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    Meritxell Colell
    Meritxell Colell
    || Críticas | D'A FILM FESTIVAL 2022 | ★★★☆☆ ½ |
    Dúo
    Meritxell Colell
    El fuego y la nieve


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 2022. Dirección: Meritxell Colell. Guion: Meritxell Colell. Producción: Paraïso Productions, Manufactura de Peliculas, Polar Star Films. Distribución en España: Atalante. Fotografía: Sol Lopatín. Montaje: Meritxell Colell, Ana Pfaff. Reparto: Mónica García, Gonzalo Cunill. Duración: 107 minutos.

    Después de un tiempo separados, Mónica (Mónica García) y Colate (Gonzalo Cunill) se reúnen para realizar un road trip por tierras andinas, en lo que se dibuja, también, como un reinicio para su relación. Juntos desde hace veinticinco años, aun con sus idas y venidas, la pareja de artistas recorre ahora pueblo tras pueblo en el norte de Argentina. Allá donde van son recibidos con enorme hospitalidad y fiestas, puesto que es tiempo de carnavales, y ellos a cambio ofrecen su propio arte. El viaje, así, también les sirve como una suerte de gira para interpretar su última pieza, a medio camino entre la obra de teatro, el espectáculo de danza contemporánea y el diario personal. Monólogos, movimiento y realidad se entremezclan mientras la pareja explora sus propias impresiones y sentimientos durante sus primeros encuentros, mirando un cuarto de siglo para atrás. Dúo es la continuación espiritual y narrativa de Con el viento (2018), debut de la cineasta catalana Meritxell Colell. Aunque pueden existir perfectamente la una al margen de la otra, así como pueden ser consumidas de forma individual, en este nuevo filme Colell recupera y retoma el camino vital del personaje de Mónica, esta vez en un entorno y circunstancias totalmente distintas a las del primer largometraje. En Con el viento, la emoción quedaba en familia, en ese triste y sensible retorno al pueblo, y el reencuentro con su madre, hermana y sobrina. En Dúo, el universo explorado es el de la vida en pareja.

    El tándem protagónico formado por Mónica y Colate son, claramente, lo central, el foco principal de la pieza. Aunque participen de la vida en los pueblos, descubriendo a su paso las historias de la gente local, participando de sus carnavales y tradiciones, aprendiendo nuevas formas de entender el día a día… todo ese vendaval de elementos externos a ellos dos son solamente el pretexto. En realidad, solo existen ellos dos. Ellos, bailando en la oscuridad con bolas de luz recorriéndoles el cuerpo, en la escena de baile más sinuosa e imponente de la película; ellos, en el coche, cantando Spinetta, riendo, discutiendo, callando; ellos, en una cama desconocida, los masajes, las lecturas, la distancia… Todo gesto e interacción es una pequeña tesela del gran mosaico que acaba componiendo Colell en Dúo. En su título, se referencia esa dupla que, sí, nos habla de la vida en pareja, de la dualidad entre el hombre y la mujer, e incluso del dueto artístico que conforman. Pero dicho dualismo acaba permeando, poco a poco y a lo largo de todo el filme, hasta los propios cimientos de su unión. La pasión, la ternura y el cariño, al ejercer la presión adecuada (o inadecuada, quizás, en este caso), no tardan en convertirse en fricción, reproche, frialdad. Y, sobre todo, en la enormemente temida incomprensión, que se alza entre ellos como un muro insondable.

    Meritxell Colell, sin embargo, no ahonda en los argumentos concretos, en los motivos de dicha brecha emocional. Los muestra, en cambio, en la forma en que colisionan y dejan de colisionar los cuerpos de los amantes. Los puntos de encuentro y desencuentro. Las miradas, que tanto pueden buscarse la una a la otra como, al siguiente instante, rehuirse. Porque, qué puede haber más doloroso de presenciar que la desaparición de unos gestos de afecto, presentes al inicio del filme. A medida que avanzan su camino conjunto, este parece separarlos emocionalmente. Qué mejor forma de ejemplificar esas desavenencias que haciendo que la cámara, que tan de cerca lo observa todo en Dúo (esos rostros, ese puro movimiento), deje de captar momentos de complicidad y conexión. Simplemente, han dejado de existir. La película se alimenta de contrastes, entre cortes bruscos de montajes, golpes de luz entre un plano y otro, claroscuros sonoros. Colisionando con el ajetreo de las fiestas, aparece la voz susurrada de Mónica, en unas intervenciones que muestran su fluir mental, pensamientos y sensaciones. Aunque no sepamos desde qué instante los realiza (¿son en presente?, ¿rememorando ese período de ruptura?), se erigen como fragmentos de pausa y liberación. Con ellos, la directora juega con las texturas de las imágenes, así como con aquello representado. Los elementos y el paisaje pasan a primer plano, para ofrecer un cambio de perspectiva a una historia que puede llegar a resultar claustrofóbica. La intensidad emotiva que rezuma la película puede ser, en momentos, arrolladora. Ese mismo apasionamiento, lamentablemente, acaba erosionando la relación protagonista. Cada cual representa una energía (fría ella, ardiente él) y al sacarlas a relucir, resultan elementos incompatibles. ⁜


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    septiembre 08, 2022

    Crítica | Dúo

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | septiembre 08, 2022

    Tras su ópera prima Con el viento (2018), Meritxell Colell estrena en cines Dúo, la historia de un viaje por Argentina que recupera a la protagonista de aquella película, interpretada por la actriz Mónica García.


    Entrevista a Meritxell Colell
    Texto de Rubén Seca | | Barcelona


    Has dicho que Dúo es una continuidad del personaje de Mónica en Con el viento, sobre su viaje de regreso a Argentina. ¿De dónde surge la necesidad de realizarla?

    Fue una doble necesidad. Por un lado, estaba el deseo de seguir trabajando con Mónica García y su personaje. En Con el viento experimentaba una transformación vital, y queríamos contar cómo de ahí surge una nueva crisis vital, una nueva búsqueda, un nuevo lugar en el mundo; y cómo el personaje de Mónica podía vivir y atravesar el cambio a través de un viaje (interior y exterior). Porque después de una experiencia profundamente transformadora, cuando uno regresa a su casa, a la que es su vida, todo es distinto. Sobre ese vértigo queríamos trabajar. Por otro, en 2006 un viaje que hice a las provincias de Salta y Jujuy me movió muchas cosas. Y cuando pensé en un posible viaje de Mónica en Argentina, me vino de una forma muy vívida el recuerdo de aquel 2006 y los carnavales que viví. Fue el deseo de volver a ese espacio, de reencontrarme con una cosmovisión tan distinta a la europea, el otro gran impulso de la película.

    El proyecto tuvo muy buena acogida en bastantes laboratorios en su proceso de desarrollo. ¿Cómo fue creciendo?

    En julio de 2017 escribí, de forma torrencial, una primera versión del guion. A partir de ahí, empezó un proceso de documentación y de intercambio de visiones con Mónica García y Gonzalo Cunill. Durante 2018 y 2019 realicé cinco viajes de investigación y localizaciones al norte de Chile y Argentina, buscando personas, conviviendo con comunidades y descubriendo espacios. En todos esos viajes llevaba una cámara Super 8mm con la que recogía impresiones cual diario. Tras cada viaje había una reescritura del guion a partir de lo que había vivido, para poder hacer más concreta, honesta y genuina la película. Para filmar me parece fundamental tener un conocimiento mínimo del territorio y las personas que lo habitan. Ya en 2020 viajamos con el equipo de producción en terreno y la directora de fotografía Sol Lopatín, para cerrar el recorrido antes del rodaje.

    Una historia íntima de dos personajes en otro continente. ¿Cómo fue la preparación de los personajes con ambos actores?

    El trabajo con Mónica García y con Gonzalo Cunill duró años. Después de una primera versión de guion en julio de 2017, empezó una correspondencia de 3 años con ambos, compartiendo tanto el guion como cuestiones relativas a la construcción del personaje a través de imágenes, canciones, situaciones y textos. Y fueron claves las dos residencias artísticas que compartimos. Allí desarrollamos el dúo que escenifican y, a su vez, construimos los personajes y la relación de pareja desde los cuerpos, desde la piel, lo que generó una gran intimidad, un conocimiento del cuerpo del otro y una memoria imposible de conseguir con la palabra. La obra habla de la propia relación de pareja y, poder construir una obra escénica con los actores fue apasionante: por un lado, nos permitió encontrar a los personajes desde el proceso creativo y, por otro, construir la relación de pareja poniendo en juego tanto la química de los cuerpos como todo lo que surge en un proceso creativo compartido (egos, frustraciones, deseos…). En un mes de trabajo surgió entre ellos la intensidad y complejidad de una relación de pareja de años. Cuando terminamos, habían construido una suerte de interacción parecida a un matrimonio.

    ¿Y el trabajo en rodaje con los actores?

    Una clave fue elegir el plano secuencia para todas las escenas. Dejar que los actores pudieran recorrer el arco de los personajes entero, como en escénicas, dejando espacios para sentir y recorrer los estados físicos y emocionales en presente, sin interrupciones. En este sentido, planteamos una cámara física, a disposición de los actores, siempre cerca de ellos (respetando su punto de vista). Una cámara que se adapta a los actores y no impone la mirada de forma preestablecida, de forma que Mónica García y Gonzalo Cunill pudieran encontrar su lugar en el espacio, recorrerlo de forma orgánica, para después instalar la cámara. En este sentido, a lo largo de la película, hay escenas que parten de la realidad y escenas más ficcionadas. En las escenas de rituales, carnavales y contacto con las comunidades, los actores se adaptaban a la situación, reaccionando a lo que acontecía. Y en las escenas de personajes, construíamos primero la interacción en puestas en movimiento para después poder rodarlas sin interrupciones.
    La danza es la herramienta principal. Una cámara en mano cercana e íntima que danza con los personajes. ¿Qué querías conseguir con esto?

    Queríamos rodar la danza desde dentro, desde el punto de vista de los personajes, de forma que el espectador pudiera compartir con ellos las sensación de estar bailando con ellos, compartiendo la fisicidad de los cuerpos. Queríamos abordar la danza desde la sensación, desde el cuerpo, alejándonos de la idea de representación o de ilustración de un espectáculo para centrarnos en las sensaciones.

    ¿Fue un rodaje difícil?

    Toda la película fue un viaje complejo, tanto en términos de producción y organización como a nivel creativo. Por suerte, en la provincia de Jujuy, las comunidades originarias siguen organizadas de forma asamblearia y las decisiones se toman colectivamente. Si una persona no está de acuerdo con un proyecto o propuesta, entonces no se hace. Así sucedió en la primera comunidad. Y eso nos llevó a replantear todo el rodaje y a reescribir el guion, trabajando tan solo con las familias que deseaban participar. Como en cualquier ficción abierta, el guion es solo papel. Y, gracias a la forma de viaje de la película, filmada de forma cronológica, fuimos reescribiendo a partir de la realidad con la que nos encontrábamos. Laura Arrom, la ayudante de dirección, hizo un trabajo titánico para ir reelaborando una y otra vez el plan de rodaje. Por otro lado, al ser lugares remotos, suponía todo un reto para producción encontrar las formas de hacer viable, a la vez, el viaje y el rodaje. Se le suma que la furgoneta de acción (“La Cepi”) era una furgoneta vieja que tenía que afrontar subidas y bajadas, rutas llenas de baches, huecos, ríos… Por suerte íbamos con un gran mecánico conocedor de todos los secretos del auto y logramos realizar todo el viaje con ella. Pero la mayor dificultad fue la pandemia. Al llegar a San Antonio de los Baños para entrar al desierto, nos dijeron que estaba cerrado. Y tras dos días esperando encontrar la posibilidad de cruzarlo, nos alertaron de que Argentina estaba a punto de entrar en cuarentena y ahí decidimos interrumpir el viaje. En 48 horas, los productores consiguieron que todo el equipo regresara a su hogar.

    El Super 8mm sirve para expresar las emociones de la protagonista. ¿Cómo surgió esta idea?

    Estaba desde el inicio del proyecto, desde la primera escritura. Pero se fue transformando a lo largo del proceso. Siempre he amado el Super 8mm, su textura, su color, su formato ligero. En un principio, estaba escrito como una suerte de carta desde el futuro, donde Mónica escribía a Colate una vez separados desde la estancia donde se había quedado tras el viaje con él. Así que en julio de 2018 realizamos un primer viaje junto a Julián Elizalde (quien iba a ser el director de fotografía de la película) y fuimos captando instantes, cual fulgores, que deseábamos filmar. Y entre 2018 y 2019 realicé cuatro viajes más gracias a la apuesta de producción, a solas (como el personaje de Mónica), con la cámara. Eso generó una intimidad con las personas retratadas muy difícil de encontrar en un rodaje con equipo. Y así el Super 8mm fue cobrando más y más fuerza. Y cuando llegó el momento de editar, nos dimos cuenta de la dimensión íntima que aportaba a la historia.

    ¿Cómo fue el trabajo de montaje junto a Ana Pfaff?

    Con la pandemia nos quedamos a la mitad del rodaje previsto y, al regresar, me encerré (como todos). Pero en mi caso, me acompañó el material de la película. Tras un visionado compartido a distancia con Ana, armé un primer ensamble a partir del cual empezamos a montar. Al ver ese primer montaje de casi tres horas, Ana enseguida dijo que la gran suerte que teníamos era que la película cerraba un arco de los personajes. Pero en ese momento, aún pensábamos que íbamos a poder retomar el rodaje, primero en Chile, después en Buenos Aires. Así que ese junio cerramos un primer montaje. Cuando nos dimos cuenta de que no sería posible, volví a encerrarme para pensar qué había en aquel material y cómo se podría reescribir la película desde el montaje. Tras un tiempo montando a solas, volvimos a juntarnos con Ana para revisar la nueva estructura y seguimos trabajando en ella. Y también, y sobre todo, nos centramos en ver cómo la voz de Mónica podía acompañar el Super 8mm. Y ahí fue cuando nos decantamos hacia un doble viaje en donde el Super 8mm era un espacio atemporal, un suerte de espacio interior o refugio donde Mónica encontraba el silencio para poder pensar, soñar, desear, recordar.

    La película arrastra reminiscencias de Con el viento en varias ocasiones, casi a modo de brisas cinematográficas de conversación. ¿Esta idea estuvo siempre presente?

    Es muy bonito como describes el diálogo entre ambas películas a modo de brisa. De hecho, para nosotras Dúo está atravesada por remolinos y ráfagas de viento que traen consigo recuerdos, sensaciones, cual reminiscencias. Y si bien siempre tuvimos presente vincular las dos películas, fue en el montaje donde Con el viento cobró la fuerza que tiene ahora gracias al Super 8mm y a un trabajo con el texto de la voz en off mucho más vinculado a la vivencia de Mónica en el pueblo. Fue entonces cuando sentimos la necesidad de visibilizar (a través de la imagen, el sonido y la palabra) ese viaje interior de Mónica que va de los Andes a la aldea de Burgos, de las mujeres del altiplano a su madre y a su abuela, del viaje en pareja al viaje a la infancia, a una casa a la que no puede volver. De alguna forma, a través de las conexiones con Con el viento, pudimos hablar del cuestionamiento vital de Mónica que va mucho más allá de la crisis de pareja, de su relación con la danza. Es una crisis de identidad: quién es, qué quiere, cuál es su lugar en el mundo.

    por Rubén Seca
    septiembre 08, 2022

    Entrevista a Meritxell Colell, directora de «Dúo»

    por Rubén Seca | septiembre 08, 2022

    La proximidad de una carta

    Crítica ★★★☆☆ de «Transoceánicas», de Meritxell Colell y Lucía Vassallo.

    🇪🇸 España, 2020. Dirección y guion: Meritxell Colell, Lucía Vassallo. Productores: Serrana Torres, Nathalie Trafford, Nicolás Münzel Camaño, Facundo Escudero Salinas, Meritxell Colell. Productora delegada y ejecutiva: Serrana Torres. Música original: Anahit Simonian. Montaje: Meritxell Colell. Diseño de sonido: Verónica Font. Etalonaje: Aline Biz. Mezclas: Leo Dolganc. Compañías productoras: Intropía Media, Hellish, Pensilvania Films. Duración: 118 minutos.

    La carta, ese objeto del deseo aplazado en el que se reflejaba un estado de ánimo en un momento concreto, como una fotografía, y que cuando era depositada en un buzón se transformaba en pasado, provocando una expectativa de respuesta que, cuando llegaba, si llegaba, podía hablar de lo que ya había sido borrado por el tiempo; ese objeto, la carta, que ya no existe. Me contaba un cineasta, de enorme prestigio mundial, su idea para una película basada en la espera de esas respuestas en una época donde no había otra forma de comunicarse y donde el tiempo, pese a vivirse mucho menos, se conjugaba de manera más paciente. Ahora la carta ha desaparecido, esa carta contenedora de deseos, de secretos, de confidencias. Al menos la carta como objeto, no la comunicación, transformada en necesaria inmediatez provocada por la tecnología. Del mismo modo que el cine no ha desaparecido y está tan vivo como siempre, la carta ha cambiado. Si las salas de exhibición se han sustituido por nuestras pequeñas pantallas caseras, y más que lo serán, la carta ha desaparecido por culpa del objeto digital y la inmediatez. Perezosos y cómodos como somos, el papel y el bolígrafo pertenecen a un mundo que se ha dejado atrás, borrados por un teclado, una pantalla y un botón de envío. La carta no podía recuperarse una vez introducida en el buzón, ahora, para indecisos o arrepentidos, el sistema te permite durante unos segundos recuperar lo lanzado a la red y evitar un bochorno innecesario. Ya no sólo queremos saber que el destinatario ha recibido en el momento nuestro pensamiento, sino que exigimos la respuesta inmediata. La liturgia de la carta y la espera ha desaparecido, el mundo se ha convertido en una exigencia instantánea de conexión con intermediario digital.

    No deja de ser una buena noticia que dos amigas se escriban (este año ha habido varios ejemplos y no podemos «culpar» todavía al encierro del confinamiento porque la idea es previa a nuestra actual pesadilla, hay que recordar las Correspondencias de Carla Simón y Dominga Sotomayor, A media voz de Heidi Hassan y Patricia Pérez, las de Piñeiro y Llinás, las de Rita Azevedo) y que lo hagan en forma de cine pero como si fueran cartas del pasado que pueden tardar días en llegar y meses en ser contestadas. Hace no muchos años disfrutamos de ese cruce de ingenio en forma de postales audiovisuales, Guerín y Mekas, Erice y Kiarostami, Lacuesta y Kawase, Rosales y Bing, pero en ese caso se trataba de obras donde, conociéndose los autores, no podría decirse que existiera amistad en el concepto más íntimo del término. Aquí sí, en Transoceánicas lo que se desborda en la pantalla es la amistad interrumpida por la distancia entre dos mujeres cuyas vidas se separan de forma radical por la interposición de todo un océano, una lejanía que marca horarios incompatibles entre la una y la otra; dos vidas muy unidas que comienzan a distanciarse y a desarrollarse por separado después de compartir mucho tiempo juntas. La carta se convierte en una manera de contacto, de simulación de esa cercanía física perdida y que el tiempo y la separación van dejando cada vez más postergada.

    Ni a modo de diario ni a modo de resumen, cuando Vassallo y Colell deciden dar forma cinematográfica a sus encuentros visuales lo hacen desde la necesidad de expresar sentimientos que cada una conoce de la otra, no se trata de la conversación frívola y del cotilleo de los conocidos, sino de mostrar en imágenes lo que el corazón sigue sintiendo en el día a día. No hay un calendario, ni un esquema definido, ni un contarse de manera exhaustiva lo que sucede minuto a minuto. Lo que se logra es el intento de dar forma de cine a algo que no deja de colocarse en la esfera de la intimidad más absoluta, de aquello que, interesando solamente a las destinatarias de las cartas, consigue romper el muro de lo individual para atraer al colectivo. Hay indudable poesía en las imágenes y comentarios de las cineastas, pero no hablo de la del recitado versificado, sino la de la recogida de sentimientos en la sombra de un árbol contra una pared, en el contraluz de una ventana donde el aire mueve una cortina, en el antes y el después de una habitación que se reforma, en la ausencia de una pareja que se marcha y otra que llega de imprevisto. Las directoras saben que circunscribir las imágenes al mero diálogo de intimidades ha de agotar al espectador, que podría, incluso, desconectar pronto de la propuesta al exceder el tiempo del mero cortometraje sintético como el de Simón y Sotomayor. Hay que dar, entonces, al proyecto, forma de película y conseguir filmar el instante bello en el que se plasma la virtud de lo cinematográfico; en el acto simple de una abuela enseñando a coser a una nieta hay más esencia fílmica que en un guion superestructurado basado en un relato de ficción. El cine que se parece a la vida es más cine que ninguno y resulta mucho más complejo de conseguir que lo que la cotidianeidad de los gestos parecería transmitir.

    Por eso, quizás, no sea la condensación la propuesta más adecuada para que el producto se consolide. Necesita tiempo, muchas idas y venidas, mucha imagen y la palabra justa para que conozcamos mejor los anhelos de ambas mujeres; por eso el cine al que se dedican alcanza tanta importancia durante el metraje, porque lo quieran o no, se vean superadas por el reto o abrumadas por la tarea, ambas son, y siguen siendo, directoras de cine. La vida que pasa, y que va reflejándose en esas pequeñas derrotas cotidianas que nos van marcando a todos, se compensa con la idea del trabajo, de la búsqueda incesante de la belleza de una toma, de un momento cinematográfico donde un rostro no necesita de palabras ni de acompañamiento sonoro artificial. El cine contiene esa mezcla de trabajo y pasión que se traslada a las cartas filmadas, que, a su vez, también se convierten en cine y no en mero documento, y donde ambas escribidoras filmantes dejan claros sus rasgos formales identificadores no limitándose a recopilar meros videos caseros hechos a salto de mata. En las dos horas de película hay tiempo para la emoción y para la alegría, para la esperanza y el desconsuelo de lo que tanto se desea pero no se consigue. El espectador tiene tiempo de distinguir las diferencias entre ambas, la importancia de las personas que las rodean, el miedo al error vital irreparable, pero todo ello, tan cercano y tan humano, que nos identifica con estos cinco años recopilados y montados para la ocasión, no puede hacernos olvidar que se hace en forma de verdadero cine.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


    por Miguel Martín Maestro
    diciembre 12, 2020

    Crítica | Transoceánicas

    por Miguel Martín Maestro | diciembre 12, 2020

    En la pasada edición del Zinemaldia, con motivo de la exhibición de Con el viento en la sección de Made in Spain, tuvimos la ocasión de poder conversar con Meritxell Colell, la realizadora del filme, antes de la última de sus presentaciones. A la joven directora y editora le encanta acudir a las sesiones e interactuar con el público para conocer sus impresiones y generar vínculos más allá de la película. Esta llega ahora a nuestros cines, tras un amplio recorrido por festivales de todo el mundo.


    Texto: Rubén Seca Carol.
    Lugar: Plaza de San Telmo, San Sebastián.

    Rubén Seca – Me gustaría empezar preguntándote realmente dónde nació la semilla de este proyecto, y sobre todo, cómo conseguiste llevarlo adelante.

    Meritxell Colell – Con el viento ha sido un proceso súper largo… En el 2005 murió mi abuelo, me fui a vivir a Buenos Aires casi tres años y volví para hacer Cinema en curs. Al regresar, surgió un doble deseo: por un lado retratar el pueblo de mis abuelos y un modo de vida que sentía que desaparecía con ellos, con toda esta generación que tiene una relación con la tierra y con la casa y una cosmovisión muy diferente a la nuestra. Y, por otro, estaba esa extrañeza de cuando regresas tras haber estado fuera, lo que pasa contigo, con la relación con los otros... Y, entonces, con estos dos impulsos empecé a filmar, a documentar, a conversar. Y escribí un guion. Yo trabajo mucho desde las imágenes, tanto escritas como filmadas o fotografiadas y fue como ordenar todo aquello que estaba allí. A principios del 2014 conocí a Mónica García y fue como, vale, ahora sí que entiendo que tengo que hacer una película. Y a partir de entonces tuvo lugar un cambio que hicimos juntas, se unió Carles que es el productor y costó mucho porque al principio fueron todo negativas hasta que el año 2015 nos cogió L’Atelier de Cannes y esto impulsó a encontrar una coproductora francesa. Carles entonces dijo venga, adelante. Y empezamos. Un equipo de seis, siete personas, en la casa de mis abuelos, todos muy implicados.

    R- ¿La localización fílmica es en casa de tus abuelos?

    M- La que se ve, la exterior, es la casa de mis abuelos, con la huerta y todo esto. Y el interior está dividido en dos casas: una que es la cocina, que es la única cocina grande que hay, que tiene mucha importancia en la película, y la otra es en la casa más antigua del pueblo. Es la única que no se ha tocado.

    R – En esta línea, si bien la película es una ficción, ¿en qué medida has incluido recuerdos personales? Porque imagino que habrás realizado una mezcla…

    M - Sí, se mezcla todo, pero se mezclan las experiencias de todo el equipo de hecho, porque hay mucho personal en recuerdos, como, por ejemplo, cómo le lava la cabeza en la película: es un recuerdo que yo tengo porque de pequeña nos lavaban siempre así la cabeza, o yo se lo lavaba a mi abuela… entonces sí, hay estos momentos que están muy conectados a la memoria y otros momentos que surgen de las emociones vividas de las actrices. Yo siempre digo que es una película que parte de emociones reales. Y esto ha estado un proceso muy bonito, decir, vale, hay algo escrito, está la esencia allí y partimos de lo que ellas también han transitado y que le pueden dar mucha más profundidad para encontrar un punto en común, un lugar donde confluimos las tres; en este caso, Concha, Mónica y yo. Me gusta trabajar que los actores y los personajes tengan mucho en común, que no tengan que actuar excesivamente. Me gusta que lo sientan, y que de alguna manera los traspase.

    R- Entonces, ¿del guion inicial al producto final ha habido una transformación enorme?

    M - Sí, y al mismo tiempo, en esencia, es lo bonito de estos procesos, porque al final está la suerte de encontrar personas que le dan mucha más profundidad a lo que tienes escrito… estas resonancias, estas conexiones, de repente encontrar a alguien que habías imaginado, de alguna manera, y que lo hace todavía más potente, y más complejo, y más bonito, bueno…es lo que tiene el cine, encontrarse con el otro… estos lugares de encuentro.

    R – El resultado se siente como que estamos frente a algo muy íntimo, muy personal.

    M - Sí, y como experiencia es también muy bonito, también jugábamos justamente con esto, con colaborar con actrices que trabajaban por primera vez en el cine, y sí, aunque no sea lo corriente, lo filmamos todo en orden cronológico; fueron doce semanas con lo cual tuvimos el tiempo para generar esta cosa… Mónica siempre lo dice, compartimos tiempo, vida, sentimos el pueblo, no solo íbamos y rodábamos y marchábamos, sino que estábamos, vivíamos allí y esto se respira, igual que se respira la aproximación progresiva porque ellas también se fueron acercando progresivamente.

    R - ¿En qué momento escogisteis rodar de forma cronológica toda la película?

    M - Desde el principio, era una de las bases. Es una película que trata de la atención, y de la incomunicación; es un movimiento de apertura, y, claro, cuando uno rueda por primera vez , -tanto yo como directora como ellas como actrices-, al principio estás muy tensa, y tienes mucho miedo, y estás insegura, hay esta especie de cierre; y entonces era jugar con esto, en cómo las tres partíamos de aquí, y cómo poco a poco se va destensando… que el dispositivo fuera a favor de la narración, para no tenerlo que generar de forma ficticia sino que se fuera produciendo también de forma natural.

    R – ¿Todo el dispositivo de la danza, surgió en el rodaje o estaba ya premeditado?

    M- Lo estaba. La protagonista es una coreógrafa. Todo empezó que yo tenía la idea inicial de hacer un documental, pero entonces, de repente, me di cuenta de que la primera persona… es decir, poner a una familia verdadera… no era algo que me interesara, y cuando el proyecto se convirtió en una ficción fue, cuando pensé que el canal de expresión ideal era la danza, dado que la danza es cuerpo y movimiento, y el cine también. Soy muy fan de la danza, y aquí salió en seguida ese perfil deseado para la película, por lo que empecé a buscar una coreógrafa, y cuando encontré a Mónica, tuvo lugar todo: fue encontrar a alguien con una presencia súper potente, que tiene algo muy de Pina Bausch -tanto físicamente como en la forma de creación-, y la película está de hecho muy pensada desde ese prisma.

    R - ¿Cómo completaste el resto del casting?

    M – Mi forma de hacer “casting” fue en realidad básicamente hablar con la gente. A Concha, por ejemplo, la conocí el verano anterior al rodaje, que empecé a buscar abuelas por la zona e iba hablando con las mujeres, y ella estaba en un “hogar del jubilado” de Aguilar, que es un pueblo más grande, y me contó su vida; después le dije simplemente si podía hacer un cambio de expresión, mirando la cámara, lo hizo y fue como, vale, tiene que ser ella. Y el resto de la gente que aparece es gente del pueblo, algunos familiares, y Elena Martín fue a través de Les amigues de l'Àgata: cuando vi la película y vi a Elena, tuve muy claro al instante que tenía que ser Berta. Y Ana Fernández la tenía pensada desde hace tiempo; si pensaba en alguna actriz con cierta carrera me venía ella. Pero como puedes ver, nunca llegamos a hacer un casting al uso. Lo que se buscó fue afinidad.

    por EAM
    noviembre 21, 2018

    Entrevista: Meritxell Colell, directora de Con el viento

    por EAM | noviembre 21, 2018

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