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    Crítica | How to Blow Up a Pipeline

    || Críticas | FICX 2022 | ★★★☆☆ |
    How to Blow Up a Pipeline
    Daniel Goldhaber
    Sin miedo al thriller


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: How to Blow Up a Pipeline. Director: Daniel Goldhaber. Guion: Ariela Barer, Jordan Sjol, Daniel Goldhaber. Productores: Ariela Barer, Alex Black, Daniel Goldhaber, Forrest Goodluck, Alex Hughes, Eugene Kotlyarenko, Riccardo Maddalosso, Danielle Mandel , Isa Mazzei, Jon Rosenberg, Natalie Sellers, Jordan Sjol, Julianna Sy, Adam Wyatt Tate, David Grove, Churchill Viste. Productoras: Chrono, Spacemaker Productions. Fotografía: Tehillah De Castro. Música: Gavin Brivik. Montaje: Daniel Garber. Reparto: Ariela Barer, Kristine Froseth, Lukas Gage, Forrest Goodluck, Jayme Lawson, Jasper Keen, Sasha Lane, Olive Jane Lorraine, Marcus Scribner, Jake Weary.

    Se podría decir que el thriller es un género que disfruta de una buena acogida en el circuito de festivales. De manera intuitiva, se podría argumentar que su auge se dio a raíz de los ejercicios estéticos de Nicolas Winding Refn —Drive (2011), Solo Dios perdona (2013)—, sendas propuestas tan efectistas como efectivas, tan conocedoras del medio como experimentales. Al éxito de estas obras le han seguido una hornada de filmes en la misma línea, que toman las bases del género como excusa más o menos fundamentada para desarrollar ejercicios formales, donde el juego con las luces y la abstracción, así como con los tempos lentos, son las principales señas de identidad. De este modelo de cine se podría destacar El lago del ganso salvaje (2019), una obra tan gozosa como en última instancia intrascendente, un juguete incapaz de desprenderse de su propia condición de artefacto.

    Da la impresión, no obstante, de que no se termina de confiar plenamente en el género, de ahí que se juegue constantemente con sus claves para que acabe pareciendo otra cosa. Esta tendencia, que ha parasitado buena parte del cine de terror de autor —el denominado «terror elevado»—, se ha podido observar recientemente en la 19ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde se han podido ver dos thrillers que aspiran a ser otra cosa —hay quien diría que a ser «algo más» (sic)—. Por un lado, Rodeo (2022) es una obra que explora los tropos del thriller de extrarradio, estableciendo un paralelismo con obras como A todo gas (2001), pero filtrado a través del tamiz del cine social dardenniano, lo que da lugar a una suerte de indefinición, ya que la obra no termina de ser cine realista de denuncia, y al mismo tiempo se queda lejos de explotar las posibilidades genéricas. En ese sentido, Ashkal (2022) ofrece una propuesta algo más solvente, menos temerosa de ser cine de género, pero, en última instancia, acaba añadiendo una capa sobrenatural, como si desarrollar un policiaco puro y duro no fuera suficiente. Teniendo en cuenta el panorama del circuito de festivales, es especialmente gozoso encontrarse con una cinta como How to Blow Up a Pipeline (2022), una película enraizada en las claves narrativas y tonales del thriller, que en ningún momento esconde su condición y que, precisamente por ello, logra alcanzar instantes cinematográficos de mayor calado.

    La película de Daniel Goldhaber toma como referencia el homónimo ensayo de Andreas Malm, que defiende la lucha contra el cambio climático a partir de la violencia, para desarrollar una historia de ficción sobre un grupo de jóvenes activistas que montan un grupo terrorista para reventar un oleoducto y así comenzar una revolución que consiga cambios efectivos en materia medioambiental. Quizás el primer elemento que denota el buen uso de las claves del género se localiza en la escritura del guion, donde la construcción fragmentada del relato ofrece un despiece secuencial de personajes y situaciones. La narración fluye con soltura gracias al uso de un punto de vista compartido, como se observa en el prólogo del filme, que sitúa a cada personaje dentro del plan al tiempo que crea expectación ante lo que está por suceder y establece el tono a través de montaje, movimientos de cámara y banda sonora. A medida que avanza el filme, el desarrollo de la trama alterna el presente común de los personajes, que elaboran el plan en un paraje desértico de Texas, con sus respectivos pasados, cada uno en una parte del país y con motivaciones diferentes para acabar enrolándose en esta peligrosa misión —todas ellas relacionadas con negligencias sanitarias y/o exclusión social—.

    La agilidad con que se expone esta red de personajes recuerda a la solvencia de la serie Euphoria (2019-), cuya estructura narrativa también cuenta con constantes saltos de un personaje a otro, y del presente al pasado. Sin embargo, en lo que se diferencian la serie y el filme de Goldhaber es en la manera de plasmarlo en imágenes. A la soltura de la obra de Sam Levinson la caracteriza, por encima de todo, su evidente voluntad de jugar con la estética para epatar, de manera, de hecho, similar a lo que se ha expuesto al principio de este texto en referencia a la situación del thriller en el circuito de festivales. Euphoria es un juguete visual que por momentos maltrata su propia construcción dramática, aunque sea a cambio de ofrecer instantes de notorio valor cinematográfico. Sin embargo, esto no sucede en How to Blow Up a Pipeline, un filme donde nunca se pierde de referencia la ficción, pero no tanto porque lo formal no esté a la altura o no se le preste atención, sino porque consigue algo todavía más valioso, que consiste en crear imágenes, escenas y secuencias cinematográficamente potentes que no necesitan reivindicarse de manera enfática a sí mismas. Goldhaber construye un thriller contundente a través de un uso clásico de la puesta en escena, basado en recursos en realidad sencillos pero utilizados con enorme conocimiento de causa, lo que da lugar a un tempo férreo y unas imágenes seductoras. Sencillos pero dinámicos movimientos de cámara, constantes montajes en plano que agilizan la narración y expanden las posibilidades del montaje entre planos, y una fotografía áspera, sin virguerías formales, se combinan para crear un filme de género que, solo al no avergonzarse de serlo, logra situarse por encima del grueso de sus homólogas que se programan en festivales.


    How to Blow Up a Pipeline, Daniel Goldhaber
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