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    FICX 2022
    FICX 2022
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    How to Blow Up a Pipeline
    Daniel Goldhaber
    Sin miedo al thriller


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: How to Blow Up a Pipeline. Director: Daniel Goldhaber. Guion: Ariela Barer, Jordan Sjol, Daniel Goldhaber. Productores: Ariela Barer, Alex Black, Daniel Goldhaber, Forrest Goodluck, Alex Hughes, Eugene Kotlyarenko, Riccardo Maddalosso, Danielle Mandel , Isa Mazzei, Jon Rosenberg, Natalie Sellers, Jordan Sjol, Julianna Sy, Adam Wyatt Tate, David Grove, Churchill Viste. Productoras: Chrono, Spacemaker Productions. Fotografía: Tehillah De Castro. Música: Gavin Brivik. Montaje: Daniel Garber. Reparto: Ariela Barer, Kristine Froseth, Lukas Gage, Forrest Goodluck, Jayme Lawson, Jasper Keen, Sasha Lane, Olive Jane Lorraine, Marcus Scribner, Jake Weary.

    Se podría decir que el thriller es un género que disfruta de una buena acogida en el circuito de festivales. De manera intuitiva, se podría argumentar que su auge se dio a raíz de los ejercicios estéticos de Nicolas Winding Refn —Drive (2011), Solo Dios perdona (2013)—, sendas propuestas tan efectistas como efectivas, tan conocedoras del medio como experimentales. Al éxito de estas obras le han seguido una hornada de filmes en la misma línea, que toman las bases del género como excusa más o menos fundamentada para desarrollar ejercicios formales, donde el juego con las luces y la abstracción, así como con los tempos lentos, son las principales señas de identidad. De este modelo de cine se podría destacar El lago del ganso salvaje (2019), una obra tan gozosa como en última instancia intrascendente, un juguete incapaz de desprenderse de su propia condición de artefacto.

    Da la impresión, no obstante, de que no se termina de confiar plenamente en el género, de ahí que se juegue constantemente con sus claves para que acabe pareciendo otra cosa. Esta tendencia, que ha parasitado buena parte del cine de terror de autor —el denominado «terror elevado»—, se ha podido observar recientemente en la 19ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde se han podido ver dos thrillers que aspiran a ser otra cosa —hay quien diría que a ser «algo más» (sic)—. Por un lado, Rodeo (2022) es una obra que explora los tropos del thriller de extrarradio, estableciendo un paralelismo con obras como A todo gas (2001), pero filtrado a través del tamiz del cine social dardenniano, lo que da lugar a una suerte de indefinición, ya que la obra no termina de ser cine realista de denuncia, y al mismo tiempo se queda lejos de explotar las posibilidades genéricas. En ese sentido, Ashkal (2022) ofrece una propuesta algo más solvente, menos temerosa de ser cine de género, pero, en última instancia, acaba añadiendo una capa sobrenatural, como si desarrollar un policiaco puro y duro no fuera suficiente. Teniendo en cuenta el panorama del circuito de festivales, es especialmente gozoso encontrarse con una cinta como How to Blow Up a Pipeline (2022), una película enraizada en las claves narrativas y tonales del thriller, que en ningún momento esconde su condición y que, precisamente por ello, logra alcanzar instantes cinematográficos de mayor calado.

    La película de Daniel Goldhaber toma como referencia el homónimo ensayo de Andreas Malm, que defiende la lucha contra el cambio climático a partir de la violencia, para desarrollar una historia de ficción sobre un grupo de jóvenes activistas que montan un grupo terrorista para reventar un oleoducto y así comenzar una revolución que consiga cambios efectivos en materia medioambiental. Quizás el primer elemento que denota el buen uso de las claves del género se localiza en la escritura del guion, donde la construcción fragmentada del relato ofrece un despiece secuencial de personajes y situaciones. La narración fluye con soltura gracias al uso de un punto de vista compartido, como se observa en el prólogo del filme, que sitúa a cada personaje dentro del plan al tiempo que crea expectación ante lo que está por suceder y establece el tono a través de montaje, movimientos de cámara y banda sonora. A medida que avanza el filme, el desarrollo de la trama alterna el presente común de los personajes, que elaboran el plan en un paraje desértico de Texas, con sus respectivos pasados, cada uno en una parte del país y con motivaciones diferentes para acabar enrolándose en esta peligrosa misión —todas ellas relacionadas con negligencias sanitarias y/o exclusión social—.

    La agilidad con que se expone esta red de personajes recuerda a la solvencia de la serie Euphoria (2019-), cuya estructura narrativa también cuenta con constantes saltos de un personaje a otro, y del presente al pasado. Sin embargo, en lo que se diferencian la serie y el filme de Goldhaber es en la manera de plasmarlo en imágenes. A la soltura de la obra de Sam Levinson la caracteriza, por encima de todo, su evidente voluntad de jugar con la estética para epatar, de manera, de hecho, similar a lo que se ha expuesto al principio de este texto en referencia a la situación del thriller en el circuito de festivales. Euphoria es un juguete visual que por momentos maltrata su propia construcción dramática, aunque sea a cambio de ofrecer instantes de notorio valor cinematográfico. Sin embargo, esto no sucede en How to Blow Up a Pipeline, un filme donde nunca se pierde de referencia la ficción, pero no tanto porque lo formal no esté a la altura o no se le preste atención, sino porque consigue algo todavía más valioso, que consiste en crear imágenes, escenas y secuencias cinematográficamente potentes que no necesitan reivindicarse de manera enfática a sí mismas. Goldhaber construye un thriller contundente a través de un uso clásico de la puesta en escena, basado en recursos en realidad sencillos pero utilizados con enorme conocimiento de causa, lo que da lugar a un tempo férreo y unas imágenes seductoras. Sencillos pero dinámicos movimientos de cámara, constantes montajes en plano que agilizan la narración y expanden las posibilidades del montaje entre planos, y una fotografía áspera, sin virguerías formales, se combinan para crear un filme de género que, solo al no avergonzarse de serlo, logra situarse por encima del grueso de sus homólogas que se programan en festivales.


    How to Blow Up a Pipeline, Daniel Goldhaber
    Retueyos FICX.

    por Yago Paris
    noviembre 10, 2023

    Crítica | How to Blow Up a Pipeline

    por Yago Paris | noviembre 10, 2023
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    Funny Pages
    Owen Kline
    El joven Werther


    Adrià Allande G.
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «To Leslie». Director: Michael Morris. Guión: Ryan Binaco. Música: Linda Perry. Fotografia: Larkin Seiple. Reparto: Andrea Riseboroug, Marc Maron, Stephen Root, Allison Janney, James Landry, Matt Lauria. Productora: BCDF Pictures, Shaken Not Stirred, Baral Productions, Bluewater Lane Productions.

    Funny pages (2022), después de todo, es la historia de cada uno de nosotros. Sobre la pasión que un día, en nuestra primera juventud y donde el deseo era un compromiso y no un anhelo, nació del más hermoso misterio para acabar, finalmente, como canta Charles Aznavour en Hier encore: «después de tanto correr y quedarnos sin aliento, perdidos sin saber a dónde ir». Pero antes de ello, de quedarnos desconcertados o, como dice la letra, sin saber a dónde ir ni a dónde regresar, en nuestro pulso se apresuraba con la intensidad de un maremoto, desbocados e inocentes, el principio de la juventud. El sentimiento obstinado de perdurar, desafiar y, en primera y última instancia, como verbo y culto, apasionarnos.

    La primera película del joven director estadounidense Owen Kline, estrenada en la Quincena del Festival de Cannes, ahonda desde los sueños de la adolescencia hasta las consecuencias de sus obsesiones, necesarias e intrínsecas en el viaje iniciático del arte. Robert, el protagonista de la historia interpretado por Daniel Zolghadri, como el mismo director en cuestión, tiene un profundo amor por el universo del cómic, la ilustración norteamericana y las formas propias de la cultura de los años setenta para, finalmente, como deseo insistente, dedicarse al gremio y convertirse en dibujante. Por lo tanto, y desde una mirada autobiográfica, la película va recuperando referencias que van desde Turdeau a Partner, pasando por Haspiel o Friedman. Así, ya desde los títulos de crédito, la tipografía de Funny pages, sirviéndose de la estética propia de la novela gráfica de los años setenta u ochenta; en una imitación de la línea gruesa, enérgica y trasgresora, se levanta desde el exceso. La puesta en escena, por lo tanto, con el propósito de traducir el apasionamiento del protagonista, se presenta profusa en su barroquismo. La creación de personajes hilarantes, vibrantes líneas de diálogos y situaciones que van desde la comedia hasta la confusión a partes iguales participan de una película de mirada singular, pero que, en última instancia, no la definen. Aunque pueda parecer que la desmesura, en un primer momento, se presente como el calificativo definitorio de la película, su antónimo -el vacío- se descubre como su verdadera esencia.

    El filme se inicia con la muerte del profesor de dibujo de Robert, el cual deja una profunda huella en su personalidad. Tras ella, en un acto de autonomía y, a su vez, de arrogancia, el joven descuida el instituto y se traslada al único apartamento que puede pagar con el sueldo de dependiente a media jornada de una pequeña tienda de comics a la que solo asisten cuatro preadolescentes con acné. Con su limitado salario, abandona el confortable hogar para marcharse al cuarto de las calderas de un piso en el que viven dos estrafalarios onanistas de mediana edad. Con una iluminación vaporosa por las humedades del apartamento, en un calor sofocante y un ambiente opresivo, el protagonista intenta dar con el proceso para construirse como artista. En su particular viaje para convertirse en adulto -si es que existe alguno- encuentra quien parece ser, en un primer momento, el sustituto de su profesor: Wallace, que lo conoceremos a través de proceso judicial por agresión a un farmacéutico después de que este no le recetara su dosis de ansiolíticos en una más que evidente y trasnochada adicción por las pastillas. Este, en su preparatorio procesal, asegura que, antes de que las singularidades se adueñaran de su carácter, trabajaba como segundo colorista en una importante compañía de cómic. Hecho que despierta, claro está, un profundo interés en el protagonista, el cual, a partir de ese momento, inicia una persecución para concertar de una clase con él. Robert procura, por todos los medios posibles, desde el asedio hasta la súplica, tener una conversación con él acerca del dibujo. Finalmente, y después de mucha insistencia, consigue citar al caótico colorista en su casa por la comida de Navidad, donde, en unas secuencias inolvidables por su carácter surrealista, el protagonista irá perdiendo el interés por todo lo que había luchado hasta entonces. La escritora realista Marie Von Eschenbach comentaba que «en la juventud aprendemos y de mayores entendemos». La ruptura del sueño, leitmotiv de cualquier coming of age que se precie, se da en Robert, como en la mayoría de los casos, de forma orgánica. De tanto latir el corazón se ha parado.

    Es por ello que la segunda muerte a la que nos referíamos -en un sentido metafórico- resulta ser más desoladora que la primera. El protagonista lo intenta por todos los medios posibles, y su limitación, aquella que llega a convertir la pasión en frustración, lo propio en foráneo, no nace de él sino de quienes tienen que acompañarlo; terminando en el foso de la resignación, la sonrisa displicente y dar el cambio a quienes, como él mismo, vivieron en sus entrañas el deseo del arte. Funny pages es la abstracción de la propia historia del director, su intento y deseo por convertirse en dibujante para, finalmente, volviendo a la canción de Charles Aznavour: «los ojos que buscaron en el cielo terminaron quebrando el corazón».


    por Adrià Allande
    septiembre 26, 2023

    Crítica | Funny Pages

    por Adrià Allande | septiembre 26, 2023
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★★☆ |
    Crónica de un amor efímero
    Emmanuel Mouret
    Las mecánicas del amor líquido


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «Chronique d'une liaison passagère». Director: Emmanuel Mouret. Guion: Emmanuel Mouret, Pierre Giraud. Productores: Frédéric Niedermayer. Productoras: Moby Dick Films, Arte France Cinéma. Fotografía: Laurent Desmet. Música: -. Montaje: Martial Salomon. Reparto: Sandrine Kiberlain, Vincent Macaigne, Georgia Scalliet, Maxence Tual, Stéphane Mercoyrol.

    La ligereza es una de las señas de identidad más representativas de directores como Woody Allen, Hong Sang-soo o François Ozon. Otra característica fundamental para comprender sus películas es su interés compartido por investigar la mecánica de las relaciones, fundamental aunque no exclusivamente las de corte romántico. Como resultado, se obtienen filmes que representan y al mismo tiempo reflexionan en torno a las profundas complejidades que mueven al ser humano a buscar amar y ser amado, y lo hacen, aunque desde perspectivas cinematográficas muy diferentes (desde la comedia, la compunción, la serenidad; desde lo narrativo, lo observacional, lo genérico), siendo capaces de quitarle hierro a situaciones que en su núcleo encierran, en realidad, algunas de las cuestiones que con mayor estruendo afectan a la existencia. Este tipo de cine, que parece no darse especial importancia a sí mismo, quizás es precisamente capaz de resultar lúcido por reducir al máximo aspectos quizás relevantes pero que entorpecen la voluntad final de exponer esos patrones de pensamiento y de conducta. Algo así como si los directores decidieran reducir el aparato formal a aquello que les sirviera de manera clara y directa para expresar sentimientos y sensaciones, para que así una imagen clara y minimalista se deje empapar de aquello que representa.

    Emmanuel Mouret parece un claro discípulo de este modelo de cine, como se puede observar en su última obra, Crónica de un amor efímero. La historia narra el comienzo y desarrollo de relación entre Charlotte (Sandrine Kiberlain) y Simon (Vincent Macaigne). Ella es una madre soltera y él, un padre de familia. Ambos se conocen en sus respectivas medianas edades, ya de vuelta de la vida, y por tanto entienden esta relación como algo necesariamente pasajero, donde no van a depositar posibilidades de futuro, ya que cada uno ya ha echado unas raíces que lo imposibilitan. Sin embargo, el mayor interés del filme no reside tanto en que, como podemos anticipar, se desarrollará un amor entre ellos que cuestionará esta actitud inicial, sino en el hecho de que dicha actitud no resulte aberrante, o que crean firmemente en ella. De esta manera, Mouret concilia otro tipo de cine que también parece haberle influenciado, el de Éric Rohmer, con dinámicas relacionales actuales que son hijas de la modernidad líquida. La obra es heredera de la filmografía del citado autor por la manera en que entran en conflicto y contradicción los pensamientos con las acciones. Los dos protagonistas hablan abiertamente de su voluntad de no comprometerse, de no querer desarrollar algo más profundo, mientras al mismo tiempo sus acciones los llevan a estar implicados desde el inicio, construyendo una portentosa complicidad desde el primer encuentro. Hay, por tanto, una disonancia cognitiva entre lo que quieren hacer y lo que finalmente hacen, y, aunque no existe un diálogo interno, como en el cine de Rohmer, que se representa mediante una voz en off que cuestiona y contradice lo que se muestra en la imagen —o más bien al revés—, la profusión de diálogos hace las veces de este recurso narrativo, permitiendo que se vea, en la manera en que los personajes hablan de la propia relación, sus ilusiones, deseos, miedos e intenciones ocultas, inconfesables incluso —¿qué puede haber más de narrativa interna, de autoconvencimiento, de autoengaño, que dos amantes hablando sobre su relación?—. Esta manera rohmeriana de entender la reflexión en torno a las relaciones amorosas conecta con modelos relacionales como los actuales, que están determinados por una notoria alergia al compromiso, que nace de la condición líquida —incierta, constantemente cambiante, impermanente— de la existencia moderna, lo que necesariamente acaba condicionando aquello que acaba dando mayor sentido a nuestras vidas: el amor. Así, Rohmer y Zygmunt Bauman entran en diálogo en la película en la manera en que el contexto social desencadena los comportamientos: los personajes se autoconvencen de que no quieren tener una relación profunda, y este autoengaño es fruto del miedo a la incertidumbre, o a la realidad de pasadas relaciones que, también afectadas por este contexto de miedo al compromiso, los ha llevado a sufrir, y por tanto a no querer volver a verse en una situación similar.

    Sin embargo, quizás el aspecto más valioso que ofrece Mouret en Crónica de un amor efímero se localiza en la construcción profundamente psicologicista de ambos personajes. Desconozco si se trata de una actitud consciente, o es el resultado de una mente con una capacidad analítica desbordante, pero lo cierto es que el autor es capaz de plasmar con inteligencia narrativa y conocimiento humano lo que se podría catalogar como la relación entre un ansioso y una evitativa. Partiendo de la teoría psicológica del apego, la relación que el individuo ha desarrollado con sus figuras paternas —principalmente la materna— acaba condicionando la manera en que se relaciona, en la adultez, en sus relaciones románticas. De esta manera, una persona con apego ansioso —con miedo al abandono y necesidad de alta estabilidad en la relación— desarrolla una dependencia insaciable hacia su pareja, mientras que una persona con apego evitativo tiende a marcar distancias, pues su miedo es a confiar en el otro y sentir, por tanto, que depende de esta persona para su felicidad. Estos patrones se pueden localizar en los protagonistas del filme, siendo Simon un ansioso y Charlotte una evitativa. Atendiendo a sus comportamientos, es fácil de localizar en Simon una enorme necesidad de comunicación, una postura habitual de sumisión y adaptación a la otra persona, y una sensación de miedo e incomodidad, que se traduce en su evidente docilidad. Charlotte, por su parte, se muestra mucho más activa, y su comportamiento está menos condicionado por la relación, lo que se traduce en una actitud más liberada, con menos miedo a transmitir sus impresiones y por tanto a poner en riesgo la relación, en buena medida porque se siente segura ante la actitud ansiosa de su nueva pareja, quien difícilmente pondría en riesgo el vínculo.

    A medida que evoluciona el relato, se manifiesta la manera en que ella acaba siendo la que dicta el ritmo de la relación, pues Simon siempre cederá, temeroso de perder lo que tiene, incluso aunque no termine de satisfacerle lo que se ha propuesto. Sin embargo, aunque se puede leer de esta circunstancia que él es sumiso ante la relación, también es más realista y consciente de lo que se está cociendo: a él no le pilla por sorpresa el hecho de que la relación sea mucho más seria de lo que inicialmente habían previsto; es más, se podría incluso argumentar que él no solo lo intuía desde el principio, sino que hasta lo deseaba, pues es el deseo habitual de una persona con apego ansioso. Así, cuando en determinado momento del relato se da una fricción que pone la relación patas arriba, se observa la manera en que Simon ya estaba preparado para ello —incluso lo había asumido, debido a su actitud derrotista ante las relaciones, tan habitual en un ansioso—. De esta manera Mouret muestra las dos caras del apego: una libertad más inconsciente frente a una sumisión más realista. Entremedias queda la gozosa visión del director —también en funciones de guionista, junto con Pierre Giraud—, quien es capaz de mostrar sin juzgar, apostando por una profunda observación de la conducta humana, en ningún caso reñida con el humor y la empatía, lo que lleva necesariamente a un final abierto, sin personajes positivos y negativos, donde el énfasis se pone en el proceso, en el desarrollo, en las mecánicas del amor.


    Chronique d'une liaison passagère, Emmanuel Mouret
    Albar FICX 2022.

    por Yago Paris
    marzo 24, 2023

    Crítica | Crónica de un amor efímero

    por Yago Paris | marzo 24, 2023
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    To Leslie
    Michael Morris
    Sombras y luces


    Adrià Allande G.
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «To Leslie». Director: Michael Morris. Guión: Ryan Binaco. Música: Linda Perry. Fotografia: Larkin Seiple. Reparto: Andrea Riseboroug, Marc Maron, Stephen Root, Allison Janney, James Landry, Matt Lauria. Productora: BCDF Pictures, Shaken Not Stirred, Baral Productions, Bluewater Lane Productions.

    Leslie hace seis años, en un pequeño pueblo del suroeste americano, ganó el primer premio de la lotería nacional. La conocemos, a través de los títulos de crédito, en la entrevista del canal de televisión pública, donde, loca de alegría, invita a una copa a los presentes; anunciando, desde la inocencia, el principio de los infortunios de su vida adulta. Por su paralelismo y en forma de presagio, en un primer momento, nos viene a la memoria el desierto luctuoso de Avaricia (Erich von Stroheim, 1924) y, cómo la obra maestra del director austrohúngaro se adentra en las consecuencias de quienes son señalados por la música de la diosa fortuna. Pero, no nos olvidemos, donde hay música también habrá silencios. La historia se compone o, más bien, se descompone a través de los silencios y las ausencias. Pérdidas que, como de un efecto mariposa se tratara, suceden una detrás de otra hasta agotarse porque, como afirma el filósofo romanes, Michel Cioran; el hombre puede imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde puede llegar a hundirse, eso no tiene fin. Y la violencia del descenso no es tanto por su vértigo sino porque el amor, aquello que vehicula nuestros días, desde la philia hasta la philauta, como decían en la antigua Grecia, desaparece en la caída. Leslie, desde el instante que ganó el primer premio de la lotería hasta el presente, ha caminado desorientada por el crepúsculo de las adicciones, pensando que en la noche encontraría resplandecientes noctilucas. No obstante, en su viaje, sin consciencia ni deseo, ha ido deshaciéndose de obligaciones; desde ser madre hasta el hecho de ser persona, perdiéndose a sí misma en su propio laberinto.

    La película del director londinense, después de su paso por la televisión norteamericana, es su primera historia para la gran pantalla y con la que se presentó al Festival de Gijón en la sección Retueyos. Michael Morris, con el guion de Ryan Binaco, trabaja un relato clásico que aborda punto por punto el hero’s journey. Apoyado en la intensa interpretación de Andrea Riseborough –que recuerda a Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia (Woman Under the Influence, 1974)— se acerca –sin la intransigencia gramatical del director norteamericano, pero en un uso coherente del lenguaje— a las formas que definen la obra de John Cassavetes; en una puesta en escena, que, como su protagonista, se devora a sí misma. Michael Morris, en la primera parte de la película, ilustra la agonía, así como la opacidad de quienes viven inmóviles en las tinieblas del alcoholismo por medio de la dilución perceptual. La imagen, progresivamente, se descompone como la propia vida de Leslie, afectando y deshaciendo la de quienes pretenden ayudarla. El campo visual se concentra en la figura de la protagonista, invalidando los espacios e individuos que la acompañan y que, en el pasado, la definieron. Ahora no son más que las sombras de su conciencia y que definen un triste futuro.

    Leslie, como resultado de su inconsistencia, propia de quienes naufragan en el mostrador de los tugurios, parece no asumir los desaciertos de su pasado y, al mismo tiempo, de su presente. No obstante, como la maleta que lleva siempre consigo y donde guarda las fotografías de su infancia, traslada dentro de sí, como si fuera el desaliento del viejo Sísifo, de un pueblo a otro, de un hogar al siguiente y así sucesivamente, el peso de su consciencia malherida. La maleta termina por perderse entre una de las tantas desventuras que acompañan a la protagonista y, con ello, el último vínculo que la sujetaba a su pasado. La perdida, en la historia; y hasta en la vida misma, es sinónimo de posibilidad porque, como asegura el poeta griego, Ovidio, la esperanza hace que el náufrago agite sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra en ningún lado. Y de esa agitación, de las manos que apuntan hacia arriba buscando quién sabe qué, aparecen las de Sweeney como un acto de resistencia, una caricia para creer en las segundas oportunidades así como, ineludiblemente, en las personas. En este sentido, y aunque el guion, así como las actuaciones de Riseborough y Marc Maron, sostienen la segunda mitad, en la puesta en escena, progresivamente, se impone una línea más normativa y de carácter sistemático, perdiendo el vigor del primer segmento. El perdón, en última instancia, es el leitmotiv de este trabajo que dibuja la autodestrucción pero también el autodescubrimiento. También la contingencia de los actos, así como sus consecuencias, las luces y sombras, huellas y heridas que dejaron a quienes la quisieron, sufrieron, ayudaron y hasta olvidaron. Recuerdos, en forma de alegrías y excepciones, dentro una maleta extraviada.


    por Adrià Allande
    febrero 27, 2023

    Crítica | To Leslie

    por Adrià Allande | febrero 27, 2023
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★★☆ |
    Monica
    Andrea Pallaoro
    Saltar al vacío


    Adrià Allande G.
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, Italia, 2022. Título original: «Monica». Director: Andrea Pallaoro. Guion: Andrea Pallaoro, Orlando Tirado. Fotografia: Katelin Arizmendi. Reparto: Emily Browning, Patricia Clarkson, Trace Lysette, Adriana Barraza. Productora: Solo five productions, Propaganda Italia, Varient, Melograno films.

    Monica, tercera película del director italiano Andrea Pallaoro, representa la segunda parte de su trilogía de la identidad. Si en su última cinta, Hanna (2017), se acercaba al concepto de la personalidad desde la confusión y, por lo tanto, desde el desorden, en la presente encontramos una mirada opuesta. Monica se conoce a sí misma y, desde hace tiempo, quizá demasiado, ha crecido fuera de casa; no por voluntad propia sino por imposición. Su madre, en el pasado y al conocer el deseo de su hijo de cambiar de género, decide acompañarlo a la estación de autobuses para que inicie una nueva vida fuera de casa. La protagonista, encarnada por el icono trans Trace Lysette, desterrada y sin ninguna forma de asistencia, crece fuera del círculo familiar desde su primera juventud hasta la adultez y, en una significativa decisión por parte del guion, en ningún momento conoceremos la soledad ni las desdichas que han definido su segundo nombre porque, como afirma el director francés, Jean Luc Godard, quienes saltan al vacío no le debe ninguna explicación a los que se paran a ver.

    Después de muchos años, tras la llamada de la pareja de su hermano, regresa al hogar por el mismo motivo por el que se marchó: su madre. Sin embargo, ahora es esta última la que está a punto de partir y la protagonista, en un acto de humanidad así como de necesidad —propia y mutua— decide acompañarla en sus últimos días de vida. Monica, en un viaje que ahonda en las sombras de un tiempo pasado, recupera el contacto con su hermano y su familia. Consumada su vuelta, la madre (interpretada por Patricia Clarkson), como consecuencia de la operación que le procuro a su vástago no ser mujer, pero sí verse como tal, no puede reconocer a su hijo. La joven, no obstante, haciéndose pasar por una cuidadora, tampoco le confiesa su identidad y Monica, desde el silencio, espera que un gesto o una mirada, como si el tacto tuviera memoria —justo como sucede al final de Luces de la ciudad de Charles Chaplin— pudiera desvelarla y así, al final del meandro y donde el río termina, mirarse como lo que son: madre e hija.

    La prosa con la que el director italiano registra su tercera obra para la gran pantalla, como el título de la novela de F.S. Fitzgerald, es suave como la noche. El formato de la película, representando la opresión identitaria que vive la protagonista, es de dimensiones cuadrangulares para, al mismo tiempo, en palabras del propio director, hacer que la mirada del espectador se dirija al centro del espacio substancial: el cuerpo de Monica. La corporalidad, desde su mirada simbólica hasta los elementos de condición ordinaria, aparecen como un acto de resistencia íntima; aún más para quienes, como es el caso de la intérprete norteamericana, han atravesado desde sus propias raíces un proceso de reapropiación identitaria. El director, consciente de la dificultad del hecho, a pesar de tener un tratamiento íntimo y familiar, recoge a la protagonista desde la distancia; la puesta en escena de la película hace uso de los espejos, ventanas y cristales de la casa para desdibujar, así como presionar, el cuerpo de Monica y sobre el que, progresivamente, deberá ir recuperando su propia identidad dentro del espacio familiar. Si el cuerpo es el fundamento principal del conflicto, en tanto que elemento de contingencia material, el hogar lo es desde su expresión temporal. Este, del mismo modo que la infancia, como afirma el poeta simbolista Rainer María Rilke, autor de Sonetos a Orfeo, es el verdadero país del hombre; y, seguramente, el único a conocer. Mónica fue desterrada del calor de la familia y, por lo tanto, de la sonrisa que nos nace al recordar un tiempo pasado. No hay nostalgia porque, para ella, no hay recuerdos sino dolor. La casa es la manifestación, así como la declaración, de un espacio de imposibilidad. Por ello, en la primera parte de la vuelta al hogar, se nos presenta como un lugar luctuoso. Las sombras dominan el espacio para que, al mismo tiempo que la aceptación, poco a poco y sin llegar por restablecerse, porque donde hay dolor siempre habrá recuerdo, se hienden en su cuerpo sólido los primeros destellos de ternura.

    Monica, desde el uso del lenguaje narrativo y visual –mérito de su directora de fotografía, Katelin Arizmendi—, hasta el gesto actoral de Lysette y sus secundarios, es una película que respira elegancia, precisión y, por encima de todo, sensibilidad. Pallaoro, en un estilo ausente de artificio, pero profundamente plástico por su cuidado, procura no descender a las singularidades del cuerpo y lo trata con honestidad porque, de puertas para adentro, en las cuatro paredes que nos conforman, el dolor que nos habita no es más que una música solipsista. No conoceremos los surcos de Monica, ni cuáles han sido las imágenes de desconsuelo de su juventud, sino que, con una sorprendente dignidad, nos acercaremos a las universalidades de quien, en un acto de regreso, se busca a sí mismo como una verdad.


    Monica, Andrea Pallaoro
    Albar FICX 2022.

    por Adrià Allande
    noviembre 24, 2022

    Crítica | Monica

    por Adrià Allande | noviembre 24, 2022
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    Metronom
    Alexandru Belc
    A vueltas con la nueva ola rumana


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Rumanía-Francia. 2022. Título original: «Metronom». Director: Alexandru Belc. Guion: Alexandru Belc. Productores: Viorel Chesaru, Cãtãlin Mitulescu, Emmanuel Quillet, Ruxandra Slotea, Martine Vidalenc. Productoras: Strada Film, Midralgar, Chainsaw Europe. Fotografía: Tudor Vladimir Panduru. Música: -. Montaje: Patricia Chelaru. Reparto: Mara Bugarin, Serban Lazarovici, Vlad Ivanov, Mihai Calin, Andreea Bibiri, Mara Vicol, Alina Berzunteanu, Mihnea Moldoveanu, Andrei Miercure, Mariuca Bosnea, Eduard Chimac, Marius Boboc, Tiberiu Zavelea, Claudia Soare.

    Uno de los fenómenos más relevantes del cine de autor contemporáneo es el conocido como la nueva ola rumana. Probablemente influenciado por la visión a ras de suelo, a nivel del individuo de a pie, habitualmente machacado por el sistema, que propugna el estilo de los hermanos Dardenne —quizás los cineastas más importantes para entender la estética del cine de autor de las últimas décadas—, este modelo de cine también se fundamenta en el seguimiento de personajes anónimos desde la perspectiva histórica, y sus dolorosas luchas contra el sistema. En lo que difieren ambos estilos, en el plano estético-narrativo, es principalmente en el manejo del tempo y el uso de la fotografía. El cine de los Dardenne es frenético, revoltoso, con la cámara pegada al cogote de su protagonista, y en él se da una sucesión de escenas fragmentadas y breves, filmadas con una luz eminentemente realista. Por su parte, el cine de la nueva ola rumana, que podría condensarse en 4 meses, 3 semanas, 2 días y Sieranevada, se caracteriza por una ralentización drástica del tempo y las acciones de los personajes. Así, las escenas se expanden en el tiempo, alcanzándose en algunos filmes la sensación de filmación en tiempo real, y el comportamiento de los personajes se caracteriza por su estatismo, por su bloqueo ante la opresión de la dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu. Por su parte, la fotografía, aunque se pueda encuadrar dentro de una aproximación realista al relato, al mismo tiempo está trabajada para condensar el estado de ánimo de la sociedad en los escenarios interiores que habitan los personajes de la ficción, por lo que podría considerarse como ligeramente expresionista. Por último, el trabajo de encuadre, sumado a la profusión del plano secuencia, dan como resultado una estética que busca llamar la atención, que es por un lado realista en su aproximación a la representación del pasado, y, a la vez, manierista en su composición y desarrollo narrativo.

    Esta mezcla de realismo y manierismo es el resultado artístico de la reflexión intelectual detrás de la nueva ola rumana. El movimiento fue consecuencia de la Comisión Presidencial para el Estudio de la Dictadura Comunista en Rumania, una investigación que el gobierno de Travian Basescu desarrolló en 2006 para explicar la dictadura comunista de Ceaușescu. En otras palabras, ese sospechoso intento de reescritura del pasado dio lugar a una reflexión cinematográfica en torno a otra reconstrucción del pasado, que necesariamente se convertía en otra reescritura. El movimiento, que nació como una protesta ante un acto de manipulación, fue consecuente con sus postulados, pues en ningún caso pretendió defender la posibilidad de contar una idea de Verdad en el medio cinematográfico; esta idea también quedaba descartada. Por tanto, la nueva ola rumana surgió como un acto de denuncia desde la propia incertidumbre, un señalamiento de la imposibilidad de crear una narrativa unitaria del pasado que se construía a partir de la propia imposibilidad del cine para alcanzarlo. Como consecuencia, las películas de este movimiento cinematográfico acostumbran a centrarse en sucesos cotidianos, que no pretenden contar el pasado desde una perspectiva historicista, sino emocional y sensorial. Mucho ha llovido desde entonces, y la mayoría de los autores que en su momento pertenecieron a este modelo de cine han desarrollado sus carreras por otras vías. Quizás a estas alturas lo que cabe preguntarse es qué queda de la nueva ola rumana, y si tiene sentido seguir haciendo películas de este estilo o la idea ya está agotada.

    En este contexto aparece Metronom, el debut en la dirección de largometrajes de ficción de Alexandru Belc. El director, que había trabajado como ayudante de dirección para tótems de la nueva ola rumana como Corneliu Porumboiu y Cristian Mungiu, ha creado una obra canónica de este estilo cinematográfico. Su filme narra la historia de Ana (Mara Bugarin), una joven de 17 años que no está dispuesta a aceptar que su novio se marcha del país con su familia para vivir en Alemania. Corre el año 1972, y esta decisión es fruto del clima político de opresión propiciado por el régimen de Ceaușescu. El filme se desarrolla en apenas un día, el que va desde el encuentro inicial del grupo de jóvenes de una clase de instituto en una plaza, la fiesta que se celebra en el apartamento de una compañera de Ana, la redada policial y su posterior visita a la comisaría. La trama gira en torno a la carta que los jóvenes quieren enviar al programa de Radio Europa Libre que da nombre al filme, algo absolutamente prohibido por el gobierno.

    En este sentido, destaca la secuencia de la fiesta, que ocupa fácilmente la mitad del metraje del filme, y donde lo social se entremezcla con lo histórico-político. Los adolescentes se comportan como tales y tienen inquietudes propias de su edad: escuchar música rebelde, prohibida en su país, beber alcohol o ligar, y el interés está en observar de qué manera esas ansias de rebeldía y libertad chocan de lleno con las restricciones propias de una dictadura especialmente opresiva como la de Ceaușescu. En el plano estético-narrativo, el filme cuenta con una fotografía muy cuidada en tonos grises y marrones, que contrastan con las ropas de Ana, una joven dispuesta a destacar entre la mediocridad y el cinismo que operan en su ecosistema. Con ello, la construcción concienzuda de planos —se trata de un inhabitual caso de película contemporánea que le consigue sacar partido al formato 4:3—, la dilatación temporal y el notable manejo del tempo narrativo no solo encajan con los postulados de la nueva ola rumana, sino que se desarrollan obteniéndose instantes de alto valor cinematográfico. La propia propuesta formal funciona para engrandecer el gran tema del filme, que consiste en abordar el cine teen en unas circunstancias atípicas, las de una dictadura, para así observar de manera crítica toda una serie de conductas. El filme no solo denuncia lo evidente, sino que también pone en cuestión la inconsciencia de unos adolescentes que viven de espaldas a la realidad del momento —no resulta casual la manera en que los filma en varias ocasiones en lugares públicos de alta carga histórica; espacios que para ellos no parecen significar gran cosa— y en ningún momento parecen entender la gravedad del asunto —en especial la propia protagonista, cuya rebeldía se puede entender, más que como un acto de valentía, como uno de ridícula insensatez—. Por último, cabría retomar la pregunta de si el modelo se ha agotado. Lo canónico de la propuesta de Metronom nos podría llevar a pensar que quizás a estas alturas tiene poco que aportar a un movimiento tan rico en ejemplos cinematográficos de nivel. A su vez, ese juego con los tropos del cine teen se podría utilizar como el gran baluarte del filme, pero solo es necesario rescatar Poppy Field, que era capaz de ser heredera del movimiento y al mismo tiempo explorar en mucha mayor medida nuevas vías cinematográficas, para volver a poner en cuestión la valía de Metronom.


    Metronom, Alexandru Belc
    Película ganadora sección Retueyos FICX 2022.

    por Yago Paris
    noviembre 24, 2022

    Crítica | Metronom

    por Yago Paris | noviembre 24, 2022
    || Críticas | FICX 2022 | ★★★★☆ |
    Perlimps
    Alê Abreu
    Obrar la magia


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Brasil, 2022. Título original: Perlimps. Director: Alê Abreu. Guion: Alê Abreu. Productores: Laís Bodanzky, Luiz Bolognesi, Ernesto Soto. Productoras: Buriti Filmes, Globo Filmes, Gloob, Sony Pictures Television. Fotografía: -. Música: -. Montaje: -. Reparto: Stênio Garcia, Giulia Benite, Lorenzo Tarantelli.

    En 2013, Alê Abreu alcanzó un importante nivel de reconocimiento a escala mundial gracias a su filme El niño y el mundo. La obra participó en varios festivales, ganó en Annecy y fue nominada al Oscar a la mejor película de animación. En buena medida, los motivos que auparon a la cinta a tales reconocimientos fueron sus dotes como creación artística. La película propone una aproximación a la animación que es poco habitual en el panorama contemporáneo, tan condicionado por la imposición, casi por decreto ley, del 3D realista como estética. Abreu se entrega a la animación más tradicional y sencilla, al lápiz y al papel, con trazos gruesos y visibles, sencillos, que recuerdan a los de un niño. Mediante una estética que juega al amateurismo, y con diseños minimalistas de personajes y escenarios —que en muchas ocasiones quedan en blanco—, el director es capaz de realizar un proceso de condensación simbólica de ideas, que combina temas como la familia y el medioambiente, para desarrollar finalmente un filme de denuncia sobre el destrozo que se está produciendo en su país, Brasil, en el Amazonas.

    Nueve años después llega al Festival Internacional de Cine de Gijón Perlimps (2022), la nueva obra de Abreu. El filme, que se encuadra dentro de la sección Enfants terribles, parece una especie de secuela espiritual de El niño y el mundo, habida cuenta de la temática de la misma. En esta ocasión también estamos ante un filme de denuncia, y, de igual manera, esta se construye a través de una propuesta formal experimental. En esta ocasión, el cineasta cambia la estética del dibujo a lápiz por un ejercicio que imita la pintura al óleo, pero que ha sido desarrollada por ordenador. En este sentido, para comprender mejor en qué consiste Perlimps, resulta más útil, no tanto pensar en la obra previa de Abreu, sino en la filmografía de Rémi Chayé, otro cineasta de animación que ha planteado su filmografía desde lugares alternativos al hegemónico. El autor francés es el responsable de El techo del mundo (2015) y Calamity (2020), dos obras donde el impresionismo es el eje estético que vertebra el relato, y por tanto el peso de la experimentación se coloca en el uso del color, más que en el movimiento o las formas. De esta manera, se desarrolla una propuesta narrativa que expone sus ideas mediante sensaciones, más que mediante acciones, de tal forma que son los colores, sus tonalidades y matices sensoriales, los que llevan la batuta, hasta el punto de que se aleja de representaciones realistas, no ya porque la propuesta estética sea impresionista, sino incluso a nivel de los colores escogidos para representar las formas y objetos.

    El resultado del cine de Rémi Chayé es impactante, y lo que acontece en Perlimps es similar. El autor, de hecho, parece haberse propuesto lograr esta impresión desde el primer momento. La narración abre con un carrusel de colores en sus títulos de crédito, a lo que le sigue la presentación de sus dos personajes protagonistas, Claé y Bruó, dos animales antropomórficos que se localizan en medio de un apabullante bosque de luces y colores. Si bien es cierto que el diseño de los personajes es un tanto limitado, y le pesa el hecho de haber sido desarrollados en 3D, el filme lo compensa con una atención a los fondos. Rodada empleando un extensivo uso de planos generales frontales, con escasa profundidad de campo, los escenarios se convierten, de manera extraoficial, en los verdaderos personajes del relato, que se construye más en torno a sensaciones que a escenas narrativas. A pesar de que el diálogo —o más bien la trifulca— entre los dos personajes es constante, da la impresión de que estos en realidad deambulan por el bosque, sin demasiado propósito, algo que se extiende al propio guion, que, de manera acertada, se desarrolla sin una construcción marcada y protagónica del concepto de escena. Los personajes, por tanto, se comportan como su director, quien prefiere explorar los alucinantes parajes de este universo —en algunos momentos, alucinantes en un sentido literal, como se da en una transición directamente psicodélica— que narrar una historia al uso. Otros aspectos, como la manera en que el paisaje se va transformando, sin que exista una construcción clara del espacio —otra decisión voluntaria e inteligente—, elevan el efecto impresionista.

    Sin embargo, si se tuviera que abordar la trama de Perlimps, lo cierto es que las intenciones están bastante claras: nuevamente se trata de una película de denuncia medioambiental, donde estos dos personajes deben localizar a los seres que dan título al filme para liberarlos de los antagonistas del relato, los gigantes. Estamos, pues, en un mundo mágico, por lo que esta propuesta debe entenderse de manera simbólica, pero la intención de Abreu, quien también escribe el guion, de hablar de los mismos temas que en El niño y el mundo se mantiene intacta. Sin embargo, se observa una gozosa mejoría en su propuesta animadora, donde los colores y las formas se funden —como ocurre en el cine de Chayé, una decisión fundamental para lograr su efecto estético consiste en no dibujarle la línea del contorno a las formas del paisaje— para lograr que lo mágico en realidad solo sea cuestión de belleza: a pesar de que existen elementos incuestionablemente mágicos en este universo, en realidad el bosque es solo un bosque, y es ahí donde el buen hacer del animador logra que la imagen haga el resto, para alucinar al espectador con abstracciones visuales y juegos pictóricos.


    Perlimps, Alê Abreu
    Enfants Terribles FICX 2022.

    por Yago Paris
    noviembre 23, 2022

    Crítica | Perlimps

    por Yago Paris | noviembre 23, 2022
    || Festivales
    FICX 2022
    (II)
    Palmarés


    Emilio M. Luna
    Cáceres |

    fechas
    | Del 11 al 19 de noviembre de 2022. |

    La 60ª edición del Festival de Gijón ha coronado a Metronom, dentro de la sección Retueyos, y Rimini, del apartado Albar, como películas ganadoras. En el primer caso, es el debut en el largo de ficción del rumano Alexandru Belc, que nos traslada al Bucarest de principios de los 70 para contarnos la historia de una joven que decide hacer público su descontento por la situación de la juventud en su país. Algo que se traducirá en la presión y persecución de la policía ideológica del régimen de Ceaușescu. En el segundo, hablamos de una de las obras más destacadas de la pasada edición de la Berlinale, dirigida por el siempre polémico Ulrich Seid. En esta ocasión, nos acerca el ocaso de un cantante folk que pasa el último tercio de su vida conquistando a mujeres maduras. Por avatares vitales, sus principios, entre los que se encuentran prejuicios raciales, serán puestos en duda y, con ello, su propia identidad y madurez.

    La cinta estadounidense To Leslie (mejores actor y actriz), la surcoreana La novelista y su película (premio a la distribución de la sección Albar) y la mexicana El reino de Dios (mejor dirección de Tierres en Trance) son otros de los largometrajes destacados de un palmarés que cierra una nueva gran entrega del certamen asturiano.

    A continuación, el listado de vencedores.

    RETUEYOS


    • Premio al Mejor Largometraje: Metronom de Alexandru Belc (Rumanía, Francia, 2022).
    • Premio a la Mejor Actriz: Andrea Riseborough por To Leslie (EE. UU., 2022).
    • Premio al Mejor Actor: Marc Maron por To Leslie (EE. UU., 2022).
    • Premio a la Distribución: Estertor de Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro (Argentina, 2022).

    ALBAR


    • Premio al Mejor Largometraje: Rimini de Ulrich Seidl (Austria, Francia, Alemania, 2022).
    • Premio Especial del Jurado: The Fire Within: A Requiem for Katia and Maurice Krafft de Werner Herzog (Francia, Reino Unido, Suiza, EE. UU., 2022)
    • Premio a la Distribución: La novelista y su película de Hong Sangsoo (Rep. de Corea, 2021).

    TIERRES EN TRANCE


    • Premio Asociación ACCIÓN! a la Mejor Dirección: Claudia Sainte-Luce por El reino de Dios (México, 2022).
    • Premio FIPRESCI al Mejor Largometraje: Anhell69 de Theo Montoya (Colombia, Rumanía, Francia, Alemania, 2022).

    SECCIÓN OFICIAL CORTOMETRAJES


    • Premio Principado de Asturias al Mejor Cortometraje: La niña mártir de María Pérez Sanz (España, 2022).

    por Emilio M. Luna
    noviembre 19, 2022

    FICX 2022 (II) | Palmarés

    por Emilio M. Luna | noviembre 19, 2022
    || Monográficos
    El cine de Patricia Mazuy
    FICX 2022
    Una singularidad desnuda


    Óscar Brox
    Valencia|

    fechas
    | Del 11 al 19 de noviembre de 2022. |

    Artículo creado en colaboración con el Festival de Gijón,
    que celebra su 60ª edición del 11 al 19 de noviembre y que le dedica una retrospectiva a Patricia Mazuy.


    1. Todos los caminos pasan por Varda



    En el verano de 2019, Cahiers du Cinéma dedicó un amplio monográfico a la construcción de una historia de las cineastas. En ella predominaban Francia y sus cinematografías satélites, así como la importancia nuclear de determinadas décadas, sobre todo los 60 y 70, para solidificar un cine hecho por mujeres. Rebelde, potente y atento a la creación de una nueva mirada, de otra forma de responder, observar y filmar no solo a la mujer, sino también a la sociedad, la identidad, el género y las cuestiones políticas. Delphine Seyrig, Chantal Akerman, o las americanas Barbara Hammer y Barbara Loden con aquel asteroide cinematográfico llamado Wanda (1970). Todas contribuyeron a dinamitar un marco, tradicionalmente ocupado por la presencia masculina, mientras apuntaban con sus cámaras hacia una recomposición de la mirada cinematográfica.

    No hace mucho, a propósito de su visita al Festival de Las Palmas, Patricia Mazuy recordaba a Agnès Varda como una figura creativa única. Lo justo sería decir que la directora de Réponse de femmes (1975) siempre estuvo ahí. Atenta. Filmó Irán y también a los cubanos, concentrada en lo personal y también lo político, saltó del corto al largometraje, del celuloide a otros formatos, y nunca dejó de cultivar una mirada abierta pero no por ello menos combativa. Poderosa. Mazuy se inició en el cine trabajando en la mesa de montaje de Una habitación en la ciudad (Une chambre en ville, 1982) y Sin techo ni ley (Sans toit ni loi, 1985), del matrimonio Demy-Varda. Ella, que fue fille de boulangers, de gente habituada al oficio y a la vida sencilla, empezó en el cine precisamente a través del oficio de montar, organizar, cortar y construir las imágenes filmadas. Hacer películas, nunca mejor dicho. Y más allá de sus años de estudios, de peregrinación por California y de cine —ella misma diría que fue más importante charlar con Varda a propósito de las obras de John Ford que haber descubierto su cine—, Mazuy se entretuvo el tiempo necesario para forjar una primera mirada.

    En cierto modo, Peaux de vaches (1989) podría parecer un filme íntimamente conectado a la obra de Varda; un poco, como sucedía con el primer largometraje de Sandrine Veysset, Y’aura til de la neige a Nöel? (1996). Dominado por un entorno rural, en zonas de la baja Normandía y el Norte de Francia, en el que observamos desde una mirada casi etnográfica los trabajos de ganadería y agricultura, y en el que la vida, asfixiada por los ritmos laborales y los ambientes cerrados, acaba por dinamitar las frágiles estructuras sociales que sustentan a la familia, revelando de paso esa figura cada vez más incómoda, la de la mujer, en un entorno tradicionalmente masculino. Si una primera imagen pudiese describir toda una obra, la de Peaux de vaches sería la más justa con respecto al cine de Mazuy: el ojo febril de una vaca expectante ante lo que va a suceder cuando el delirio alcohólico en el que los dos hermanos protagonistas se han sumergido les lleva a incendiar la granja familiar y, de paso, matar a un hombre. ¿Es, por tanto, una mirada de pánico? En absoluto. Más bien, lo suyo sería pensar que describe la ira, la violencia, el exceso de humanidad que la directora va a tratar de esbozar, si es que no de exorcizar, en la película. Es un calambrazo al espectador, un shock estético, puñetazo a la tranquila vida rural.

    Sandrine Bonnaire, que había pasado de Pialat a Varda, sus padres cinematográficos, es en el filme la balanza que pesa la cantidad de culpa repartida entre los personajes interpretados por Jean-François Stevenin y Jacques Spiesser. El primero, el hermano que ha cargado con la responsabilidad legal de los hechos, encerrado durante años y liberado de la prisión a un espacio del que, incluso antes de la cárcel, se sentía expulsado; el segundo, el hermano que simplemente continuó con su vida, aunque no pueda evitar que en la tensión del reencuentro los cimientos de esta nueva familia con mujer e hija se resientan ante la brutalidad de ese lazo compartido con el hermano. ¿Cómo definir Peaux de vaches? Como algo primario, más bien primitivo. La cámara danza entre espasmos alrededor de los cuerpos de los actores, atenta a su cólera y preparada para capturarlos en toda su humanidad. Retrato de gestos, dibujo de ese otro país colonizado por la industria agraria, por cuyas calles pasean tractores y remolques, y a veces también personas con tantos dramas interiores, con sus vidas al borde del agotamiento, que no saben muy adónde dirigirse para recuperar todo ese tiempo perdido.

    Saint-Cyr, 2000
    Patricia Mazuy.

    2. Enmienda a Racine



    Hasta llegar a Saint-Cyr (2000), su segundo largometraje, Patricia Mazuy tuvo que recorrer un largo camino entre proyectos que no cuajaron, breves incursiones televisivas y las aventuras del sueño americano (en algún momento, su camino se cruzó con el de Robert Altman, Elliot Gould y aquel largo adiós que trató de resucitar en mitad de México y que terminó por caer). Si su primer largo llegó casi al final de los 80, el segundo apareció cuando ya despuntaba en el horizonte el Siglo XXI. Nada mal, si tenemos en cuenta que se trataba de un filme de época, ambientado en la corte de Luis XIV, con Isabelle Huppert como protagonista. O como cabeza de cartel, maticemos. Aquí Mazuy está tan cautivada por el escenario real como, en verdad, por lo que dice de la organización social y moral de la mujer una institución como Saint-Cyr, fundada por Madame de Maintenon bajo el ala del monarca.

    En un primer momento, ya observamos esa disonancia que acompañará a toda la película. La escuchamos en la banda sonora de John Cale, nitroglicerina para las imágenes de época fotografiadas por Thomas Mauch, y en los aspavientos de una Huppert transformada en preceptora de una generación de jóvenes francesas a las que se pretendía educar para no ser simples ángeles del hogar. Para Mazuy, Saint-Cyr es algo más que un laboratorio; es una instancia crítica desde la que observar la decadencia de Luis XIV, antes de que desembarcase el bonapartismo en Francia; es, también, un observatorio privilegiado a partir del cual cuestionar la columna vertebral de la cultura educativa —y en verdad resulta interesantísima la caracterización del dramaturgo Racine, prácticamente un tótem cultural, y su presencia amarga en la película; y es, en definitiva, una visión que sabe cómo sortear la presencia absorbente de sus rostros más conocidos, los de Jean-Pierre Kalfon e Isabelle Huppert, para confiar el espíritu combativo y la capacidad de respuesta en esas jóvenes que habitan entre las paredes de la escuela.

    Podría decirse que Mazuy practica una suerte de insubordinación no solo con respecto al cine de temática de época —la minuciosa reconstrucción de los años de Luis XIV se ve amenazada una y otra vez por los calambrazos que cineasta y cómplices creativos llevan a cabo para dibujar su alegato—, sino también con la memoria o el relato histórico que, precisamente, ha quedado de ese periodo. Lo importante, con todo, no radica en glosar un triunfo o un fracaso, el proyecto o el éxtasis de la corona de Francia, el derecho de pernada o el poder total —qué reveladora esa escena en la que el Rey fuerza a su esposa a mantener relaciones, puesta en forma por Mazuy con idénticos mecanismos a como funciona todo en la corte; desde la inercia que concede la casi omnipotencia. Por eso resulta tan interesante, incluso tan atrevida, esa manera de desviar el relato hacia las niñas y adolescentes, hacia sus querencias, dudas y cuestionamientos internos. Es en ellas donde Mazuy pone especialmente el acento, como una interrupción en medio del fracaso, cortocircuito para quemar los fusibles de un cierto estado de las cosas. O cómo, mientras rueda una película de época, la directora también se preocupa por mostrarnos la utilidad de su cine. Lanzallamas contra los tibios y aquellos que gustan de una moral pasada por agua.

    Paul Sanchez est revenu!, 2018
    Patricia Mazuy.

    3. Una singularidad desnuda



    Una década más tarde, atravesada por un documental —no se trata, solo, de cine etnográfico, de interés por esas zonas de Francia abarrotadas de vida y, sin embargo, abandonadas por la cámara; se trata de escrutar, espigar y reflejar una y otra vez a todas esas criaturas que, a menudo, se confunden con unos paisajes con demasiada personalidad—, Mazuy estrena Sport de Filles (2011). Probablemente sea su obra maestra. Una película que regresa a un ambiente rural, aquí capitalizado por las competiciones ecuestres, para narrar la historia de un microcosmos de vencidos y derrotados, de amores pochos e identidades heridas, que entre penas y tristezas son capaces de alcanzar un efímero momento de gloria; o, mejor aún, de reconocimiento. Es este, tal vez, un concepto algo resbaladizo, pero sería un tanto absurdo no admitir que Mazuy cree en sus personajes; no solo se limita a acompañarlos y describirlos. Cree en el granjero fracasado y terrible de Peaux de vaches tanto como en esta Gracieuse (Marina Hands) de Sport de filles. Tal vez el motivo sea que nunca acabamos de saber qué buscan, qué necesitan; un poco de amor, un poco de comprensión... Son criaturas difíciles, a menudo indómitas, que dan bandazos y aspavientos y culebrean por cada escenario sin que podamos hacer nada más que observarlas. Dicho esto, qué maravillosa es esa escena en la que Marina Hands practica la doma ecuestre mientras suena Il cielo de Lucio Dalla y Mazuy nos coloca hombro con hombro con Bruno Ganz, superpuestos con esa mirada de ternura y reconocimiento para con quien no es más que otro semejante. Un animal herido. Una mujer en pleno éxtasis, aunque solo sea por un momento.

    Con Sport de Filles, Mazuy reafirma las bases de su obra cinematográfica: sus películas son ásperas, prácticamente imposibles de encasillar en un solo género. La presencia del ambiente, a menudo asfixiante y agotador, refleja con claridad la preocupación por el trabajo y por la organización social que se desprende —en SDF capitalizada por ese microcosmos de millonarios y burgueses que compran, venden, hacen y deshacen sin preocuparse en lo más mínimo por el factor humano del asunto; todo lo que, en su antipatía y contradicciones, refleja Bruno Ganz en su papel de adiestrador y maestro. Los personajes, a menudo apáticos o malhumorados, nunca acaban de abandonar esos nubarrones que flotan por encima de sus cabezas, sin saber del todo si es por propia imposición o porque se han olvidado de cómo disfrutar de un poco de alegría, aunque acabe temprano. Y como si se tratase del barniz sobre la madera, la mirada siempre incisiva de Mazuy, irónica y con un punto de distancia moral, aquí extraordinariamente acompañada por la cámara de Caroline Champetier. Entre todo, una singularidad desnuda.

    Paul Sanchez est revenu! (2018), penúltima realización de Mazuy, empieza con la misma fuerza de siempre. Encontramos la música de John Cale con ese pulso interno que dinamita los ambientes de monotonía y aburrimiento del norte de Francia; los escenarios cotidianos enmarcados en lugares de paso como carreteras o calles comerciales; un tono incierto, que oscila entre la comedia y el thriller para derivar en el drama de la descomposición de un cuerpo social; y un reparto coral que, más que nunca, dibuja una reflexión matizada, meditada y rabiosa sobre la Francia contemporánea. La exclamación del título suena, prácticamente, a cuento moral, como quien advierte que viene el lobo, con la esperanza de que a la muchedumbre le entre el pánico y acaso sean más dóciles y sumisos. En cambio, en el filme sucede todo lo contrario: la promesa del avistamiento de un viejo asesino múltiple convierte un lugar aparentemente pacífico en su versión enloquecida, con la policía y la prensa como dianas particulares de las críticas de la cineasta.

    Laurent Lafitte, que ya hizo de vecino depredador en Elle (Paul Verhoeven, 2016), interpreta a un mediocre comercial de piscinas que se hace pasar por Paul Sanchez quizá como único motivo para dar rienda suelta a su frustración. Este detalle no resulta baladí si pensamos en que Marion (Zita Hanrot) hace algo parecido con su trabajo como policía, incapaz de controlar su temperamento e impulsos en un pueblo que es en sí mismo un lugar aburrido y normal. Por tanto, para Mazuy asesino y policía son dos disfraces que esconden una insatisfacción brutal con el statu quo de la sociedad, y que por tanto la radiografían sin piedad, a las bravas, convirtiendo lo que en un principio pensábamos que eran pinceladas de comedia en tragedia. La odisea de Didier Gérard es la de ese personaje mediocre herido en todos sus frentes; el primero, es posible, el de su masculinidad. El más obvio, el que corresponde al bolsillo. Sin embargo, Mazuy alberga tanta simpatía o antipatía por él como por la joven policía. Los ve idénticos, porque cohabitan el mismo espacio y, por eso precisamente, dejan en evidencia todo lo que hay por debajo de la calma y la placidez.

    Mazuy se entrega divertida al juego de gato y ratón durante buena parte del metraje, pero en el fondo es solo una artimaña para propinarnos un puñetazo cuando se hace añicos el telón de la comedia coral y regresamos, de nuevo, a las coordenadas de su cine. El de Laurent Lafitte es el personaje evolucionado de su primera película; alguien vencido, derrotado y asolado por una vida interior tan vacía que hace eco. Alguien, por tanto, capaz de cualquier cosa, de ser un payaso, un criminal o un padre de familia, de estallar en frente de la cámara o de invitar a la conmiseración porque, más que verdugo, es solo víctima. Y otro tanto con Marion, que recoge el testigo de las protagonistas femeninas. Por mucho que aquí esa rebeldía, su insubordinación, apunte hacia la descomposición del cuerpo social y no le granjee un pequeño espacio de libertad; esa epifanía individual que, en Sport de Filles, vivía Gracieuse a lomos de su caballo. La vida está en otra parte, parece decir Mazuy. Lo que vemos aquí es el exceso y el defecto, lo grotesco y lo grandilocuente, una película policiaca en la que se dispara un tiro, un western entre arcenes y carreteras comarcales y una comedia que va perdiendo el brillo a medida que sus personajes, simplemente, adquieren conciencia de su insoportable mediocridad.

    Bowling Saturne, 2022
    Patricia Mazuy.

    4. Asfixiar el neo-noir



    Bowling Saturne (2022), la última realización de Mazuy, se presenta como una incursión más directa en el género, a costa de dilatar los límites del neo-noir. Pero, pasado el efecto inicial, la estilización tan afín al subgénero y, cada vez más, tan corriente a muchas películas que necesitan de una respiración artificial para sus imágenes, el filme nos sumerge en las preocupaciones habituales de su directora; aquí, más que nunca, con una masculinidad abiertamente tóxica y una herencia patriarcal tanto o más corrosiva. ¡Paul Sanchez ha vuelto! Podrían gritar sus protagonistas (o nosotros, los espectadores) para invocar ese mal conocido que tape las vergüenzas morales de una sociedad atascada pese a su anhelo de contemporaneidad. De hecho, desde ese punto de vista, la angustia física que invade cada uno de los planos de la película se impone como una elaborada metáfora de las estrecheces y falta de aire —demasiado ambiente enrarecido, en definitiva— de una sociedad masculina atrapada en las redes del pasado.

    En este último tramo de su carrera, Mazuy parece decirnos que la violencia es la forma mediante la cual una sociedad pretendidamente autosuficiente y madura responde a aquellos que buscan cómo poner el dedo en la llaga. Algo que, paradójicamente, en lugar de silenciarla la expone con mayor claridad. En Bowling Saturne, tal vez su película más violenta y desapacible, ya no es necesario un Didier Gérard que consiga el disfraz perfecto para quebrar la estabilidad social. Bastan sus personajes, habitantes del límite, para descomponer hasta el último cimiento. El thriller contribuye a la atmósfera, a estilizar y dosificar sabiamente qué y cómo se muestra. En última instancia, lo único que queda es ese carrusel de criaturas heridas, desbordadas y terribles que exhalan el aliento postrero de una sociedad hecha trizas. ¿Acaso no es esta también una forma de hacer política? Si esta radiografía de la virilidad hipermasculina no lo es...

    Jean-Philippe Tessé, desde las páginas de Cahiers, definía el cine de Patricia Mazuy como singular. Único. Se podría añadir, por ejemplo, visceral. Político. Corrosivo. Sin embargo, es de justicia señalar que una de sus principales virtudes radica en el tono, siempre difícil, cambiante, sin caer de pleno en un solo género, igual que unos personajes con múltiples aristas, sorprendidos habitualmente por la mediocridad y por algunos arrebatos de genuina humanidad que la cámara captura casi desde la epidermis. A flor de piel. El humor de Mazuy es bien parecido al que en su momento gastara Varda, con esa facilidad para quitar hierro a determinadas cosas mientras, en paralelo, prepara el puñetazo contra las costumbres más anquilosadas y ensaya una mueca de disgusto reservada para ese cuerpo social en permanente estado de descomposición que, lo que son las cosas, lleva por nombre Francia. Una cineasta singular, una obra apasionante, una filmografía breve repleta de hallazgos con un discurso potente, insubordinado y, en fin, brutal.


    Peaux de vaches, 1989
    Patricia Mazuy.

    por Óscar Brox
    noviembre 15, 2022

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    por Óscar Brox | noviembre 15, 2022
    || Monográficos
    El cine de Lur Olaizola
    FICX 2022
    Una próxima lejanía


    Javier Acevedo Nieto
    Sevilla |

    fechas
    | Del 11 al 19 de noviembre de 2022. |

    Artículo creado en colaboración con el Festival de Gijón,
    que celebra su 60ª edición del 11 al 19 de noviembre y que le dedica una retrospectiva a Lur Olaizola.


    El tiempo de la memoria, como el de la vida, es un tiempo ficticio. Para representarlo, el lenguaje oral y escrito de diferentes lenguas han creado un léxico: los deícticos indican una distancia más cercana o lejana en función de la intención pragmática y la fuerza expresiva. Imaginemos el recuerdo de una mujer que viaja en barco de Le Havre a Nueva York en 1954. Podemos afirmar que «en aquel tiempo», hace más de cincuenta años, una mujer viajó para buscar una vida posible. «Aquel» actúa como deíctico y marca una distancia que afirmaremos se representa como lejana en la imaginación del hablante.

    ¿Es posible acercar la distancia entre el recuerdo y el presente? En castellano y en tantas otras lenguas, es posible. Reformulemos y digamos «en este tiempo», donde «este» presenta un valor deíctico mucho más próximo. Ahora el recuerdo de la mujer que viajó y recuerda junto a una joven aquellos días en Nueva York se experimenta como mucho más cercano. Pero ¿qué más ha sucedido aquí? Probable e instintivamente, habremos representado «este tiempo» a través de la imagen mental y simbólica de una mujer que narra su recuerdo en primera persona. De este modo, parece que el recuerdo es una distancia codificada tanto socialmente (en el código consensuado de días, semanas, meses, años, etc.), como individualmente (en el código personalizado de nuestros recuerdos, memorias y sentimientos). Diferenciamos así entre una pragmática social (una intención en comunidad) y una pragmática individual (una íntima convención que casi susurramos) a partir del valor simbólico de un deíctico (este, aquel, ese y sus correlatos en lenguas como el francés, el euskera o el inglés). Sin embargo, ¿puede el tiempo de la memoria ser tanto personal como social? y, sobre todo, ¿existen unos deícticos que midan la justa distancia entre el recuerdo y la emoción?

    Las imágenes de Lur Olaizola son estos deícticos: acercan y alejan el recuerdo y, sobre todo, son la justa representación de la distancia entre aquello que recordamos y aquello que queremos/debemos/solemos sentir. Zerua Blu (2021) narra el viaje de Mamaddi Jaurena de Le Havre a Nueva York en 1954. El tiempo de la memoria es para Olaizola una cuestión que, más que representarse, se intuye a partir de indicios. Para la cineasta, la memoria es un tipo de antimateria que se aprehende en los puntos ciegos del lenguaje, de cualquier lenguaje. La crónica de Mamaddi privilegia el lenguaje oral y las imágenes (un plano detalle de dedos deícticos que marcan un mapa, por ejemplo) se olvidan de la realidad factual porque, llegados a este punto, consensuaremos que la realidad en el cine es una simple variable con la que operar en la memoria engañosa de nuestra visión. La narración oral del recuerdo nos permite añadir construcciones imaginarias a los huecos creados por imágenes situadas en una perfecta distancia entre lo que se narra y lo que se mira, como si ambos actos fueran deícticos en el lenguaje de la memoria.

    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 13, 2022

    «Una próxima lejanía»: El cine de Lur Olaizola

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 13, 2022

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