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    Crítica | To Leslie

    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    To Leslie
    Michael Morris
    Sombras y luces


    Adrià Allande G.
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «To Leslie». Director: Michael Morris. Guión: Ryan Binaco. Música: Linda Perry. Fotografia: Larkin Seiple. Reparto: Andrea Riseboroug, Marc Maron, Stephen Root, Allison Janney, James Landry, Matt Lauria. Productora: BCDF Pictures, Shaken Not Stirred, Baral Productions, Bluewater Lane Productions.

    Leslie hace seis años, en un pequeño pueblo del suroeste americano, ganó el primer premio de la lotería nacional. La conocemos, a través de los títulos de crédito, en la entrevista del canal de televisión pública, donde, loca de alegría, invita a una copa a los presentes; anunciando, desde la inocencia, el principio de los infortunios de su vida adulta. Por su paralelismo y en forma de presagio, en un primer momento, nos viene a la memoria el desierto luctuoso de Avaricia (Erich von Stroheim, 1924) y, cómo la obra maestra del director austrohúngaro se adentra en las consecuencias de quienes son señalados por la música de la diosa fortuna. Pero, no nos olvidemos, donde hay música también habrá silencios. La historia se compone o, más bien, se descompone a través de los silencios y las ausencias. Pérdidas que, como de un efecto mariposa se tratara, suceden una detrás de otra hasta agotarse porque, como afirma el filósofo romanes, Michel Cioran; el hombre puede imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde puede llegar a hundirse, eso no tiene fin. Y la violencia del descenso no es tanto por su vértigo sino porque el amor, aquello que vehicula nuestros días, desde la philia hasta la philauta, como decían en la antigua Grecia, desaparece en la caída. Leslie, desde el instante que ganó el primer premio de la lotería hasta el presente, ha caminado desorientada por el crepúsculo de las adicciones, pensando que en la noche encontraría resplandecientes noctilucas. No obstante, en su viaje, sin consciencia ni deseo, ha ido deshaciéndose de obligaciones; desde ser madre hasta el hecho de ser persona, perdiéndose a sí misma en su propio laberinto.

    La película del director londinense, después de su paso por la televisión norteamericana, es su primera historia para la gran pantalla y con la que se presentó al Festival de Gijón en la sección Retueyos. Michael Morris, con el guion de Ryan Binaco, trabaja un relato clásico que aborda punto por punto el hero’s journey. Apoyado en la intensa interpretación de Andrea Riseborough –que recuerda a Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia (Woman Under the Influence, 1974)— se acerca –sin la intransigencia gramatical del director norteamericano, pero en un uso coherente del lenguaje— a las formas que definen la obra de John Cassavetes; en una puesta en escena, que, como su protagonista, se devora a sí misma. Michael Morris, en la primera parte de la película, ilustra la agonía, así como la opacidad de quienes viven inmóviles en las tinieblas del alcoholismo por medio de la dilución perceptual. La imagen, progresivamente, se descompone como la propia vida de Leslie, afectando y deshaciendo la de quienes pretenden ayudarla. El campo visual se concentra en la figura de la protagonista, invalidando los espacios e individuos que la acompañan y que, en el pasado, la definieron. Ahora no son más que las sombras de su conciencia y que definen un triste futuro.

    Leslie, como resultado de su inconsistencia, propia de quienes naufragan en el mostrador de los tugurios, parece no asumir los desaciertos de su pasado y, al mismo tiempo, de su presente. No obstante, como la maleta que lleva siempre consigo y donde guarda las fotografías de su infancia, traslada dentro de sí, como si fuera el desaliento del viejo Sísifo, de un pueblo a otro, de un hogar al siguiente y así sucesivamente, el peso de su consciencia malherida. La maleta termina por perderse entre una de las tantas desventuras que acompañan a la protagonista y, con ello, el último vínculo que la sujetaba a su pasado. La perdida, en la historia; y hasta en la vida misma, es sinónimo de posibilidad porque, como asegura el poeta griego, Ovidio, la esperanza hace que el náufrago agite sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra en ningún lado. Y de esa agitación, de las manos que apuntan hacia arriba buscando quién sabe qué, aparecen las de Sweeney como un acto de resistencia, una caricia para creer en las segundas oportunidades así como, ineludiblemente, en las personas. En este sentido, y aunque el guion, así como las actuaciones de Riseborough y Marc Maron, sostienen la segunda mitad, en la puesta en escena, progresivamente, se impone una línea más normativa y de carácter sistemático, perdiendo el vigor del primer segmento. El perdón, en última instancia, es el leitmotiv de este trabajo que dibuja la autodestrucción pero también el autodescubrimiento. También la contingencia de los actos, así como sus consecuencias, las luces y sombras, huellas y heridas que dejaron a quienes la quisieron, sufrieron, ayudaron y hasta olvidaron. Recuerdos, en forma de alegrías y excepciones, dentro una maleta extraviada.


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