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    Crítica | Monica

    || Críticas | FICX 2022 | ★★★★☆ |
    Monica
    Andrea Pallaoro
    Saltar al vacío


    Adrià Allande G.
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, Italia, 2022. Título original: «Monica». Director: Andrea Pallaoro. Guion: Andrea Pallaoro, Orlando Tirado. Fotografia: Katelin Arizmendi. Reparto: Emily Browning, Patricia Clarkson, Trace Lysette, Adriana Barraza. Productora: Solo five productions, Propaganda Italia, Varient, Melograno films.

    Monica, tercera película del director italiano Andrea Pallaoro, representa la segunda parte de su trilogía de la identidad. Si en su última cinta, Hanna (2017), se acercaba al concepto de la personalidad desde la confusión y, por lo tanto, desde el desorden, en la presente encontramos una mirada opuesta. Monica se conoce a sí misma y, desde hace tiempo, quizá demasiado, ha crecido fuera de casa; no por voluntad propia sino por imposición. Su madre, en el pasado y al conocer el deseo de su hijo de cambiar de género, decide acompañarlo a la estación de autobuses para que inicie una nueva vida fuera de casa. La protagonista, encarnada por el icono trans Trace Lysette, desterrada y sin ninguna forma de asistencia, crece fuera del círculo familiar desde su primera juventud hasta la adultez y, en una significativa decisión por parte del guion, en ningún momento conoceremos la soledad ni las desdichas que han definido su segundo nombre porque, como afirma el director francés, Jean Luc Godard, quienes saltan al vacío no le debe ninguna explicación a los que se paran a ver.

    Después de muchos años, tras la llamada de la pareja de su hermano, regresa al hogar por el mismo motivo por el que se marchó: su madre. Sin embargo, ahora es esta última la que está a punto de partir y la protagonista, en un acto de humanidad así como de necesidad —propia y mutua— decide acompañarla en sus últimos días de vida. Monica, en un viaje que ahonda en las sombras de un tiempo pasado, recupera el contacto con su hermano y su familia. Consumada su vuelta, la madre (interpretada por Patricia Clarkson), como consecuencia de la operación que le procuro a su vástago no ser mujer, pero sí verse como tal, no puede reconocer a su hijo. La joven, no obstante, haciéndose pasar por una cuidadora, tampoco le confiesa su identidad y Monica, desde el silencio, espera que un gesto o una mirada, como si el tacto tuviera memoria —justo como sucede al final de Luces de la ciudad de Charles Chaplin— pudiera desvelarla y así, al final del meandro y donde el río termina, mirarse como lo que son: madre e hija.

    La prosa con la que el director italiano registra su tercera obra para la gran pantalla, como el título de la novela de F.S. Fitzgerald, es suave como la noche. El formato de la película, representando la opresión identitaria que vive la protagonista, es de dimensiones cuadrangulares para, al mismo tiempo, en palabras del propio director, hacer que la mirada del espectador se dirija al centro del espacio substancial: el cuerpo de Monica. La corporalidad, desde su mirada simbólica hasta los elementos de condición ordinaria, aparecen como un acto de resistencia íntima; aún más para quienes, como es el caso de la intérprete norteamericana, han atravesado desde sus propias raíces un proceso de reapropiación identitaria. El director, consciente de la dificultad del hecho, a pesar de tener un tratamiento íntimo y familiar, recoge a la protagonista desde la distancia; la puesta en escena de la película hace uso de los espejos, ventanas y cristales de la casa para desdibujar, así como presionar, el cuerpo de Monica y sobre el que, progresivamente, deberá ir recuperando su propia identidad dentro del espacio familiar. Si el cuerpo es el fundamento principal del conflicto, en tanto que elemento de contingencia material, el hogar lo es desde su expresión temporal. Este, del mismo modo que la infancia, como afirma el poeta simbolista Rainer María Rilke, autor de Sonetos a Orfeo, es el verdadero país del hombre; y, seguramente, el único a conocer. Mónica fue desterrada del calor de la familia y, por lo tanto, de la sonrisa que nos nace al recordar un tiempo pasado. No hay nostalgia porque, para ella, no hay recuerdos sino dolor. La casa es la manifestación, así como la declaración, de un espacio de imposibilidad. Por ello, en la primera parte de la vuelta al hogar, se nos presenta como un lugar luctuoso. Las sombras dominan el espacio para que, al mismo tiempo que la aceptación, poco a poco y sin llegar por restablecerse, porque donde hay dolor siempre habrá recuerdo, se hienden en su cuerpo sólido los primeros destellos de ternura.

    Monica, desde el uso del lenguaje narrativo y visual –mérito de su directora de fotografía, Katelin Arizmendi—, hasta el gesto actoral de Lysette y sus secundarios, es una película que respira elegancia, precisión y, por encima de todo, sensibilidad. Pallaoro, en un estilo ausente de artificio, pero profundamente plástico por su cuidado, procura no descender a las singularidades del cuerpo y lo trata con honestidad porque, de puertas para adentro, en las cuatro paredes que nos conforman, el dolor que nos habita no es más que una música solipsista. No conoceremos los surcos de Monica, ni cuáles han sido las imágenes de desconsuelo de su juventud, sino que, con una sorprendente dignidad, nos acercaremos a las universalidades de quien, en un acto de regreso, se busca a sí mismo como una verdad.


    Monica, Andrea Pallaoro
    Albar FICX 2022.

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