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    Crítica | Eileen

    || Críticas | Sundance 2023 | ★★★☆☆
    Eileen
    William Oldroyd
    Admiración femenina truncada


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Dirección: William Oldroyd. Guion: Luke Goebel y Ottessa Moshfegh (basado en la novela de Ottessa Moshfegh). Producción: Fifth Season / Film4 / Likely Story / Omniscient Productions / Scott Rudin Productions. Dirección de fotografía: Ari Wegner. Montaje: Nick Emerson. Música: Richard Reed Parry. Dirección artística: Gonzalo Córdoba. Decorados: Michele Muñoz. Vestuario: Olga Mill. Reparto: Thomasin McKenzie, Anne Hathaway, Shea Whigham, Marin Ireland, Buck Warren, Owen Teague, Sam Nivola, Siobhan Fallon Hogan, Tonye Patano. Duración: 97 minutos.

    Hay una cierta tendencia en el cine moderno por volver ciertas historias innecesariamente rebuscadas y complejas. Al margen de un metraje que suele ser más extenso, ello supone añadir subtramas o meros desvíos narrativos o estéticos que también suman capas al drama o a la imagen, pero a menudo distrayendo de su núcleo, dejando inconclusas algunas de sus partes o pecando de falta de homogeneidad o cohesión. Muchas películas de la cartelera lo confirman, sin que haga falta citar ejemplos concretos. Y decimos que es una tendencia del cine moderno porque es más frecuente que hace décadas, cuando el objetivo de una historia era mucho más meridiano y las películas solían ser más cortas. Ahora, lo inverso queda manifiesto en la mayor duración de muchos dramas o cintas de género (no incluimos, por supuesto, las epopeyas o recreaciones históricas) y el afán por sortear el montaje lineal o progresivo. Por ello es de agradecer que algunas, pocas, cintas recientes se desmarquen de esta tendencia, y era de esperar que el cineasta británico William Oldroyd nos volviera a dar una muestra de ello. Su anterior película, Lady Macbeth (2016), no llegaba a la hora y media y se centraba en el comportamiento entre doblegado y despiadado de la protagonista del título, interpretada de manera reveladora por la joven Florence Pugh.

    Ahora acaba de estrenar en el festival de Sundance Eileen, adaptación de la novela de Ottessa Moshfegh, que coescribe el guion. En este caso, el metraje es un pelín más largo pero el drama es igual de sintético. En pocas palabras, aquí la protagonista del título (Thomasin McKenzie) es una joven residente en el Boston de los años 60 (época sobre todo recreada con canciones de aquel entonces, como (You Don’t Know) How Glad I Am de Nancy Wilson, o Tell Him de The Exciters), que vive sola con su padre alcohólico (Shea Whigham) y trabaja algo marginada en un centro penitenciario. A su plantilla se une entonces Rebecca Saint John (Anne Hathaway), una sofisticada psiquiatra que viene de Nueva York, con una apariencia y unos modales que contrastan claramente con la deprimida, tosca, casi primaria sociedad del ambiente aquí retratado. Por tanto, Eileen enseguida se siente fascinada por ella. Es una chica reprimida, solitaria, que Oldroyd y sus guionistas nos introducen a través de sus fantasías sexuales imaginadas y sus miradas y gestos esquivos. Frente a ello, Rebecca es una mujer con experiencia, segura de si misma y del efecto que provoca en los demás, pero oculta algo. Parece que la historia va a seguir la línea de un romance incipiente, latente en su incertidumbre y prohibición, incluso recordando a Carol (Todd Haynes, 2015), por estos elementos y por el gran parecido entre los personajes de McKenzie y Rooney Mara, y Hathaway y Cate Blanchett, respectivamente. Sin embargo, nos tiene reservado un giro que imposibilita esa potencial atracción y centra el conflicto en algo más propio del thriller o del suspense.

    Decíamos, con todo, que Eileen es un ejemplo de cine sintético, porque este giro no pretende tanto añadir ramificaciones al drama como darle su sentido primigenio, teniendo en cuenta que hasta entonces era escaso. Los tres personajes citados (el del padre de Eileen tiene asimismo su relevancia) son prácticamente los únicos con presencia, al menos hasta el último acto, y no hay ninguna escena, casi ningún plano, en que no esté presente uno de ellos. Tales escenas, además, no se detienen en acciones ajenas al discurrir de la estructura narrativa (dicho de otra manera, no hay secuencias que nos trasladen a otras ubicaciones o que tengan otro tipo de enfoque), ni hay apenas transiciones, ni secuencias de montaje. El tiempo transcurrido en pantalla es pues breve y ceñido a pocas localizaciones: la casa de Eileen y su padre, la prisión, algún bar y alguna otra casa. Y es que no hace falta nada más para contar esta historia. Sí se echa en falta, con todo, algo más para que nos hubiera resultado más sugerente, más intrigante, desde un punto de vista estilístico. Es extraño que, dado el precedente de Lady Macbeth, de puesta en escena impactante, aquí Oldroyd y su director de fotografía Ari Wegner (que también trabajó en aquel filme de 2016) apuestan por un estilo más comedido, casi anodino, más allá de algunas imágenes algo más memorables, como las que acentúan la neblina o simplemente el frío que rodea la ciudad. Además, para una película que, dadas estas renuncias por así decir técnicas, prefiere ceder terreno a los actores, hay alguna decisión extraña de dirección en lo que a ellos respecta, en particular en la secuencia climática, en un sótano (por ejemplo, el manejo de una pistola por la protagonista o la reacción de una cierta víctima). En suma, Eileen es una película interesante pero algo irregular, esta vez no por su meollo narrativo, adecuadamente condensado, sino por otras facetas, visuales o de otros detalles, que no hay que olvidar ni despreciar cuando se quiere realizar una obra memorable.


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