krantz ilumina este segmento, que bebe de las coreografías de los grandes musicales clásicos de Hollywood, contrastando con un primer acto especialmente demoledor.

    El tercer capítulo, el de la infancia de Chuck, pese a ser el verdadero inicio de la historia, es el que traerá respuestas a los múltiples enigmas presentados a lo largo de la cinta. Presenta al protagonista después de haber perdido a sus padres en un accidente, por lo que pasa a vivir a casa de sus abuelos en una casa que esconde un gran misterio en una de sus habitaciones, cerrada con un candado. Este tramo de la historia resulta de lo más entrañable, gracias, sobre todo, a las cálidas actuaciones de un magnífico Mark Hamill y Mia Sara –la inolvidable princesa de Legend (Ridley Scott, 1985)– como los abuelos. Mientras el anciano trata de inculcar en su nieto la importancia de las matemáticas en la vida, su abuela, una jovial apasionada de las películas musicales, enseña al muchacho los placeres de la danza, algo que se convertirá en la auténtica vocación del muchacho. Una hermosa experiencia iniciática, tan amable como aquellas historias moralistas de Frank Capra, pero bañada de leves tintes sobrenaturales, marca de la casa, donde nuestro protagonista (interpretado por tres estupendos jóvenes) se enfrenta a la pérdida de seres queridos y a un incipiente primer amor, mientras va forjando su personalidad. Estamos ante una obra extraña e hipnótica a la vez, con la que su director abraza una madurez que le aleja, momentáneamente, de las historias de pesadilla a las que nos tenía acostumbrados, para convencernos de que cada individuo, por muy insignificante que parezca dentro del mundo, es especial, y que todas las experiencias adquiridas, instantes vividos o personas que ha conocido o inventado, conforman dentro de sí su propio universo. La frase "Yo contengo multitudes", salida del poema Canto a mí mismo, de Walt Whitman, es el mantra que se inculca Charles Krantz desde pequeño y termina dando sentido a una historia que habla de la vida y de la muerte con gran sensibilidad, pero sin caer en el sentimentalismo fácil. No es La vida de Chuck un dramón que busque a toda costa la lágrima del espectador, sino que la emoción fluye, de manera natural, de los temas que tan sabiamente se deslizan en sus profundas líneas de guion y a través de la belleza de muchas de sus imágenes. Tampoco es una obra perfecta, ya que abusa un poco del recurso de la voz en off del narrador (Nick Offerman) y el excéntrico cóctel de drama, musical y ciencia ficción apocalíptica, con trasfondo filosófico y existencialista, se le puede indigestar a más de un espectador que busque otro cuento de fantasmas de Stephen King. Pero quien se acerque a ella con la mente abierta y sea capaz de conectar con el corazón de su historia, vivirá una de las experiencias más reconfortantes y enriquecedoras del cine de 2025. ♦


    por José Martín León
    octubre 18, 2025

    Crítica | La vida de Chuck

    por José Martín León | octubre 18, 2025

    La liturgia de existir

    «MISA DE MEDIANOCHE» Y LAS SERIES DE MIKE FLANAGAN.

    De alguna manera, el cine nació con un gesto de terror. Es legendaria la reacción de los espectadores ante el pase de Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896) de los hermanos Lumière, que huyeron despavoridos de la sala, ante el temor de que el tren que veían acercarse en la pantalla les atropellara. Aunque sin duda hay mucho de exageración romántica en este hecho, habida cuenta de que no era en absoluto la primera proyección con público que se hacía de imágenes en movimiento, no es menos cierto que, dada la condición que entonces poseía el incipiente cinematógrafo entre un espectáculo de feria y una curiosidad científica, lo más probable es que los asistentes fueran personas de variopinta condición y, desde luego, en absoluto aficionados asiduos, con lo que no es descabellado que se produjera un pequeño alboroto entre algunos recién iniciados, magnificado luego por la prensa ―y los intereses publicitarios de los Lumière―, aparte, por supuesto, del paso del tiempo. Lo que, en cambio, no tiene nada de inventado es la no menos famosa opinión de Maksim Gorki tras asistir a una proyección cinematográfica:

    «Ayer estuve en el reino de las sombras. Si supierais hasta qué punto es aterrador… Allí no existe ni el sonido ni el color: todo, la tierra, los árboles, los hombres, el agua y el aire, todo tiene allí un color gris uniforme. En el cielo gris, rayos de sol grises; en los rostros grises, ojos grises. Y hasta las hojas de los árboles son grises como la ceniza: no es la vida, sino una sombra de vida. No es el movimiento, sino una sombra de movimiento, desprovista de sonido. [...] La visión es espeluznante, porque lo que se mueve son sombras, nada más que sombras. Encantamientos y fantasmas, los espíritus infernales que han sumido ciudades enteras en el sueño eterno acuden a la mente».


    Que un hombre culto como él incidiera en el espanto que le había producido ver una pieza de celuloide, redunda en ese elemento de anormalidad que Gorki señaló como tara del invento que hacía furor en Occidente, pero que de hecho evidenciaba su reacción psicológica ante una imitación, realista y no realista, del mundo. Dicho mecanismo de la psique, documentado por Freud, y antes que él, por Ernst Anton Jentsch en Hacia la psicología de lo Inquietante (1906), es la manifestación de una sensación de malestar, de desasosiego, que Jentsch explicó aplicándola a nuestra respuesta ante seres que no están ni vivos ni muertos, y en consecuencia solamente existentes en el ámbito literario; y por extensión, añadimos nosotros, en cualquier recreación ficcional. El pavor que sintió Gorki, paradójicamente, demuestra que su incomprensión del potencial creativo del cinematógrafo era en el fondo una intuición genial de la materia por excelencia del séptimo arte (el tiempo) y, por ende, «de cómo el cine está ligado al misterio, a un carácter fantasmal que encuentra múltiples formas de desarrollarse», tal y como señala el compañero Miguel Muñoz Garnica en su espléndido ensayo sobre el cine del siglo XXI.

    No es fortuito que los orígenes del cine narrativo estén ligados a lo fantástico, desde El hada de los repollos (1896) de Alice Guy hasta la obra de Georges Méliès, y llegando al hecho de que una de las cinematografías más potentes del período mudo, la germana, hiciera de la mitología, la ciencia ficción y el terror los vehículos por excelencia del lenguaje fílmico. Asociado, además, a las corrientes vanguardistas del momento, el cine alemán supo imbuirse del expresionismo y el surrealismo de otras artes, al descubrir el potencial del medio para la plasmación de lo onírico y lo inconsciente. De ahí que el doppelgänger, esa figura, de nuevo contradictoria ―nosotros y no nosotros―, se popularizara en la época, y resumiera en su condición de doble antinatural ese elemento aterrador en buena medida intrínseco a la experiencia cinematográfica. Ya lo decía Borges con su recurrente malestar ante los espejos: «Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro/paredes de la alcoba hay un espejo,/ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo».

    Y si cito los versos del escritor argentino es porque uno de los filmes más notables de Mike Flanagan, Oculus (2013), gira en torno, justamente, a un espejo mágico que destroza con sus malvadas ilusiones la vida de una familia. Esta cinta es la que puso en el punto de mira de la cinefilia de nicho al realizador de Salem, y teniendo cuenta la sucinta sinopsis que acabo de hacer, no es difícil imaginar que ya se hallaba en ella esa sutil combinación de lo sobrenatural ominoso con el drama intimista que ha hecho de Flanagan uno de los grandes maestros actuales del género de terror, junto con Ari Aster y Robert Eggers.

    por Elisenda N. Frisach
    diciembre 01, 2021

    La liturgia de existir: «Misa de medianoche» y las series de Mike Flanagan

    por Elisenda N. Frisach | diciembre 01, 2021

    Resplandor en la oscuridad

    Crítica ★★★★☆ de «Doctor Sueño», de Mike Flanagan.

    Estados Unidos. 2019. Título original: Doctor Sleep. Director: Mike Flanagan. Guion: Akiva Goldsman, Mike Flanagan (Novela: Stephen King). Productores: Jon Berg, Trevor Macy. Productoras: Warner Bros. / Intrepid Pictures / Vertigo Entertainment. Distribuida por Warner Bros. Fotografía: Michael Fimognari. Música: The Newton Brothers. Montaje: Mike Flanagan. Reparto: Ewan McGregor, Rebecca Ferguson, Kylieg Curran, Cliff Curtis, Emily Alyn Lind, Zahn McClarnon, Carel Struycken, Jacob Tremblay, Bruce Greenwood, Alex Essoe, Carl Lumbly, Catherine Parker, Selena Anduze, Chelsea Talmadge, Jocelin Donahue.

    Si hay un título en la Historia del Cine que defina en toda su complejidad lo difícil que puede ser realizar una buena adaptación cinematográfica a partir de una base literaria ese es, sin duda, El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Casi cuatro décadas después de su estreno, pocas voces se atreverían a poner en entredicho sus muchas virtudes como maravillosa obra de terror, instalada, por méritos propios, entre las mejores que ha dado el género. Ahora bien, los brillantes resultados de aquella película respondían más a la mano maestra de su perfeccionista director en una historia que hizo suya, alejándose considerablemente de lo que Stephen King quiso plasmar en su novela. Famosas son las terribles impresiones que el escritor siempre ha tenido sobre la que, paradójicamente, se convirtió en una de las mayores obras maestras cinematográficas que surgieron de su universo literario. Es uno de esos casos en que la personalidad del realizador detrás del proyecto es tan poderosa y única que prevalece sobre todo lo demás. El resplandor fue una película de Kubrick y así aprendimos a amarla los aficionados al género. Cuando en 2013, Stephen King nos regaló una secuela del libro, Doctor Sueño, todos supimos que esa nueva historia acabaría siendo plasmada, más pronto que tarde, en la gran pantalla, y el reto estaba en que se hiciese con el suficiente respeto al material original como para contentar al autor y, al mismo tiempo, guardase cierta conexión con lo ofrecido por Kubrick en la cinta protagonizada, hacha en mano, por un inmenso Jack Nicholson. Cuatro décadas se han necesitado para reconciliar a estos dos genios, cada uno en su ámbito profesional, y el responsable ha sido uno de esos directores que llevan unos años dando síntomas de que la genialidad, si bien aún no la había alcanzado, sí era algo que venía acariciando con cada nuevo trabajo. Oculus (2013) fue el título que hizo que todas las miradas se posaran en un Mike Flanagan que, posteriormente, consiguió hacer una secuela estimable de un producto tan anodino como Ouija (Stiles White, 2013); facturar una atractiva entrega de psicópatas acosadores en la inquietante Hush (2016) o crear, para Netflix, una de las series de terror más alabadas de los últimos tiempos, La maldición de Hill House (2018).

    No cabe duda de que la buena mano demostrada por Flanagan a la hora de confeccionar aquella adaptación televisiva de la novela de fantasmas de Shirley Jackson ha sido crucial para que se le confiara la dirección de Doctor Sueño. Casi tanto como los efectivos resultados obtenidos con El juego de Gerald (2017), su primera toma de contacto con una obra de Stephen King, también encomendada a la plataforma Netflix. Sea como fuere, la jugada ha salido redonda y esta nueva película del universo King puede medirse de igual a igual (e incluso superarla) con It: Capítulo 2 (Andy Muschietti, 2019) para disputarse el título de la mejor traslación al cine del autor en este año. La historia se sitúa tres décadas después de que el pequeño Danny Torrance y su madre, Wendy, consiguieran salir con vida de aquel fantasmagórico Hotel Overlook que terminó anulando la razón de su padre. Convertido en un adulto con problemas de alcoholismo, como forma de apagar sus poderes extraordinarios, conocidos como “resplandor”, trabaja en un hospital y ayuda a que pacientes terminales alcancen la paz necesaria para hacer su tránsito al más allá menos terrorífico. Ewan McGregor es el actor encargado de tomar el relevo de Danny Lloyd en el personaje de Danny Torrance, realizando una labor notable, que sabe transmitir de manera eficaz el miedo que siente hacia los fantasmas del pasado que continúan ahí, persiguiéndole, seducidos por esa luz poco frecuente que desprende. Doctor Sueño es un filme que tiene su línea narrativa propia, por lo que se puede disfrutar independientemente de lo vivido en El resplandor, aunque el visionado de aquella es fundamental para conocer mejor el alma de su personaje protagonista. Stephen King se ha marcado una secuela extraña y poco usual, abriendo una poderosa mitología que incluye a una suerte de comuna de viajeros paranormales que tratan de perpetuar sus existencias alimentándose del “resplandor” de niños que, como Danny, tienen dotes prodigiosas. Unos villanos, conocidos como el Nudo verdadero, que en la película de Flanagan están muy bien dibujados, sobre todo esa Rose la Chistera a la que Rebecca Ferguson consigue elevar a la altura de otras presencias desasosegantes del cine de terror como las del Hombre Alto de Phantasma (Don Coscarelli, 1979) o el reverendo Kane de Poltergeist 2: El otro lado (Brian Gibson, 1985). Sus escenas, acechando a sus indefensas víctimas infantiles con la ayuda de sus secuaces, son absolutamente perturbadoras y alcanzan, en ocasiones, unas cuotas de crueldad inauditas para una propuesta comercial de este tipo (el pasaje protagonizado por el pequeño Jacob Tremblay queda grabado para siempre en la retina).

    por José Martín León
    noviembre 03, 2019

    Crítica | Doctor Sueño

    por José Martín León | noviembre 03, 2019
    Ouija: Origin of Evil

    No profanar el sueño de los muertos

    crítica ★★★ de Ouija: El origen del mal (Ouija: Origin of Evil, Mike Flanagan, EE.UU., 2016).

    La posibilidad de comunicarse con las almas de personas fallecidas siempre ha sido un tema que ha apasionado al ser humano, llevando a grupos ocultistas, de procedencia europea, a arrasar con fuerza en Estados Unidos con sus prácticas espiritistas durante el siglo XIX. Aquellos tableros provistos de letras y números, con los que, supuestamente, se podía mantener conversaciones con los difuntos, pasaron a formar parte de numerosos hogares después de que Parker Brothers se hiciese con su patente en la década de los sesenta y comenzase a comercializarlos en tiendas como si de un juego preguntas y respuestas más se tratase. Pese a su entusiasta aceptación popular –más de dos millones de tablas vendidas solo en 1967–, la ouija siempre ha estado rodeada de polémica, tanto por frecuentes noticias en los periódicos sobre crímenes en los que sus autores aseguraban haber actuado bajo el control de la tabla; como por la visión peligrosa que de ella se daba en películas como El exorcista (William Friedklin, 1973) –Regan departía mediante el tablero con un tal capitán Howdy antes de ser poseída por una entidad diabólica– o Witchboard (Kevin Tenney, 1988), pequeño clásico de los videoclubs. Ouija (Styles White, 2014) ha sido uno de los últimos exponentes que con más explicitud se han acercado a la temática, y, si bien cosechó unas críticas nefastas, hizo que sus productores se frotaran las manos ante la rentabilidad de un producto que conquistó más de cien millones de dólares en las taquillas de todo el mundo, contando con un modesto presupuesto de cinco, circunstancia que aseguraba la continuidad de la franquicia, ya fuese a modo de secuela, precuela o reboot. Para esta segunda incursión, sus responsables –artífices de Paranormal Activity, Insidious o The Purge– han procurado enmendar los errores de la historia inaugural –un grupo de amigos que comenzaba a padecer una auténtica pesadilla después de tratar de ponerse en contacto con su amiga fallecida, a través de una tabla de ouija–, sentando en la silla de director a Mike Flanagan, uno de los nombres más respetado del género de los últimos años, gracias a Absentia (2011), Oculus: el espejo del mal (2013) o Hush (2016).

    Desde el primer momento, el realizador y Jeff Howard –su coguionista en varios de sus éxitos– demuestran su intención de desvincularse (casi) por completo de lo narrado en la anterior cinta, proponiendo una precuela ambientada en la misma casa de Los Ángeles que sirviera de escenario a aquella, durante los años 60, con una sociedad americana que tenía puestos sus ojos en el cercano instante en que el hombre pusiera su pie en la Luna. Allí encontramos al único personaje que repite del otro libreto, Lisa Zander –si en la primera Ouija era interpretada por la veterana Lin Shaye, aquí toma la pelirroja belleza de Annalise Baso en su etapa juvenil–, que sobrelleva como puede el reciente asesinato de su padre, en compañía de una madre, Alice, que se gana la vida estafando a pobres incautos que asisten a sus consultas convencidos de sus (inexistentes) poderes como vidente, y su hermana pequeña Doris. En un intento de adaptarse a las nuevas modas, la familia añade a sus montajes una de esas tablas de ouija que hacen furor entre los ciudadanos, sin imaginar que su mala utilización –existen tres reglas básicas que no se pueden romper: nunca jugar solo, jamás hacerlo en un cementerio y siempre hay que despedir al espíritu tras acabar la comunicación– provocará que una entidad maligna se apodere de Doris, por ser el miembro de la familia más débil y abierto al contacto con la dimensión de los muertos, abriendo una puerta con el más allá que será imposible de volver a cerrar. El filme de Flanagan, de entrada, tiene ese atractivo añadido de una conseguida ambientación de época –algo que tiene en común con las dos magníficas entregas de Expediente Warren, de James Wan–, respaldada por una esmerada labor de Michael Fimognari en la fotografía, que imprime a cada fotograma un llamativo colorismo entre sesentero y otoñal, y una dirección artística más que competente pese a las limitaciones propias de un presupuesto que no supera los 9 millones de dólares. Ouija: El origen del mal sabe tomarse su tiempo en la presentación de sus personajes, dibujándolos con detalle (y evidente cariño) y mostrándonos sus circunstancias, conflictos internos y complicadas relaciones existentes entre ellos, algo que beneficia mucho a la película a la hora de alcanzar una adecuada dimensión dramática que haga que el espectador empatice con sus personajes.

    por José Martín León
    noviembre 06, 2016

    Crítica | Ouija: El origen del mal

    por José Martín León | noviembre 06, 2016
    Oculus

    Reflejos del más allá

    crítica de Oculus | Mike Flanagan, 2013

    Mike Flanagan logró ganarse cierto crédito entre la crítica con su ópera prima, Absentia (2011), una pequeña cinta de terror en su vertiente de leyendas urbanas y extrañas desapariciones que acumuló un buen puñado de premios en su periplo por diferentes festivales de temática fantástica. La prueba de fuego le llega ahora con su segundo largometraje, Oculus (2013), con el que se juega su incipiente prestigio como nombre a tener en cuenta dentro del género del terror en años venideros. Para ello, Flanagan desentierra el punto de partida que le sirvió de base para su exitoso mediometraje Oculus: Chapter 3 - The Man with the Plan (2006): un misterioso espejo medieval provisto de poderes maléficos con los que destroza las vidas de sus sucesivos dueños. No es una mala idea, desde luego, aunque también es verdad que el tema de las presencias fantasmales que acechan a los vivos desde detrás de los espejos ha sido una constante ya explotada con anterioridad en obras tan interesantes como Reflejos (2008, Alexander Aja) –remake norteamericano de la surcoreana El otro lado del espejo (2003, Kim Seong-ho)–, la nunca suficientemente reivindicada Poltergeist III (1988, Gary Sherman) o, sin ir más lejos, el reciente estreno español Purgatorio (2014, Pau Teixidor). Sin embargo, siempre se agradece la llegada de un producto nuevo (pese a que beba de múltiples fuentes clásicas) en unos tiempos en que nos hemos malacostumbrado a la saturación de remakes de viejos éxitos (historias convenientemente pasadas por chapa y pintura para ser adaptadas a nuestros tiempos que, por lo general, acaban siendo más descafeinadas que las obras originales) o interminables entregas de franquicias incombustibles como Paranormal Activity (2007, Oren Peli) o Insidious (2010, James Wan).

    La historia de Oculus se desarrolla en dos líneas temporales diferentes, separadas por un espacio de once años, teniendo como escenario la misma casa y presentándose paralelamente los acontecimientos del presente con flashbacks que muestran lo que sucedió en el pasado. Tim es un muchacho que, al cumplir los 21 años, abandona el psiquiátrico donde fue recluido con solo 10, acusado del asesinato de sus padres. Su hermana Kaylie, con la que vivió aquella terrorífica experiencia siendo niños, le espera a su salida para ajustar cuentas con el verdadero culpable de tragedia: un antiguo espejo que se ha cobrado casi medio centenar de víctimas mortales a lo largo de los siglos y que la joven ha logrado recuperar por un corto espacio de tiempo en una subasta. Durante una interminable noche, los protagonistas se enfrentarán, en la misma casa donde quedaron huérfanos, a los horripilantes juegos psicológicos del espejo, en los que presente y pasado se mezclan con la intención de hacerles perder la razón. Con este sugestivo y muy interesante planteamiento, la segunda incursión en el largometraje de Flanagan se erige como una de las películas de terror más destacables de la cosecha de 2013. Estrenada con éxito en el Festival de Toronto, Oculus acierta de lleno a la hora de crear una atmósfera de pesadilla, con una buena dosificación de las apariciones fantasmales y un hábil montaje que consigue que el público menos atento no se pierda entre tanto salto temporal en la historia. Podría haber sido un filme más de tantos con casa encantada que ejerce su demoníaco influjo sobre las personas que la habitan –de hecho, es inevitable no recordar en algunos de sus momentos a clásicos como Terror en Amityville (1979, Stuart Rosenberg) o El resplandor (1980, Stanley Kubrick)–, pero la pericia del Flanagan guionista (en colaboración con Jeff Hoeard) transforma a esta obra en un retorcido y alucinógeno pasaje del terror en donde, agradablemente, hay más lugar para el escalofrío que para el gore (pese a alguna escena de fuerte impacto como la que tiene como protagonista a una bombilla).

    por José Martín León
    junio 01, 2014

    Crítica | Oculus

    por José Martín León | junio 01, 2014

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