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    Crítica | Transoceánicas

    La proximidad de una carta

    Crítica ★★★☆☆ de «Transoceánicas», de Meritxell Colell y Lucía Vassallo.

    🇪🇸 España, 2020. Dirección y guion: Meritxell Colell, Lucía Vassallo. Productores: Serrana Torres, Nathalie Trafford, Nicolás Münzel Camaño, Facundo Escudero Salinas, Meritxell Colell. Productora delegada y ejecutiva: Serrana Torres. Música original: Anahit Simonian. Montaje: Meritxell Colell. Diseño de sonido: Verónica Font. Etalonaje: Aline Biz. Mezclas: Leo Dolganc. Compañías productoras: Intropía Media, Hellish, Pensilvania Films. Duración: 118 minutos.

    La carta, ese objeto del deseo aplazado en el que se reflejaba un estado de ánimo en un momento concreto, como una fotografía, y que cuando era depositada en un buzón se transformaba en pasado, provocando una expectativa de respuesta que, cuando llegaba, si llegaba, podía hablar de lo que ya había sido borrado por el tiempo; ese objeto, la carta, que ya no existe. Me contaba un cineasta, de enorme prestigio mundial, su idea para una película basada en la espera de esas respuestas en una época donde no había otra forma de comunicarse y donde el tiempo, pese a vivirse mucho menos, se conjugaba de manera más paciente. Ahora la carta ha desaparecido, esa carta contenedora de deseos, de secretos, de confidencias. Al menos la carta como objeto, no la comunicación, transformada en necesaria inmediatez provocada por la tecnología. Del mismo modo que el cine no ha desaparecido y está tan vivo como siempre, la carta ha cambiado. Si las salas de exhibición se han sustituido por nuestras pequeñas pantallas caseras, y más que lo serán, la carta ha desaparecido por culpa del objeto digital y la inmediatez. Perezosos y cómodos como somos, el papel y el bolígrafo pertenecen a un mundo que se ha dejado atrás, borrados por un teclado, una pantalla y un botón de envío. La carta no podía recuperarse una vez introducida en el buzón, ahora, para indecisos o arrepentidos, el sistema te permite durante unos segundos recuperar lo lanzado a la red y evitar un bochorno innecesario. Ya no sólo queremos saber que el destinatario ha recibido en el momento nuestro pensamiento, sino que exigimos la respuesta inmediata. La liturgia de la carta y la espera ha desaparecido, el mundo se ha convertido en una exigencia instantánea de conexión con intermediario digital.

    No deja de ser una buena noticia que dos amigas se escriban (este año ha habido varios ejemplos y no podemos «culpar» todavía al encierro del confinamiento porque la idea es previa a nuestra actual pesadilla, hay que recordar las Correspondencias de Carla Simón y Dominga Sotomayor, A media voz de Heidi Hassan y Patricia Pérez, las de Piñeiro y Llinás, las de Rita Azevedo) y que lo hagan en forma de cine pero como si fueran cartas del pasado que pueden tardar días en llegar y meses en ser contestadas. Hace no muchos años disfrutamos de ese cruce de ingenio en forma de postales audiovisuales, Guerín y Mekas, Erice y Kiarostami, Lacuesta y Kawase, Rosales y Bing, pero en ese caso se trataba de obras donde, conociéndose los autores, no podría decirse que existiera amistad en el concepto más íntimo del término. Aquí sí, en Transoceánicas lo que se desborda en la pantalla es la amistad interrumpida por la distancia entre dos mujeres cuyas vidas se separan de forma radical por la interposición de todo un océano, una lejanía que marca horarios incompatibles entre la una y la otra; dos vidas muy unidas que comienzan a distanciarse y a desarrollarse por separado después de compartir mucho tiempo juntas. La carta se convierte en una manera de contacto, de simulación de esa cercanía física perdida y que el tiempo y la separación van dejando cada vez más postergada.

    Ni a modo de diario ni a modo de resumen, cuando Vassallo y Colell deciden dar forma cinematográfica a sus encuentros visuales lo hacen desde la necesidad de expresar sentimientos que cada una conoce de la otra, no se trata de la conversación frívola y del cotilleo de los conocidos, sino de mostrar en imágenes lo que el corazón sigue sintiendo en el día a día. No hay un calendario, ni un esquema definido, ni un contarse de manera exhaustiva lo que sucede minuto a minuto. Lo que se logra es el intento de dar forma de cine a algo que no deja de colocarse en la esfera de la intimidad más absoluta, de aquello que, interesando solamente a las destinatarias de las cartas, consigue romper el muro de lo individual para atraer al colectivo. Hay indudable poesía en las imágenes y comentarios de las cineastas, pero no hablo de la del recitado versificado, sino la de la recogida de sentimientos en la sombra de un árbol contra una pared, en el contraluz de una ventana donde el aire mueve una cortina, en el antes y el después de una habitación que se reforma, en la ausencia de una pareja que se marcha y otra que llega de imprevisto. Las directoras saben que circunscribir las imágenes al mero diálogo de intimidades ha de agotar al espectador, que podría, incluso, desconectar pronto de la propuesta al exceder el tiempo del mero cortometraje sintético como el de Simón y Sotomayor. Hay que dar, entonces, al proyecto, forma de película y conseguir filmar el instante bello en el que se plasma la virtud de lo cinematográfico; en el acto simple de una abuela enseñando a coser a una nieta hay más esencia fílmica que en un guion superestructurado basado en un relato de ficción. El cine que se parece a la vida es más cine que ninguno y resulta mucho más complejo de conseguir que lo que la cotidianeidad de los gestos parecería transmitir.

    Por eso, quizás, no sea la condensación la propuesta más adecuada para que el producto se consolide. Necesita tiempo, muchas idas y venidas, mucha imagen y la palabra justa para que conozcamos mejor los anhelos de ambas mujeres; por eso el cine al que se dedican alcanza tanta importancia durante el metraje, porque lo quieran o no, se vean superadas por el reto o abrumadas por la tarea, ambas son, y siguen siendo, directoras de cine. La vida que pasa, y que va reflejándose en esas pequeñas derrotas cotidianas que nos van marcando a todos, se compensa con la idea del trabajo, de la búsqueda incesante de la belleza de una toma, de un momento cinematográfico donde un rostro no necesita de palabras ni de acompañamiento sonoro artificial. El cine contiene esa mezcla de trabajo y pasión que se traslada a las cartas filmadas, que, a su vez, también se convierten en cine y no en mero documento, y donde ambas escribidoras filmantes dejan claros sus rasgos formales identificadores no limitándose a recopilar meros videos caseros hechos a salto de mata. En las dos horas de película hay tiempo para la emoción y para la alegría, para la esperanza y el desconsuelo de lo que tanto se desea pero no se consigue. El espectador tiene tiempo de distinguir las diferencias entre ambas, la importancia de las personas que las rodean, el miedo al error vital irreparable, pero todo ello, tan cercano y tan humano, que nos identifica con estos cinco años recopilados y montados para la ocasión, no puede hacernos olvidar que se hace en forma de verdadero cine.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


    A media voz

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